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El cuerpo envuelto del periodista palestino Ahmad Abu Mteir —muerto en un ataque israelí contra una casa utilizada por periodistas en la localidad de Zuwaida, en la zona central de la Franja de Gaza— es preparado para su entierro en el hospital Shuhada al-Aqsa, en Deir al-Balah, el 20 de octubre de 2025. (Bashar Taleb / AFP vía Getty Images)

La masacre de periodistas no puede quedar impune

Traducción: Pedro Perucca

En medio de su asalto criminal sobre Gaza, Israel mató a cientos de periodistas palestinos que daban testimonio de su brutalidad. También transformó a sus propios medios en vehículos que facilitan el genocidio. Estos crímenes no pueden barrerse bajo la alfombra.

Israel mató al menos a 225 periodistas palestinos desde el 7 de octubre de 2023, cifra que atrajo brevemente la atención internacional cuando se calculó que murieron más periodistas en Gaza que en la Guerra Civil estadounidense, las dos guerras mundiales, Corea, Vietnam, las guerras en Yugoslavia en los 90 y 2000, y la guerra en Afganistán después del 11 de septiembre, todo combinado. Como parte de su esfuerzo por eliminar testigos y controlar la narrativa sobre los hechos, Israel convirtió a Gaza, como escribió un comentarista, en el cementerio del periodismo.

Las fuerzas israelíes usaron drones para cazar a trabajadores de prensa desde lejos, como cuando apuntaron contra el periodista de Al Jazeera Anas al-Sharif junto a Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal, Moamen Aliwa y Mohammed al-Khalidi en una carpa para periodistas cerca del hospital al-Shifa, en Gaza. Y el ejército israelí también ejecutó periodistas a quemarropa, como cuando un francotirador mató a Saed Abu Nabhan en la zona de Nuseirat, en el centro de Gaza.

Muchos otros periodistas resultaron heridos, detenidos o desaparecidos, mientras las fuerzas israelíes dañaron o destruyeron sistemáticamente más de cien instituciones y oficinas de medios gubernamentales y no gubernamentales, incluidas estaciones de televisión, satélite y radio; torres de transmisión; oficinas de servicios periodísticos; y sedes de diarios.

Asesinar periodistas constituye un crimen de guerra y un crimen contra la humanidad, porque bajo las leyes de los conflictos armados los periodistas son considerados civiles, y por lo tanto es ilegal apuntar deliberadamente contra ellos. Pero los periodistas no reciben ninguna otra protección especial, a pesar de los riesgos elevados asociados a su trabajo.

Los redactores de estas leyes, particularmente al formular los protocolos adicionales de 1977 a los Convenios de Ginebra, reconocieron la diferencia entre civiles y periodistas, entendiendo que estos últimos suelen estar presentes en las líneas del frente. Sin embargo, inexplicablemente, no les otorgaron protecciones adicionales más allá de las que ya corresponden a cualquier civil.

Las protecciones legales limitadas dejan a los periodistas expuestos al ataque sistemático de Israel. Y el país se vio aún más envalentonado por los medios occidentales y el rol que jugaron para socavar la percepción de profesionalismo y credibilidad de los periodistas palestinos.

Israel tiene una larga historia en cuanto a la difamación de periodistas palestinos, incluso usando a la agencia estatal de publicidad para producir anuncios en YouTube que afirmaban que los reporteros de Gaza eran parte integral de la «propaganda de Hamas» y, por lo tanto, blancos legítimos. No está claro si campañas tan insidiosas influyeron en los medios occidentales, o si sus propios prejuicios arraigados determinan cómo encubren los asesinatos de periodistas palestinos. En cualquier caso, suelen repetir las falsedades de Israel.

Desacreditando a los periodistas palestinos

Cuando Israel mató a los periodistas de Middle East Eye Mohamed Salama y Ahmed Abu Aziz en el hospital Nasser —junto con el fotoperiodista de Reuters Hussam al-Masri y los freelancers Moaz Abu Taha y Mariam Dagga, que habían trabajado para Associated Press— las agencias occidentales cuyos propios reporteros murieron en el ataque repitieron la afirmación israelí de que el objetivo era una «cámara de Hamas», asociando así, de manera casual y calumniosa, a los cinco periodistas asesinados con Hamas.

Ese ataque tuvo lugar a fines de agosto de 2025, más de un año y diez meses después del comienzo del genocidio. Para entonces, era evidente que Israel apuntaba sistemáticamente contra periodistas: ya había matado a más de doscientos trabajadores de prensa, muchas veces junto con sus familias.

El neologismo «cámara de Hamas» indudablemente salió de Israel, y aun así decenas de medios repitieron el término sin detenerse a preguntar qué sería una «cámara de Hamas», en contraste con una Nikon o una Canon—. La mera repetición ayudó a legitimar el ataque deliberado contra los periodistas, perpetrado en un complejo hospitalario donde también murieron personal médico y pacientes. Es muy poco probable que los grandes medios occidentales hubieran imitado el lenguaje legitimador de Israel si los periodistas asesinados hubieran sido europeos blancos en la azotea del hospital Nasser.

Como señala el autor Chris Hedges, narrativas como estas «desacreditan las voces de las víctimas y exoneran a los asesinos», reforzando la impunidad que permite que continúe el ataque contra los periodistas palestinos.

La acusación de que los periodistas palestinos son ideológicos y no pueden ser objetivos proviene de medios que difundieron informes insidiosos sobre bebés decapitados y niños pequeños cocinados en hornos. Proviene de medios que repitieron mentiras sobre un supuesto centro de mando bajo el hospital al-Shifa, junto con la falsa afirmación de que los periodistas palestinos dirigían unidades de cohetes de Hamas desde las azoteas de los hospitales.

De hecho, deshumanizar a los palestinos ayuda a normalizar no sólo el genocidio, sino también la incitación al genocidio que periodistas israelíes difundieron desde el primer día.

Ya el 7 de octubre de 2023, Shimon Riklin, de Channel 14, escribió que «Gaza tiene que ser borrada de la faz de la tierra» y luego preguntó retóricamente: «¿Para qué tenemos exactamente una bomba atómica?».

Pocos días después, Naveh Dromi —que también trabajaba en Channel 14 y hoy es presentadora en i24 News— comentó en el programa The Patriots: «No hay inocentes», y agregó que los palestinos «se trajeron la Nakba encima en 1948» y que «ahora van a tener una segunda y verdadera Nakba, para terminar el trabajo de Ben-Gurion».

Roy Sharon, corresponsal del Canal 11, justificó explícitamente la perspectiva de «un millón de cadáveres», escribiendo en redes sociales: «Dije lo de un millón de cadáveres no como un objetivo. Dije que si, para eliminar finalmente las capacidades militares de Hamas, incluidos Sinwar y Deif, necesitamos un millón de cadáveres, entonces que haya un millón de cadáveres».

Arnon Segal, columnista del diario Makor Rishon, no mostró ninguna reserva: publicó un mapa donde explicaba: «Así vamos a volver a Gaza: el plan completo para destruir al enemigo, liberar la Franja de Gaza y establecer allí ciudades judías».

En una entrevista con Walla, el veterano periodista y presentador Yaron London repitió su afirmación previa de que «Gaza debe ser arrasada, incluso al costo de dañar inocentes», y añadió:

Si no podés distinguir entre la población y las autoridades porque las autoridades se esconden deliberadamente en hospitales o monasterios, entonces no tenés opción y tenés que ser mucho menos “vegetariano”. En mi opinión, fuimos muy “vegetarianos”. El castigo por las provocaciones de Hamas tendría que haber sido mucho más severo. Lamentablemente, ese castigo también debe caer sobre la población.

Algunos periodistas israelíes incluso incitaron directamente contra sus colegas en Gaza. Hagai Segal, exeditor en jefe de Makor Rishon, escribió:

Todos los periodistas en Gaza son operativos o simpatizantes de Hamas, fabricantes de libelos de sangre. Quizás haya unas pocas personas en Gaza que lleven chalecos con la palabra PRESS y que, en su fuero íntimo, desaprueben un poco a Hamas, pero ni siquiera ellos merecen la protección del sindicato de periodistas.

Y Zvi Yehezkeli, analista de asuntos árabes en i24, dijo: «Si Israel decidió eliminar a los periodistas, mejor tarde que nunca».

Estas declaraciones pueden constituir incitación directa y pública al genocidio, un acto penado por el Artículo 3 de la Convención de 1951 para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. En un sentido similar, el Artículo 25 del Estatuto de Roma de 1998 establece que una persona que «incite directa y públicamente a otros a cometer genocidio» tiene responsabilidad penal individual.

Responsabilizar a los medios israelíes

Hay precedentes para responsabilizar a periodistas y medios por incitación. En los juicios de Núremberg, el publicista alemán Julius Streicher fue declarado culpable en 1946 por incitar al exterminio de los judíos en su diario Der Stürmer. De manera similar, en 2003 el Tribunal Penal Internacional para Ruanda condenó a tres líderes de medios por incitación directa y pública al genocidio. El juez principal les dijo a los acusados que «sin un arma de fuego, un machete o cualquier otra arma física, ustedes causaron la muerte de miles de civiles inocentes», y enfatizó que sus emisiones y publicaciones no podían estar protegidas por el derecho a la libertad de expresión.

A pesar del intento de Israel de presentar a los periodistas palestinos como incitadores a la violencia, la gran y trágica ironía —como demuestra el caso de Ruanda— es que no pocos periodistas israelíes son culpables exactamente de ese crimen.

Por eso llegó el momento de que cada país firmante de los Convenios de Ginebra y la Convención contra el Genocidio garantice que todos los periodistas y directivos de medios que usaron retóricas de incitación enfrenten consecuencias: arrestándolos cuando viajen al exterior y procesándolos en tribunales nacionales con jurisdicción universal. En cambio, lo que hemos visto es a numerosos medios socavando la credibilidad de quienes dan testimonio de los crímenes de Israel, mientras en ocasiones facilitan la transformación del periodismo en un vehículo que ayuda y facilita el genocidio y los crímenes contra la humanidad.

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