A finales del año pasado, Donald Trump desplegó más de dos mil agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en Minneapolis y Saint Paul, ocupando esencialmente las Ciudades Gemelas y haciendo que, en comparación, sus despliegues previos de la Guardia Nacional en Washington D. C. y otras ciudades gobernadas por demócratas parecieran una ronda policial de barrio. Los agentes cazaron y arrestaron a unos tres mil migrantes y asesinaron a Reneé Good y Alex Pretti, dos ciudadanos estadounidenses que se habían sumado a las protestas contra el operativo.
La ofensiva en Minneapolis dejó en claro que Trump pretendía que el ICE funcionara no solo como una fuerza policial autoritaria con un presupuesto desmesurado, sino como su propia milicia política. Esto quedó en evidencia, entre otras cosas, en el flagrante amateurismo del ICE, cuyos agentes frecuentemente vestían ropa informal y recibían una formación mínima, al tiempo que socavaban deliberada y reiteradamente a los gobiernos locales y a los cuerpos policiales. Pero también estaba pensado como un espectáculo: una exhibición pública de crueldad hacia los migrantes que simultáneamente les demostraba a sus adversarios los límites de la protesta pacífica. Hasta el podcaster Joe Rogan comparó al ICE con la Gestapo.
Aunque la analogía de Rogan puede haber sido inexacta, apunta a la cuestión más fundamental de la naturaleza de la administración Trump. Durante su primer mandato, esa pregunta parecía estar zanjada. A pesar de su retórica nociva, el historial de Trump en el cargo fue más o menos lo que cabía esperar de un presidente republicano, y con su derrota en 2020, parecía que la política estadounidense volvería en gran medida a la normalidad. Eso fue así hasta el 6 de enero de 2021, cuando una turba azuzada por las conspiraciones de Trump sobre un robo electoral asaltó el Capitolio en un intento de impedir la transferencia pacífica del poder. Para entonces, debería haber quedado claro que Trump era algo más que otro populista con tendencias autoritarias. Pero ¿era, entonces, un fascista?
El fascismo histórico llegó al poder por primera vez unos cien años antes del 6 de enero, en octubre de 1922, cuando Benito Mussolini encabezó a cincuenta mil Camisas Negras y tomó el poder en la Marcha sobre Roma (o más bien, obligó a las élites conservadoras a entregárselo). El asalto al Capitolio no fue obviamente la Marcha sobre Roma. Trump nunca llamó explícitamente a nadie a tomar nada, y cuando sus seguidores finalmente lograron entrar al edificio, en su mayoría deambularon por allí y se sacaron selfis.
Fue un evento carnavalesco protagonizado por una disparatada mezcolanza de actores —milicianos de extrema derecha, seguidores de QAnon, activistas del Tea Party, motociclistas, gamers, cosplayers de la manosfera— orquestado a través de las redes sociales pero organizado solo en medida limitada. En ese sentido, el 6 de enero fue sintomático de una tendencia más amplia: la extrema derecha actual no está integrada verticalmente sino efectivamente descentralizada, y funciona más como un enjambre que como una formación de combate. Además, exhibe una peligrosa banalidad: a diferencia de sus predecesoras del siglo XX, se despliega siguiendo las reglas de la democracia electoral y dentro de nuestra vida cotidiana. La propaganda fascista es prácticamente ubicua en plataformas de redes sociales como X y cada vez más prominente en la cultura popular. En España, un remix del himno falangista «Cara al Sol» encabezó las listas de Spotify, mientras que en Alemania, tanto chicos ricos como skinheads disfrutan por igual coreando consignas xenófobas al ritmo del hit de eurodance del DJ italiano Gigi D’Agostino, «L’amour toujours». El fascismo de hoy baila al compás de la democracia.
¿Qué es —y qué no es— fascista?
Incluso durante el primer mandato de Trump, se desataron debates en torno a en qué medida su gobierno constituía una nueva forma de fascismo. Mientras que progresistas y liberales tendían a aplicar la etiqueta con bastante, bueno, liberalidad, los críticos subrayaban que muchos elementos vitales del fascismo histórico sencillamente no estaban presentes bajo Trump. Las voces de la izquierda en particular enfatizaban las raíces de la política de Trump en la democracia estadounidense y sus continuidades con los orígenes de colonos y coloniales del país.
Fascismo es una palabra drástica, cargada históricamente, que a menudo se utiliza meramente para provocar una reacción moralista. En términos analíticos, sin embargo, es enteramente apropiado tratar el fascismo como algo que no es —o ya no es— exclusivamente histórico. Un tsunami de regresión política está barriendo el mundo occidental, y los episodios de violencia van en aumento, ya sean los tiroteos contra activistas de Black Lives Matter, el asalto al Capitolio, los disturbios de extrema derecha en el Reino Unido o las amenazas de muerte contra políticos en la Alemania provincial. Un aluvión de partidos cuya política va mucho más allá del autoritarismo iliberal de un Viktor Orbán está ahora cerca del poder. En el este de Alemania, Alternativa para Alemania (AfD) —cuya corriente de extrema derecha sueña con un «cambio de sistema», es decir, con el fin de la democracia parlamentaria— registra un 40 por ciento en las encuestas.
Eso no implica en modo alguno que todos los derechistas sean fascistas. Durante la campaña presidencial de 2024, Kamala Harris llamó repetidamente fascista a Trump. Lo que realmente quería decir es que era un autócrata. Lo mismo ocurre con el filósofo Jason Stanley, para quien los Estados Unidos ya son fascistas —lo cual evidentemente no es el caso—. Si bien los demócratas pueden ser una oposición incompetente e irresponsable, no están proscritos ni perseguidos. Las milicias no se están llevando a Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez a campos de concentración. Stanley aplica el término a todos los movimientos ultranacionalistas en los que la nación está representada por un único líder. Al hacerlo, pierde de vista las características específicas del fascismo. También considera que el Sur estadounidense durante la esclavitud fue una forma de fascismo. Sin duda, todo sistema que niega a un grupo de personas la igualdad de derechos y los somete al trabajo forzado es profundamente injusto, pero la democracia esclavista estadounidense garantizaba elecciones libres, la separación de poderes y derechos civiles plenos para la mayoría blanca, cosas que serían inconcebibles en una sociedad fascista. Además, Stanley difumina la distinción entre movimiento social y régimen político, agrupando a todos los ultranacionalismos, independientemente de cómo surjan o de la forma en que ejerzan el poder.
En Alemania, muchos despliegan ahora el término desde una perspectiva gradualista, describiendo una «fascistización», lo que podría ser un sinónimo de la radicalización del neoliberalismo o incluso de la sociedad burguesa en su conjunto. Pero al expandir el concepto de fascismo hasta convertirlo en una categoría comodín aplicable a una amplia gama de injusticias históricas, perdemos la capacidad de desarrollar un análisis claro y específico del presente. También corremos el riesgo de subestimar la naturaleza transformadora de las fuerzas fascistas al difuminar la diferencia cualitativa entre autoritarismo democrático y fascismo. Al fin y al cabo, una cantidad similar de deportaciones se llevaron a cabo bajo Barack Obama y Joe Biden, pero solo Trump las convirtió en un espectáculo público para regocijo de sus seguidores.
Ni tragedia ni farsa
Si hay que aplicar el concepto de fascismo en la actualidad, primero debe ser situado en su contexto histórico. A pesar de ciertas similitudes en programa y estilo, lo que hoy se denomina fascismo no es lo mismo que el nazismo, un movimiento de masas basado en una ideología virulentamente racista que combinaba propaganda etnonacionalista con violentos pogromos. Tampoco el fascismo regresa como herramienta para aplastar al movimiento obrero en una era aguda de la lucha de clases.
Históricamente, el fascismo hace referencia a una forma específica de la extrema derecha durante el período de entreguerras, caracterizada por el culto al líder, la violencia callejera organizada, la dictadura y el impulso de eliminar a todos los adversarios y enemigos del pueblo, reales o imaginarios. En este contexto, los gobiernos autoritarios no son necesariamente fascistas: la primera ministra italiana Giorgia Meloni y el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán pueden haber buscado transformar sus países en democracias explícitamente iliberales, pero no son dictadores.
Las corrientes de extrema derecha contemporáneas exhiben más diferencias que similitudes con el fascismo histórico, mientras que el imperialismo y el colonialismo adoptan hoy una forma claramente distinta. Por un lado, las potencias europeas y atlánticas no están en guerra entre sí. Y si bien guerras recientes por la dominación geopolítica, como las de Afganistán u Oriente Medio, han producido ciertamente muchos veteranos, su número palidece en comparación con las masas de hombres sobrantes que se encontraron descartados y alienados de la sociedad mayoritaria tras la Primera Guerra Mundial.
Las condiciones sociopolíticas y económicas también son distintas. La crisis financiera de 2008 le dio un nuevo impulso a las fuerzas de derecha, pero las crisis económicas actuales y las consecuencias sociales asociadas no son comparables a las de los años treinta, cuando el desempleo masivo erosionaba el sentido de propósito de las personas y nublaba su juicio. Hoy los bancos centrales y los gobiernos intervienen regularmente para mitigar las crisis. La bolsa alcanzó nuevos máximos en los últimos años y, a diferencia de lo sucedido en la Gran Depresión, Estados Unidos se aproximó al pleno empleo durante el primer mandato de Trump. Del mismo modo, tenemos inflación, pero no hiperinflación, y en lugar de una poderosa alternativa socialista que pugna por el poder, nuestro momento histórico actual se caracteriza por una izquierda profundamente débil. En este sentido, los años veinte del siglo XXI ciertamente no son una repetición de los años veinte y treinta del siglo XX (ni como tragedia, ni como farsa).
La contramodernidad del fascismo
El nuevo fascismo solo puede entenderse, por tanto, dentro de su propio contexto histórico. El autoritarismo de Trump refleja una sociedad estadounidense que sigue marcada por el legado de la esclavitud, y en la que la desigualdad, el racismo y la violencia condicionan la vida pública de manera mucho más pronunciada que en Europa. El nativismo desempeña un papel, al igual que la supremacía blanca. En Europa, en cambio, los partidos de extrema derecha tienden a movilizar un tipo de nacionalismo orientado al Estado que busca combatir las supuestas amenazas a la unidad nacional.
Una de las principales fuerzas impulsoras del fascismo histórico fue la lucha contra la igualdad social, lo que explica en gran medida su determinación de aniquilar a los movimientos socialdemócrata y comunista. Aunque los fascistas puede que no hayan sido agentes directos del capital que fueron alistados para salvar el capitalismo, como afirmaba la Comintern de Joseph Stalin, el fascismo habría sido, no obstante, inconcebible sin el apoyo de sectores del gran capital. Tampoco era un movimiento irracional de siniestros seductores y seducidos, como sostenía la investigación anterior sobre el fascismo. Sin embargo, como dijo célebremente Max Horkheimer, «quien no quiera hablar del capitalismo, que se calle también sobre el fascismo», pues tanto el capitalismo como el fascismo son sistemas que naturalizan la desigualdad.
El fascismo contemporáneo, sostenemos, está arraigado en una estructura de sentimiento específica presente en las sociedades modernas: la búsqueda de una modernidad diferente. La sociedad moderna afirma oponerse a las jerarquías naturales y permitir que la razón y la racionalidad triunfen sobre la fe y la superstición. Busca someter la naturaleza a la humanidad, aunque al mismo tiempo reconoce la finitud y las limitaciones naturales de esta. La promesa central de la sociedad moderna, sin embargo —la de la integración social a través de la movilidad ascendente— ya no se sostiene. El espectro del declive social dio lugar a una especie de negatividad generalizada. La modernidad liberal engendró así una destructividad dirigida contra sí misma: un nuevo fascismo que ofrece la destrucción como medio de sanación.
El fascismo resulta atractivo en épocas de rápido cambio social también porque, no en último término, fomenta una identificación narcisista colectiva. Cada individuo enojado y desorientado puede fundirse con la comunidad de la nación, que a su vez se demarca de la sociedad individualista y multicultural. Las diversas facciones de esta comunidad están unidas por la rebelión destructiva contra la democracia liberal y el deseo de restaurar las jerarquías sociales.
Por eso el fascismo no se opuso ni se opone a la modernidad en sentido estricto. De hecho, exhibe muchas facetas de la modernidad, como en su manera de relacionarse con la tecnología o la economía. El fascismo aspira, pues, no a la antimodernidad, sino a una contramodernidad alternativa: un orden mítico que promete ethos y estabilidad en contraste con las frías racionalidades y la naturaleza fluida y convulsa de la sociedad burguesa moderna. Además, se concibe a sí mismo como un orden eterno definido por la grandeza, en el que incluso el individuo puede alcanzar dicha grandeza (se nos vienen a la mente Peter Thiel o Elon Musk).
El historiador de Oxford Roger Griffin elaboró a principios de los años noventa una influyente definición del fascismo. En su opinión, el fascismo es un movimiento revolucionario con un «núcleo mítico» y un imaginario de la nación y de su renacimiento como forma de «ultranacionalismo populista». El fascismo siempre requirió un mito nacional sobre el pasado para orientarlo hacia el futuro. Pues el fascismo no consistía meramente en restaurar una utopía pretérita, sino también en la fantasía de un gran futura, una identificación narcisista con la nación a la que se le atribuía una grandeza de alcance histórico-mundial. Aquí uno recuerda las febriles alucinaciones de los nazis sobre un «Reich de mil años».
La alegría de la violencia
El estudioso del fascismo Robert Paxton va más allá de la dimensión ideológica de Griffin en un punto crucial, al enfatizar el elemento de la práctica. Según Paxton, el fascismo es una «forma de comportamiento político marcada por una preocupación obsesiva por el declive, la humillación o la condición de víctima de la comunidad, y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza». La unidad, la fuerza y la pureza se logran mediante la exclusión y la violencia dirigida contra los adversarios políticos y las minorías. La violencia es un rasgo definitorio del fascismo, pero posee una significación mucho mayor: es afectiva, redentora, liberadora, un medio de transgresión y también de trascendencia a través del cual uno se reconcilia consigo mismo. La violencia desempeña asimismo un papel en el mito de la nación como víctima, así como uno mismo es víctima de las élites, las amenazas externas y los extranjeros.
En el pensamiento fascista histórico no había, pues, lugar para el individualismo: la sociedad estaba compuesta de regimientos y divisiones, no de individuos. El fascismo histórico se entendía a sí mismo como la integración total de toda la vida social. Económicamente, el fascismo fue también un medio de renovar el capitalismo (un capitalismo purgado de la lucha de clases, cuyo lugar era ocupado por la comunidad nacional). El movimiento fascista purga a la nación de sus adversarios en aras de la trascendencia. Todo lo que se interponga en el camino de su renacimiento debe ser destruido. El fascismo implicó por tanto siempre la existencia de milicias, en las que las energías de los hombres fascistas pueden desencadenarse según el «ritmo, la embriaguez, la compulsión y la desgracia», según el «marchar, pisotear, trepar, perseguir, embestir y triunfar», como lo expresó en su momento el sociólogo alemán Klaus Theweleit.
El historiador italiano Enzo Traverso resumió el problema conceptual en el corazón de nuestro debate en su libro Las nuevas caras del fascismo: «En suma, el concepto de fascismo parece a la vez inapropiado e indispensable para comprender esta nueva realidad». Lo que tenemos ante nosotros, según Traverso, no es ni un retorno del viejo fascismo ni algo completamente diferente y nuevo, sino un movimiento político híbrido y heterogéneo que se nutre del imaginario políticamente restaurador del pasado, pero cuyo futuro permanece incierto. Cuando se pregunta si Trump es un fascista, el análisis es binario: o lo es o no lo es, o se coteja una lista de características para ver si se cumplen suficientes criterios. Esta perspectiva es demasiado estática y tiene demasiado poco en cuenta la dinámica y la evolución de la derecha radical.
¿Un fascismo democrático?
Los fascistas originales llevaban la etiqueta fascista con orgullo. Esto comenzó a cambiar después de que los crímenes del Holocausto salieran a la luz, lo que llevó a Theodor W. Adorno a comentar la transformación de la relación de los partidos de extrema derecha con la democracia: «Los aspectos abiertamente antidemocráticos son eliminados. Al contrario: invocan constantemente la verdadera democracia y acusan a los demás de ser antidemocráticos». Es en este sentido que proponemos el término fascismo democrático para describir la extrema derecha que emerge hoy.
A primera vista, el concepto de fascismo democrático parece contradictorio, ya que el fascismo como régimen político era la negación de la democracia. Pero en el uso simplista y reducido a eslóganes del término, se presta demasiado poca atención al proceso mediante el cual el fascismo emerge y llega al poder dentro del orden democrático, para destruirlo posteriormente. En Alemania, apenas unas pocas semanas mediaron entre la elección legal de Adolf Hitler y la Ley Habilitante. En Italia, a Mussolini le llevó tres años establecer una dictadura en toda regla.
El concepto de fascismo democrático refleja así el hecho de que el fascismo se manifiesta hoy en una situación contradictoria y ambigua. La administración Trump no es un régimen fascista, y Alemania no se enfrenta a un putsch fascista. Los extremistas de derecha pueden alcanzar ciertos objetivos incluso dentro de una democracia. A pesar de todas sus diferencias, sin embargo, las fuerzas fascistas históricas y contemporáneas comparten una imagen de sí mismas muy similar: se ven como revolucionarios nacionales. Esto fue articulado con mayor claridad por el presidente de la Fundación Heritage, Kevin Roberts, quien declaró a sus seguidores: «Estamos en proceso de la segunda revolución americana, que permanecerá incruenta si la izquierda lo permite».
El movimiento fascista contemporáneo se ve a sí mismo como renovador de la democracia con el objetivo final de socavarla. Al menos por ahora, la dictadura no está en la agenda. Así, el núcleo del fascismo democrático es su relación ambivalente con la democracia. A diferencia de los fascistas históricos, que declaraban de manera consistente y abierta su intención de destruir el parlamentarismo, los fascistas democráticos (aunque ocasionalmente coquetean con fantasías monarquistas) solo buscan despojar a la democracia de sus instituciones liberales.
Hasta ahora, la variante del fascismo de Trump ha sido más bien una forma de lo que Steven Levitsky y Lucan Way llaman «autoritarismo competitivo». Existe una competencia real por el poder político y se celebran elecciones, aunque los titulares autoritarios inclinen la balanza de la competencia política a su favor. La oposición es legal, pero el sistema judicial y los medios de comunicación ya no actúan de manera independiente y socavan la competencia política. No obstante, el fascismo democrático se basa en una concepción de la democracia fundamentalmente diferente de la que conocemos. Con frecuencia se asienta en los escritos del jurista alemán Carl Schmitt, el «jurista jefe» del Tercer Reich, quien en su momento describió las Leyes de Núremberg de los nazis como una «constitución de la libertad». Hoy, Schmitt es uno de los puntos de referencia centrales de Peter Thiel y J. D. Vance.
Para Schmitt, la democracia no debía confundirse con el sufragio universal y el debate parlamentario, ya que la verdadera democracia era la «identidad de gobernantes y gobernados». La democracia, argumentaba, existía cuando la voluntad general del pueblo se expresaba en un líder nacional. Esto presuponía «un pueblo cuyos miembros son semejantes entre sí y que tiene voluntad de existencia política». Schmitt dejó inequívocamente claro qué significaba esto: «La democracia requiere, por tanto, en primer lugar homogeneidad y en segundo lugar —si surge la necesidad— la eliminación o erradicación de la heterogeneidad». En el fascismo democrático, la homogeneidad de la voluntad general se manifiesta en el mayoritarismo, la reconfiguración de la democracia en interés de la mayoría «nativa», que percibe su propia existencia como fundamentalmente amenazada por la expansión de los derechos de las minorías y cuyas libertades políticas y sociales deben, por tanto, ser recortadas. Combinado con las deportaciones masivas, se trata esencialmente de una variante modernizada del pensamiento de Schmitt.
Trump puede estar construyendo un Estado autoritario para atacar a las minorías o a la oposición, pero quiere reducir el alcance del Estado en la mayoría de los demás ámbitos, ya sea la educación o el medio ambiente. Mientras que los nazis buscaban controlar y dirigir a «la gente común» y a la clase empresarial, el Estado de Trump busca apartarse de su camino. Los empresarios deben poder hacer lo que quieran —obtener beneficios— con el apoyo del Estado pero sin su dirección. El fascismo histórico era un behemot desenfrenado, como lo llamó Franz Neumann, un Estado de ilegalidad. El fascismo de hoy se parece más a una empresa conjunta en un Estado desregulado al que ni las normativas medioambientales ni las leyes antidiscriminación pueden frenar. En lugar de la integración total prometida por el fascismo histórico, el fascismo democrático se asemeja más a una radicalización de la desintegración neoliberal.
El fascismo democrático no se basa en un partido con seguidores, sino en una esfera pública altamente politizada, una hiperpolítica que forma vínculos dentro de redes afectivas. Constituye un espectro político polimorfo desanclado de cualquier conjunto rígido de características. Republicanos convertidos en seguidores de Trump, entusiastas del MAGA, autoritarios libertarios de Silicon Valley, cristianos evangélicos, Proud Boys y enfurecidos seguidores del Tea Party formaron una alianza bajo el liderazgo de Trump, pero cada uno sigue su propia lógica. Si existe algo parecido a un denominador común, es que todos son antiigualitarios, anticosmopolitas y excluyentes.
En este sentido, el fascismo democrático está obsesivamente centrado en sus enemigos, al tiempo que imagina una forma modernizada de la nación. Los fascistas democráticos quieren revertir la liberalización de los estilos de vida personales, pero no tienen problema con la homosexualidad abierta, siempre que reproduzca las jerarquías sociales. Sus ataques contra las personas trans van dirigidos contra lo no binario, que socava dichas jerarquías.
El racismo también tiene diferentes capas. La política de población es un instrumento clave de la gobernanza nacional: el objetivo es reducir la migración de «bajo coeficiente intelectual», «basura», como dice Trump, pero no crear una comunidad nacional homogénea. En lo que respecta a las relaciones de género, la derecha en torno a Trump es marcadamente femonacionalista, ataca los derechos al aborto y promueve modelos familiares tradicionales, pero no cuestiona fundamentalmente la participación de las mujeres en la fuerza laboral ni en la toma de decisiones políticas.
Trump, el empresario del resentimiento
Aunque el nuevo fascismo también remite a un pasado nacional mítico, solo imagina parcialmente algo parecido a un orden trascendente. Es más bien una especie de mito de origen restaurador. El eslogan de Donald Trump, «Make America Great Again», trata de restaurar algo: América debe volver a ser grande. El nuevo imperio se ha vuelto profano y secular: queremos un imperio que domine el mundo, pero que sea grande por sí mismo.
Un amplio espectro de fantasías de orden puede encontrarse en el entorno intelectual del MAGA, que va desde economías de mercado monárquicas con un CEO como emperador o ciudades y Estados privados, hasta oscuras utopías de singularidad tecnológica y colonización de Marte. Las visiones de futuro de Trump, en cambio, parecen bastante prosaicas. Las fantasías transgresoras solo aparecen en memes o clips alucinatorios generados por inteligencia artificial en los que aparece alternativamente como un emperador romano, un superhéroe vengativo y punitivo o una estatua dorada en una Gaza étnicamente depurada.
Los neofascistas también se preocupan menos por reestructurar molecularmente toda la sociedad en un cuerpo nacional: no existe la intención de crear un Estado totalitario integral que dicte la política, la economía y la vida cotidiana, a pesar de las prohibiciones del lenguaje neutral en cuanto al género, las restricciones a los derechos al aborto y la persecución de la solidaridad con Palestina. El neofascismo trata de la restauración de una sociedad jerárquica neoautoritaria, más que de la creación de un Estado totalitario.
Trump no es (todavía) un dictador, ni es un fascista de la escuela clásica que promete trascendencia y salvación. Se presenta más como un vulgar jefe mafioso. Pero su estilo político, como lo describió Christopher Browning, es fascista: «Los mítines inflamatorios; el incesante fomento del miedo, el agravio y la victimización; el aval casual a la violencia; la omnipresente adhesión a las teorías conspirativas; la crueldad performativa; el instinto feral para atacar a las minorías marginadas y vulnerables; y el culto a la personalidad». El espectro fascista incluye necesariamente el coqueteo con lo que el sociólogo Michael Mann llamó en su momento «violencia moralizada», una forma de justificar dicha violencia como necesaria, legítima y justa.
El estilo fascista también puede observarse en la AfD, donde el líder provincial del partido Björn Höcke cita complacido al filósofo alemán Peter Sloterdijk, quien en 2016 habló de «crueldad bien temperada» al esbozar su visión de la política migratoria europea. Desde una perspectiva global, tanto el fascismo democrático como el histórico están en muchos aspectos orientados estética y afectivamente. El pensador pionero de la Nueva Derecha alemana, Armin Mohler, lo resumió en su momento de manera sucinta: la retórica fascista no trata de conexiones lógicas, sino de «establecer cierto tono, crear un clima, evocar asociaciones».
Hasta ahora, los liberales intentaron detener a Trump y a otros radicales de extrema derecha mediante la judicialización de la política. Esta estrategia estaba condenada al fracaso. En primer lugar, bajo el capitalismo, la correlación de fuerzas se refleja en el sistema legal, y Trump representa a la clase de los propietarios. En segundo lugar —y mucho más importante—, el fascismo es una atmósfera afectiva. Trump pudo llegar al poder interpelando una estructura de sentimiento, una profunda alienación de la modernidad capitalista. Es el empresario del resentimiento perfecto, como productor y como representante. Y la izquierda aún no ha encontrado una respuesta eficaz y duradera ante él. Aun así, las personas son más resilientes de lo que podríamos temer. La resistencia al ICE en Minneapolis fue tan efectiva en parte porque disipó la narrativa de la derecha estadounidense: las comunidades multiétnicas demostraron mayor cohesión de la que los profetas de derecha del declive social apocalíptico jamás hubieran podido imaginar.






























