A mediados de este mes se intensificaron los ataques de las tropas gubernamentales sirias y de las tribus beduinas contra la población drusa en Suwaida, en el sur de Siria, mientras la región sigue bajo embargo. Y aunque los comandantes de la milicia islamista gobernante Hayat Tahrir al-Sham (HTS) advirtieron a sus hombres que no graben crímenes de guerra, lo siguen haciendo, al igual que hace unos meses, cuando masacraron a civiles alauitas en la costa.
«Circulan imágenes de cadáveres esparcidos por las calles, así como vídeos que muestran a militantes matando a ciudadanos en sus casas y arrojándolos desde edificios altos», informa a Jacobin Omar Nasruddin, que vive en un pueblo al sur de la ciudad de Suwaida. «He visto estas masacres con mis propios ojos». El dolor está muy presente en la comunidad drusa.
Estos ataques no solo se dirigieron contra los drusos. Desde el final de la guerra civil, a fines del año pasado, se desató una nueva espiral de violencia en Siria, que afecta sobre todo a las minorías. Ya en diciembre de 2024 se produjeron nuevos ataques contra zonas kurdas, en marzo contra alauitas y, al mes siguiente, 25 personas murieron en un atentado contra una iglesia cristiana en Damasco. A esto se suman los ataques selectivos y los secuestros de mujeres y niñas alauitas y drusas, que se enfrentan a matrimonios forzados, trata de personas y otras formas de abuso.
Las causas de este estallido de violencia son múltiples y se remontan a mucho tiempo atrás. El factor decisivo es la negativa del actual Gobierno yihadista de transición a reconocer la diversidad social de Siria y a permitir una transformación democrática. Con su última medida, el líder del HTS, Ahmed Al-Charaa, intenta consolidar su poder sobre una Siria fragmentada y socavar la autonomía de Suwaida y, de forma indirecta, también la del noreste de Siria, que se encuentra bajo un gobierno autónomo kurdo. Además, su objetivo es romper la dinámica democrática de la sociedad siria. Sin embargo, la situación también es resultado de la política de «divide y vencerás» de las potencias occidentales, que siempre usaron el tribalismo, el nacionalismo y, más tarde, el islamismo para controlar Asia occidental.
¿Qué pasó?
La región de Suwaida, en el sur de Siria, cuya población es mayoritariamente drusa (ya conocida por su resistencia a la ocupación otomana y francesa), alcanzó un cierto grado de autonomía política tras el levantamiento sirio de 2011. Tras la caída del régimen de Ásad del año pasado, las fuerzas drusas locales y los líderes religiosos iniciaron conversaciones con las nuevas autoridades de Damasco. Sin embargo, debido a la falta de una transición política democrática e inclusiva, así como a la ausencia de garantías para la seguridad de la región, decidieron no desarmarse. El 13 de julio, la situación en Suwaida finalmente se agravó y el territorio se convirtió en una zona de guerra.
Poco antes, un vendedor ambulante druso había sido detenido en un puesto de control en el sur de Siria por beduinos suníes, que lo golpearon y le robaron su mercancía. Al día siguiente, la situación se agravó y desembocó en una ola de violencia entre las comunidades. Las tropas del Gobierno de transición de Al-Charaa intervinieron del lado de las tribus beduinas y aprovecharon la oportunidad para consolidar su presencia en la región de Suwaida, autónoma de facto. A continuación, Israel comenzó a bombardear a los tanques que se acercaban, así como al Ministerio de Defensa y al palacio presidencial en Damasco. Tras una semana de combates, se firmó un acuerdo de alto el fuego bajo los auspicios de Estados Unidos y las potencias regionales.
Según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos, el balance actual asciende a más de 1400 muertos, en su mayoría civiles drusos, muchos de los cuales fueron brutalmente ejecutados por las tropas yihadistas del Gobierno. La ONU habla de 145.000 personas que tuvieron que huir de sus hogares en una semana ante los bombardeos, las masacres y las humillaciones. Testigos presenciales informan de saqueos sistemáticos y de pueblos completamente destruidos. Además, apenas pueden llegar bienes de primera necesidad a la región sitiada, por lo que se avecina una crisis humanitaria.
Divide y vencerás
Siria es un mosaico de diferentes pueblos, confesiones religiosas, visiones y objetivos políticos que caracterizan a la vida social del país. Como cuna de las religiones monoteístas y gracias a sus fértiles suelos y su favorable ubicación geográfica, el territorio actual de Siria se convirtió hace siglos en un importante centro para el comercio. Esto convirtió a la región en un objetivo temprano de la injerencia extranjera y de potencias rivales que aprovecharon las diferencias existentes para alimentar los conflictos. Siria se encuentra hasta el día de hoy en el centro geopolítico de conflictos por las rutas de transporte y los bloques de poder rivales. En última instancia, el régimen autoritario y la corrupción del Partido Baaz de Bashar al-Ásad y su padre, Hafez al-Ásad, así como su negativa a permitir la participación democrática de los grupos étnicos y religiosos, desgarraron al país. Más de medio año después de la caída del régimen de Bashar al-Ásad, que había dado a muchas personas en Siria la esperanza de que terminara una guerra civil que duraba ya 13 años y de un nuevo comienzo político, el futuro de Siria sigue siendo incierto.
Las fronteras y estructuras estatales impuestas desde el exterior, tal y como se establecieron en el Tratado de Sykes-Picot, a menudo no se corresponden con las identidades culturales de los pueblos de Oriente Próximo. Así, las tribus beduinas de los desiertos del este de Siria suelen tener más similitudes lingüísticas y culturales con sus vecinos iraquíes que con sus conciudadanos de Damasco. La población kurda del norte de Siria también se siente más vinculada a sus parientes de Turquía o del norte de Irak que, por ejemplo, a la población árabe de Hama, en el oeste de Siria.
Los Estados heterogéneos como Siria han sido, por tanto, un terreno abonado para la política de poder centenaria basada en el principio de «divide y vencerás», que enfrenta a diferentes grupos étnicos y religiosos entre sí.
Potencias occidentales como Estados Unidos o Gran Bretaña utilizaron deliberadamente el tribalismo, el nacionalismo, los conflictos confesionales y el fundamentalismo religioso para controlar y explotar más fácilmente a los Estados y las comunidades locales de Asia occidental. Esto quedó especialmente patente durante la Guerra Fría, cuando las ideas socialistas ganaron influencia en Oriente Medio. Estados Unidos respondió con la estrategia del «cinturón verde», es decir, el fomento del islam político para contrarrestar la influencia soviética. A partir de 1991, también aumentaron las intervenciones directas de EE. UU. para desestabilizar o transformar los Estados nacionales existentes, que se consideraban como un obstáculo para la libre circulación de capitales. Para ello contaron con el apoyo de aliados como Israel, Arabia Saudita y Turquía.
Autoridad a cualquier precio
El movimiento de protesta que comenzó en Túnez en 2010, conocido como la Primavera Árabe, provocó una ola de protestas masivas en el norte de África y Oriente Medio, que también afectó a Siria. Se desarrolló una oposición heterogénea, formada por diferentes facciones políticas, etnias y creencias, entre ellas fuerzas seculares, religiosas, liberales, conservadoras y socialistas. Al mismo tiempo, Estados Unidos y la OTAN aprovecharon la caótica situación para derrocar regímenes indeseables y remodelar la región según sus propios intereses. Rusia y otros actores regionales, como Turquía, Catar e Irán, también intentaron llevar al poder a sus representantes y aliados.
Los suministros de armas y los programas de formación de Estados Unidos y Turquía beneficiaron a grupos yihadistas como el Frente Al-Nusra, la organización sucesora de la rama siria de Al Qaeda, de la que más tarde surgió el grupo gobernante HTS. Por el contrario, las fuerzas seculares perdieron importancia. La «oposición» se transformó en un movimiento islamista suní. Minorías como los cristianos, los alauitas, los kurdos y los drusos se dieron cuenta de que sus intereses ya no estaban representados y de que la revuelta se había convertido en una contrarrevolución.
Con sus operaciones en Suwaida, el Gobierno de transición sirio pretende reforzar su autoridad sobre el fragmentado país. En un principio, el Gobierno liderado por HTS buscaba el reconocimiento externo y la legitimidad para consolidar su dominio en el país. Sin embargo, poco a poco también comenzó a tomar el control de las instituciones estatales, el ejército y las instituciones sociales.
El nuevo Gobierno y las fuerzas armadas que lo apoyaban recurrieron cada vez más a la retórica islamista-nacionalista y a la violencia, dirigida inicialmente contra la población alauita y, cada vez más, contra la drusa y la kurda. La narrativa de la «Mazlumiya Sunniya» (los oprimidos suníes) se utilizó intensamente para unir a la comunidad árabe suní detrás del Gobierno de Al-Charaa, a pesar de sus diferencias políticas y sociales.
El aprovechamiento de los conflictos étnico-confesionales también tenía como objetivo reprimir los movimientos democráticos. Suwaida es un objetivo del Gobierno, ya que la ciudad es un símbolo de la resistencia contra el régimen de Ásad. Incluso bajo la anterior dictadura hubo manifestaciones, una sociedad civil activa y tentativas de crear sindicatos alternativos. Algunos drusos incluso protestaron en respuesta a los últimos ataques en la plaza de los Omeyas, en el centro de Damasco. A principios de esta semana también se produjeron protestas masivas en Suwaida contra el embargo en la región.
Según Omar Nasruddin, los últimos ataques «han reforzado la impresión de que no hay seguridad en este país. Los ciudadanos pueden ser asesinados, humillados y maltratados en cualquier momento». Es necesario encontrar una solución que ofrezca a los drusos libertad y protección frente a los ataques yihadistas. «El modelo de autogobierno es una reivindicación del pueblo a la que no se puede renunciar y que no debe ponerse en peligro», afirma Nasruddin.
Israel aprovecha la crisis en su beneficio
Israel también está aprovechando las tensiones actuales para impulsar su propia agenda. Aunque el Gobierno israelí afirma proteger a la comunidad drusa en el sur de Siria, al mismo tiempo fomenta los conflictos religiosos aprovechando las masacres perpetradas por milicias afines al Gobierno. Recientemente se observó una retórica similar por parte de representantes del Gobierno israelí hacia los kurdos. Aunque algunos líderes drusos piden la intervención de Israel, la mayoría de la población drusa de Suwaida y otras zonas la rechaza rotundamente y reafirma su lealtad a la unidad de Siria.
El verdadero motivo israelí no es ayudar a los drusos, sino agravar las divisiones dentro de la sociedad siria y enviar un mensaje al Gobierno liderado por HTS de que Israel no aceptará una presencia militar en el sur de Siria, especialmente en las regiones de Quneitra, Daraa y Suwaida. Los partidarios de la línea dura dentro del Gobierno israelí ya pidieron la ocupación de estas regiones y la liquidación de Al-Charaa. Los últimos ataques israelíes contra Damasco están en consonancia con esta estrategia, ya que tienen como objetivo debilitar al Estado sirio y arrancarle concesiones. Tras las primeras reuniones diplomáticas en Bakú, a finales de julio se reunieron en París representantes de los Gobiernos de Israel y Siria. Acordaron un alto el fuego que prevé la retirada de las tropas gubernamentales de Suwaida.
Los acontecimientos en Siria forman parte de una estrategia más amplia para la reorganización de Oriente Medio, que incluye la devastadora guerra de exterminio en Gaza, los duros golpes contra Hezbolá en el Líbano, el apoyo a las milicias HTS para derrocar a Ásad y los ataques contra Yemen y, más recientemente, contra Irán. Con ello se intenta vincular a Siria a un eje liderado por Estados Unidos. Un paso importante en esta dirección sería la normalización de las relaciones con Israel o incluso la participación en los Acuerdos de Abraham. El liderazgo sirio bajo Al-Charaa no parece del todo reacio a ello, si le sirve para mantener su poder.
En general, sin embargo, el intento de Al-Charaa de tomar Suwaida por la fuerza resultó contraproducente. Para Occidente, el antiguo líder del Estado Islámico es un extremista con un historial aterrador. Pero también es débil y maleable. Gracias a él, se pudo reducir la influencia de Irán y Rusia en Siria e Israel en gran medida logró imponer su agenda. Ahora, el país puede ser sometido al capitalismo neoliberal.
Los intereses de Turquía
Los últimos acontecimientos también hicieron saltar las alarmas en Turquía. Ankara ve en el paso en falso de Al-Charaa una excusa para que Israel amplíe su influencia política y física en Siria. Además, el Gobierno teme perder su propia influencia en Siria debido a una posible redefinición del mapa. Esto también podría animar a su propia población kurda a reclamar más autonomía.
El ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, declaró que Ankara considerará cualquier intento de dividir Siria como una amenaza para la seguridad nacional e intervendrá. Se trata de la amenaza más grave contra la alianza militar multiétnica Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) de la administración autónoma del noreste de Siria desde la caída del régimen en diciembre. Fidan advirtió: «Ningún grupo debe tomar medidas que tengan como objetivo la división de Siria». Esta advertencia se produjo tras una reunión del enviado especial de Estados Unidos para Siria con el comandante en jefe de las SDF y refleja la presión sobre el grupo liderado por los kurdos. «Si trabajan con violencia para lograr la división y la desestabilización, lo consideraremos como una amenaza directa a nuestra seguridad nacional. Y tomaremos medidas», afirmó Fidan.
Una autoridad fuerte y centralizada en Siria se ajusta a la visión del Gobierno de Erdogan, que no tiene contradicciones ideológicas ni confesionales con el Gobierno del HTS. Turquía exige la integración incondicional del noreste de Siria, incluidas sus fuerzas militares, en el nuevo Estado sirio.
Elham Ahmad, copresidenta de Relaciones Exteriores del Gobierno autónomo, declaró, por su parte, que la falta de una estructura militar transparente en Siria, especialmente tras los actos violentos en las regiones alauitas y la provincia drusa de Suwaida, así como los riesgos continuos a los que se enfrentan las minorías en Siria, dificultan la integración de las SDF en la estructura militar.
Estados Unidos también apoya al Gobierno de transición en su proyecto de integrar las SDF en el ejército sirio y anunció en repetidas ocasiones que sus aproximadamente 1000 soldados no permanecerán para siempre en el noreste de Siria. Con ello, aumentan la presión sobre las SDF. Junto con Francia y el clan kurdo aliado Barzani del norte de Irak, están interesados en obligar al gobierno autónomo y a sus unidades de autodefensa a hacer concesiones ideológicas.
Una Siria para todos
Inspirados por el revolucionario kurdo Abdullah Öcalan, estos han optado por una «tercera vía» que se caracteriza por la democracia local, la participación confederal de los diferentes grupos étnicos y una importante organización de mujeres. La administración autónoma y las SDF han dejado claro en repetidas ocasiones que están dispuestas a discutir su integración en una nueva Siria y su ejército. Sin embargo, exigen una Siria democrática, plural y federal, así como el reconocimiento constitucional de la autodeterminación de los distintos grupos étnicos del país. Los recientes ataques contra los drusos en Suwaida y la continua amenaza contra los alauitas, los cristianos y, en particular, las mujeres refuerzan esta perspectiva.
Ni un régimen islamista-nacionalista, ni las ambiciones de grandeza de Turquía, ni un nuevo orden imperialista en la región ofrecen una salida a la guerra civil que dura ya 14 años en Siria. El futuro de una Siria unida depende de que las fuerzas progresistas del país logren encontrar una solución en Damasco. Esto significa movilizar a la sociedad civil y, con el apoyo internacional, aumentar la presión sobre Al-Charaa para lograr una verdadera transición política y una nueva Constitución que respete la diversidad étnico-confesional y la descentralización democrática.