En las últimas semanas, el Confederalismo Democrático, la experiencia kurda de autogobierno en Rojava, se encuentra bajo ataque. Los enfrentamientos entre las Fuerzas Democráticas Sirias, el ejército revolucionario de Rojava, y las tropas del gobierno de transición sirio de Al-Jolani/Al-Sharaa son durísimos. Se trata de una guerra que surge en un clima político global alimentado por la violencia imperialista y colonial. Este brutal conflicto se caracteriza por la contraposición nítida entre dos visiones del mundo: por un lado, los partidarios del nuevo gobierno de Damasco, desde Estados Unidos hasta Turquía, pasando por los Estados de la Unión Europea e Israel; por el otro, la Administración Autónoma Democrática del Norte y Este de Siria (AADNES), que declaró la movilización general, convocando a toda la población a mantenerse preparada para defender ciudades, rutas y barrios frente al avance del enemigo.
La AADNES es la realización concreta de una visión política que nace de ideas socialistas y de libertad, que encuentra en el autogobierno la mejor práctica para construir una alternativa real para todos los pueblos de la región. Es una opción política que asusta a las grandes potencias imperialistas, porque recompone la unidad por sobre las divisiones creadas para gobernar y oprimir a los pueblos.
En la última década, la solidaridad internacional llevó a esas tierras a muchas mujeres y hombres que se pusieron al servicio del proyecto para defenderlo y contribuir a su construcción, paprender, observar y llevar a otros lugares las enseñanzas adquiridas. Hoy, en esas tierras, hay compañeras y compañeros que viven estas horas de violencia e intentan transmitirnos el relato de jornadas de miedo, espera e inquietud, pero también de lucha, amor y defensa de una idea distinta de mundo.
La compañera que nos habla desde Rojava se llama Awaz. Es una internacionalista que escribe desde el Instituto Andrea Wolf, de la Academia de Jineolojî [jineología o «ciencia de mujeres», también conocido como «feminismo kurdo»]. Trabajar en el Instituto implica llevar una vida cotidiana organizada como en una comuna, en la que se vive y se trabaja con las propias compañeras, y donde todo lo que se experimenta se piensa y se reelabora de manera colectiva. La vida en el Instituto consiste en una verdadera «comuna filosófica» que investiga, escribe y trabaja, y que permite inscribir el recorrido individual en una realidad organizada y no meramente experiencial.
Decidimos construir esta entrevista como un diálogo entre quienes, en solidaridad con la revolución de Rojava, la siguen y se organizan desde lejos, y quienes viven en los territorios donde se concretó una de las experiencias más importantes de autonomía democrática y autoorganización de nuestro tiempo, hoy bajo asedio.
Awaz me cuenta lo que siente, cómo la moral de la gente se mantiene alta en la lucha y se fortalece a través de la organización del territorio para la autodefensa. Nos gustaría hablar durante horas, pero la comunicación es difícil y debemos avanzar mediante audios grabados. El primero lo envía después de pasar horas frente a la frontera entre Rojava y Bakur, el Kurdistán en territorio sirio y el Kurdistán en territorio turco.
La voz habla de la preparación colectiva para «derribar este muro y traer a nuestros amigos aquí para unirse a la resistencia». Me impactan las palabras del audio cuando Awaz afirma que «la moral está muy alta, se baila mucho, se cantan muchos cánticos, hay mucha esperanza, y no porque estemos ciegos frente a la gravedad de la situación o a lo que estamos enfrentando, sino porque muchas personas decidieron que resistiremos hasta el último aliento y no permitiremos que esta revolución caiga». Agrega: «Aquí se dice An Serkeftin An Serkeftin. Éxito o éxito, es la única opción». Una resistencia que debe expandirse a todas partes, llegar hasta nosotros para liberarnos de las jaulas en las que estamos encerradas.
Son horas intensas. Es difícil comunicarnos: la red va y viene, muchas veces a ella le falta la electricidad y hay muchas cosas por hacer. Denunciar lo que está ocurriendo es fundamental, pero también lo es cuidar la organización de las personas de allí y de la vida que continúa, organizar las necesidades primarias y, además, cuidar el ánimo del grupo, sostenerse. Y están las urgencias, las heridas que hay que atender.
Así, la entrevista parece no comenzar nunca. Durante algunos días quedó suspendida: yo a la espera de sus audios, de saber cómo estaban ella y sus compañeras. Esperas largas, interrumpidas por mensajes escritos, fotos y audios breves en los que confirmaba que estaba bien, rodeada de compañeras, en medio de una solidaridad que la hacía sentirse segura. Nuestra entrevista se convirtió así en un flujo de sus reflexiones, intercaladas con mis pedidos de profundización, interrumpidas por largos silencios.
Su relato se retoma días después del primer contacto. En un clima de lucha y de nuevas esperas, cambian los temas, nuevas cuestiones se vuelven centrales y se produce una aceleración. El rechazo a esos acuerdos sangrientos de alto el fuego elevó nuevamente la moral; la línea del pueblo y de las Fuerzas de Defensa fue reafirmada una vez más: se luchará hasta la victoria.
El 21 de enero, Awaz me actualiza sobre lo que está ocurriendo y sobre lo que sucedió en los días en que era difícil comunicarse. «Estamos en pleno ataque por parte de las milicias fundamentalistas del gobierno de transición sirio, de los soldados turcos y del ISIS. En concreto, son hombres que llevan en el pecho y en los brazos los símbolos del ISIS y del ejército turco, incluso juntos. Estos son los hombres de Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), el gobierno de transición. A esta altura de la historia no se trata de sujetos separables unos de otros, ni en el plano ideológico ni en el material. Su voluntad es una sola: la masacre. Es una guerra ideológica, y esto debe comprenderse en profundidad».
Awaz relata cómo en las últimas horas los bombardeos continuaron con la intención de atemorizar a la sociedad, como respuesta a las jornadas previas de resistencia. El estruendo de los bombardeos es la respuesta del enemigo a la fortísima resistencia popular, que Awaz me devuelve con la imagen poderosa del asedio en la frontera entre Rojava y Bakur, cuando se abrieron las puertas del paso fronterizo, el pueblo ingresó en la zona de frontera de Turquía y derribó la bandera del Estado. Cuando llegaron refuerzos de los soldados turcos presentes en el lugar, comenzaron a disparar. Primero al aire, durante largo tiempo, para hacer retroceder a la multitud, que sin embargo permanecía firme o incluso avanzaba, con las manos en alto en señal de paz y victoria, gritando Yek yek yek gelê kurd yek e! [¡Uno, uno, uno, el pueblo kurdo es uno!]. No pasó mucho tiempo antes de que dispararan contra los civiles, contra el pueblo que continuó resistiendo.
En su audio, Awaz me dice que para comprender el contexto social y político en el que está inmersa, para entender la resistencia de estos días y la revolución que la sustenta, es importante comprender el significado de las palabras «resistencia popular» y «pueblo». Fuera de toda retórica, «es importante entender aquí qué quiere decir pueblo y qué quiere decir sociedad. Puedo transmitirte la imagen que todavía tengo frente a los ojos del momento en que estábamos en la frontera, con madres con niños en brazos, y niños, muchos niños corriendo, chicas muy jóvenes, muchísima juventud determinada. Y en las primeras líneas de la resistencia, las chicas, todas juntas, gritaban los eslóganes que luego todos seguían». Me habla de una multitud de personas muy diversas entre sí, con distintas edades, oficios y estéticas. «Estaba realmente todo el mundo: hombres, mujeres de cualquier edad, ancianas… cualquiera, cualquiera. No hace falta ser militantes organizados para participar en esta “guerra popular revolucionaria”, porque el punto es ser sociedad. Esta es la característica de esta revolución: que el sujeto revolucionario es la sociedad».
El relato de Awaz continúa con la violencia de las fuerzas armadas turcas, que hirieron y mataron a personas, entre ellas varias mujeres y un niño, durante esa jornada de resistencia, a ambos lados de la frontera. Y agrega: «Esta resistencia popular al grito de “somos un solo pueblo” asusta al enemigo. Esto es, claramente, lo más letal posible desde el punto de vista de un Estado nación. De hecho, es una de las cosas que más teme Turquía, una situación reforzada por el hecho de que en la primera línea siempre están las mujeres, las jóvenes. Son siempre ellas las que inician los cánticos, las que empiezan a cantar o las que abren el círculo para bailar. Todas estas son acciones de resistencia, de firmeza y de unión. Así como el año pasado se bailaba sobre la represa de Tishreen bajo los bombardeos, ahora se baila frente a los soldados turcos y sobre esa línea imaginaria de separación que es la frontera».
Actuar unidas y compactas, no dejarse atemorizar y actuar de manera organizada, lo que también implica ser capaces de organizar y politizar los propios sentimientos y los de quienes están alrededor. El miedo y la rabia se calibran en las miradas intercambiadas antes de avanzar, dejan de ser elementos paralizantes y pasan de mano en mano, convirtiéndose en determinación colectiva. En el entrelazarse de los brazos que se unen, forman una cadena que muestra tenacidad y firmeza ante los soldados desplegados al frente, y al mismo tiempo brinda protección a la gente que viene detrás.
Awaz me cuenta cómo cada una encuentra su lugar en la lucha y la forma en que las mujeres mayores participan en los cantos y en la resistencia, permaneciendo firmes incluso frente a los disparos al aire de los soldados, valientes y combativas frente a los uniformes que intentan imponer la línea del «por aquí no se pasa». Son las raíces de la sociedad defendiendo su propia existencia.
Durante esa misma jornada de resistencia, Awaz me relata un momento de luz y color en medio de los disparos y la tensión: «Cuando los soldados turcos apuntaron los hidrantes contra el pueblo, chorros de agua potente bajo un sol intensísimo creaban arcoíris entre la gente, con una alegría enorme para todos, especialmente para los niños, que los atravesaban corriendo y sosteniendo las banderas de Rojava y con el rostro de Abdullah Öcalan, guía de la unidad y de la lucha. Con el primer arcoíris llegó también el equipo de música, para dar aún más ánimo y fuerza y, sin duda, del otro lado, aún más molestia. Fue un momento de altísima intensidad también en la respuesta de los soldados turcos, porque la moral alta de las personas que luchan y resisten es percibida como algo muy peligroso: una sociedad firme en la unidad es letal para el orden de los Estados nación».
Awaz recuerda que esta guerra ideológica debe leerse a partir de los sujetos que están en el centro de los ataques: las mujeres. Me habla de los ataques directos y violentos contra las comunas de mujeres. Símbolos de esta revolución, las comunas son la unidad básica de la organización de la sociedad, y la presencia de mujeres organizadas es lo que permite que esta revolución siga resistiendo no solo en los términos clásicos del trabajo reproductivo, sino en todos los niveles.
Awaz explica que «las comunas y las mujeres están en el centro del proceso revolucionario, que no es un punto en la historia, sino un proceso, un camino hacia la construcción de una mentalidad revolucionaria, es decir, de una cultura, de una forma de concebir la vida». Y agrega: «Como todo proceso, no está exento de contradicciones y heridas, pero permitió a la gente decidir por sí misma, conocer sus propios sueños y voluntades, y organizarlos en el autogobierno democrático. Hoy vemos con claridad las dos líneas que se enfrentan: por un lado, un enfoque que pone la dignidad de la vida en el centro, bajo el signo de la unidad en la diversidad, de la libertad en una tierra que se organiza como nación democrática y no como Estado. Por el otro, el bloque de la dominación, de los cuerpos oscurecidos, de la guerra que quiere masacrar la memoria de los pueblos, cortar la vida: la línea de una casta de asesinos».
La realidad de la guerra es la de la dominación patriarcal por excelencia, la de los Estados nación y de los enemigos que queman los espacios de encuentro y educación construidos en los años anteriores por las comunas de mujeres. Esta violencia, también simbólica, la vemos en las estatuas de las guerrilleras de las YPJ [Yekîneyên Parastina Jin, Unidades femeninas de protección, en kurdo] derribadas en Tabqa, en las trenzas cortadas de las guerrilleras caídas, que los soldados del gobierno de transición y del ISIS exhiben como trofeos de guerra. Una vez más, y siempre, el cuerpo de las mujeres es el campo de batalla. Pero en esta guerra, las mujeres tienen un rol que nace de la relación entre teoría y práctica cotidiana, que está arraigado en la historia y que no puede ser simplemente arrancado.
En uno de los últimos audios que me envía, Awaz retoma un concepto que aparece una y otra vez: la autoorganización en la guerra popular revolucionaria. Una realidad que no surge hoy, sino que es un camino de conciencia y voluntad, un recorrido que se construye en el tiempo. Porque «la construcción de una cultura revolucionaria, el desarrollo de una mentalidad social, requiere organización, o mejor dicho, autoorganización popular, que a su vez es el elemento que permite que la moral se mantenga firme incluso en la vida cotidiana. Por ejemplo, por la noche la gente se organiza para la defensa del barrio, haciendo turnos con quienes estén disponibles. Se reúnen alrededor de un gran fuego, donde espontáneamente se canta, se baila, se comparte comida y té caliente, alternándose en los puestos de defensa en la calle. Así, la moral de cada quien, los sentimientos individuales, se transforman en sentimientos compartidos, que dialogan y se alimentan mutuamente, organizándose, construyendo una moral política. Esto es lo que hace de un pueblo un pueblo revolucionario».
Los audios de Awaz devuelven la imagen del Confederalismo Democrático como la realización concreta de una visión no estatal de la organización social, que se construye a partir de la participación de las mujeres en la deconstrucción del poder patriarcal y de los principios organizadores de la opresión que se materializan a través del Estado.
El enfrentamiento en curso es político, de clase, de género e ideológico. No involucra solo a la experiencia del Confederalismo Democrático, sino a una idea de mundo que está demostrando la fuerza de su ruptura con lo existente y la posibilidad real y concreta de garantizar condiciones de vida sostenibles y justas.
El silencio occidental es insoportable. Es necesario contar, me dice Awaz, contar la fuerza de esta nueva resistencia. Pero contar también implica una demanda de escucha y de movilización. «Tienen que movilizarse», repite Awaz en los audios. «Hagan lo que puedan y tengan claro que el enemigo es uno solo: Estados Unidos, HTS, Turquía e ISIS, que están unidos en la misma mentalidad».
Los ataques continúan y el asedio es constante, pero la resistencia lanza un mensaje claro y directo en las palabras de las fuerzas YPJ en la ciudad de Heseke: «Somos las hijas de un pueblo que durante años pagó el precio más alto. Rendirse frente a este sacrificio es imposible. Por eso la confianza de nuestra gente siempre fue tan firme. (…) Continuamos el legado de decenas de compañeras y compañeros caídos como mártires debido al comportamiento traidor de las fuerzas internacionales en el área que habíamos liberado [del ISIS]. Esta es la promesa a nuestra sociedad. Confíen en sus niñas, confíen en sus combatientes. La victoria será de nuestro pueblo».
An Serkeftin, An Serkeftin. O éxito, o éxito.


































