Las escaladas bélicas en años recientes y, particularmente, desde 2022 en Ucrania-Rusia, Palestina (y la región circundante. incluyendo a Israel, Líbano, Yemen, Iraq e incluso Afganistán y Pakistán), Venezuela e Irán, además de los países sancionados unilateralmente, conforman distintas batallas que están relacionadas. Ese uso de la fuerza busca impedir el declive hegemónico estadounidense y occidental en el mundo, que se siente desafiado por la irrupción de China, Rusia y sus alianzas.
En esta transición hegemónica global y conflictiva (una verdadera crisis sistémica), el declive estadounidense (con una deuda de 38 billones de dólares) se intenta frenar mediante un incremento del uso de su complejo militar-industrial. Eso no significa que vaya a ser un final abrupto, sino que el rol estadounidense está puesto en cuestión por el ascenso o la recuperación de otras potencias en los planos militar, económico, científico-tecnológico y de distribución del poder mundial.
La situación interna de Estados Unidos está marcada por tensiones internas y crisis económicas. Una válvula de escape de su política hacia el exterior es la guerra e intervención en la política de otros países. Mientras su actualidad económica se ha debilitado, su poder militar se sigue expandiendo y se utiliza para doblegar rivales y subordinar aliados. Por eso, traslada las disputas a ese terreno, al uso de medios militares «directos» e «indirectos» para intentar neutralizar el desarrollo de China y sus aliados.
Pese a argumentar «America first» (Estados Unidos está primero), la estrategia de la política exterior estadounidense ha ido cambiando en la retórica, pero resulta no ser tan así en los hechos. Por ejemplo, los defensores de esta política y del movimiento «Make America Great Again» (MAGA) proponían frenar en poco tiempo las guerras, pero los acontecimientos marcan otro desenvolvimiento. La finalidad de complicar los lazos económicos con China y de distanciarla de Alemania y la Unión Europea aumentan, a su vez, la carrera armamentística y la belicosidad.
La otra gran tendencia coyuntural y estructural es el ascenso del poderío chino. Esto envuelve una disputa y una competencia con Estados Unidos en el terreno comercial, de los mercados, en lo tecnológico y en la influencia planetaria. Aunque siguen manteniendo intercambios en varias ramas, se registró una caída del 20% y en la última década, el gigante asiático alcanzó el 30% de la producción industrial mundial, sobrepasando ya desde 2008 el 15% de la de Estados Unidos (en 1995, Estados Unidos tenía más del 20%, cuadruplicando el 5% del país asiático).
China es el mayor importador mundial de petróleo del mundo y alrededor de tres cuartas partes de su consumo dependen del exterior. Es, además, el principal comprador de crudo de Irán y uno de los mayores de Arabia Saudita, al tiempo que lidera inversiones en transición energética orientadas a reducir el uso de combustibles fósiles. Esta doble condición explica su interés estratégico en asegurar rutas de suministro a través de puertos del Cuerno de África y de los principales estrechos marítimos, en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR). En ese esquema, China adquiere cerca del 19 % del petróleo que exporta Rusia, el 15 % del de Arabia Saudita y alrededor del 15 % del de Irán. En este último caso, esas compras representan más del 90 % de las exportaciones iraníes de crudo, que se comercializa con descuentos para sortear las sanciones internacionales.
En este contexto, se observa un realineamiento de las alianzas regionales en torno a la gravitación económica y política de China. Resulta clave considerar no solo las vastas reservas de hidrocarburos de países como Arabia Saudita, Irán y Emiratos Árabes Unidos—ubicadas en el estratégico Estrecho de Ormuz—, sino también la incorporación de los dos últimos al BRICS+ a partir de 2024 (con la invitación a Arabia, en proceso de integración). La ampliación de este bloque refuerza la articulación entre potencias energéticas y nodos logísticos clave, como Egipto (el país más poblado de la región, que también ingresó al BRICS+ en 2024), que controla el Canal de Suez, y Etiopía, situada en el Cuerno de África, próxima al estrecho de Bab el-Mandeb, por donde circula una parte sustancial del comercio mundial de hidrocarburos.
¿Qué se dirime en esta guerra?
¿Cuáles son las cuestiones principales que se dirimen en esta guerra? Una es la del petróleo y el gas, incluyendo su extracción, transporte y control, con toda una disputa para intervenir en los planes de aquellos gobiernos que difieren de lo pretendido por Estados Unidos y tienen un acercamiento a China y a Rusia. Por eso hoy, luego del fracaso de la guerra arancelaria y económica, Estados Unidos apuesta por intervenciones militares directas en las potencias petroleras. Sin embargo, por ahora, esta política impulsó una suba del precio del petróleo que afecta la economía mundial y refuerza la crisis sistémica actual.
El segundo factor sustancial es el alineamiento del dólar al petróleo (con los petrodólares) y el intento de evitar los intercambios en otras monedas. Defender al dólar implica combatir la creciente deuda estadounidense y financiar la hipertrofia militar. Además, sirve para escalar el antagonismo de la estructura imperial liderada por Estados Unidos frente a China y Rusia, Irán, Venezuela, Cuba y otros aliados.
En esas dos aristas, el Golfo Pérsico es uno de los ejes centrales del sistema energético mundial. Y el Estrecho de Ormuz representa un punto estratégico para el comercio mundial de petróleo y gas natural licuado (así como de fertilizantes, con Irán como uno de los principales exportadores de urea del Golfo). En la región circundante, Estados Unidos utilizó la fuerza para atomizar diferentes países (Iraq, Afganistán, Libia), acordando con los países del Consejo de Cooperación del Golfo o CCG (como Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes). Irán, por su parte, encabezó el eje Teherán-Bagdad-Damasco-Beirut, con Palestina como importante punto de conexión entre sus integrantes.
El tercer aspecto pasa por el control de los mercados y las arterias de conexión, intentando desestabilizar las dos grandes vías o rutas comerciales estratégicas que convergen en Irán. Se trata de la IFR (o «Nueva Ruta de la Seda») y del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur, desde Rusia, Irán y la India (una red multimodal de 7.200 km que conecta India, Irán, Azerbaiyán, Rusia y Asia Central). Ambas reducen tiempos y costos de envío en un 30-40 % con respecto al Canal de Suez u otros caminos y constituyen una alternativa para evitar las sanciones o la tensión con Europa. En contrapartida, en septiembre de 2023 se planteó como alternativa la instauración del Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, impulsado por India, Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Francia, Alemania e Italia), un intento de opción respecto de los otros corredores, que busca fortalecer a la India en su competencia con la manufactura china y posicionar a Israel.
Irán es un nodo fundamental de la integración euroasiática, con sus corredores energéticos y de transporte este/oeste en la IFR y el Corredor Norte/Sur. Además, firmó un tratado de 25 años con China por 400 mil millones de dólares de infraestructura por energía. El histórico interés por dominar a Irán proviene de su localización, de su importancia como una de las hegemonías regionales (también en el terreno de la influencia cultural) y de sus reservas energéticas, que no sólo cuentan con las mayores reservas petrolíferas mundiales (solo superada por Venezuela y Arabia Saudita) sino también con la segunda reserva de gas global, después de Rusia. Pero no se trata sólo del control solo de Irán sino de toda la región, ya que casi el 80 % de las reservas de gas mundiales probadas se encuentran en apenas diez países, ubicados principalmente en Asia Occidental y Rusia.
El cuarto punto sería la pretensión de afianzar una hegemonía regional israelí y la idea del Gran Israel, con un país fortalecido y ampliado, pero subordinado a Estados Unidos. Los cuatro factores están interrelacionados. Se encuentran en una lógica que lleva recorridas varias décadas. Pero varias diferencias saltan a la vista en la coyuntura actual respecto del momento de la invasión a Iraq de 2003, en el marco de un mundo unipolar. Hoy EE. UU. tiene una mayor oposición y una menor fortaleza y, pese a su inmenso presupuesto militar, podría empantanarse gravemente en su iniciativa bélica en la región.
Israel, por su parte, luego de avanzar con los acuerdos de Abraham, de estar cerca de una normalización con Arabia Saudita, de haber cometido el genocidio en Gaza, de encabezar frente de guerra contra Hezbollá en el Líbano, motorizar el cambio de régimen en Siria y llevar adelante los ataques contra los Hutíes en Yemen, hoy busca derribar a su principal rival regional.
El «capitalismo fósil»
La región del centro de Afroeurasia se ha visto envuelta en guerras durante todo el siglo XX y lo que va del XXI. Es la zona más intervenida militarmente en el último siglo y medio. Y no se trata solo de una disputa por los territorios y sus recursos en sí mismos sino también, como dijimos, de contrarrestar la expansión de potencias competidoras de Estados Unidos, con la particularidad de que en los últimos treinta y cinco años se han elevado los números de muertos, heridos, desplazados y refugiados. Por eso, en el mediano plazo, el genocidio en Gaza se inscribe en ese marco, como evidencia de un síndrome del final de la posguerra fría y de la extensión espacial del complejo militar industrial (en concatenación con el conflicto Ucrania-Rusia-OTAN). Desde 2001, las invasiones de Estados Unidos y la OTAN (con la connivencia de más actores regionales y mundiales), causaron la muerte de 4,5 millones de personas e indujeron el desplazamiento de 38 millones de individuos, afectando a más de 100 millones de habitantes.
La lógica y estrategia estadounidense de comportamiento hacia los países con las mayores reservas mundiales de hidrocarburos se caracteriza por la alianza con Arabia Saudita, Emiratos Árabes y Kuwait, y por las invasiones a Iraq (1991 y 2003), Libia (2011), Venezuela e Irán (2026), y las sanciones y la guerra por delegación contra Rusia (desde 2015). En un historial estadunidense atravesado por una extensa serie de intervenciones militares y colaboraciones en golpes de Estado, este año se cumplen 250 años de su independencia, de los cuales solo en dieciséis no estuvo en guerras.
China, en cambio, en tiempos recientes le compró petróleo a aquellos países sancionados y selló tratados con varios de esos países sin usar la faceta bélica. Algunos de estos países, además de incorporarse al BRICS+, se sumaron a la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), como es el caso de Irán y, como socios de diálogo, de Arabia Saudita y Qatar. Ese contraste entre las políticas de las superpotencias hacia la región de Asia Occidental y Norte de África, se ve modificado por el rol de apéndice regional que cumple Israel. Y ahí es donde Gaza y la cuestión palestina adquieren un lugar preponderante por su ubicación, por ser un ejemplo de resistencia y por constituir la primera dificultad a las pretensiones hegemónicas regionales israelíes (que están totalmente incorporadas a la estrategia estadounidense). Pese a que hoy los ojos del mundo están puestos en el Golfo Pérsico y todos los países que lo rodean, con énfasis en Irán, Israel continúa presionando a la Franja de Gaza y sostiene sus intenciones de anexar Cisjordania.
Es importante entender la lógica de cómo se conecta lo que sucede en Gaza (también en Líbano, Irán y el Golfo) con el «capitalismo fósil», el interés por el petróleo y el gas, las rutas geoestratégicas que atraviesan la región para conectar Eurasia y África. Esto está relacionado con una lógica de confrontación geopolítica entre el BRICS+ y el G7 y la OTAN, en una disputa que todavía se mantiene fuera del ámbito pleno militar.
La lucha por la liberación de Palestina constituye un enfrentamiento al imperialismo liderado por Estados Unidos y al capitalismo fósil global. Los dos pilares de la hegemonía estadounidense en la región son Israel y las monarquías del Golfo Pérsico, ricas en combustibles fósiles. Palestina forma parte de un frente global contra el colonialismo y el imperialismo, por lo que el derrocamiento de los regímenes árabes conservadores de la región también resulta esencial el triunfo de su lucha.
Una guerra asimétrica
La guerra contra Irán constituye una confrontación asimétrica, donde dos potencias militares y nucleares comenzaron un bombardeo sobre una potencia regional. Una serie de factores entrelazados sirven para comprender el contexto en el cual Estados Unidos e Israel precipitaron el ataque sobre Irán, recordando que, como planteamos al inicio, esta guerra regional es parte de la apuesta bélica estadounidense para frenar su relativo declive económico y hegemónico. El ataque también forma parte de la Guerra Global Híbrida, que combina métodos militares convencionales con tácticas no convencionales —guerra económica y política, ciberataques, desinformación— para desestabilizar adversarios, que se lleva adelante en varios ejes de conflictos abiertos simultáneos.
La estrategia estadounidense pasa hoy por atacar Irán, como el eslabón que considera más débil del triángulo geoestratégico que conforma con China y Rusia, mientras le deja a Europa la tarea de desgastar a Rusia y espera el momento para ir por China. En ese marco, Estados Unidos intenta asestarle golpes a los aliados de la asociación estratégica sino-rusa, como es el caso de Venezuela y Cuba, además del país persa. En la práctica se corroboran, además, dos hilos conductores en la nueva estrategia estadounidense: el control de los puntos de reservas energéticas y de las rutas comerciales estratégicas. Estos objetivos explican las amenazas de ocupación de Groenlandia (por las nuevas rutas del Ártico) y del Canal de Panamá (junto con el dominio del Caribe).
En esta guerra asimétrica, los gastos son exponenciales para Estados Unidos porque la respuesta iraní es mucho menos costosa por el uso de misiles balísticos y drones de tecnología más barata. La estrategia iraní, con la colaboración de un sistema de radares e inteligencia chinos, pasa por golpear a Israel y atacar a objetivos como las bases militares estadounidenses en la región y a sus empresas o bancos en los países del Golfo, buscando atenuar y redefinir el control de Estados Unidos sobre el petróleo del Golfo Pérsico. La clave de la estrategia reside en que Irán solo permita el tránsito por el estrecho de Ormuz de los petroleros cuya carga se haya liquidado en yuanes, lo que genera un debilitamiento en la dolarización del comercio energético mundial. Recordemos que el reciclaje de petrodólares constituye la base de la financiación y la militarización del comercio petrolero mundial estadounidense.
Entonces, los objetivos iraníes apuntan a erradicar la amenaza de incursiones militares, a frenar sanciones, a recuperar sus activos congelados y a terminar con la ocupación israelí de los territorios palestinos. En eso podría modificar el equilibrio geopolítico en el Golfo Pérsico, dificultando el control estadounidense de puntos estratégicos navales y de los corredores marítimos de la zona (prueba de ello es la retirada de tropas europeas de la OTAN de Iraq).
Por eso, esta es una guerra regional que toma carácter mundial por el impacto económico que genera el cierre del estrecho de Ormuz y el impacto sobre la provisión de petróleo y gas al resto del mundo (sobre todo a Europa, Japón, Corea del Sur y la India). A esta crisis se suma el temor a que los hutíes dificulten el paso por el Estrecho de Bab el Mandeb hacia el Canal de Suez, lo que también encarece y prolonga los transportes maríticos al obligar a una circunvalación de África.
Algunos puntos clave a modo de conclusión
En esta guerra crucial, los aspectos más relevantes desde el punto de vista geopolítico son:
-Se trata de una continuación de la alianza estadounidense-israelí para, al menos desde la disolución soviética, impulsar un «caos controlado» en la región.
-El entrelazamiento político militar de Estados Unidos e Israel para esta guerra, hasta el momento no está siendo acompañado, como se esperaba, por la OTAN.
-Es clave el intento estadounidense de desestabilizar las rutas de aprovisionamiento chinas, los corredores económicos, la multipolaridad y el tablero euroasiático («geopolítica del caos»), además de debilitar el BRICS+ y las relaciones entre Irán, Rusia y China.
-Estos planes se están complicando por el contraataque de Irán (con apoyo chino a través del yuan y de ayuda en cuanto a inteligencia), lo que debilita la influencia estadounidense e israelí en el Golfo Pérsico, lo que, de manera calculada, conlleva inmensas repercusiones financieras, económicas y de influencia.
-La desdolarización y la cuestión de los petrodólares (más la desdolarización incipiente o posible del petroyuan) aparece como claro eje de disputa, un tema central ante la posibilidad de una crisis económica mundial.





























