Pese a las amenazas de Donald Trump de destruir la civilización iraní, los cineastas del país persisten en su larga tradición de hacer un cine desafiante y profundamente humano, forjado bajo la censura, el encarcelamiento y la guerra.
Notas publicadas en Irán
El cese al fuego anunciado por Donald Trump es un reconocimiento tácito del fracaso de una guerra inútil e insostenible. La posibilidad de una paz duradera pende de un hilo ante los intentos de sabotaje de Israel y el irresponsable belicismo de la oposición demócrata.
En Irán, Donald Trump le ha demostrado al mundo que incluso el inmenso poder de la principal potencia imperial del mundo tiene límites. Sus iniciales amenazas genocidas, al igual que su posterior capitulación, fueron consecuencia de esta realidad.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán entrelaza numerosos elementos geopolíticos clave, que van desde la apuesta inmediata para controlar vías estratégicas de circulación comercial hasta el inicio de una reorganización regional a gran escala.
La ofensiva de Estados Unidos contra Irán busca forzar una transformación interna del régimen mediante presión militar y golpes selectivos contra su liderazgo, apostando a que los sectores pragmáticos impongan un giro estratégico hacia Washington.
El ataque estadounidense-israelí contra Irán ha causado graves daños a su estructura de mando, pero el sistema iraní está diseñado para soportar tal presión. Es de esperar una guerra más prolongada que la del año pasado, en la que los factores políticos serán clave para el resultado final.
Estados Unidos está atacando a Irán porque Donald Trump estaba decidido a arrastrar al país a una guerra a cualquier precio, pese a haber insistido una y otra vez en que haría exactamente lo contrario.
Presentados como una ofensiva contra el «mal», los ataques de Washington y Tel Aviv estrechan el margen de maniobra de Irán. En este escenario, los incentivos de Teherán se orientan cada vez más hacia la escalada como cuestión de supervivencia.
Por el momento los gobernantes iraníes lograron contener la oleada de protestas. Pero la naturaleza del estallido y la respuesta letal del Estado definen una situación sin precedentes desde la revolución de 1979, mientras persiste la amenaza de un ataque estadounidense.









