La filtración de grabaciones que vinculan al hijo de Bolsonaro con la corrupción bancaria fractura a la extrema derecha. Para la izquierda, la oportunidad es de oro, pero exige romper el corsé fiscal y unificar a una clase trabajadora dividida.
Notas publicadas en Brasil
El gobierno de Jair Bolsonaro fue una época oscura para los movimientos sociales en Brasil. Desde el regreso de Lula, los movimientos han recuperado su papel, no solo en las calles, sino también en la formulación de las políticas gubernamentales.

La reelección no se gana negociando con el Centrão: se gana en la calle.
La elección de 2026 en Brasil sigue abierta: la extrema derecha conserva una implantación social profunda, el país continúa fracturado y la batalla contra el bolsonarismo exigirá mucho más que una campaña defensiva.
A medida que Luiz Inácio Lula da Silva busca su último mandato como presidente de Brasil, la estrategia electoral de la izquierda —quién se postula, qué facciones se alinean y cómo la coalición equilibra el pragmatismo con los principios— ya está delineando la era post-Lula.
La reciente condena de los asesinos de Marielle Franco expone los profundos vínculos entre la derecha brasileña y las milicias violentas. Pero también prueba que las instituciones democráticas aún pueden responder a la violencia derechista.
En estos días hubiera sido el cumpleaños del recordado futbolista Sócrates, quien desafió a la dictadura militar en su país, un ejemplo necesario hoy en la antesala de un Mundial diseñado para funcionar como escaparate propagandístico trumpista.
Pese a sus ambiciones autoritarias, la administración Trump comparte pocas de las condiciones características de las dictaduras militares del pasado en América Latina. Pero los ecos de una retórica sobre el «enemigo interno» siguen siendo peligrosos.

Brasil combina una riqueza social y cultural extraordinaria con uno de los niveles de desigualdad más extremos del mundo. Incluso bajo el lulismo, las reformas resultan insuficientes para quebrar la estructura del capitalismo periférico brasileño.
El MST de Brasil está cerca de los dos millones de miembros y ocupa un lugar central en la pelea por la democracia y la igualdad. Y lo logró enarbolando la bandera militante más improbable: la comida orgánica.







