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Lula saluda a su candidato a vicepresidente, el conservador Gerardo Alckmin.

Vuelta al escenario

El Brasil de hoy es diferente de aquel en el que Lula ganó las presidenciales por primera vez y la diferencia no es para mejor. Si el principal triunfo del progresismo brasileño es su capacidad de conciliación, ¿cuál es el pacto posible en este escenario?

El texto que sigue es un fragmento adaptado de Brasil autofágico. Aceleración y contención entre Bolsonaro y Lula, de Daniel Feldmann y Fabio Luis Barbosa dos Santos (Tinta Limón, Agosto 2022)

Alejado de la disputa presidencial de 2018 por procesos judiciales notoriamente persecutorios conducidos por el juez de Curitiba Sergio Moro, quien se tornaría luego ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro, el expresidente Lula vio sus derechos políticos restituidos tres años después. En ese momento, los efectos criminales de la política federal se sentían en todas las esferas de la existencia, de la economía a la salud mental, y nadie veía la luz al final del túnel de la pandemia. Atravesado por millones de corazones que experimentaban un duelo invisibilizado en medio de la indiferencia calculada, el país estaba sumido en el dolor, sin ninguna perspectiva de alivio.

En ese contexto, la vuelta del líder petista al juego político trajo una ráfaga de esperanza. Como el alcoholímetro de Brasilia se mostraba inservible para impugnar al chofer que conducía la nación sin freno rumbo al precipicio, la posibilidad de cambiar de conductor en la próxima ronda sonó reconfortante. Al mismo tiempo, la expectativa de la revancha electoral redujo la urgencia de detener la sangría desatada en Brasilia. Bolsonaro ganó un rival, pero desde ese momento se fortalecieron las perspectivas de concluir su mandato, lo que no deja de ser una normalización.

Sin embargo, la restitución de los derechos políticos de Lula, ciertamente justa, no resultó de hechos judiciales nuevos. Por un lado, el ministro del Supremo Tribunal Federal, Edson Fachin, decidió, de modo monocrático (es decir, sin consultar a sus pares), la incompetencia de la 13° Cámara de Curitiba para juzgar a un expresidente de la República. Posteriormente, la decisión fue refrendada por el tribunal. El día siguiente a la decisión de Fachin, el ministro Gilmar Mendes pautó un segundo recurso de la defensa de Lula, alegando la parcialidad del juez Sergio Moro. Este ministro –que ya en 2018 había pedido ver la causa– votó en favor de la defensa, posición endosada de inmediato por el ministro Ricardo Lewandowski. Luego, el ministro Kassio Marques, nombrado por el gobierno de Bolsonaro, votó contra el expresidente. Entonces, la jueza Carmen Lúcia cambió su voto dado años atrás, el cual fue decisivo para la prisión de Lula. Moro fue declarado parcial, y los derechos políticos del expresidente fueron restituidos.

La pregunta sigue siendo: ¿por qué el ministro Fachin no tomó esa decisión tres años antes, si Lula ya era expresidente y Curitiba ya estaba en Curitiba? O más aún: ¿por qué Gilmar Mendes decidió su voto esa misma semana, después de haber cajoneado el recurso de habeas corpus de la defensa por tres años? ¿Por qué Carmen Lúcia repentinamente cambió su voto si tampoco existían nuevos hechos? Es cierto que el sitio de internet Intercept reveló materiales que comprometen de modo irrefutable la imparcialidad del exjuez Moro. Pero tales revelaciones circularon más de un año antes y, de todos modos, no hubieran podido ser utilizadas como prueba debido al modo en que fueron obtenidas.

Nos encontramos con una situación en la que antiguos enemigos acérrimos del expresidente –que poco tiempo atrás habían conspirado para «exiliarlo»– saludaron su retorno al juego político. Era como si todo no fuese más que un gran malentendido resuelto finalmente por el bien del país. Periodistas que hicieron carrera defenestrando el PT recibieron con los brazos abiertos el retorno del excriminal, ahora evocado como un verdadero estadista. Hasta Bolsonaro se vio forzado a moderar algunas de sus posturas más humillantes, luciendo mascarilla en ciertas apariciones, lo que alimentó la percepción de que el excapitán, finalmente, sería contenido en sus extremos. Algunos sectores de la política y de la prensa expresaron un alivio compartido por muchos ciudadanos, incluso entre quienes no integran el electorado de Lula, pero comparten la esperanza de que se levante una barrera para frenar la devastación en curso y, quién sabe, restaurar una normalidad, sea la que fuera.

De repente, el escenario parecía otro. Hasta el vicepresidente, el general Mourão, ponderó que «el pueblo es soberano, y si desea la vuelta de Lula, paciencia». Sin embargo, esa vuelta no fue producida por ninguna presión popular ni resultó de revelaciones jurídicas. Ante los hechos, se infiere que la rehabilitación de Lula correspondió a un movimiento en el piso superior de la sociedad brasileña, en respuesta a la aceleración del colapso del país. André Singer, autor de la racionalización más elegante del conservadurismo petista en el poder, sostuvo de modo indirecto esta hipótesis: «¿Tal vez, con la rehabilitación del lulismo, los aqueos derroten a Troya, habrá pensado el juez? En el caso de la tragedia brasileña, guste o no el pasado de Lula, a la izquierda o a la derecha, el rol que le fue conferido ahora es el de salvar la democracia». Esta lectura contiene un diagnóstico y un programa que endosan la espiral corrosiva que venimos describiendo: serán necesarios frentes cada vez más amplios para defender cada vez menos al país.

Evidentemente, no se trata de un movimiento unido y unívoco. Sobre todo, porque la deconstrucción del país también afecta a la clase dominante, desdoblándose en una especie de «crisis de dirección». El Club Militar emitió una comunicado que condenaba la decisión del STF, lo que era de esperar. Entre los voceros del mercado, resonó el discurso de que la polarización entre Bolsonaro y Lula es mala para el país. Su ideal sería una tercera vía que impulsara la agenda del primero, con el carisma pop del segundo.

En cualquier caso, lo que se trasluce es que la razón de fondo de la vuelta de Lula al juego político se vincula con movimientos de la clase dominante en vista de contener la aceleración bolsonarista. Esto no quiere decir que el líder petista volverá a la presidencia, ya que el futuro político del país se encuentra abierto. Pero indica que la contención lulista volvió al abanico de las alternativas inmediatas. Consciente de su papel, Lula no tardó en reunirse con José Sarney y sellar un pacto por la democracia con Fernando Henrique Cardoso, a la vez que coqueteaba con sectores del «centrão»: la resurrección de la Nueva República no podría ser puesta en escena de forma más literal.

Independientemente de las tramas del juego partidario, la contención al bolsonarismo que se plantea revela su orientación restauracionista, en búsqueda de una normalidad perdida, identificada con un pasado relativamente idealizado. Visto desde esa perspectiva, es posible decir que el progresismo cambió de dirección, ya que apunta al pasado en vez del futuro, y esa reorientación constituye una novedad, ya que la contención en sí no lo es. En realidad, la aceleración capitalista siempre demandó alguna contención, materializada en intentos de racionalización institucional, en nombre de la supervivencia del propio orden de la competencia.

En un plano más general, la contención corresponde a una contradicción constitutiva de la modernidad burguesa, ya indicada por Horkheimer (1982, p. 14): «Una de las causas de la moralidad burguesa se sitúa en la necesidad de restringir el principio de competencia, justo en la época dominada por tal principio». En otras palabras, el principio de la competencia que gobierna la totalidad del capital precisa ser limitado para que el todo social sea capaz de reproducirse a sí mismo. Se vuelve necesario regular el juego, para que el «clima de negocios» y la acumulación prosperen.

Traslademos esta dinámica al Brasil actual: si el bolsonarismo lleva la naturaleza autofágica de la sociabilidad burguesa al paroxismo, inviabilizando la propia constitución de una sociedad, cabe a esa misma burguesía contener tal dinámica y salvar a la sociedad. Parafraseando a Keynes –quien afirmaba que era necesario salvar el capitalismo de los capitalistas–, en Brasil se trata de salvar a la sociedad burguesa de su propia corrosión.

Pero precisamente en el caso brasileño se revela que la dinámica aceleración-contención no es una mera alternancia de fases distintas, que se reduce a un eterno retorno entre polos opuestos. Es crucial comprender el sentido cualitativo del movimiento, ya que el contenido de lo que se acelera, así como de aquello que se pretende contener, está siempre cambiando. Se trata, como sugerimos, de una dinámica acumulativa, que resulta en una espiral de degradación social hacia la barbarie. Ante una aceleración creciente, en una senda en picada, es cada vez más difícil para el progresismo frenar y poner la marcha atrás.

Más allá de la obviedad de que la Tierra gira y el mundo cambia, la orientación restauradora del progresismo está a contramano del movimiento de la historia. Décadas de neoliberalización erosionaron las condiciones materiales que daban sustento a la ciudadanía salarial como horizonte societario, convirtiendo a un partido de los trabajadores –concebido a la manera del PT– en algo anacrónico. De ahí la centralidad del «lulismo» como fenómeno carismático, más que como política de clase (Ab’Sáber, 2011). Por otro lado, las formas políticas como el bolsonarismo son dinamizadas por la desocialización autofágica ininterrumpida. El futuro de este presente no pertenece a los médicos, sino a los monstruos.

La retroalimentación de esta dinámica puede ser ilustrada por el sesgo de la seguridad pública. Mientras surgía la Nueva República, las periferias urbanas de São Paulo experimentaron un escenario de guerra civil, y explotaron los índices de homicidios. En respuesta, el poder público fortaleció las policías con nuevos efectivos y equipamientos, al mismo tiempo que la tasa de encarcelamiento se multiplicó. A su vez, la situación escabrosa de las prisiones fermentó el caldo de cultivo en que el PCC se fue afirmando como una organización capaz de ordenar los conflictos entre presidiarios, al posicionarse en forma paralela como interlocutor legítimo ante las autoridades penitenciarias. De las prisiones a las favelas, el PCC se tornó una referencia de orden y moral. A su modo, la organización disciplinó la violencia e impartió justicia. Y muchos hermanos ganaron dinero en el camino (Feltran, 2018).

Uno de los resultados de este orden fue la reducción sustantiva de los índices de homicidios en el estado de São Paulo, lo que a su vez proporcionó argumentos para reforzar las políticas de seguridad pública en marcha: las policías continuaron creciendo y armándose, pero también el PCC. La policía se vio impulsada por presupuestos públicos cada vez mayores, pero muchos policías ganaron dinero, de modo metódico y rutinario, en los mercados ilegales en expansión; y con ellos se expandía también el PCC. La degradación del mundo del trabajo, por un lado, y el encarcelamiento en masa, por otro, vierten agua en el molino de la organización, que se refiere a la prisión como su «Universidad».

A diferencia de las milicias en Río de Janeiro, en las cuales prevalecen relaciones simbióticas entre policía y criminales, la ética del PCC limita esta aproximación. Así, si en Río de Janeiro la incursión policial en una favela puede ser motivada por la intención miliciana de desalojar a un competidor –digamos, del Comando Vermelho–. Cuando el PCC se levantó en São Paulo en 2006, murieron cincuenta y nueve agentes de seguridad pública, pero la respuesta policial se cobró más de quinientas vidas.

A pesar de las particularidades regionales, el denominador común nacional es que las policías se fortalecen, pero los ladrones también. Y las fricciones entre esos mundos producen más violencia: la violencia genera violencia. Por lo tanto, la complementariedad entre los polos de la violencia no se traduce en unidad. Al contrario, se forman cuadros que responden a visiones de mundo diferentes y, muchas veces, conflictivas, aunque las tensiones sean acomodadas, aquí y allí, por la hábil mediación del equivalente universal: el dinero.

Mientras, en otras partes del mundo, la noción de que la desocialización neoliberal que conduce a la guerra civil tiene un sentido figurado –o toma como referencia la dicotomía Estado y ciudadanía, o represión e insurgencia–, en Brasil la guerra potencial está planteada literalmente. Y en ella, nadie tiene claridad para diferenciar los buenos y los malos en medio de una ciudadanía que se retrae o se arma.

En un país como el nuestro, la violencia latente del neoliberalismo llega a los hechos. Más aún: en la medida en que la propia dinámica de la reproducción social produce policías y ladrones a escala masiva, movilizando recursos económicos y represivos cada vez mayores, esos actores adquieren relevancia social y económica, pero también política. A la manera de países como México y Colombia, se configura en Brasil una especie de bloque político armado capitaneado por la policía, en el que también se hermanan las Fuerzas Armadas y la seguridad privada, en torno a una visión de mundo convergente. Cada uno de estos actores maneja cuantiosos recursos económicos, dialoga con una necesidad social concreta y, por supuesto, cuenta con miles de militantes armados que pueden ser movilizados por una causa, que difícilmente será republicana. Esta es una segunda diferencia en relación con los países centrales: aquí, el bloque armado tiende a autonomizarse con relación a los gobiernos, al involucrarse en diferentes dimensiones de la economía política de la barbarie.

En el otro polo, el mundo del delito también es penetrante. Así, la tendencia es recrear en el plano político las dinámicas de oposición complementaria que policías y ladrones protagonizan en el día a día: expresiones como «narcoestado» o «parapolítica», que circulan en países como México, Colombia y Honduras, aluden a este fenómeno. Pero, en el caso brasileño, el bloque armado tiene un proyecto de sociedad. Paradójicamente, las policías se perciben como la última barrera que separa el país de la barbarie, lo que justifica su demanda de autonomía, los presupuestos que movilizan y los asesinatos que perpetran. Así como sucede con el cristianismo conservador, con el que tiene afinidades electivas, el proyecto societario policial concibe el poder estatal solo como un medio: el fin es defender a la sociedad.

Bolsonaro llevó al gobierno ese proyecto político, que defiende la sociedad destruyéndola. La desocialización agrava la inseguridad, que a su vez refuerza la policía como política. Si Mao Tse-Tung pensó el pueblo como aguas en las que la guerrilla nadaría como un pez, la corrosión del tejido social es el mar en el que policías y ladrones navegan. A su vez, la guerra latente reproduce y profundiza el miedo, el odio y la indiferencia, propulsando la politización del resentimiento social operada por el bolsonarismo –que no creó esa dinámica ni sus actores, pero que se alimenta de ella, al tiempo que la refuerza–.

En ese escenario, ¿cómo hacer una nación? Hace cien años, el «Manifiesto antropófago»[1]  modernista celebraba diferentes matrices culturales como una riqueza potencial para forjar la nación: «Solo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente». En la actualidad, la reproducción social experimentada como una batalla por la supervivencia engendra universos culturales hostiles entre sí. En este Brasil del sálvese quien pueda y de todos contra todos, ¿habrá fusión creativa posible? ¿O la antropofagia se habrá metamorfoseado en autofagia? Ya no está claro si la antropofagia nos une, pero lo cierto es que la autofagia nos desune. Social, económica y filosóficamente.

La misma cuestión puede ser abordada a través de otro prisma. En 1959, António Cândido publicó una obra en la que pensaba la formación nacional desde la perspectiva de la literatura (Cândido, 1993). El horizonte de su reflexión, que no precisaba ser enunciado, es que Brasil se tornaría una nación letrada y, más aún, que los brasileños compartirían referencias culturales comunes, incluso literarias. ¿Qué pensar de estas premisas más de medio siglo después, cuando el país se encuentra atravesado por policías y ladrones, unos creyentes y otros no? ¿O por negras feministas que dijeron, con sus cuerpos, «él no» [Ele nâo][2], mientras los Faria Limers[3] ponderaron, con el bolsillo, que «él sí»? ¿Será posible forjar una nación a partir de universos simbólicos y lealtades tan dispares? ¿O sería más realista reposicionar la problemática de la formación nacional para encarar, desde diferentes ángulos, la deformación nacional?

Sea como fuera, dos cosas están claras. En primer lugar, a pesar de los próximos resultados electorales, la corrosión del tejido social brasileño, que compromete la fina capa de civilidad que separa el país de la barbarie, se continuará profundizando. En segundo lugar, el Brasil de hoy es diferente de aquel en el que Lula ganó las elecciones presidenciales por primera vez hace veinte años. Y resulta difícil argumentar que la diferencia es para mejor. Así, cabe preguntarse: si el principal triunfo de la versión brasileña del progresismo es la capacidad de conciliación, ¿cuál es el pacto posible en este escenario? ¿Y cuál es la dosis necesaria del remedio para que la contención surta algún efecto?

Lula afirma que nunca hizo concesiones políticas, sino acuerdos: «Si Jesús viniese aquí, y Judas tuviese votos en un partido cualquiera, Jesús tendría que llamar a Judas para hacer una coalición». No se puede saber si, algún día, Lula reencarnará al Salvador en la presidencia. Pero cualquiera que reivindique este papel debe estar preparado, ya que los Judas serán muchos. Y estarán armados.

 

[1] Publicado en 1928, el «Manifesto antropófago» escrito por Oswald de Andrade da un marco al modernismo brasileño al problematizar la dependencia cultural del país.

[2] «Ele nâo» fue una campaña contra Bolsonaro durante la campaña presidencial.

[3] Denominación dada por un artículo de tapa de la revista Veja São Paulo, de diciembre de 2019, al referirse a jóvenes de alto poder adquisitivo que trabajan en el área de alto nivel de la avenida Faria Lima, en la ciudad de São Paulo.

 

 

 

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Publicado en Brasil, Conservadurismo, Crisis, Elecciones, Fragmento, homeCentro, homeCentro3, Ideas, Partidos and Sociedad

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