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Fuerzas de seguridad lanzan gas lacrimógeno contra un manifestante que había acudido a marchar con los sindicatos contra la OMC en Seattle, Washington. (Sion Touhig / Sygma vía Getty Images)

Cuando las protestas paralizaron la OMC

Traducción: Natalia López

El nuevo documental WTO/99 reconstruye las protestas de 1999 contra el orden comercial neoliberal global, la violenta represión policial y la esperanza de un mundo diferente que encontró una vibrante expresión en las calles de Seattle.

El documental WTO/99 no comienza con un caos, sino con garantías. Los manifestantes contra la Organización Mundial del Comercio (WTO, según sus siglas en inglés) —el organismo al que recurrieron los países cuando quisieron desafiar las protecciones laborales o medioambientales de otra nación como «barreras al comercio» y el músculo institucional detrás de la era de cierres de plantas, deslocalizaciones y cadenas de suministro que podían traspasar fronteras, dejando atrás a los trabajadores y sembrando a su paso contaminación, deforestación y desregulación— viajan a Seattle a finales de noviembre de 1999 para discutir sus planes para la semana siguiente y su esperanza de que, a pesar de la magnitud de lo que se avecina, la policía no reaccione de forma exagerada.

Los responsables policiales de Seattle, entrevistados en los canales de noticias locales, se hacen eco de esa confianza. Afirman que están preparados y subrayan su apoyo al derecho de las personas a expresar sus opiniones la primera vez que la OMC se reúne en suelo estadounidense.

Pero la calma no durará. Y la película deja claro desde el principio que lo que sigue no es simplemente la historia de una ciudad que pierde el control de sus calles. Es una historia sobre los mecanismos de aplicación que respaldan el orden «inevitable» de la globalización capitalista al que se oponen los manifestantes en Seattle, y sobre la rapidez con la que aparecen esos mecanismos una vez que se altera ese orden.

Lo que distingue a WTO/99 de la larga lista de retrospectivas de «La batalla de Seattle» es su negativa a convertir al Seattle de 1999 en un mito fundacional o en una obra moralizante. La película no está especialmente interesada en decidir si las protestas «funcionaron». En cambio, reconstruye lo que sucedió, en salas llenas de activistas, líderes políticos y policías, y en las calles de Seattle, dejando que el significado surja a medida que se desarrollan los acontecimientos.

El documental se compone íntegramente de imágenes de archivo, dejando que esas imágenes hagan la labor editorial. Era una época anterior a los teléfonos inteligentes, antes de que la circulación constante de imágenes de las protestas hiciera familiares las imágenes de la escalada policial. Hoy en día, en las calles de las ciudades patrulladas por el ICE y en otros lugares, los agentes químicos y las detenciones indiscriminadas pueden parecer una convención sombría del género. En WTO/99, todavía se registran como una escalada, no porque la violencia estatal sea nueva, sino porque su documentación pública es menos habitual y las autoridades siguen insistiendo con seriedad ante las emisoras locales en la necesidad de que las fuerzas del orden actúen con moderación.

Las primeras entrevistas establecen el terreno político. Bernie Sanders aparece casi al principio, advirtiendo que «el pueblo estadounidense está cada vez más alienado» y enmarcando la OMC como una cuestión de soberanía: quién decide las reglas que rigen el trabajo, el comercio y el medio ambiente. Momentos después, la película pasa a imágenes de noticias por cable del provocador derechista Roger Stone, identificado como miembro del comité exploratorio presidencial de Donald Trump. Incluso en 1999, la crítica a la globalización ya se estaba imponiendo, y la lucha política por quién captaría esa ira —y con qué fin— estaba en marcha.

A continuación, la cámara abandona a los expertos y se adentra en las calles. Los manifestantes se encadenan con contenedores de hormigón y tubos de acero que unen sus brazos, lo que ralentiza los intentos de la policía de despejar la obstrucción. Un reportero se agacha junto a un manifestante tumbado boca abajo en el pavimento y le pregunta si le duele el artilugio. «No realmente», responde el manifestante con calma. Es un momento de leve absurdo antes de que llegue la respuesta de la ciudad —la policía avanza con gas pimienta y gas lacrimógeno— dejando claro la seriedad con que toman las autoridades la interrupción.

A media mañana del 30 de noviembre, se pospone la ceremonia de apertura de la OMC. A las 10 de la mañana, se celebra una manifestación de la AFL-CIO. Edward Fire, de la Unión Internacional de Trabajadores Eléctricos, señala que General Electric ha eliminado cien mil puestos de trabajo en Estados Unidos al trasladar sus operaciones al extranjero. Otro líder sindical, Neil Kearney, de la Federación Internacional de Trabajadores del Textil, la Confección y el Cuero, describe a los niños que clavan remaches en los vaqueros para la exportación y a otros que fabrican juguetes para los mercados occidentales como «la verdadera cara de la globalización». Un portavoz de la Federación Sindical de Barbados destaca que estos regímenes comerciales vinculan a los trabajadores más allá de las fronteras, lo consientan o no.

Los manifestantes «tortugas marinas» llegan a Seattle. (Cortesía de los Archivos Municipales de Seattle / utilizado bajo CC BY-SA 2.0)

La multitud crece a medida que unas cincuenta mil personas se reúnen en Seattle. Los «Teamsters and Turtles» (camioneros y tortugas), nombre con el que se conoce a la insólita imagen de camioneros sindicalizados marchando junto a ecologistas con caparazones de tortuga marina de papel maché, están todos en las calles. En un breve tramo del centro de Seattle, estibadores, estudiantes y activistas climáticos avanzan en la misma dirección. Se trata de una alineación momentánea, formada en torno a un objetivo común, no a un programa común.

La policía rocía con gas pimienta a los manifestantes directamente en la cara. El gas lacrimógeno llena las calles del centro. Jerry Jasinowski, de la Asociación Nacional de Fabricantes, se queja ante las cámaras de que «era un verdadero caos», y añade que le llamó la atención lo «chiflados» que parecían algunos de los manifestantes. Al mediodía, veinticinco mil sindicalistas y estudiantes marchan juntos; una chaqueta del Local 13 de la ILWU pasa rápidamente ante la lente. Un miembro mayor del sindicato murmura que hay «demasiados yuppies a los que les importa un comino todo esto», antes de concluir que lo que se necesita es una revolución.

La película alterna entre la violencia en las calles y la incredulidad de la élite. Un representante de la Cámara de Comercio de Estados Unidos expresa su asombro ante el hecho de que los sindicatos se opongan al libre comercio, insistiendo en que la globalización ha ayudado a los trabajadores. Michael Moore, filmado en medio de la multitud, argumenta que la verdadera violencia se está produciendo dentro de las empresas —Exxon, Microsoft, Monsanto— «todos bastardos codiciosos». Otro manifestante lo expresa de forma sencilla: las empresas quieren que la gente crea que no hay alternativa. «No quiero creer eso».

La policía rocía con gas pimienta a los manifestantes a una distancia increíblemente corta. (Steve Kaiser / utilizado bajo CC BY-SA 2.0)

A media tarde, la policía de Seattle se queda sin gas pimienta y comienza a obtenerlo de los departamentos locales y las instalaciones penitenciarias. A las 3:15 p. m., la administración del presidente Bill Clinton advierte al alcalde de Seattle, Paul Schell, que si no se despejan las protestas del centro de la ciudad, la conferencia de la OMC podría suspenderse. Una hoguera arde en medio de una intersección. Un corresponsal extranjero comenta que «en la periferia hay disturbios».

Amy Goodman, de Democracy Now!, que informa en directo, intenta determinar qué está disparando la policía: ¿se están utilizando agentes químicos y balas de goma al mismo tiempo? Los mandos policiales se niegan a dar explicaciones. «Estamos utilizando armas no letales», insiste un funcionario, mientras se muestran imágenes de personas que describen cómo les han disparado en los ojos o en el pecho. El alcalde pide comprensión y señala a la defensiva que su administración incluye a personas que marcharon en la década de 1960. Ralph Nader aparece más tarde y argumenta que los acuerdos comerciales revierten décadas de progreso al subordinar los derechos de los trabajadores y el medio ambiente a las ganancias.

Michael Moore habla en la Gala Popular de la Semana de la OMC. (Cortesía de los Archivos Municipales de Seattle, artículo n.º 176788 / utilizado bajo CC BY 4.0)

El segundo día trae consigo una escalada. Clinton llega a Seattle a la 1:30 a. m. Doscientos miembros de la Guardia Nacional y trescientos agentes de la Policía Estatal de Washington se despliegan por toda la ciudad. A las 8 a. m., el alcalde prohíbe las protestas en un área de cincuenta manzanas del distrito comercial central. Se prohíben las máscaras antigás. En su discurso en el puerto, el presidente Clinton cita a Maquiavelo: «No hay nada tan difícil en los asuntos humanos como cambiar el orden de las cosas».

Los trabajadores siderúrgicos se manifiestan esa tarde. «Estamos viendo en qué consiste el nuevo orden corporativo», dice uno de los oradores. «La gente no puede levantarse y decir no». Las detenciones ascienden a cientos y los periodistas señalan la ausencia de vandalismo, incluso cuando la gente sigue siendo rociada y golpeada. Un agricultor de California dice que está conmocionado por la violencia policial.

Esa noche, el NO WTO Combo —formado por miembros de Dead Kennedys, Nirvana, Soundgarden y Sweet 75— ofrece un concierto único en el Showbox. En otros lugares, las batallas se recrudecen en las calles. Los residentes se asoman a las ventanas preguntando «¿por qué?», mientras las armas de la policía siguen disparando hasta la madrugada.

Sin embargo, la reunión de la OMC concluye según lo previsto el 2 de diciembre. La institución no ha sido derrotada; el orden comercial mundial permanece intacto. Las protestas lograron interrumpirla, pero no derrumbarla. Eso no es poco en un orden capitalista que insiste en que no hay alternativa.

Tras revisar cientos de testimonios de testigos presenciales, la Unión Americana de Libertades Civiles de Washington concluyó que la respuesta de la policía fue «descontrolada» y que los manifestantes no constituían un motín que justificara la fuerza utilizada contra ellos. Por su parte, los departamentos de policía tomaron Seattle como una lección. El Foro de Investigación Ejecutiva de la Policía describiría más tarde a Seattle como un punto de inflexión que «lo cambió todo» para la policía antidisturbios, enmarcándolo explícitamente como una referencia anterior al 11-S para un modelo de control de multitudes más agresivo y orientado a la seguridad.

El documental amplía su marco al final. Seattle se convierte en un punto de referencia cuando vemos las protestas del año siguiente contra el Fondo Monetario Internacional en Praga, contra el Banco Mundial en Washington D. C. y en la Convención Nacional Demócrata en Los Ángeles. Se repite la misma coreografía: multitudes, porras, caos. Luego llega el 11 de septiembre. El impulso de las protestas se ralentiza, engullido por una ola de fervor patriótico que ayudaría a justificar la guerra contra el terrorismo y a exportar un nuevo régimen de vigilancia, disciplina y violencia por todo el mundo. El orden al que se enfrentaron los manifestantes en Seattle no se ha mantenido estático. La fe de la era Clinton en el libre comercio sin fricciones ha dado paso a los aranceles, las guerras comerciales, la política industrial y la rivalidad abierta entre las grandes potencias. Los políticos ya no hablan del libre comercio como un bien incuestionable.

Sin embargo, las cadenas de suministro globales siguen extendiéndose por todos los continentes, y el capital se mueve con más libertad que los trabajadores. El deterioro medioambiental se ha acelerado. El sistema sigue funcionando sobre la base de una acumulación despiadada de beneficios, sin importar las consecuencias para las personas y el planeta.

La última palabra de WTO/99 la tiene un residente que testifica en una audiencia del Ayuntamiento de Seattle celebrada tras la conclusión de las reuniones. Los manifestantes heridos describen huesos rotos y detenciones. Uno de los oradores se encoge de hombros ante el lenguaje de la victoria y la derrota por igual. «No creo que esto vaya a ninguna parte», dice. «Pero nosotros tampoco vamos a ir a ninguna parte».

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