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Un boceto de la sala del tribunal de 1913 de Victor Serge por Paul Charles Delaroche. (Biblioteca Nacional de Francia)

Víctor Serge fue uno de los grandes escritores revolucionarios

Traducción: Pedro Peruccca

Víctor Serge vivió una notable secuencia de convulsiones revolucionarias antes de morir en el exilio mexicano a los 56 años. La vida y la obra de Serge, atrapadas entre la esperanza y la desesperación, pueden ayudarnos a comprender el turbulento siglo XX europeo.

Reseña de Victor Serge: Unruly Revolutionary [Víctor Serge: un revolucionario indómito], de Mitchell Abidor (Pluto Press, 2025, aún sin edición en español)

Muchos lectores conocerán la obra literaria de Víctor Serge: sus novelas, en particular El caso del camarada Tulayev, y su fascinante autobiografía Memorias de un revolucionario. Toda su obra gira en torno a los grandes acontecimientos históricos de la primera mitad del siglo XX, las esperanzas suscitadas por la Revolución Rusa de 1917 y su posterior desenlace catastrófico.

Ahora Mitchell Abidor ha escrito una biografía de Serge, basada en una investigación exhaustiva y en documentación reunida por el gran estudioso y traductor de Serge, Richard Greeman. Si bien Abidor no cuestiona de manera fundamental el relato que el propio Serge presentó en sus Memorias, añade numerosos detalles fascinantes que sitúan la evolución política de Serge en su contexto.

Anarquismo y bolchevismo

Nacido en Bélgica en el seno de una familia rusa con el nombre de Víctor Lvovich Kibálchich, Serge atravesó un notable proceso de desarrollo intelectual siendo todavía adolescente (nunca fue a la escuela). Se trasladó a París y se incorporó activamente como escritor y editor al ambiente anarquista, terminando en prisión durante cinco años.

Abidor dedica el primer cuarto del libro a la etapa anarquista de Serge. Los revolucionarios no nacen como tales, sino que se hacen a sí mismos, a menudo a través de un camino marcado por dificultades y contradicciones. Aunque Serge conservó siempre cierta simpatía por el anarquismo, Abidor muestra que existían algunos elementos profundamente reaccionarios en el ambiente anarquista parisino.

La influencia del individualismo radical y un marcado pesimismo sobre la posibilidad del cambio social hicieron que Serge fuera muy escéptico respecto a la viabilidad de la acción colectiva. Fueron sus experiencias posteriores de acción de masas, primero en España y luego en Rusia, las que lo llevarían a una reorientación fundamental de su actividad política.

La Revolución Rusa de 1917 fue el punto de inflexión decisivo en el desarrollo de Serge. Para Serge, como para toda una generación devastada por la espantosa matanza masiva de la Primera Guerra Mundial, la llegada al poder del Partido Bolchevique fue un momento de esperanza, esperanza de que fuera posible construir un orden social completamente diferente.

El joven Serge se había entregado a especulaciones sobre la posibilidad de la revolución. Ahora una revolución real había ocurrido y, aunque divergía de sus ideas anteriores, estaba decidido a desempeñar su papel en ella. Con grandes dificultades, se abrió camino a través de Europa y se puso al servicio de los bolcheviques.

La Rusia posrevolucionaria no era un paraíso. La razón principal —y una que Abidor podría haber subrayado más— fueron los esfuerzos realizados por las grandes potencias de Occidente (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, etc.) para subvertir y derrocar al nuevo régimen e impedir que la esperanza que encarnaba contagiara a los trabajadores de otras partes del mundo. Ejércitos extranjeros invadieron Rusia para unirse a los contrarrevolucionarios locales; la llamada guerra civil fue una guerra de defensa nacional. Serge, que participó en la defensa armada de Petrogrado y escribió una poderosa historia al respecto, El año uno de la Revolución Rusa, lo comprendía bien.

Ciertamente Serge tenía, como muestra Abidor, críticas y reservas sobre los primeros años de la revolución. Pero no hay duda de que su principal motivación en esos años era el compromiso de defender y propagar la revolución. Incluso apoyó la supresión de la revuelta de Kronstadt contra los bolcheviques en 1921 (aunque más tarde cambió de opinión al respecto). Serge desarrolló el concepto de «doble deber»: la necesidad de enfrentar a los enemigos externos de la revolución pero también, y al mismo tiempo, los factores negativos dentro de la revolución.

Al igual que Vladimir Lenin y León Trotsky, Serge estaba convencido de que la revolución solo podía sobrevivir y desarrollarse si se extendía hacia el oeste. A mediados de la década de 1920, se trasladó a Europa central con el propósito de desempeñar su papel en la esperada revolución alemana que habría transformado el equilibrio de fuerzas en toda Europa. Por más ilusorias que las esperanzas de una revolución alemana puedan parecer en retrospectiva, la Alemania de 1923, descrita por Serge en una serie de crónicas periodísticas, estaba al borde del colapso social y económico y realmente parecía una sociedad al filo de la revolución.

Medianoche en el siglo

Los diez años de compromiso revolucionario fueron, en cierto sentido, los más importantes en la vida de Serge. Le dieron un ideal y una visión de esperanza frente a la cual podían medirse las deformaciones y traiciones posteriores de la revolución. A finales de la década de 1920, las cosas habían cambiado de manera catastrófica. Lenin había muerto, Trotsky había sido enviado al exilio y Iósif Stalin controlaba cada vez más la URSS.

Las simpatías de Serge estaban con Trotsky, una figura a quien, pese a las diferencias entre ellos, siempre admiró. Pero el régimen no podía tolerar el apoyo de Serge a la Oposición de Izquierda, a pesar de —en realidad, precisamente por— su historial como defensor de la revolución. Fue arrestado, interrogado brutalmente y enviado al exilio a más de mil cuatrocientos kilómetros de Moscú.

En cierto sentido, Serge tuvo suerte: fue exiliado, pero no enviado a un campo de concentración. La mayoría de sus contemporáneos con simpatías opositoras terminaron muertos. Una de las principales razones por las que Serge evitó ese destino fue que un grupo significativo de amigos y camaradas en Francia llevó a cabo una vigorosa campaña por su liberación. Stalin, que necesitaba aliados en la izquierda francesa, decidió exiliarlo en lugar de someterlo a juicio.

Como le sucedió a mucha gente, con frecuencia me han pedido que exprese apoyo a personas encarceladas en países extranjeros, y me he preguntado si eso tiene algún sentido. La liberación de Serge demuestra que esas campañas pueden funcionar, al menos a veces.

Serge regresó a Bélgica, luego a Francia. Continuó escribiendo copiosamente, tanto periodismo como novelas. Aunque había escapado del estalinismo, otras amenazas persistían. En toda Europa occidental, el fascismo estaba en ascenso.

Tras la marcha triunfal de Francisco Franco sobre Madrid y Barcelona en 1939, Francia quedó rodeada por tres lados por regímenes fascistas (en Alemania, Italia y España). Era, en una frase que Serge acuñó como título de una de sus novelas, la «medianoche en el siglo». Cuando Francia fue ocupada por las tropas alemanas al año siguiente y se estableció un régimen ferozmente derechista y antisemita, Serge se propuso salir de Europa y escapar hacia América del Norte.

Esta fue la etapa de Serge como solicitante de asilo. Quizás pocos solicitantes de asilo tienen un pasado político como el de Serge, ni un talento literario como el suyo. Pero en sus esfuerzos por encontrar un lugar en un barco con destino al otro lado del Atlántico, Serge nos recuerda los problemas y tormentos que enfrentan todos los refugiados, desde su época hasta la nuestra.

Serge encontró refugio en México, que acogió a numerosos exiliados europeos. León Trotsky había sido exiliado (y asesinado por un agente estalinista) allí. Serge pasó sus últimos años rodeado de exiliados europeos, con diversas esperanzas y aspiraciones para el mundo de posguerra. Continuó escribiendo, tanto para publicar como en sus cuadernos. Murió en 1947, a los cincuenta y seis años, en una pobreza extrema (tenía agujeros en los zapatos), agotado por una vida de lucha y persecución.

Preguntas sin respuesta

Para quienes, como yo, hemos admirado a Serge durante mucho tiempo, la sección final del libro de Abidor es quizás la más triste. Abidor ha examinado cuidadosamente los escritos publicados e inéditos de Serge de sus últimos años, y concluye de manera convincente que en ese período Serge veía al comunismo como el «enemigo principal».

En cierto sentido, esto apenas sorprende. La violencia estalinista no se limitaba a la URSS: los comunistas estalinistas de México habían atacado físicamente a Serge e incluso pudieron haber intentado matarlo. No era de extrañar que llegara a verlos como su enemigo principal.

De hecho, es difícil saber cómo habría evolucionado Serge de haber vivido más tiempo. Murió en el otoño de 1947; la Guerra Fría había comenzado apenas ese mismo año, con la proclamación de la Doctrina Truman, cuando el presidente de Estados Unidos prometió apoyo material a las naciones que resistieran al comunismo, y con el giro hacia huelgas combativas por parte de los Partidos Comunistas de Europa occidental. Durante los cuarenta años siguientes, la política mundial estaría dominada por la confrontación entre los bloques estadounidense y soviético.

Algunos ex comunistas, como Arthur Koestler, se convirtieron en defensores leales y entusiastas del campo occidental. Pero existía también una corriente mucho más pequeña, representada por figuras como C. L. R. James, Hal Draper, Cornelius Castoriadis y Tony Cliff, que adoptó una perspectiva diferente. Al tiempo que argumentaban que el estalinismo no tenía nada en común con el socialismo, buscaban un camino político independiente tanto de Washington como de Moscú. ¿Habría apoyado Serge a los estadounidenses en Corea y Vietnam, o se habría mantenido fiel al espíritu de independencia revolucionaria que había caracterizado su vida hasta entonces? Solo podemos especular.

El abanico de opciones que enfrentaba Serge puede ilustrarse observando a algunos de los compañeros que compartieron su exilio en México. Marceau Pivert había sido el líder de la facción de extrema izquierda del Partido Socialista francés durante la década de 1930, antes de separarse para formar un grupo propio. En 1945 regresó a Francia y se reintegró al Partido Socialista.

Aunque se opuso a toda cooperación con el Partido Comunista francés, Pivert se mostró cada vez más insatisfecho con el giro a la derecha del Partido Socialista. En particular, mantuvo su compromiso con la causa de la liberación colonial y se opuso firmemente a la represión del movimiento por la independencia de Argelia; esto lo llevó a una ruptura definitiva con la dirección del Partido Socialista poco antes de su muerte, en 1958.

Otro de los estrechos colaboradores de Serge, Julián Gorkin, siguió un camino diferente. Durante la Guerra Civil española, había sido dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que confrontó al Partido Comunista de España desde la izquierda. Exiliado en México, ayudó a Serge a obtener una visa mexicana y, junto a él, enfrentó enfrentado la violencia de los estalinistas mexicanos. 

Sin embargo, para cuando se instaló en París en 1948, Gorkin ya se había alineado firmemente como anticomunista en el contexto de la Guerra Fría. Se convirtió en editor de una revista en lengua española, Cuadernos, en nombre del Congreso por la Libertad de la Cultura, que (como se hizo ampliamente conocido) era financiado y controlado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Esperanza y traición

Una cosa es clara: la perspectiva de Serge es ante todo europea. Aunque escribiío un artículo muy perspicaz sobre el levantamiento chino de 1927, por lo demás mostró escaso interés por África y Asia. Sin embargo, el colapso de los viejos imperios coloniales fue uno de los desarrollos más importantes después de 1945. Gran Bretaña fue expulsada de India, mientras que Francia libró dos guerras sangrientas y desastrosas en Indochina y Argelia. No podemos saber cómo habría respondido Serge.

Si la muerte de Serge dejó una cantidad de preguntas sin respuesta, su vida fue una contribución notable a la política de la izquierda socialista. El relato de Abidor es una historia fascinante y bien documentada; merece ser leído y, con suerte, alentará a más personas a leer los propios escritos de Serge.

Toda la vida y la obra de Serge estuvo dominada por una contradicción: la manera en que la esperanza genuinamente real inspirada por 1917 cedió ante la traición del estalinismo. Como lo resumió el propio Serge: «De una magnífica victoria obrera hemos visto surgir, sobre la base de la propiedad socialista de los medios de producción, un régimen inhumano, profundamente antisocialista en el modo en que trata a los seres humanos».

Fue esta contradicción la que configuró el mundo del siglo XX. La herencia sigue con nosotros, mientras enfrentamos la medianoche de nuestro propio siglo. En ese contexto, quienes se rebelan contra el sistema son etiquetados de «marxistas», con frecuencia por personas que saben poco o nada de lo que es el marxismo. El recuerdo de la Guerra Fría y el anticomunismo macartista permanece entre nosotros. Aún hay mucho que aprender de la vida y la obra de Victor Serge.

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