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Gramsci y Trotsky en contrapunto

Leídos en contrapunto, Gramsci y Trotsky permiten volver sobre una pregunta todavía abierta: cómo articular hegemonía, conflicto y transformación revolucionaria en las sociedades capitalistas modernas.

El texto que sigue es una reseña de El marxismo de Gramsci,  de Juan Dal Maso, Editorial IPS, 2016.

Los pensamientos de Trotsky y Gramsci constituyen incontestablemente dos fuentes esenciales para la teoría política marxista y para la estrategia revolucionaria. Pero deben resolverse dos cuestiones: la de su complementariedad o, a la inversa, su incompatibilidad; y la de su actualidad, cerca de un siglo después de su formulación. En una obra publicada recientemente («El marxismo de Gramsci»), Juan Dal Maso reabre estas dos cuestiones e invita a afrontarlas conjuntamente: es leyendo a Gramsci y Trotsky en contrapunto como se puede poner de relieve toda la actualidad de sus pensamientos.

Juan Dal Maso, teórico marxista y militante trotskista argentino, es autor de numerosos textos sobre Gramsci, Trotsky, Althusser, Sacristán o también Mariátegui.[1] Las ediciones Communardes acaban de traducir y publicar su obra titulada El marxismo de Gramsci, publicada inicialmente en español en 2016.

Allí estudia, a lo largo de los 7 primeros capítulos, cuestiones fundamentales del marxismo de Gramsci (traducibilidad de los lenguajes; nueva inmanencia; Estado integral; revolución pasiva y revolución permanente; hegemonía; Príncipe moderno; concepción del Estado obrero y del socialismo) y concluye con un capítulo consagrado a la recepción de Gramsci en América Latina y a la pertinencia de sus concepciones en ese contexto, seguido de un posfacio que vuelve sobre la actualidad de Gramsci para nuestro tiempo.

Su fino conocimiento de la obra gramsciana permite al autor formular análisis precisos sobre una vasta serie de temas en una exposición concisa y densa, aunque a veces se desearía que fuera más desarrollada. Como lo indica el título del libro, Dal Maso defiende una lectura marxista de Gramsci, y más precisamente una lectura marxista revolucionaria, iluminada en distintas ocasiones por comparaciones con las concepciones de Trotsky.

Dado el número de cuestiones examinadas, una discusión exhaustiva de la obra es imposible. Me detendré entonces aquí en algunos de los puntos que plantea para mostrar lo que esta lectura tiene de fecundo, al mismo tiempo que haré algunas precisiones que me parece importante señalar, en particular en lo que concierne a los acercamientos o las oposiciones entre Gramsci y Trotsky.

Crítica del reformismo y cuestión de la guerra civil

Aplicando a Gramsci mismo su propio principio de «traducibilidad» entre filosofía y política (cap. 1), Dal Maso ve en su crítica filosófica del pensador neohegeliano y liberal Benedetto Croce una crítica política del reformismo en un nivel fundamental.

Gramsci estima en efecto que el historicismo de Croce, que se niega a pensar en términos de contradicciones sociales reales y ve una continuidad en el proceso histórico antes que la superación de tales contradicciones en rupturas decisivas (revoluciones), «no sería más que una forma de moderación política, cuyo único método de acción política es aquel en el que el progreso, el proceso político, resulta de la dialéctica de la conservación y de la innovación. En el lenguaje moderno, esta concepción se llama reformismo».[2] Dal Maso extrae legítimamente la siguiente conclusión: «la lucha política no puede ser asimilada a un proceso de evolución reformista ni la hegemonía a un simple consenso “ético-político”» (cap. 2).[3]

Para Gramsci, la dominación de una clase, incluso cuando logra ejercer una hegemonía sobre los otros grupos sociales, pone en juego medios coercitivos y represivos y, para mantenerse, debe imponerse en la «relación de fuerzas militar», ya sea esta latente, como en un período histórico normal, o abierta, como en una situación revolucionaria.[4]

Para avanzar hacia la autonomía de los subalternos, es necesario, en cierto momento, invertir esa relación de fuerzas militar, que se revela así como «inmediatamente decisiva».[5]

Dicho de otro modo, si Gramsci puso evidentemente el acento en la necesidad de que el proletariado derribe la supremacía política de la burguesía luchando por la hegemonía sobre el resto de la población (campesinado, pequeña burguesía, intelectuales, etc.), la dominación de clase no puede romperse realmente más que si una modificación de la relación de fuerzas política va acompañada de una modificación de la relación de fuerzas militar.

Según Dal Maso, este recordatorio «permite poner un límite a las distintas interpretaciones que presentan a Gramsci como el precursor o el partidario directo de la “vía pacífica hacia el socialismo”».[6] Esta conclusión me parece imponerse y la claridad de las formulaciones de Dal Maso es bienvenida.

En cambio, a mi juicio va un poco demasiado lejos cuando afirma que, para Gramsci, «la hegemonía puede ser comprendida, en su acepción específicamente estratégica, como un momento situado entre la lucha social y la guerra civil».[7] Decir que la revolución debe culminar imperativamente en una guerra civil me parece, en efecto, discutible.[10]

La revolución pasa necesariamente, como ya se dijo, por una inversión de la relación de fuerzas militar, pero se trata allí de una noción general que puede encontrarse en hipótesis estratégicas muy diferentes, las haya conocido o no Gramsci: guerrilla, insurrección de masas, huelga general insurreccional o con una autodefensa organizada, levantamiento popular para defender un gobierno democrático contra un golpe de Estado reaccionario (España, 1936), procesos complejos que combinan movilización polimorfa de masas y lucha entre sectores del aparato de Estado (Portugal 1974-1975), organización por un gobierno obrero electo de milicias populares mediante el armamento de las masas, utilización de posiciones gubernamentales o parlamentarias para neutralizar, paralizar o dividir en la medida de lo posible el aparato represivo del Estado, etc.[8]

Dicho de otro modo, me parece que, si la teoría gramsciana de las relaciones de fuerzas excluye una vía pacífica al socialismo, no excluye necesariamente una vía democrática al socialismo, en el sentido preciso en que las fuerzas emancipadoras podrían llegar al gobierno en las mismas formas de la democracia representativa y en que el enfrentamiento físico directo sería desencadenado por las fuerzas reaccionarias.[9]

La practicabilidad de una tal vía democrática pero no pacífica debe ser siempre evaluada en situación, y ello sin sacrificar otros modos de acción revolucionaria al ídolo del legalismo.

Sea como fuere, la guerra civil en sentido estricto, que implica el enfrentamiento territorializado entre fuerzas armadas durante un período relativamente largo (Rusia 1917-1921, España 1936-1939, China 1945-1949, etc.), no es más que una configuración particular de inversión de la relación de fuerzas.

Además, puede agregarse que la guerra civil es una forma de la lucha de clases para la cual las fuerzas emancipadoras deben ciertamente prepararse, porque a veces es inevitable, pero que deben procurar evitar o limitar en la medida de lo posible, no solo por las evidentes destrucciones humanas y materiales que implica, así como por el riesgo de ser derrotadas por el enemigo, sino también por los peligros de degeneración autoritaria y de captación burocrática que un conflicto armado de larga duración lleva consigo (disciplina exacerbada, debilitamiento de los derechos civiles y políticos, etc.).

Uno de esos peligros es que la lucha militar prevalezca sobre la lucha política emancipadora, o al menos que las lógicas específicas de estos dos órdenes de conflictualidad se confundan, algo a lo que Gramsci se opone explícitamente, como veremos.

Guerra de movimiento y guerra de posición

Una de las ideas más célebres e influyentes de Gramsci es, como Dal Maso lo resume de una manera límpida, la de «la primacía de la guerra de posición (lucha política preparatoria, frente único, lucha político-militar que va desde la guerra de posición defensiva hasta la “guerra de asedio”) sobre la guerra de movimiento (huelga general, lucha por el poder, formas de lucha político-militar basadas en acciones rápidas y decisivas, la insurrección)».[11]

Dal Maso se dedica con razón a precisar esta «idea conocida» mostrando que la guerra de posición y la guerra de movimiento no se oponen de manera rígida y que la guerra de movimiento no pertenece a un período histórico definitivamente clausurado. Cita en particular una nota de los Cuadernos de la cárcel en la que Gramsci se pregunta si un período de predominio de la guerra de posición no puede desembocar en un «momento en que la guerra de posiciones vuelve a convertirse en guerra de movimiento».[12]

Estas dos formas de lucha están efectivamente lejos de excluirse y yo diría incluso que existe entre ellas una verdadera dialéctica,[13] idea que no puede, sin embargo, desarrollarse aquí.

Recordemos ante todo que las nociones de guerra de movimiento y guerra de posición, aunque hayan sido forjadas por analogía con el dominio militar, pertenecen efectivamente al dominio político, y que el propio Gramsci nos previene contra la confusión entre estos dos dominios:

las comparaciones entre el arte militar y la política deben hacerse siempre cum grano salis [con pinzas], es decir, únicamente como estímulo para el pensamiento y como términos simplificadores hasta el absurdo.[14]

La lucha política y la lucha militar son de naturaleza diferente, en particular porque las fuerzas militares que se enfrentan en el campo de batalla ya están constituidas, mientras que uno de los desafíos fundamentales del enfrentamiento político es la constitución misma de las fuerzas, su unificación y su autonomización.[15]

Ahora bien, la guerra de posición remite precisamente al conjunto de actividades de organización sociopolítica, crítica ideológica, elaboración teórica y contestación de la hegemonía establecida que tienen por doble objetivo reforzar la potencia autónoma de los subalternos, en primer lugar del proletariado, y socavar el poder de las clases dominantes, incluso debilitando o agrietando el aparato de Estado, donde se concentra su poder.

Para Gramsci, si existieron situaciones históricas en las que la formación de las fuerzas subalternas podía ser súbita, efectuarse en el mismo momento de la lucha abierta, paradigma del levantamiento espontáneo como en los momentos revolucionarios en Francia entre 1789 y 1871 o en Rusia en 1905 y 1917, ya no es ese el caso en las sociedades capitalistas avanzadas, donde esa formación debe pasar por un proceso prolongado previo.

Gramsci no niega entonces la importancia de la guerra de movimiento en su época, pero la inscribe como momento táctico, que en ciertos casos puede ser «inmediatamente decisivo», dentro de una estrategia de conjunto que pertenece a la guerra de posición. La lucha de clases pasará por momentos de guerra de movimiento, que es espontánea, explosiva e intermitente, pero es necesario, en la medida de lo posible, integrarlos de una manera coherente en una guerra de posición de conjunto.

Es la construcción de organizaciones de masas así como el desarrollo y la difusión de concepciones del mundo adecuadas lo que permite a los subalternos no perder las conquistas de las fases parciales de guerra de movimiento y no disipar sus experiencias de lucha; y solo a partir de una preparación político-ideológica eminentemente compleja y capilar una fase de guerra de movimiento puede revelarse decisiva para invertir la relación de fuerzas.

La formación de las subjetividades colectivas

Al final de la obra, Dal Maso afirma que, dada la pregnancia de la ideología individualista neoliberal, de la «descolectivización» de los sujetos sociales, de las divisiones en el seno de la clase obrera (precarización, diversificación de estatutos y de condiciones, clivajes ligados a las opresiones de raza y de género, etc.), y teniendo en cuenta el hecho de que esta es «más numerosa en términos absolutos y relativos de lo que jamás lo fue en el siglo XX», «la “forma actual” de la hegemonía, desde un punto de vista marxista, pasa por una transformación de la articulación entre su dimensión interna (la unidad de la clase) y su dimensión externa (la alianza con otros sectores oprimidos)».[16]

Sería en adelante necesario «llevar adelante una política hegemónica no solo para sellar la unidad de la clase obrera con otros sectores populares [como en tiempos de Gramsci] sino también para llegar a reunificarla simultáneamente. De este modo, las fronteras entre una política hegemónica y una política de frente único obrero son más difusas que en el pasado, y ambas cuestiones se interpenetran».[17]

Eso me parece perfectamente justo. Simplemente podría precisarse, si fuera necesario, que la clase obrera no era concebida por el propio Gramsci como un sujeto unitario que no tendría más que tomar conciencia de sí mismo, elevando su subjetividad a la altura de su situación objetiva, y reclutar aliados para imponerse. A sus ojos, la unificación interna de una fuerza sociopolítica, nunca dada ni adquirida, es una tarea política de organización y de lucha perpetuamente renovada.[18]

Más precisamente, la capacidad de una fuerza sociopolítica, por ejemplo el movimiento obrero organizado, pero esto sería válido para cualquier polo hegemónico potencial, para desarrollar su coherencia interna y su actividad autónoma depende de su capacidad de llevar adelante una política hegemónica hacia aliados externos, haciéndose cargo de los intereses particulares de esos otros grupos sociales explotados y/o oprimidos, y viceversa.

En suma, Gramsci muestra una viva sensibilidad a la contingencia y a la fragilidad de las subjetividades colectivas que emergen en el seno de las masas subalternas, cuya formación depende de un conjunto eminentemente complejo de actividades organizativas y hegemónicas, que las nociones de guerra de posición y de lucha hegemónica tienen justamente por objeto pensar.

Esa sensibilidad es sin duda más marcada que la de Trotsky, para quien la actividad política revolucionaria, con mayor razón después de su exilio fuera de la URSS, parece a veces concentrarse en la eliminación de los obstáculos, degeneraciones burocráticas, líneas reformistas, estrategias erróneas, que sus propias direcciones oponen al proletariado, y sin los cuales su subjetividad se volvería adecuada a sus condiciones objetivas.[19]

Revolución permanente y hegemonía

En los Cuadernos de la cárcel, la mayor parte de las menciones explícitas de Trotsky son críticas. Dal Maso muestra, en varios puntos, que el juicio de Gramsci es injusto y que la distancia entre ambos autores no es tan evidente. Lo hace en particular respecto de la noción de «revolución permanente» y de su relación con la de «hegemonía», discusión que constituye un hilo conductor de la obra y que explica el subtítulo de la traducción francesa.[20]

Gramsci afirma así la necesidad de llevar el proceso revolucionario hasta su término reforzando e intensificando la actividad autónoma de los subalternos hasta su emancipación integral, por oposición a los procesos de transformación histórica dirigidos por las clases dominantes y que mantienen en la pasividad a las masas populares. En otros términos, defiende una modalidad del cambio histórico, la «revolución permanente», contra otra, la «revolución pasiva».

Ciertamente, al hablar de revolución permanente no está pensando en la teoría trotskista, que por el contrario rechaza como una defensa de la guerra de movimiento, del «ataque frontal», en una época en la que esta ya no está a la orden del día, sino en la estrategia de Marx y Engels durante las revoluciones de 1848-1849, que apuntaba a proseguir el proceso revolucionario más allá de las conquistas liberales y democráticas, Constitución en Prusia, República en Francia, etc., hasta la victoria del proletariado comunista.[21]

Es en ese sentido que Gramsci puede escribir que la hegemonía es «la forma actual de la doctrina cuarentiochesca de la “revolución permanente”»:[22] la lucha hegemónica es la manera en que se puede mantener abierto el proceso revolucionario en condiciones nuevas, las de la guerra de posición, que imponen a la actividad revolucionaria formas más complejas y ramificadas que las de la revolución permanente clásica y que la inscriben en una temporalidad más larga.

Además, Dal Maso sostiene que, contrariamente a lo que Gramsci pudo afirmar, su concepción de la hegemonía como forma actual de la revolución permanente es en realidad bastante próxima a las teorías de Trotsky en varios puntos.[23]

Según él, la hegemonía gramsciana debe especificarse según tres momentos: 1) el momento estratégico, es decir, la necesidad, en la perspectiva de la revolución, de luchar por la hegemonía sobre los grupos sociales potencialmente aliados, etc.; 2) el momento de la hegemonía en la sociedad de transición hacia el socialismo, es decir, el desarrollo, después de la toma del poder, de la hegemonía del proletariado sobre el resto de la población; 3) el momento «histórico-universal», que proyecta el desarrollo de la hegemonía proletaria hasta la edificación de una sociedad sin clases y sin Estado, y ello para la humanidad entera.[24]

Ahora bien, pueden establecerse paralelismos, más o menos sugeridos en la obra de Dal Maso, con los tres aspectos de la revolución permanente distinguidos por Trotsky.

El primero de esos tres aspectos, opuesto al etapismo, es la «transcrecencia» de la revolución burguesa en revolución socialista en los llamados países «atrasados», como por ejemplo la Rusia de 1917.

Según Trotsky, una vez que el capitalismo ha entrado, a escala mundial, en su fase imperialista, una revolución burguesa, con sus diversas tareas liberal-democráticas, de independencia-unificación nacional y de reforma agraria, ya no puede ser realizada por la burguesía, demasiado débil y/o demasiado reticente, sino que debe ser llevada adelante bajo la dirección del proletariado aliado a las masas campesinas, lo que conducirá necesariamente a su superación en una revolución socialista.

Dal Maso escribe que «hay allí un punto de convergencia entre Trotsky y Gramsci en la medida en que la mecánica de la revolución permanente en Occidente está estrechamente ligada a la constitución de la clase obrera como clase hegemónica».[25]

Dado que la noción de revolución permanente, en su primera acepción y en sentido estricto, se aplica a los países «atrasados», donde no ha tenido lugar una revolución burguesa, hablar a propósito de Occidente, es decir, de sociedades capitalistas avanzadas, de revolución permanente supone tomar esa expresión en un sentido amplio.

En distintos países de Europa occidental, tareas que clásicamente pertenecían a la revolución burguesa no fueron cumplidas, como la reforma agraria en Italia, donde la revolución pasiva del Risorgimento dejó en pie un sistema cuasi feudal en el Mezzogiorno, y reivindicaciones democráticas no fueron satisfechas o más tarde fueron puestas en cuestión, como en la Italia fascista, aunque también podría pensarse en las regresiones democráticas de nuestra época.

Desde entonces, puede considerarse que las luchas en torno de esas cuestiones deben ser asumidas por el proletariado, desplegando una actividad hegemónica, y que pueden desencadenar una dinámica «permanentista» en la medida en que tales conquistas abran una vía hacia el socialismo.

Es en tal perspectiva que Dal Maso se interroga, de una manera estimulante, al final de la obra, sobre la forma actual de la revolución permanente. Propone en particular «analizar la transformación de los fenómenos de revuelta en revolución socialista como la “forma actual” de la revolución permanente, dado el carácter recurrente de esos fenómenos en los últimos años» en el mundo entero.[26]

Pero todavía hay que precisar que el «mecanismo» de transcrecimiento que Trotsky creía diagnosticar se ha «atascado» por lo general por distintas razones a lo largo del siglo XX, como lo observa Dal Maso, ya sea por el predominio de los fenómenos de revolución pasiva, de degeneraciones burocráticas, de reacciones-restauraciones puras y simples, etc. Los restos de determinismo histórico en Trotsky, de los cuales el léxico mecanicista es el síntoma, deben así ser eliminados.[27]

La revolución permanente no debe ser concebida como una lógica ineluctable, sino como una modalidad del cambio histórico de la que nada garantiza que prevalezca y como una estrategia que las fuerzas progresistas deben adoptar bajo su forma actual: la lucha hegemónica.[28]

Para tomar un ejemplo, digamos que nada garantiza que luchas y conquistas antirracistas «transcrezcan» en luchas y conquistas anticapitalistas, pero que, si las organizaciones anticapitalistas quieren abrir la posibilidad de tal transcrecimiento, de una dinámica permanentista, deben hacerse cargo de esas luchas antirracistas, en vínculo con las organizaciones propias de los grupos sociales que sufren esa opresión, lo que equivale a decir que deben adoptar una política hegemónica respecto de esos grupos.

El segundo aspecto de la revolución permanente trotskista, opuesto al estatismo burocrático, es la permanencia de la propia revolución socialista, que está lejos de quedar concluida con la toma del poder o la decisión estatal de socializar los medios de producción:

Durante un período cuya duración es indeterminada, todas las relaciones sociales se transforman en el curso de una lucha interior continua», afectando los trastornos tanto a «la economía, la técnica, la ciencia, la familia, las costumbres o los usos.[29]

En este nivel de generalidad, las concepciones de Trotsky se acercan a las de Gramsci, que afirma la necesidad de desarrollar e intensificar la hegemonía proletaria después de la toma del poder, así como de elevar cada vez más el nivel de actividad política y cultural de las masas subalternas hasta la superación de las divisiones de clase y la reabsorción del Estado en la sociedad civil.

Cuando se precisa la manera en que, por un lado, la revolución permanente, y por otro, la hegemonía posrevolucionaria, deben realizarse, aparecen sin embargo desacuerdos.

Es el caso en lo concerniente a la cuestión de la NEP: mientras que Gramsci le era favorable como medio para asentar la hegemonía del proletariado sobre el campesinado, Trotsky se opuso a ella a partir de 1923 en la medida en que, una vez la situación relativamente estabilizada, había perdido su interés y sobre todo hacía nacer nuevos desequilibrios económicos y políticos, crisis de las tijeras, desarrollo de los kulaks, hasta poner en peligro al Estado obrero y la edificación del socialismo.[30]

El tercer aspecto de la revolución permanente para Trotsky, opuesto al socialismo en un solo país, remite a la extensión imperativa, bajo pena de degeneración, de la revolución a escala internacional, en razón del carácter mundializado de la economía en la fase imperialista del capitalismo:

La revolución socialista comienza en el terreno nacional, pero no puede quedarse allí. […] La revolución internacional, pese a sus retrocesos y reflujos provisorios, representa un proceso permanente.[31]

La revolución de Octubre aparece así como la «primera etapa de la revolución mundial, que se extiende necesariamente a lo largo de decenas de años». Gramsci manifiesta muy claramente su desacuerdo:

la teoría de la revolución permanente […] no es otra cosa que una previsión general presentada como dogma y que se destruye a sí misma por el hecho de no manifestarse efectivamente.[32]

Rechaza muy particularmente el «napoleonismo» implicado, según él, por la concepción trotskista, es decir, la exportación de la revolución por las armas, militarizando así una lucha que debería ser ante todo política.[33]

Contra todo internacionalismo abstracto, afirma que «una clase de carácter internacional [el proletariado], en la medida en que guía capas sociales estrictamente nacionales (los intelectuales), e incluso a menudo menos que nacionales, particularistas y municipalistas (los campesinos), debe “nacionalizarse”, en cierto sentido».[34]

Dal Maso escribe con razón que «Gramsci privilegia el plano nacional y eso tiene ciertas consecuencias. No es excesivo afirmar que apunta más a defender los avances de la URSS en el terreno nacional […] que a justificar la imposibilidad de la revolución mundial y de la construcción del socialismo».[35]

Sin embargo, Gramsci escribe también que «el desarrollo va en dirección del internacionalismo, pero el punto de partida es “nacional”, y es de este punto de partida de donde hay que partir. Pero la perspectiva es internacional y no puede ser sino tal».[36]

A la lectura de un pasaje así, según Dal Maso, «la debilidad de la posición gramsciana se vuelve evidente desde un punto de vista internacionalista: la asimilación de la hegemonía a la política nacional, que se emplea en mantener la dirección de los grupos aliados a escala local, etc., no está ligada a una política internacional más que por una vaga “perspectiva internacional” que desemboca precisamente en lo que Gramsci creía deber combatir, es decir, un internacionalismo abstracto y formal, cuya relación con la política nacional está insuficientemente determinada».[37]

Es cierto que Gramsci nos da demasiado pocos elementos sobre la dialéctica entre perspectiva internacional y política nacional.[38] Dicho esto, su crítica de la revolución permanente, por unilateral que sea, no me parece significar una adhesión sin resto al «socialismo en un solo país» vigente.

Se sitúa en efecto desde el punto de vista del proletariado concebido como «clase internacional», e insiste en la importancia decisiva de la perspectiva internacional, en una época en que este se halla sometido cada vez más exclusivamente a la «perspectiva nacional» de la URSS estalinista.

En suma, el esfuerzo por consolidar el socialismo en un solo país solo tiene sentido a sus ojos si se supera a sí mismo en una dinámica política y hegemónica a escala internacional.

Conclusión

La obra muestra hasta qué punto puede ser fecundo «leer en contrapunto a Gramsci y Trotsky», como dice Fabio Frosini en el prefacio.[39] Estos dos pensadores y revolucionarios aparecen hoy como dos fuentes ineludibles para una reflexión política y estratégica comunista seria.

No se trata, desde luego, de aplicar sus concepciones tal cual, y es imperativo actualizarlas y confrontarlas.

Ahora bien, esta confrontación ha encontrado numerosos obstáculos en el curso de las décadas pasadas: juicios críticos unilaterales de Gramsci hacia Trotsky; usos del pensamiento gramsciano por corrientes reformistas, populistas, etc.; antitrotskismo abierto o latente, según las épocas, del heredero reivindicado de Gramsci, el PCI; asimilación de su pensamiento a una línea socialdemócrata o estalinista por corrientes que se reclaman de Trotsky.

Una obra como la de Juan Dal Maso nos ayuda a superar esos obstáculos y a poner en práctica una discusión con y entre estos dos pensadores revolucionarios, que se trata por lo tanto de proseguir.

 

Publicado originalmente en Contretemps.

Notas

[1] Juan Dal Maso es miembro del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y ha publicado, además de El marxismo de Gramsci (2016): Hegemonía y lucha de clases. Tres ensayos sobre Trotsky, Gramsci y el marxismo, de Juan Dal Maso (2018); Althusser y Sacristán. Itinerarios de dos comunistas críticos (2020, con Ariel Petruccelli); y Mariátegui. Teoría y revolución (2023).

[2] C10, II, §41, xiv, p. 124. Cito los Cuadernos de la cárcel en la edición de Gallimard (París, 1978-1996) dirigida por Robert Paris. Indico el número del cuaderno a continuación de la letra C, y luego el número de la nota a continuación del signo §.

[3] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, Hegemonía y revolución permanente en los «Cuadernos de la cárcel», París, Éditions Communardes, 2025, p. 38.

[4] C13, § 17, p. 382.

[5] Ídem.

[6] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 100.

[7] Ibíd.

[8] Esto corresponde en parte a la estrategia de la Komintern en Alemania en 1923: la entrada de los comunistas, aliados a los socialdemócratas de izquierda, a los gobiernos de Sajonia y de Turingia, tanto más si tomaban la decisión de armar a los obreros, provocaría una reacción coercitiva de las clases dominantes y del Estado federal, a la cual se trataría de responder mediante una insurrección de masas; sin embargo, esa insurrección fue anulada, salvo en Hamburgo, donde fue desencadenada por error y reprimida en sangre. De una manera parcialmente análoga, en el Chile de la Unidad Popular, el MIR interpelaba al gobierno de Allende para que decidiera armar a los obreros a fin de estar en condiciones de resistir un golpe de Estado militar.

[9] Esta actitud pragmática en cuanto a las formas de la revolución es cercana a la de Marx y Engels. Según este último, Marx estimaba que Inglaterra, debido a su sistema parlamentario y al desarrollo de su clase obrera, era en Europa «el único país donde la revolución social inevitable podría hacerse por medios pacíficos y legales. Ciertamente, nunca dejó de añadir que apenas esperaba que las clases dominantes en Inglaterra se sometieran a esa revolución pacífica y legal sin llevar a cabo una pro-slavery rebellion», haciendo referencia al levantamiento de los plantadores esclavistas del Sur de los Estados Unidos que desencadenó la Guerra de Secesión (Friedrich Engels, Prefacio a la edición inglesa de 1886 de Karl Marx, El Capital. Libro I, París, Éditions sociales, 2016, p. 30).

[10] Hay que precisar, ciertamente, que Dal Maso toma el término en un sentido más abarcador, apoyándose en Trotsky: «la guerra civil constituye una etapa determinada de la lucha de clases, cuando esta, rompiendo los marcos de la legalidad, pasa a situarse en el plano de un enfrentamiento público y en cierta medida físico de las fuerzas en presencia. Concebida de este modo, la guerra civil abarca las insurrecciones espontáneas determinadas por causas locales, las intervenciones sangrientas de las hordas contrarrevolucionarias, la huelga general revolucionaria, la insurrección para la toma del poder y el período de liquidación de los intentos de levantamiento contrarrevolucionario» (Trotsky, «Los problemas de la guerra civil», conferencias pronunciadas en la Sociedad de Ciencias Militares de Moscú, 29 de julio de 1924, citado en p. 101). Pero me parece que, incluso definida así, la guerra civil no podría ser considerada como la estrategia privilegiada de las fuerzas emancipadoras y que el uso de esta expresión introduce una cierta confusión en el debate estratégico.

[11] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 85.

[12] C15, §11, p. 121 (citado en p. 90).

[13] Tomo la expresión de Daniel Egan, The Dialectic of Position and Maneuver: Understanding Gramsci’s Military Metaphor, Leiden, Brill, 2016. Véase Yohann Douet, La hegemonía y la revolución: Gramsci pensador político, París, éd. Amsterdam, 2023, p. 173-212, capítulo 6 «La dialéctica entre guerra de posición y guerra de movimiento».

[14] C1, §133, p. 118.

[15] Gramsci señala que eso es precisamente lo que ocurrió en el arte militar: C13, § 14, p. 373.

[16] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 175.

[17] Ibíd. Agrego el pasaje entre corchetes, Y.D.

[18] Lo he discutido en otra parte: Yohann Douet, La hegemonía y la revolución, op. cit., p. 254-262.

[19] La célebre declaración del Programa de transición, según la cual «la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria», es sintomática de este enfoque. Naturalmente, esta caracterización del «estilo» teórico-político de Trotsky tiene por objeto marcar su diferencia con el de Gramsci y requeriría ser matizada.

[20] Ibíd., p. 79-82. Los pasajes de los Cuadernos que remiten respectivamente a las dos modalidades opuestas, permanentista y pasiva, del cambio histórico son: C13, §17, p. 379-380; C15, §17, p. 128-129.

[21] A decir verdad, es más bien después del fracaso de las revoluciones de 1848-1849 cuando Marx y Engels teorizan esta concepción, en particular en la «Circular del Comité Central a la Liga de los Comunistas» de 1850, donde Marx puede escribir que «es de nuestro interés y de nuestro deber hacer permanente la revolución».

[22] C10, I, § 12, p. 41. Sobre la noción de «forma actual», véase Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 83-84.

[23] Es en la obra titulada La revolución permanente, escrita en lo esencial en 1929 y que Gramsci verosímilmente no había leído, donde Trotsky ofrece la versión más elaborada de su teoría.

[24] Ibíd., p. 96.

[25] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 83.

[26] Véase también Juan Dal Maso, «En busca de la forma actual de la revolución permanente», Armes de la critique, diciembre de 2005.

[27] Ibíd., 174.

[28] Ibíd.

[29] León Trotsky, La revolución permanente, Introducción (revperm.pdf).

[30] Véase Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 106-109. Subraya, por lo demás, ciertas evoluciones de Gramsci sobre este punto, aunque sigue siendo opuesto a Trotsky.

[31] León Trotsky, La revolución permanente, Prefacio a la edición francesa (revperm.pdf).

[32] C14, § 68, p. 85.

[33] Se trata nuevamente de una crítica poco justificada. Trotsky, lejos de querer exportar la revolución por medios militares, siempre fue atento a los contextos sociopolíticos internos de los distintos países. Por otra parte, siempre se negó a asumir el papel de un Napoleón soviético, y no utilizó su prestigio y su poder militar como dirigente del Ejército Rojo para imponerse en su lucha contra Stalin, aunque los partidarios de este último hayan podido acusarlo de ello.

[34] C14, §68, p. 84.

[35] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 136.

[36] C14, § 68, p. 84.

[37] Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 136.

[38] Véase en particular Romain Descendre y Jean-Claude Zancarini, La obra-vida de Antonio Gramsci, París, La Découverte, 2023, p. 507-508.

[39] Fabio Frosini, Prefacio a Juan Dal Maso, Juan Dal Maso, El marxismo de Gramsci, op. cit., p. 7.

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