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Donald Trump solía presentarse como un presidente contrario a las guerras. Sin embargo, a medida que Estados Unidos reafirma su control sobre su «patio trasero», su gobierno impulsa una política cada vez más abiertamente imperialista. (Anna Moneymaker / Getty Images)

Estados Unidos es un imperio debilitado y peligroso

Traducción: Pedro Perucca

El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro es un acto burdo de agresión trumpista. Pero también ilustra la debilidad del liderazgo estadounidense, en su intento de afianzar el control sobre el hemisferio occidental.

En lo más profundo de una noche invernal, fuerzas aerotransportadas estadounidenses surcan aullando los cielos del Caribe. Aviones a reacción lanzan fuego sobre infraestructuras clave, mientras helicópteros de ataque despliegan comandos de fuerzas especiales en objetivos terrestres. En medio del espectáculo de conmoción y pavor, un presidente es secuestrado e imputado por cargos de narcotráfico. Se trata de un caso de prueba clave para entender cómo una ambiciosa administración republicana pretende manejar una era de cambios sísmicos.

Esto ocurrió el 20 de diciembre de 1989; la operación en cuestión fue la destitución del hombre fuerte panameño y antiguo activo de la CIA Manuel Noriega. Pero existe un paralelismo inconfundible con el secuestro ordenado por Donald Trump del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa. El episodio ilustra todo lo que ha cambiado, y lo que ha permanecido igual, en las tres décadas que separan estos dos actos de agresión. El primero tuvo lugar al inicio de una nueva era de hiperpoder estadounidense. El segundo es un síntoma del declive caótico y violento de esa era.

Dos secuestros

La destitución de Noriega por parte de George H. W. Bush marcó el comienzo de una nueva etapa de construcción del orden mundial estadounidense en la posguerra fría. En pocos años, Estados Unidos se lanzó con fuerza a la Guerra del Golfo Pérsico y a nuevos conflictos en tres continentes. Al igual que Noriega, en Irak Saddam Hussein aprendería rápidamente que servir a los intereses de Washington no garantizaba protección alguna.

El colapso de la Unión Soviética seguramente diluyó el atractivo del anticomunismo como justificación para la guerra permanente. Pero la llamada Guerra contra las Drogas ya se había consolidado como un reemplazo argumental para las guerras eternas, devorando vidas y recursos a escala global. El repliegue soviético no le trajo mucha paz a América Latina en relación con el militarismo estadounidense. Más bien ocurrió lo contrario, con Washington desempeñando un papel clave en la prolongación de la guerra civil colombiana.

La región también ofreció un estudio singular sobre el resurgimiento de la izquierda durante un período de hegemonía neoliberal. Los barrios populares de Venezuela llevaron a Hugo Chávez al poder en 1998 y una nueva alianza liderada por pueblos indígenas impulsó a Evo Morales y al Movimiento al Socialismo (MAS) al gobierno en Bolivia en 2005, en el marco de la llamada «marea rosa» continental.

Ese proyecto experimentó un renacimiento a comienzos de la década de 2020, pero sufrió reveses severos: el colapso del gobierno del MAS en Bolivia; la fragilidad económica y política de Venezuela, que dio lugar a una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo; y las victorias de férreos aliados de Trump como José Antonio Kast en Chile, Nayib Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. El apoyo estadounidense es solo una variable dentro de estos procesos complejos, pero una variable significativa.

En este contexto, el ataque de Trump contra Venezuela parece una pieza bastante directa de teatro imperial. El secuestro de un presidente, el humo elevándose desde los puertos, los barcos inmovilizados y la escasa probabilidad de que Venezuela tenga capacidad de represalia, incluso si su gobierno se mantiene firme, aportan consuelo a los amigos reaccionarios de Washington y siembran temor entre sus enemigos.

Esto es parte de lo que está ocurriendo, pero no es toda la historia.

Cerrando filas

Hace dos años, mientras investigaba la política exterior de Estados Unidos en la región, mantuve en Bogotá, la capital colombiana, una larga conversación con un exfuncionario de inmigración.

Sin ser necesariamente un entusiasta del gobierno de izquierda de Gustavo Petro, él celebraba la posibilidad de una nueva etapa de independencia estratégica. El gobierno acababa de rechazar un vuelo de deportación que devolvía a Colombia a un grupo de personas acusadas de haber ingresado ilegalmente a los Estados Unidos. Aunque Bogotá seguía cooperando con los intentos estadounidenses de frenar la migración a través del letal Tapón del Darién, en la frontera con Panamá, estaba dispuesta a exhibir una cuota de autonomía.

Cuando Trump llegó al poder, los límites de ese enfoque quedaron a la vista. El intento renovado de Petro de rechazar estos vuelos fue rápidamente golpeado por amenazas de aranceles punitivos. La apuesta del presidente colombiano pareció haber ido demasiado lejos, algo que sin duda influyó en la actitud más cautelosa adoptada frente a Washington por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum.

Esta controversia refleja hasta qué punto el control migratorio desplazó a fantasmas como el comunismo, las drogas y el terrorismo como justificación de turno para el belicismo estadounidense. Las historias sensacionalistas del complejo de política exterior de Washington sobre un supuesto «narcoterrorismo» que abarcaría a Hezbollah, a bandas narco y al Estado venezolano pueden haber servido de anclaje para el refuerzo militar estadounidense en el Caribe en los últimos meses. Pero la atribución de responsabilidad a Caracas por los flujos migratorios irregulares fue central para vender la guerra, tanto dentro de la administración Trump como ante la opinión pública estadounidense.

Todo esto tiene un aire extrañamente europeo. La afirmación de que actores hostiles utilizan la migración como táctica de desestabilización fue clave para el desarrollo de un régimen de abusos de derechos humanos militarizados en las fronteras orientales de la Unión Europea. Al mismo tiempo, la impunidad frente a conductas letales en el mar, como los ataques estadounidenses contra supuestas embarcaciones vinculadas al narcotráfico, recuerda el respaldo europeo a las milicias que atacan barcos de migrantes y de rescate, o a las agresiones contra naves que transportan ayuda a Palestina.

Más directamente, Estados Unidos está negociando acuerdos de deportación con una variedad de países en los que los Estados europeos actúan desde hace tiempo, como Uganda, Kosovo y Libia. Pero ahora va más lejos que Europa. Tras verse obligado a aceptar el regreso de un ciudadano salvadoreño deportado ilegalmente la primavera pasada, Estados Unidos emprendió una frenética ronda de negociaciones con decenas de países africanos, presionando a algunos de los lugares más pobres del mundo para que acepten deportados del ICE.

Esto no tiene que ver realmente con las cifras migratorias. Ninguno de estos acuerdos involucra cantidades especialmente grandes de personas deportadas. Las evidencias indican que Trump ignoró advertencias que señalaban que la intervención estadounidense en Venezuela es uno de los factores que impulsa la llegada de refugiados a la frontera sur.

Tampoco se trata únicamente de proyectar una imagen de dureza frente a la migración, aunque ese aspecto juega un papel. La estrategia africana de Trump estuvo acompañada por una demostración de fuerza más amplia en la región, desde bombardeos en Nigeria el día de Navidad hasta una campaña ficticia contra un supuesto «genocidio blanco» en Sudáfrica. Existe una fuerte correlación entre los países donde se firmaron acuerdos de deportación, y donde presumiblemente se le otorgaron contratos lucrativos a empresas penitenciarias estadounidenses, y aquellos donde Estados Unidos tiene intereses en minerales críticos, en un contexto en el que Washington supera a Pekín en inversiones en África. Como muestra la fijación de Trump con el petróleo venezolano, el control de los recursos sigue siendo fundamental.

El énfasis casi totémico en la inmigración refleja una evolución más profunda del pensamiento estadounidense. La visión de Washington como garante del orden mundial, muy central tanto para el liberalismo como para el conservadurismo durante la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror, ya no inspira ni a la opinión pública ni a los estrategas. Por eso fue reemplazada por algo mucho más parroquial y defensivo. La agresión externa sigue presentándose como una amenaza, pero se vende principalmente como un método para levantar muros más altos alrededor de un Estado frágil y amenazado.

Esto no se limita a la frontera, sino a un sentido más amplio de amenaza estratégica. El control migratorio se volvió central porque es uno de los pocos puntos de consenso en una administración que carece de un modelo estratégico compartido y que oscila entre distintos intentos de reconciliar ambiciones fantásticas con una reducción marcada de sus capacidades materiales.

Ambigüedad estratégica

El enfoque de Trump hacia la estrategia internacional parece contener dos elementos clave.

El primero es una aceleración de un método propio de la era de George W. Bush, en el que pequeños grupos de personal clave avanzan a toda velocidad a través de intervenciones legales, políticas y militares, eludiendo las instituciones. En el caso venezolano, esto derivó en una serie de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, condenadas como crímenes de guerra por un variado conjunto de funcionarios.

El segundo es una dinámica que recuerda a la de los reyes que permitían que sus cortesanos disputaran entre sí las estrategias, para que la mejor opción emergiera mediante una suerte de selección darwiniana. En el caso venezolano, esto parece haber generado una confluencia de intereses en torno a un centro de gravedad caribeño. Los halcones migratorios vieron una oportunidad para escalar las deportaciones masivas hacia una Venezuela posterior a la intervención; los observadores del sector energético detectaron ganancias y seguridad energética; y los ideólogos percibieron la posibilidad de eliminar una espina clavada desde hace tiempo. Para Trump, se trata de una ocasión para hacer lo que Karl Rove habría llamado «crear nuestra propia realidad»: establecer circunstancias en las que Washington hace lo que quiere, donde quiere y cuando quiere.

Esta conveniente coincidencia en torno a Venezuela oculta una profunda desunión entre facciones. Persiste una corriente que objeta genuinamente el «globalismo» como una quimera liberal y que comparte ciertos puntos con la izquierda antibélica, al sostener que poner a «Estados Unidos primero» implica retirarse de las «guerras eternas». Otras corrientes, más amplias, están impulsadas por el deseo de priorizar una región por sobre otra. Los halcones de América Latina, quienes están obsesionados con armar a Israel y hostigar a Irán y quienes se enfrentaron por la política hacia Rusia son los tres ejemplos más evidentes. Aunque sus métodos frustraron a sectores internos del gobierno, Elbridge Colby intentó aportar una lógica de articulación para los compromisos internos sobre Rusia y Medio Oriente, mediante un enfoque implacable en la contención de China.

Este encuadre de suma cero se intensificó por una razón concreta. En los últimos días de la administración de Joe Biden, quedó claro que el armamento simultáneo de Ucrania e Israel estaba llevando al límite la capacidad del complejo militar-industrial estadounidense, pese a unos presupuestos militares absurdamente inflados. El rápido redespliegue durante el otoño pasado del Gerald R. Ford, el portaaviones más grande del mundo, desde Medio Oriente hacia el Caribe refuerza esta imagen de un imperio desorientado que corre de un lugar a otro apagando, o en realidad alimentando, incendios.

También lo demuestra la disposición de Estados Unidos a romper su tradicional contrato social-militar con Europa, en el que contribuía de manera desproporcionada a cambio de la aceptación europea de sus prioridades estratégicas y de la dependencia de su equipamiento militar.

Este ajuste de cuentas con un poder menguante emergió durante la administración Biden, en su intento de una «política exterior para la clase media», caracterizada por un mayor «friend-shoring» y una estrategia industrial que puede verse como el reverso de las guerras comerciales de Trump con sus aliados, así como por la caótica retirada de Afganistán.

Una crítica frecuente al ataque contra Venezuela sostiene que Estados Unidos abandonó cualquier pretensión de sostener el orden liberal internacional. Esto es cierto, pero pierde de vista el punto central. Ese orden, en el que Estados Unidos prometía apoyo incondicional a sus aliados, ayuda económica cuando era necesaria y el mantenimiento de la arquitectura financiera y política global, a cambio del consentimiento para su preeminencia, ya no es estructuralmente viable.

La pregunta es qué viene después. El ataque a Venezuela ofrece muchas de las respuestas.

Cuando los imperios terminan

Si bien como pieza de arte operacional el ataque se asemeja superficialmente a la invasión de Panamá, sus raíces intelectuales están más cerca del intento desquiciado de golpe en Venezuela llevado adelante por un grupo de aventureros en 2020. Es cortoplacista y desordenado. No parece especialmente «estratégico» en un sentido amplio, y ese es precisamente el punto.

La administración Trump encontró una respuesta al problema de las limitaciones a su poder global «inundando la zona de mierda», tal como lo formuló Steve Bannon. Al igual que el guardia de la prisión en el panóptico de Michel Foucault, Washington carece de recursos para atacar en todas partes, pero puede hacerlo de manera imprevisible en cualquier lugar. Hoy Nigeria y Venezuela; mañana, quién sabe dónde. El mensaje es claro: hay que prepararse para más secuestros y bombardeos aleatorios.

Gran parte de la política exterior estadounidense puede leerse hoy como un intento de gestionar el declive mediante la ambigüedad y las amenazas. Su lealtad inquebrantable a Israel, incluso mientras ese Estado socava los fundamentos del derecho internacional humanitario, debe entenderse al menos en parte como una señal de compromiso hacia otros aliados. Washington exhibe deliberadamente una ausencia de límites morales. Su obsesión con los recursos no es nueva, pero en el contexto de las presiones climáticas y de nuevas competencias geoeconómicas, probablemente adopte dinámicas más frenéticas y existenciales. La apuesta desesperada de una economía estadounidense asediada por la revolución de la inteligencia artificial, y la subordinación del Estado a oligarcas tecnológicos de tinte milenarista y al complejo penitenciario-militar-fronterizo-industrial, casi con seguridad enmarca sus acuerdos de deportación carcelaria en África, y probablemente muchas otras cuestiones.

Los imperios no se apagan suavemente. La era imperial europea fue abruptamente truncada por la destrucción de la Segunda Guerra Mundial. Incluso así, su retirada fue prolongada, sangrienta y, en muchos lugares, aún inconclusa. Entre sectores de izquierda es habitual hablar del declive y la caída del imperio estadounidense, pero ese declive es se mide en relación con otros y proviene de una era de hiperpoder históricamente sin precedentes. Incluso derrotas estratégicas estadounidenses, como las de Vietnam y Afganistán, devastaron a los países donde tuvieron lugar.

Al mismo tiempo, Estados Unidos no existe en el vacío. Está claro que Trump enfrenta pocos límites internos y que muchos de sus opositores se alinean en lo que hace a la política exterior. Más allá de las quejas de Bruselas, la Unión Europea no puede ni quiere ejercer una influencia moderadora. Para el resto del mundo, esto fortalecerá inevitablemente el incentivo hacia una visión cínica y hobbesiana de las relaciones internacionales, en la que demostraciones constantes e imitativas de agresión e imprevisibilidad se vuelven necesarias para la supervivencia. A través del humo de los incendios en Caracas, se vislumbran innumerables futuros sombríos.

En medio de este panorama desolador, vale la pena mencionar algo más que ocurrió en Estados Unidos en los últimos días: la asunción de nuevos líderes locales del socialismo democrático, como Zohran Mamdani y Katie Wilson, surgidos de campañas marcadamente internacionalistas. En Estados Unidos y más allá, las fuerzas del militarismo desenfrenado intentaron imponer la idea de que su enfoque destructivo y nihilista del mundo es el único capaz de proteger a la población en tiempos peligrosos. Harán falta liderazgos con raíces locales y una comprensión firme de las dimensiones nacionales e internacionales para demostrar lo contrario, para ofrecer mejores formas de atravesar las convulsiones rápidas y traumáticas del mundo y para imaginar un orden global distinto.

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Publicado en Artículos, Estados Unidos, Guerra, Historia, homeCentro, Imperialismo, Política and Relaciones internacionales

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