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Militantes comunistas marchan en la Ciudad de México en enero de 1935. (Archivo Bettmann vía Getty Images)

El antimperialismo y sus líneas de fractura

Traducción: Florencia Oroz

En una época de resurgimiento imperialista, vuelve a plantearse la cuestión de cómo resistir. Los debates de la izquierda latinoamericana del periodo de entreguerras sobre raza, nación y clase arrojan luz sobre el espinoso problema de la autodeterminación en el marco del antimperialismo.

El artículo a continuación es una reseña de Radical Sovereignty: Debating Race, Nation, and Empire in Interwar Latin America, de Tony Wood (University of California Press, 2026).

A principios de la década de 1920, el panorama latinoamericano se vio sacudido por dos terremotos políticos. Aunque de naturaleza diferente, las revoluciones mexicana y rusa tenían mucho en común: en el ámbito interno, ambas luchaban por la causa de la justicia social, mientras que en el exterior ambas enarbolaban la bandera de la soberanía frente a los intereses imperialistas. Lo más importante de todo es que el triunfo de las revoluciones mexicana y rusa abrió un nuevo espacio de debate en América Latina, en el que las sociedades igualitarias y el antimperialismo panlatinoamericano estaban a la orden del día.

Bajo la influencia de ambas revoluciones, los izquierdistas radicales de toda América Latina desarrollaron agendas diferentes (a veces contrapuestas) para contrarrestar la influencia estadounidense y garantizar la dignidad de las clases subalternas. Sin embargo, esos debates —y el potencial revolucionario de las sociedades latinoamericanas en las décadas de 1920 y 1930— han sido ignorados durante demasiado tiempo por los historiadores estadounidenses. De hecho, antes de la publicación de Radical Sovereignty: Debating Race, Nation, and Empire in Interwar Latin America, era habitual pasar por alto el impacto de la Revolución Rusa en la región, ver los movimientos políticos latinoamericanos a través de una lente nacional estrecha o asociar el internacionalismo panlatinoamericano exclusivamente con la era de la Guerra Fría.

Tony Wood recupera los debates transfronterizos mantenidos por los radicales latinoamericanos en el periodo de entreguerras arrojando luz sobre las tensiones, la profundidad y las complejidades del pensamiento de izquierda al abordar cuestiones de raza, nación, internacionalismo y clase. Cuestionando la crítica liberal de que los marxistas ignoran la cuestión racial, y a través de una amplia evidencia de archivo, Wood demuestra que, por el contrario, los radicales latinoamericanos derramaron ríos de tinta y mantuvieron docenas de ricos debates sobre la injusticia racial e imaginaron posibles formas de erradicarla.

Es más, diferentes corrientes de pensadores y responsables políticos de izquierda latinoamericanos propusieron soluciones creativas para liberar a las poblaciones negras e indígenas de la opresión e incorporarlas a la lucha contra el imperialismo y la explotación capitalista. La forma de hacerlo fue un punto de controversia: algunos abogaban por la integración de las poblaciones subalternas dentro de los Estados-nación existentes, otorgándoles un alto grado de autonomía e igualdad; otros pedían la formación de unidades nacionales totalmente alternativas; y otros imaginaban soluciones transnacionales, como una confederación política latinoamericana.

La autodeterminación y sus descontentos

A partir de esos intercambios intelectuales, Wood ofrece un retrato de una izquierda radical obsesionada con las «relaciones enredadas» entre raza, nación, clase y ciudadanía, donde lo que estaba en juego en última instancia era la liberación de las poblaciones subalternas de las Américas. Esos mismos debates se prolongaron más allá del periodo de entreguerras, estableciendo un repertorio de ideas, discursos y acciones que fueron retomados por grupos de izquierda en la era de la Guerra Fría y más allá.

Al liderar esas discusiones, los izquierdistas radicales «pusieron en tela de juicio no solo las fronteras externas de los Estados-nación existentes, sino también las divisiones internas entre clases sociales, grupos étnicos y categorías de ciudadanos». Al hacerlo, ampliaron la noción de ciudadanía —trascendiendo los derechos políticos con una visión más sólida de la justicia social— y de soberanía, entendida como un escudo contra el imperialismo y como un vehículo para la autonomía local, la libertad y el autogobierno democrático.

El concepto de autodeterminación es central en el análisis de Wood (tan central que se podría objetar que el autor se centra en la tradición rusa en detrimento del caso mexicano). En México, fue el núcleo de la lucha revolucionaria y ayudó a consolidar el Estado posrevolucionario, tanto a nivel nacional como internacional. A nivel interno, la famosa frase de Emiliano Zapata «La tierra es de quien la trabaja» resumía el derecho de los campesinos a la autodeterminación como principio fundacional del ambicioso régimen redistributivo de la tierra de la Constitución revolucionaria de 1917. También guió las políticas agrarias impulsadas por el gobierno posrevolucionario a partir de 1920. Del mismo modo, a partir de la administración de Venustiano Carranza (1917-1920), México se convirtió en un líder mundial que abogaba por «el respeto sin restricciones de la soberanía, la no intervención y el derecho de todos los pueblos a la autodeterminación» como principios centrales de las relaciones interestatales.

Wood entiende la autodeterminación principalmente tal y como se definió en el caso ruso. A principios del siglo XX, Vladimir Lenin y Rosa Luxemburgo discutieron acerca de si los socialistas debían apoyar el derecho a la autodeterminación nacional. Lenin argumentó que respaldar el derecho de las naciones oprimidas a separarse de los imperios era un principio democrático básico y una necesidad estratégica: sin él, los trabajadores de las naciones dominantes reproducirían el chovinismo, y la verdadera solidaridad internacional sería imposible.

Luxemburgo se mostraba más escéptica. Creía que «la nación» no era un actor democrático unificado, sino una formación interclasista liderada por las élites burguesas. A Luxemburgo le preocupaba que los movimientos nacionalistas distrajeran a los trabajadores de la lucha de clases y fortalecieran nuevos Estados capitalistas en lugar de impulsar el socialismo. Lo que estaba en juego era una cuestión que Wood aborda en América Latina a lo largo del periodo de entreguerras: ¿Apoyar la independencia nacional impulsa la emancipación de la clase trabajadora o corre el riesgo de subordinarla al nacionalismo?

Durante el periodo de entreguerras, los intelectuales latinoamericanos de izquierda —muchos militantes y «simpatizantes» del Partido Comunista, otros asociados con la Revolución Mexicana— reavivaron estas cuestiones y debatieron sobre el concepto de autodeterminación. Aunque la categoría tenía significados diferentes para distintos grupos, todos compartían «un principio común: que los pueblos deben tener derecho a determinar su propio destino». En esa misma línea, Wood sostiene que la autodeterminación era un concepto radicalmente democrático: «el verdadero núcleo de la idea [era] extender el derecho al autogobierno a grupos largamente marginados y a los que se les había negado ese derecho».

Centrándose en los grupos comunistas y afines al comunismo del periodo de entreguerras, Wood recurre a un vasto corpus de materiales de archivo, examinando fuentes de docenas de repositorios situados en Cuba, México, Perú, Rusia y Estados Unidos. Así, logra develar una red de conexiones transnacionales que configuraron el pensamiento de la izquierda radical sobre la raza, la soberanía y la lucha antimperialista. Radical Sovereignty no solo plantea un argumento novedoso sobre la centralidad de la raza, sino que también se opone a las historias centradas en la nación de la izquierda latinoamericana: los debates sobre la autodeterminación, la clase y la raza siempre fueron de naturaleza transnacional. Los intercambios entre pensadores y activistas de izquierda de toda América Latina fueron la fuerza motriz de la acción política radical en la región.

Wood sostiene que esta red transnacional de pensamiento y acción afines al comunismo era mucho más compleja de lo que han sugerido los relatos tradicionales. El Comintern (o Internacional Comunista) era el órgano de coordinación de los partidos comunistas mundiales, dominado por el Partido Comunista Soviético. Era el órgano a través del cual Moscú orientaba el pensamiento y la acción política de los partidos aliados en todo el mundo. Varios relatos históricos han considerado al Comintern, especialmente bajo el mandato de Iósif Stalin, como un instrumento a través del cual el Kremlin imponía políticas a los partidos comunistas en el extranjero: esos partidos locales o bien seguían la línea de Moscú al pie de la letra o bien eran excluidos de la organización.

Wood, sin embargo, muestra que la línea soviética fue cuestionada, negociada y adaptada por los radicales latinoamericanos. Sus ideas sobre la igualdad racial, las nacionalidades, la autodeterminación y el antimperialismo, aunque en deuda con los soviéticos, también fueron moldeadas por los movimientos indígenas, las corrientes panafricanas y los pensadores negros, cuyos análisis únicos de la explotación capitalista se nutrieron de la experiencia histórica de la dominación estadounidense y el triunfo de la Revolución Mexicana.

Ciudad de México: un centro transnacional para la política radical

Wood sostiene que la Revolución Mexicana, especialmente en la década de 1920, tuvo una importancia casi tan grande como la Revolución Rusa para la izquierda latinoamericana. No es de extrañar, pues, que la Ciudad de México, como capital del México posrevolucionario, se convirtiera en un centro de imaginación política, debate y activismo de izquierda. Exiliados y pensadores radicales de toda América Latina se reunieron allí para analizar —e intentar trasladar— el programa político revolucionario de México, que incluía nacionalizaciones, redistribución de la tierra, derechos laborales y una feroz retórica antimperialista.

Estas conexiones transnacionales, sostiene Wood, eran recíprocas: por un lado, dieron forma a la «efervescencia política y cultural» de México, contribuyendo a la implementación de ambiciosas políticas progresistas bajo el Estado mexicano posrevolucionario (especialmente el empoderamiento político de los campesinos). Por otro lado, los encuentros transnacionales en la Ciudad de México influyeron en las ideas sobre los movimientos revolucionarios, las luchas antimperialistas y la liberación racial que los propios exiliados alimentaron y llevaron de vuelta a sus propios países.

La Ciudad de México, muestra Wood, fue un centro transnacional donde las conversaciones sobre raza, antimperialismo y soberanía adquirieron proporciones hemisféricas: Las ligas campesinas mexicanas (en particular su principal líder, Úrsulo Galván) coordinaron acciones políticas conjuntas con los exiliados peruanos de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (el APRA de Víctor Raúl Haya de la Torre), el Partido Comunista Mexicano (PCM), la Liga Antimperialista de las Américas (LADLA) y el Comité «Manos Fuera de Nicaragua», que apoyaba la lucha de Augusto Sandino. Como escribe Wood

Todos [estos movimientos] se basaban en la convicción compartida de que los ámbitos nacional e internacional eran permeables; todos compartían la esperanza de que agentes lejanos pudieran ayudar a remodelar los destinos locales, y de que las acciones emprendidas aquí y ahora pudieran contribuir a renovar el mundo en general.

Sin embargo, las diferentes corrientes de esa izquierda radical asignaban roles divergentes al Estado. Por ejemplo, mientras que los cuadros del APRA argumentaban que el Estado-nación debía fortalecerse para combatir el imperialismo, los comunistas pensaban que ese Estado, en tanto respondía a fronteras artificiales, podía y debía rehacerse en nombre de la igualdad racial.

Las diferencias internas se agudizaron a medida que el clima externo se volvía hostil. La política interna mexicana, concretamente, experimentó un «giro conservador» a finales de la década de 1920. Ante las amenazas y las crisis (tanto externas como internas), el gobierno posrevolucionario buscó estabilizar la vida política nacional, y los enclaves transnacionales concentrados en la Ciudad de México se convirtieron en un blanco fácil. Esto incluyó la deportación de varios comunistas nacidos en el extranjero, como el líder sindical cubano Sandalio Junco y la fotógrafa italiana Tina Modotti. Al mismo tiempo se intensificaron las fracturas dentro de la izquierda. Si a principios de la década de 1920 las diversas corrientes de izquierda podían expresar sus diferencias en un debate creativo, al final de la década las rivalidades se estaban volviendo insuperables.

Los grandes debates sobre raza y autodeterminación

La segunda parte de Radical Sovereignty profundiza en una de las revelaciones centrales del libro: los debates dentro del movimiento comunista sobre la autodeterminación de la comunidad negra e indígena eran mucho más matizados de lo que a menudo se cree. En esta sección, Wood centra su atención en diferentes lugares —Buenos Aires, Montevideo, Moscú, Lima y La Habana— en donde las discusiones sobre raza y soberanía ocupaban un lugar destacado entre las preocupaciones de los radicales.

En este sentido, Radical Sovereignty cuestiona el consenso existente sobre la supuesta obediencia ciega de la izquierda latinoamericana a la línea ideológica del Comintern. Durante la década de 1930, el Comintern adoptó un enfoque más confrontativo conocido como «clase contra clase» o el Tercer Periodo, que impedía a los comunistas formar alianzas con socialdemócratas y nacionalistas y, en su lugar, abogaba por una acción más directa para radicalizar a la clase trabajadora contra el «Estado burgués».

Como señala Wood, «si bien el Tercer Período supuso un estrechamiento de los horizontes ideológicos, paradójicamente creó algunas oportunidades». Esas oportunidades incluían debates más ambiciosos sobre cómo abordar la injusticia racial, así como acaloradas discusiones sobre la importancia política de la propia categoría de raza. En otras palabras, el mayor énfasis en la política de clases precipitó una concepción ampliada de la pertenencia de clase y, con ello, una exploración de cómo la clase estaba implicada en la opresión racial y nacional.

Los participantes en esos debates respondían a la política nacional y a las realidades sociales de sus propios países, pero estaban fuertemente influenciados por las conexiones transnacionales. Por ejemplo, la famosa «Tesis del Cinturón Negro» de Harry Haywood, presentada durante el Sexto Congreso Mundial de la Comintern en 1928, bien pudo haber influido en las ideas sobre la autodeterminación en los movimientos comunistas latinoamericanos. La Tesis del Cinturón Negro afirmaba que la densa concentración de personas de ascendencia africana en las zonas rurales del sur profundo de Estados Unidos constituía la base demográfica, social y cultural para que esa población lograra la autodeterminación y fuera reconocida como una entidad política soberana.

El argumento del Cinturón Negro

Para los radicales latinoamericanos, la Tesis del Cinturón Negro planteaba preguntas apremiantes: ¿Se aplicaba también a su región? ¿Sufrían las personas de ascendencia africana de América Latina el mismo tipo de opresión que sus homólogos estadounidenses? ¿Y qué hay de los pueblos indígenas? ¿Era su opresión similar a la que sufrían los afroamericanos? De ser así, ¿debían los comunistas luchar por la autodeterminación de los indígenas y las personas de ascendencia africana? ¿Esa autodeterminación significaba la creación de nuevos Estados, o podía garantizarse dentro del marco de los ya existentes?

La Tesis del Cinturón Negro, inspirada originalmente en el panafricanismo, el anticolonialismo global y el pensamiento soviético sobre las naciones y las nacionalidades, moldeó tambiénel pensamiento de los comunistas sobre la raza en las Américas. Aquí Wood arroja nueva luz sobre los vínculos olvidados entre los movimientos globales de liberación negra y las luchas de los indígenas y las personas de ascendencia africana en América Latina.

A lo largo de todo su argumento, Wood no pierde de vista el hecho de que la autodeterminación y la raza también fueron escollos.

En dos importantes encuentros de comunistas latinoamericanos celebrados en 1929 en Uruguay y Argentina, la doctrina de la Comintern sobre la autodeterminación de los pueblos negros e indígenas generó graves tensiones. La Comintern consideraba a las naciones latinoamericanas como ficciones políticas que podían rediseñarse a voluntad para garantizar la autodeterminación de las poblaciones negras e indígenas. Los asistentes latinoamericanos, como es comprensible, se opusieron, argumentando que los Estados existentes eran vehículos para resistir la dominación imperial. Los pensadores latinoamericanos mantuvieron acalorados debates, a menudo sutilmente críticos, sobre la aplicabilidad de la teoría de la nacionalidad de Stalin y la Tesis del Cinturón Negro.

El intelectual peruano José Carlos Mariátegui, por ejemplo, reconoció la discriminación contra los pueblos indígenas en América Latina pero argumentó que otorgar la autodeterminación a estas poblaciones solo empoderaría a las élites indígenas en lugar de a los campesinos sin tierra, creando nuevos Estados burgueses en lugar de liberar a las masas oprimidas. El activista laboral afrocubano Sandalio Junco, por su parte, argumentó que las personas de ascendencia africana sufrían múltiples formas de opresión racial en la región pero se opuso a la autodeterminación. En su lugar, promovió una «concepción proletaria» del «problema de la raza», cuya solución consistía en demostrar a los trabajadores de ascendencia africana que «su lugar está junto al proletariado continental y mundial», al tiempo que promovía la igualdad total entre las diferentes razas que formaban la clase trabajadora.

A menudo, esos debates quedaron sin resolver y las tensiones en torno a la raza y la autodeterminación persistieron dentro de la izquierda. Pero también tuvieron implicaciones directas para las políticas públicas y la acción política en toda América Latina. A corto plazo, algunos países desarrollaron políticas para incorporar mejor a los pueblos indígenas en sus proyectos de construcción nacional, mientras que los partidos comunistas reconocieron la opresión de los trabajadores negros y buscaron activamente reclutarlos. Más tarde, esas ideas moldearon la acción política de los grupos de izquierda durante la Guerra Fría e influyeron en la codificación legal de la no discriminación y los derechos indígenas en el siglo XX.

Esta reconstrucción tan detallada de la historia intelectual es uno de los puntos fuertes de Radical Sovereignty. No obstante, al centrarse en la adaptación latinoamericana de la línea de Moscú, el autor pasa por alto la actitud de los enviados del Comintern hacia sus homólogos latinoamericanos, que era esencialmente paternalista y condescendiente. Según las citas y referencias de Wood, consideraban erróneas y rudimentarias las ideas de sus camaradas latinoamericanos sobre raza y soberanía.

Ahora bien, si, como muestra Wood, los latinoamericanos no siguieron ciegamente la línea soviética, surge la pregunta de si las ideas latinoamericanas influyeron en las opiniones de la Comintern sobre la raza en la región. Con la excepción de la Tesis del Cinturón Negro, los líderes de la Comintern no consideraron seriamente los debates de los intelectuales latinoamericanos. En otras palabras, ¿los radicales latinoamericanos se limitaron a negociar y adaptar las políticas de la Comintern a nivel local, o las reformularon desde sus raíces? ¿Y hasta qué punto la Comintern replanteó sus políticas e ideas sobre raza, nación y soberanía en respuesta a los debates y adaptaciones latinoamericanos?

Impacto concreto de la autodeterminación

La Parte III de Radical Sovereignty sigue el recorrido de la autodeterminación a medida que pasaba de los círculos intelectuales a los políticos en Cuba y México. Durante la década de 1930, el Partido Comunista de Cuba adoptó una postura más firme contra la opresión racial y, con ello, reformuló su política de autodeterminación. Esto condujo a un crecimiento significativo de la militancia afrocubana en el partido, tanto entre las bases como en los puestos de liderazgo.

El Partido Comunista Cubano promovió inicialmente la igualdad racial total y la autodeterminación para la población negra de la región de Oriente. En la década de 1930 había refinado el concepto de autodeterminación: en lugar de considerar la región de Oriente (de fuerte presencia afrocubana) como una unidad política separada, esta debía formar parte de la comunidad nacional cubana, aunque con un alto grado de autonomía y autogobierno. Al mismo tiempo, esa autonomía debía impulsar la causa de la igualdad racial en toda la isla. Wood demuestra que los intelectuales y activistas afrocubanos estuvieron al frente de un importante cambio de política y fueron fundamentales para reconceptualizar la raza como uno de los principales problemas nacionales en la lucha contra el imperialismo.

Luego de esta re definición del concepto de autodeterminación, el Partido Comunista Cubano se sintió con el ímpeto necesario para liderar la lucha por la inclusión racial, contribuyendo a la aprobación de leyes contra la discriminación racial en la asamblea constitucional de la isla de 1940. Sus propuestas triunfaron y formaron parte de la nueva constitución, una de varias victorias concretas en las que los debates sobre la autodeterminación y la raza se tradujeron en políticas y leyes progresistas.

La raza y la autodeterminación también marcaron la política pública mexicana a finales de la década de 1930. Para entonces, una corriente dominante de pensamiento y formulación de políticas se había consolidado en torno al indigenismo, movimiento ideológico que celebraba a las poblaciones indígenas como actores históricos clave y como una pieza fundamental de la «conciencia nacional». Sin embargo, las políticas indigenistas concretas también buscaban asimilar a los pueblos indígenas en una nación mexicana entendida como mestiza, hispanohablante y moderna.

Wood sostiene que las ideas radicales sobre la autodeterminación se infiltraron en el indigenismo oficial, moderando el enfoque asimilacionista dominante al tiempo que promovían una visión más pluralista de la educación y la cultura (por ejemplo, incluyendo la lengua indígena en la enseñanza primaria) y una visión más materialista de la «cuestión indígena» (por ejemplo, impulsando programas de desarrollo económico liderados por indígenas).

Teniendo en cuenta las contribuciones del líder sindical Vicente Lombardo Toledano y del académico Jorge Vivó a esta versión «pluralista radical» del indigenismo, Wood omite preguntarse por qué los propios intelectuales, activistas y líderes indígenas no participaron en la formulación de las políticas. Habría sido una reflexión bienvenida, especialmente después de que el autor muestre que los intelectuales negros participaron de manera tan destacada en las políticas lideradas por los comunistas sobre raza y autodeterminación en América Latina.

En el epílogo del libro, Wood sostiene que los debates de entreguerras sobre la autodeterminación y la raza influyeron en las discusiones sobre el antimperialismo durante la Guerra Fría y más allá, llegando incluso a influir en las ideas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en la década de 1990. Además, ideas centenarias de autodeterminación reaparecieron en las luchas del siglo XXI por la autonomía indígena en Bolivia y México.

En tiempos de un imperialismo estadounidense renovado, resulta más necesario que nunca reflexionar acerca del modo en que las colectividades nacionales y transnacionales pueden ofrecer una resistencia común. De igual manera, mientras el orden internacional se tambalea, la izquierda debe reconstruir espacios para una imaginación política ambiciosa —como los que evoca Wood— y abordar las formas de injusticia social y explotación, tanto nuevas como antiguas, a nivel global.

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Publicado en América Latina, Estados Unidos, Historia, homeCentroPrincipal, Imperialismo, Libros and Reseña

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