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Mother of Capital es una lectura imprescindible para cualquiera que busque comprender cómo surgió el capitalismo y cómo podría superarse. (El carro de heno, El Bosco. Wikimedia Commons)

Para destruir el capitalismo, hay que entender cómo empezó

Traducción: Florencia Oroz

Si de lo que se trata es de derribar el sistema, primero hay que descifrar cómo nació. El debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo no es un fetiche académico: es la clave teórica para comprender (y combatir) las complejidades de nuestro presente.

El artículo que sigue es una reseña de Mother of Capital: How Rent Gave Birth to Modernity, de Matthew Costa (Pluto Press, 2025).

¿Cómo dio origen el mundo medieval a nuestro sistema moderno de acumulación capitalista basado en la competencia? El nuevo libro de Matthew Costa, historiador marxista y alto funcionario del Ministerio de Hacienda de Nueva Gales del Sur, ofrece una respuesta convincente y sintetiza una amplia bibliografía sobre el tema. Mother of Capital: How Rent Gave Birth to Modernity ofrece un relato cautivador de la transición del feudalismo al capitalismo, un tema que ha sido objeto de debate entre historiadores y economistas durante siglos.

El debate sobre la transición

Costa se posiciona firmemente en el bando del historiador económico Robert Brenner, quien hace cincuenta años inició lo que se conoció como el Debate Brenner con su ensayo en la revista Past & Present «Estructura de clases agraria y desarrollo económico en la Europa preindustrial». Con ese artículo el joven Brenner se convirtió en una espina clavada para varios académicos, a cuyas teorías rivales apuntó deliberadamente al argumentar, de manera controvertida, que el capitalismo se originó en el campo inglés.

A partir de un sistema feudal de extracción coercitiva del excedente económico de los campesinos por parte de los nobles y la corona, surgió una nueva clase de arrendatarios. Esta nueva clase protocapitalista competía entre sí para pagar rentas a los terratenientes, invirtiendo para aumentar la productividad de la agricultura. Mother of Capital profundiza y populariza este debate de larga data.

En su artículo «Estructura de clases agraria», Brenner descartaba el «malthusianismo secular» de aquellos pensadores que explicaban el surgimiento del capitalismo apelando a lo que él denominó el modelo demográfico. Según estos historiadores, el crecimiento poblacional generaba mano de obra barata que podía ser fácilmente sometida durante el período feudal. Cuando la Peste Negra a mediados del siglo XIV revirtió la tendencia demográfica, la posición de los campesinos se fortaleció y les permitió negociar una mayor compensación con sus señores. Este cambio dio lugar a una disminución de las ganancias agrícolas de los señores y a mayores ingresos para los campesinos.

Los campesinos entonces comenzaron a ejercer su nueva influencia sobre sus señores, abandonando un señorío para obtener mejores salarios en otro, desmantelando así el sistema de jurisdicciones locales señoriales que cada vez fracasaban más a la hora de hacer cumplir las leyes consuetudinarias diseñadas para mantener a los campesinos atados a la tierra. Esto empoderó a una nueva clase de trabajadores asalariados movilizados, cuyo surgimiento llevó a los señores feudales a imponer los cercamientos, sentando las bases para una serie de revueltas condenadas al fracaso por parte de la clase campesina.

Brenner también descartó el «modelo de comercialización» defendido por primera vez por Adam Smith. Según el autor de La riqueza de las naciones, el crecimiento constante del comercio y los intercambios superó un punto de inflexión decisivo en la Edad Moderna, dando lugar al capitalismo al desatar fuerzas ya latentes en la sociedad.

En contra de estas dos visiones, Brenner argumentó que el capitalismo surgió como consecuencia de la lucha de clases entre los campesinos y sus señores. Las ganancias producidas por el intercambio, las transformaciones demográficas y la Peste Negra existían dentro de un conjunto de relaciones sociales definidas por el poder relativo de una clase sobre otra. «En mi opinión», escribió Brenner, «fue la aparición de la estructura clásica de terratenientes, capitalistas, arrendatarios y trabajadores asalariados lo que hizo posible la transformación de la producción agrícola en Inglaterra, y esto, a su vez, fue la clave del desarrollo económico general excepcionalmente exitoso de Inglaterra».

Costa sostiene que lo que impulsa el cambio trascendental del feudalismo al capitalismo es la dinámica interna de las «relaciones de propiedad social» inglesas. «Nada lo explica más que eso», afirma Costa con audacia. La comercialización, la mercantilización, el trabajo asalariado e incluso la Reforma y la historia revolucionaria inglesa surgen de un cambio en el equilibrio interno de las relaciones de propiedad social. No es que estas relaciones determinen el capitalismo, sino que su interacción con la constelación de poder en la Inglaterra medieval simplemente dio lugar al capitalismo.

¿Una historia inglesa?

La contingencia radical del capitalismo es, por lo tanto, un tema central del libro de Costa, aunque ni él ni Brenner son los únicos autores que insisten en sus orígenes ingleses. Por ejemplo, en Origins of English Individualism, Alan Macfarlane afirmó que la cultura de la Inglaterra medieval era profundamente hostil al feudalismo —un término que solo se generalizó en el siglo XIX— incluso antes de que fuera capitalista.

Las relaciones sociales y los acuerdos legales típicamente asociados con el feudalismo, como los matrimonios concertados, el mantenimiento del terruño familiar en manos de una sola familia y la tendencia a trabajar donde se había nacido, estaban, según Macfarlane, notablemente ausentes en gran parte de Inglaterra durante el apogeo de la época medieval. Los ingleses, argumentó, son una nación de artesanos altamente móvil, atomizada e individualista, cuya cultura proporcionó los requisitos previos únicos para dar lugar al capitalismo y a la revolución industrial.

Hay algo sospechosamente teleológico en estos argumentos, que guardan un gran parecido con la tesis de la comercialización planteada por primera vez por Smith, quien insistió en que el «tráfico, el trueque y el intercambio» eran características «imposibles de erradicar» de las relaciones sociales humanas. Costa, por el contrario, sostiene que si bien el capitalismo se gestó efectivamente en el laboratorio de las relaciones sociales de la Inglaterra medieval (y se globalizaría a través del comercio y el colonialismo), esto no fue determinado por «costumbres culturales», sino que fue un efecto contingente de las relaciones de poder.

La formación de la clase campesina inglesa

En la Inglaterra feudal la renta se recaudaba a través de un sistema tributario, por el cual los señores recibían dinero de los arrendatarios en forma de efectivo o «en especie» (una parte de las cosechas o una proporción de cabezas de ganado) en los momentos de cosecha pero también cuando los campesinos se casaban, morían, se convertían en sacerdotes o incluso tenían hijos fuera del matrimonio. Este sistema de recaudación a través de la renta se mantenía mediante una mezcla de costumbre y ley, adjudicado a través de tribunales señoriales y, cuando era necesario, mediante la fuerza.

Los señores canalizaban dinero y servicio de caballería hacia la corona, pero controlaban cada vez más el poder de esta última a través del Parlamento para proteger sus propios intereses locales. Colectivamente, los barones y la pequeña nobleza (arrendatarios ricos) utilizaron el Parlamento para introducir impuestos generales que sustituyeran una gran proporción de las rentas que pagaban a la corona. Se hicieron excepciones para sus propias propiedades, lo que hizo recaer la carga fiscal sobre la población campesina.

El surgimiento de este equilibrio «federalizado» entre la corona y los señores es un tema central del libro de Costa. En Inglaterra, la corona era lo suficientemente fuerte como para resolver disputas territoriales entre los señores, pero no lo suficiente como para convertirlos en meros instrumentos de su poder. «El poder centrífugo de los señores locales mantenía a raya al poder centrípeto de la Corona», escribe Costa. «Formando un “mecanismo homeostático” en el que ni el poder local ni el central alcanzaban la supremacía».

A raíz de la Peste Negra, el campesinado se transformó en una fuerza de trabajo móvil que amenazaba el modelo extractivo que definía el señorío inglés. Al principio, los señores, con el apoyo de una corona ambivalente que temía la guerra civil, intentaron simplemente coaccionar a los campesinos aplastando varias revueltas a finales del siglo XIV. También aprobaron nueva legislación consuetudinaria punitiva a través de los tribunales señoriales que durante generaciones habían reproducido el sistema feudal. Nada de esto funcionó: la Peste Negra, que había diezmado a la población, creó grandes disparidades entre lo que un campesino podía ganar de un señorío a otro.

El sistema feudal se había basado en la solidaridad entre los señores y en el empobrecimiento generalizado de sus campesinos, pero la Peste Negra supuso un shock económico tanto para la oferta de mano de obra como para los ingresos. En respuesta a esta nueva realidad, los señores innovaron para salir de este problema y sobrevivir. El nuevo juego consistía en la competencia por los recursos y, de manera lenta pero segura, en dejar de lado a la corona y convertirse ellos mismos en el futuro Estado británico.

Los señores ingleses comenzaron entonces a arrendar sus tierras a una nueva clase de pequeños propietarios rurales que se caracterizaba por su movilidad, su espíritu competitivo y sus conocimientos de contabilidad. Esto permitió a los señores acumular capital mediante el cultivo de productos comerciales destinados al mercado. La mercantilización de la tierra iba en contra de los intereses de la corona, que temía que los cercamientos provocaran una reacción violenta que desencadenara una guerra civil.

Solo en la Inglaterra medieval, tras la Peste Negra, sostiene Costa, existió ese equilibrio particular entre el poder señorial y el monárquico que impidió que el feudalismo derivara en absolutismo, como ocurrió en el resto del continente europeo (aunque este último proceso queda notablemente sin examinar en Mother of Capital). «Los señores ingleses perdieron el control sobre los cuerpos de los campesinos», escribe Costa. «Pero, a diferencia de los señores continentales, con el fuerte respaldo de la Corona, los señores de Inglaterra conservaron el control de la tierra en un grado único».

Los campesinos, que antes eran la fuente de la riqueza de los señores, se convirtieron en una carga. Con el ascenso de la nueva clase protocapitalista de productores comerciales, los señores decidieron expulsar a los campesinos de la tierra mediante el cercamiento.

El núcleo del argumento de Costa es que la relación de renta tributaria se transformó en una de arrendamiento competitivo. La renta siguió siendo central; fue su transformación de dinero extraído del trabajo campesino a dinero extraído de la tierra administrada por pequeños propietarios laboriosos lo que dio origen al capitalismo. Un proceso, por supuesto, en absoluto exento de sufrimientos. El colapso de los ingresos por rentas causado por la Peste Negra amenazó el sistema tributario y, por tanto, a la propia nobleza.

Si bien las revueltas campesinas del siglo XIV fueron sofocadas por la corona y los señores, estos últimos se volverían lentamente contra la primera, lo que condujo a la Guerra Civil Inglesa y a la Revolución Gloriosa en el siglo XVII, que fueron en la práctica un enfrentamiento final. Solo entonces se domesticaría a la corona y surgiría una clase capitalista inglesa modernizadora.

Los señores se transformaron en la aristocracia que se benefició de la riqueza de esta nueva clase capitalista. Mientras que Francia respondió a la Peste Negra con una monarquía absoluta que vio aumentar los rendimientos agrícolas en un 20% entre 1600 y 1800, Inglaterra dio origen al capitalismo, que duplicó su productividad durante el mismo período.

¿Y la agencia?

Quizás resulte sorprendente, pero la historia de Costa asigna poca agencia a las personas o incluso a las clases. «Cambiar el mundo no es solo una cuestión de fuerza de voluntad», escribe. Analiza varios intentos de revertir el curso de la historia, como la Rebelión de Kett contra los cercamientos en 1549 y los levellers y los diggers de la guerra civil un siglo después, pero considera estos eventos como esfuerzos fallidos por resistir la expansión de las relaciones sociales capitalistas.

Esto va en contra de las ideas de historiadores como Rodney Hilton, quien enfatizó el papel de la resistencia campesina en el siglo XIV para superar el feudalismo. Pero Costa, al igual que Hilton, también critica la noción de que la historia era simplemente mecánica y estaba determinada por completo por la estructura. En cambio, defiende la visión dialéctica de que ni la agencia ni las estructuras dan forma al mundo, sino que se dan forma entre sí para dar forma al mundo (aunque sus críticos podrían, no sin razón, ver esto como un intento de quedarse con lo mejor de ambos mundos).

La ideología religiosa, que según Costa proporcionó al feudalismo su justificación moral, recibe un tratamiento breve pero interesante en Mother of Capital. La jerarquía feudal era bendecida por Dios y reflejaba la jerarquía celestial de la Hueste de las Huestes, desde los ángeles, los santos y los sacerdotes hasta los laicos. La renta era tabú si no se tenía la sensación de que se pagaba por algo de «valor real». En teología, la obediencia a los superiores espirituales sostenía la existencia misma, pero este sistema sagrado se trasladó en la época medieval a las relaciones sociales seculares. La teología del feudalismo veía la renta como un pacto entre el señor y sus campesinos y, aunque no siempre se entendía conscientemente en estos términos, la ideología fue lo suficientemente fuerte como para preservar el sistema durante siglos.

Analizando el poema romántico del siglo XIII King Horn, Costa observa que las ideas morales sobre la importancia de la renta también dieron forma a nociones seculares como la caballería. En estos relatos, la renta no se entiende como una carga, sino, paradójicamente, como un honor otorgado por un señor:

El rey ofrece a su hija en matrimonio a Horn, un prometedor caballero. Horn rechaza la oferta del rey alegando que no es digno de ella. En su lugar, propone que, tras completar siete años de servicio al rey, podría ganarse la mano de la princesa como renta. La historia muestra cómo las costumbres de la clase dominante rechazaban la idea de la renta como un beneficio no ganado o unilateral.

Tecnofeudalismo

El libro de Costa también aborda los debates contemporáneos sobre lo que se ha dado en llamar «tecnofeudalismo». Los teóricos del tecnofeudalismo sostienen que estamos presenciando el surgimiento de un nuevo modo de producción tecnofeudal que está reemplazando al capitalismo. Pensadores como Jodi Dean, Yanis Varoufakis, Joel Kotkin y Cédric Durand afirman que los capitalistas de plataformas como Uber y Spotify son señores feudales globalizados, y los conductores y artistas, sus campesinos. Su nuevo término ofrece una metáfora llamativa para describir las condiciones económicas actuales, caracterizadas por un exceso de búsqueda de rentas, acumulación de capital improductiva y el aumento del trabajo informal.

Pero estas teorías, según Costa, tienen poco valor explicativo. No captan el punto de que la renta nunca desapareció realmente bajo el capitalismo; simplemente cambió su forma, pasando de la renta sobre el trabajo a la renta sobre la tierra. La extracción de rentas no solo es parte del capitalismo, es parte fundamental de la historia de sus orígenes. «Esta nueva “razón tecnofeudal”, al igual que el pensamiento económico dominante, ve renta por todas partes en el capitalismo, pero paradójicamente insiste en que la renta no es capitalista», escribe Costa. «Considera que el capitalismo es explotador, pero carece de una “explicación más amplia de la acumulación capitalista” que incorpore tanto la “redistribución como la explotación”, tanto la renta como la ganancia».

Si bien los fundamentos sobre los que Costa cuestiona el «tecnofeudalismo» son un poco áridos, su crítica se suma al coro de ataques anteriores contra esta categoría bastante confusa. Obviamente, no se necesita el libro de Costa para observar que la renta y el latifundismo eran rampantes bajo el capitalismo, pero su enfoque en el período medieval ayudará a desengañar a los lectores de la noción de que estamos viviendo una secuela. Como ya han observado muchos otros comentaristas, un conductor de Uber no es un campesino legalmente vinculado a un señor, sino simplemente un trabajador precario obligado por las fuerzas del mercado capitalista a un contrato comercial desequilibrado con un jefe explotador.

Si bien Costa logra ofrecer una explicación histórica de la transición del modo de producción feudal al capitalista —que los escritores de izquierda suelen esgrimir de manera superficial y confusa—, sus propios argumentos se basan en algunas suposiciones no cuestionadas. Por ejemplo, su afirmación de que las relaciones sociales, más que la Peste Negra, fueron la causa última del surgimiento del capitalismo da por sentado un constructivismo social riguroso, es decir, la visión de que la realidad, incluidos los sistemas biológicos, está moldeada principalmente por las interacciones sociales.

Pero la cuestión de cómo los marxistas deberían incorporar la naturaleza a su visión del capitalismo dista mucho de ser sencilla. Quizá sea demasiado esperar de un historiador una defensa filosófica de por qué la naturaleza puede subordinarse a lo social, pero no es injusto decir que su argumento central se basa en un conjunto de presuposiciones que dejan al lector con varias dudas al terminar la lectura.

Dicho esto, el libro es un excelente análisis de un período de la historia que a menudo se descarta como arcaico o irrelevante. Mother of Capital, aunque abstracto, resulta atractivo sobre todo porque permite a los lectores ver que no hubo nada de «inevitable» en el surgimiento del capitalismo y, por tanto, que no hay nada «necesario» ni «natural» en su existencia continuada.

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Publicado en Historia, homeCentroPrincipal, Inglaterra, Reseña and Teoría

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