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La solución de la crisis ecológica requiere un movimiento de masas que se enfrente a industrias muy poderosas. (Michael Brochstein / Getty Images).

Por qué el GND ha fracasado (hasta ahora)

El Green New Deal tiene enorme potencial para generar un apoyo popular masivo. Pero si no hay influencia real por parte de la clase trabajadora, es probable que se diluya progresivamente hasta convertirse en un eslogan inocuo de las ONG.

La derrota electoral de Donald Trump fue una buena noticia para los activistas del clima. En su primer día en el cargo, retiró la página web de política climática de la Casa Blanca y la sustituyó por su America First Energy Plan. En su quinto día, firmó las órdenes ejecutivas que aprobaban los oleoductos Keystone XL y Dakota Access, haciendo retroceder los modestos avances de los movimientos contra los oleoductos indígenas y por el clima. En un discurso en el que proclamó lo que denominó «el dominio energético estadounidense», anunció con entusiasmo que el país tenía «más de 250 años de carbón limpio y hermoso». Nombró a miembros de la industria de los combustibles fósiles para su gabinete. Vendió o arrendó tierras públicas a una escala extraordinaria. Desencadenó una ola de desregulación sin precedentes, rescatando más de cien normas medioambientales para la industria.

Nadie en la izquierda recordará con cariño la era Trump. Pero debemos entender lo que significa su derrota. La ofensiva agenda medioambiental de Donald Trump —ofensiva tanto para la ciencia como en el sentido de impulsar activamente la destrucción del medio ambiente— creó una desesperación absoluta entre los activistas medioambientales. Sin embargo, también creó una especie de ilusión. La presencia de la «posverdad» de Trump en el cargo intensificó la sensación de que la lucha medioambiental es, en el fondo, una lucha por el conocimiento y la ciencia. Por ejemplo, un movimiento de activistas profesionales liberales organizó una Marcha por la Ciencia, renunciando explícitamente a la política. Los organizadores afirmaron que la marcha «no es una protesta política», y mucho menos una lucha por el control material de los recursos. Se creó la sensación de que si pudiéramos simplemente expulsar al «negacionista en jefe» e instalar a un demócrata que «crea en la ciencia», entonces podríamos empezar a tomar las medidas necesarias para resolver la crisis climática y ecológica. La elección de Joe Biden como presidente aviva estas esperanzas.

Pero esta película ya la vimos. Cuando se trata de crisis climática, la ofensiva destrucción medioambiental republicana es solo ligeramente peor que la destrucción medioambiental del Partido Demócrata ilustrado. Tras ocho años de una administración de George W. Bush favorable a los combustibles fósiles, el presidente Barack Obama anunció en un discurso de victoria «Este fue el momento en que el aumento de los océanos comenzó a frenar y nuestro planeta comenzó a sanar». Sin embargo, la era del dominio energético estadounidense no fue creación de Trump sino producto de la era Obama. Más allá de la retórica, la extracción de combustibles fósiles se expandió mucho más con Obama que con Trump. El creyente del cambio climático incluso se jactó de ello en un acto público de 2018: «De repente, Estados Unidos es el mayor productor de petróleo… ese fui yo, gente… digan gracias».

Estamos entrando en una especie de rueda de hámster de la política medioambiental en la que aparecen nuevos horizontes de esperanza con solo destituir a un republicano. Hoy, al igual que en 2008, se habla de una nueva serie de plazos (2035 y 2050) que están lo suficientemente lejos como para paralizar la acción dramática y lo suficientemente cerca como para parecer científicamente creíble. Sin embargo, este ciclo siempre retrasa lo que es obviamente necesario: la confrontación con las poderosas industrias responsables.

Al comparar las posibilidades políticas de 2020 y 2008 hay algunas diferencias importantes. En primer lugar, como se predijo, la crisis climática se ha intensificado hasta el punto de que ninguna persona seria niega que algo va muy mal. Al Verano Negro de 2019–2020, inducido por los incendios forestales en Australia, le siguió otro verano en Norteamérica marcado por cielos oscurecidos por el humo y huracanes sobrealimentados. Mientras escribo esto, incluso las empresas de petróleo y gas están cediendo ante la presión de los inversores para anunciar sus planes de alcanzar las emisiones netas cero para 2050. Estos efectos actuales no son más que el producto de unos 1,2 grados de calentamiento por encima de los niveles preindustriales; los expertos creen que probablemente alcanzaremos 1,5 grados en 2030 y 2 grados entre 2034 y 2052. Francamente, al sistema climático no le importa si el presidente cree en la ciencia del clima. Nos acercamos a nuestra última oportunidad de iniciar una transformación masiva de todo nuestro sistema industrial y energético.

En segundo lugar, existe por fin un programa político con el potencial de generar el tipo de apoyo popular masivo necesario para lograrlo: el Green New Deal (GND). El programa pretendía resolver la desigualdad y el cambio climático con un programa directo de la clase trabajadora basado en la inversión pública, la garantía de empleo y los derechos económicos a la asistencia sanitaria, la vivienda y un salario digno. Mientras que la derecha ha utilizado sistemáticamente los llamamientos basados en la clase social para movilizar la oposición a las políticas medioambientales, la izquierda ha presentado por fin una política medioambiental basada en la clase social.

Sin embargo, como detallaré más adelante, todo el entusiasmo en torno al GND se basaba en la idea de que la izquierda ocupara el poder del Estado; una perspectiva que se estrelló con las realidades electorales de 2020. Ahora nos enfrentamos a una presidencia neoliberal de Biden y a los márgenes más estrechos de los demócratas en ambas cámaras del Congreso. Todavía hay demasiados demócratas de derechas que pueden paralizar una agenda de GND (por no mencionar al propio Biden). 

Lo que necesitamos ahora es un análisis sobrio del equilibrio de fuerzas de clase para entender lo que es y no es posible. También tenemos que reconocer el peligro actual de que Biden y el Partido Demócrata —que sigue siendo un partido del capital— asimilen la coalición más radical del GND a la política conciliadora sin una salida de compromiso o de medias tintas. Con la emoción de la carrera presidencial de Bernie Sanders ya en el pasado, nuestra única opción ahora es comprometerse con el fortalecimiento de la organización de la clase trabajadora en el lugar de trabajo y más allá, donde se pueden construir compromisos políticos duraderos y poder.

Lo que sigue es una historia narrativa del estancamiento climático en los últimos doce años. Todavía tenemos que entender el nivel casi inexplicable de inacción en lo que muchos describen como la mayor crisis a la que se ha enfrentado la humanidad. Los últimos cuatro años han generado un impulso hacia una transformación real, pero el último año muestra algunas tendencias preocupantes de conciliación del movimiento antes de que la lucha comience realmente.

La alianza ilustrada de Obama con el capital fósil: 2008-2016

Puede ser fácil olvidar el verdadero sentido de impulso de la política climática en 2008. El documental de Al Gore «Una verdad incómoda», de 2006, y el Cuarto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), de 2007, crearon una clamorosa sensación de urgencia. El planeta enviaba señales aún más alarmantes: en 2007, la extensión del hielo marino del Ártico alcanzó un mínimo histórico. Al igual que el Movimiento Sunrise de hoy, había un nuevo grupo activista (350.org) que organizaba protestas masivas pidiendo que se actuara.

Este impulso se mantuvo hasta el otoño de 2008, con dos acontecimientos históricos a nivel mundial: el mayor colapso financiero desde la década de 1930 y la elección de un candidato insurgente como presidente de Estados Unidos llamado Barack Obama. Como muchos señalan, los orígenes de la propia noción de un Green New Deal se remontan a este periodo. En el número del 24 de noviembre de 2008 de la revista Time aparecía una imagen de Obama superpuesta a otra de Franklin Delano Roosevelt (titular: «The New New Deal»). De hecho, lo que Kate Aronoff y los coautores llaman el «falso Green New Deal» tenía una ambición limitada. Sin embargo, no hay que olvidar que muchos en la izquierda ya pedían una versión más radical del mismo. En octubre de 2008, la revista Nation publicó un artículo de Van Jones que rechazaba lo que llamaba «eco–elitismo» en favor del «eco–populismo». Abogaba por «construir una coalición del New Deal para el nuevo siglo» que incluyera a sindicatos, ecologistas, estudiantes, grupos religiosos y activistas de la justicia social.

En enero de 2009, con la economía en caída libre y los demócratas a cargo de los poderes ejecutivo y legislativo, no se podían imaginar condiciones más favorables para un cambio transformador. Sin embargo, incluso antes de que Obama tomara posesión, su compromiso con un programa de izquierdas para rescatar la economía y el clima ya estaba en duda. Los miembros de su gabinete fueron asesorados directamente por un ejecutivo de Citigroup. Obama luchó por limitar la ambición de su paquete de estímulo para atraer el apoyo de los republicanos. Al final, ni siquiera superó los 800 mil millones de dólares. Aunque el estímulo contenía una cantidad importante de dinero para las energías renovables, las emisiones fueron básicamente planas durante sus ocho años de mandato.

En el fallo de 2007 en el caso Massachusetts contra la Agencia de Protección Ambiental, el Tribunal Supremo dictaminó que los gases de efecto invernadero debían regularse a través de la Ley de Aire Limpio, lo que otorgaba a la administración Obama plena autoridad ejecutiva para abordar el problema. Obama decidió no tomar esta vía. En su lugar, propuso una nueva legislación transigiendo con los republicanos y la industria. El resultado fue una política neoliberal de libre mercado: un tope de emisiones combinado con el comercio de créditos de emisión (cap and trade).

Como muestra Theda Skocpol con gran detalle, Obama no hizo ningún esfuerzo por movilizar a la opinión pública, sino que creó un proceso a puerta cerrada de lo que ella llama «negociación corporativista»: una negociación de élite entre líderes estatales y poderosos grupos de interés. En el centro de este proceso se encontraba la Asociación de Acción Climática de Estados Unidos, una alianza entre las grandes organizaciones ecologistas, como el Fondo de Defensa del Medio Ambiente, y empresas contaminantes como Caterpillar y Duke Energy. Obviamente, esta arcaica política basada en el mercado no generó ningún entusiasmo público positivo. En cambio, envalentonó a una emergente oposición del Tea Party, que la consideró «cap and tax» (un tope de emisiones combinado con impuestos).

Las cosas fueron de mal en peor en 2010. En la primavera de ese año, Obama anunció un importante plan de perforación en alta mar como una hoja de parra para la industria con el fin de obtener apoyo para la condenada legislación de «tope y comercio». El 2 de abril de 2010, se jactó: «Resulta que… las plataformas petrolíferas de hoy en día no suelen provocar vertidos. Son tecnológicamente muy avanzadas». Dieciocho días después, se produjo el mayor vertido marítimo de petróleo de la historia de Estados Unidos (Deepwater Horizon). Y lo que es peor, después de ser aprobada por poco en la Cámara de Representantes, la legislación sobre límites máximos y comercio fracasó en el Senado. Tras el trancazo que recibió Obama en las elecciones de mitad de mandato de 2010, la legislación sobre el clima se consideró descartada.

Las cosas no fueron mejor en las negociaciones internacionales sobre el clima. Una vez más, olvidamos cuánto optimismo rodeó la elección de Obama y la reunión de las Naciones Unidas de 2009 en Copenhague, llamada «Hopenhagen». Sin embargo, fue el creyente en el clima, Obama, quien secuestró la reunión:

El momento clave en Copenhague fue cuando el presidente Barack Obama irrumpió en una sala en la que los líderes de los cuatro países BASIC [Brasil, Sudáfrica, India y China] se reunían en privado, y juntos… dejaron de lado por completo los textos de negociación existentes y redactaron su propio acuerdo.

Argumentaron que un acuerdo vinculante era demasiado «descendente» y que querían un enfoque más flexible «ascendente» (¿de base?). Al final, Obama continuó con el viejo papel de Estados Unidos como barrera clave para la cooperación internacional. El Acuerdo de París de 2015 —aunque histórico— no fue más que el cumplimiento de la visión de Obama en Copenhague de un acuerdo puramente voluntario y sin capacidad de aplicación.

Tras otra aplastante derrota en las elecciones de mitad de mandato de 2014, Obama intentó salvar su legado climático haciendo lo que debería haber hecho desde el primer día: utilizar la Ley de Aire Limpio para regular directamente los gases de efecto invernadero. Su Plan de Energía Limpia fue ambicioso, pero escaso y tardío: se retrasó en los tribunales antes de ser derogado por la administración Trump. Mientras tanto, el verdadero legado de Obama fue la explosión de la extracción de petróleo y gas durante sus ocho años de mandato. En su punto álgido, en 2015, la producción de crudo aumentó un asombroso 89% desde enero de 2009. A pesar de algunas victorias notables para detener los oleoductos Keystone XL y Dakota Access, al final de su mandato «las empresas de combustibles fósiles habían añadido suficientes oleoductos para rodear el globo casi siete veces, todo ello con la aprobación del poder ejecutivo».

Este historial debería hacernos reflexionar al considerar la incipiente administración de Biden. ¿Qué explica la deferencia conciliadora de Obama hacia la industria de los combustibles fósiles? Para encontrar una explicación, tenemos que mirar más allá de las típicas historias de corrupción y contribuciones a las campañas políticas. 

Como sostienen Kevin Young y sus coautores, el servilismo de Obama hacia la industria de los combustibles fósiles está más arraigado en el «poder estructural de las empresas». Su estudio muestra cómo Obama fue rehén de una «huelga de capital» sostenida: los bancos reteniendo dinero en efectivo y las industrias negándose a contratar. En el frente medioambiental, la acción transformadora fue bloqueada por una «amenaza, constantemente reiterada por las empresas energéticas, de que las regulaciones agresivas desencadenarían acciones de represalia por parte de los contaminadores que interrumpirían el flujo de inversiones en el sector energético del que dependía la economía». 

Teniendo en cuenta que actualmente estamos viviendo otra crisis económica masiva —y que Biden recibió de hecho notables contribuciones de las empresas de combustibles fósiles—, la idea de que podemos empujar a Biden hacia la izquierda mediante el cabildeo político y la persuasión retórica no es probable.

La apuesta fallida del movimiento Green New Deal por el poder del Estado, 2017–2020

La elección como presidente de una estrella desquiciada de la telerrealidad en 2016 envalentonó a la izquierda. Después de haberse unido a la casi exitosa carrera de Bernie Sanders en 2016, la victoria de Trump —combinada con la incompetente campaña de Hillary Clinton— se sintió como la sentencia de muerte del neoliberalismo de la Tercera Vía. La frustración con el centro neoliberal empujó a los movimientos ecologistas de izquierda a distanciarse con más confianza de las políticas de mercado estándar, como la fijación de precios del carbono. Durante gran parte de la década de 2010, el impuesto sobre el carbono se consideró de sentido común: se incluyó en la plataforma de Bernie Sanders, y Jacobin publicó artículos promoviendo sus ventajas políticas. 

En 2017, estaba claro que los retoques neoliberales del mercado subestimaban la magnitud de la crisis. Como dijo Aronoff en su ensayo formativo «No hay tercera vía para el planeta»: «Enmarcar el impuesto sobre el carbono como una bala de plata para los males del planeta corre el grave riesgo de ocultar la magnitud de los cambios que exige la física». Además, el precio del carbono podría ser fácilmente enmarcado por la derecha como «costes» para la gente trabajadora de a pie. El movimiento francés de los chalecos amarillos de 2018 demostró que no se puede implementar una agenda climática a través de los impuestos sobre el carbono en la espalda de una clase trabajadora que ya se encuentra en apuros.

Se formó entonces un consenso en la izquierda climática de que necesitábamos construir demandas políticas que tuvieran menos que ver con arreglos de mercado absurdos y más con la entrega de beneficios materiales reales. A principios de 2018, los activistas climáticos argumentaban que el GND podría ser el «Medicare for all del cambio climático». La urgencia se intensificó con el famoso informe del IPCC de octubre de 2018, que sugería que limitar el calentamiento a 1,5 grados requería «cambios rápidos, de gran alcance y sin precedentes en todos los aspectos de la sociedad».

El GND explotó en la escena a mediados de noviembre de 2018, cuando la representante Alexandria Ocasio–Cortez se asoció con el Movimiento Amanecer para ocupar la oficina de la líder del Partido Demócrata Nancy Pelosi. Esta sentada por un GND —con carteles que decían «Trabajos verdes para todos»—creó una atención mediática masiva y entusiasmo en la comunidad de la política climática. Es notable que Ocasio–Cortez eligiera el clima como su primera intervención política, apenas semanas antes de jurar como miembro electo del Congreso. Ella entendió que la escala de la crisis contenía todos los elementos para resucitar una agenda de la clase trabajadora de izquierda: confrontación con el poder corporativo, redistribución de los ricos y una inversión pública masiva basada en una garantía de empleo.

Después de la sentada, la oficina de Ocasio–Cortez, junto con grupos de reflexión de izquierda como New Consensus, comenzó a trabajar en los detalles de lo que podría ser un Green New Deal. El lanzamiento oficial llegó en febrero de 2019, con la presentación de la resolución no vinculante del Green New Deal, copatrocinada por Ocasio–Cortez y el senador de Massachusetts Ed Markey. Este lanzamiento fue, por desgracia, muy chapucero. La oficina de Ocasio–Cortez publicó un documento de preguntas frecuentes a los medios de comunicación. El documento —que parecía haber sido escrito por su entonces jefe de personal, Saikat Chakrabarti— no solo estaba mal redactado y era descuidado, sino que contenía un lenguaje ecologista alienante, como la descripción de un objetivo a largo plazo para «deshacerse completamente de los pedos de las vacas y los aviones».

Por supuesto, el documento de preguntas frecuentes fue retomado inmediatamente por Fox News para pintar el GND como un complot de austeridad liberal por parte de los bienhechores de la élite para quitarle cosas a la clase trabajadora. El congresista Rob Bishop, de Utah, celebró un acto en el que acusó a la GND de querer «controlar [su] vida» y quitarle su derecho a comer hamburguesas: «Si esto sale adelante, esta [hamburguesa] será prohibida». Dio un mordisco mientras sus aliados le suplicaban: «¡Pásala!». Este acto reaccionaba específicamente a un comentario de Ocasio–Cortez que sugería que la gente podría comer menos hamburguesas. Aunque tal afirmación es indudablemente cierta, muestra lo difícil que es para la izquierda ecologista mantener la disciplina del mensaje y destacar las ganancias materiales. La típica regañina en torno a lo que todos debemos abandonar juega directamente a favor de la derecha.

Más tarde, en 2019, Bernie Sanders anunció su propia plataforma Green New Deal. Muchos científicos lo anunciaron inmediatamente como el primer plan climático presidencial que se ajustaba a la escala de la crisis. En cambio, el plan de su aparente rival progresista, Elizabeth Warren, prometía ecologizar el Ejército. Gran parte de la clase experta se centró en el precio del plan, de 16 billones de dólares, pero su aspecto más radical y distintivo era la propuesta de Sanders de ampliar la electricidad de propiedad pública. Siguiendo el ejemplo de una propuesta del People’s Policy Project para una Autoridad del Valle del Tennessee (TVA) ecológica, Sanders propuso ampliar la TVA, además de un plan para «verter fondos en las cuatro administraciones de comercialización de energía existentes que son supervisadas por el Departamento de Energía». Un titular de In These Times decía: «Bernie Sanders llama a apoderarse de los medios de producción de electricidad».

El plan de Sanders era excepcional. A diferencia de gran parte del activismo por el poder público, que se centra en el control local o la municipalización, él buscaba una reestructuración a gran escala de la industria eléctrica a nivel nacional hacia el control y la planificación públicos. Este es exactamente el enfoque que necesitamos, ya que no es probable que «municipalicemos» los servicios públicos individuales comunidad por comunidad. Los neoliberales criticaron este plan porque crearía una opción pública para la electricidad que distorsionaría el mercado. Como dijo el experto en energía de la Tercera Vía, Joshua Freed, «lo que la propuesta de Sanders haría es crear un gorila eléctrico de 800 libras de propiedad federal que haría muy difícil que los generadores existentes pudieran competir». Teniendo en cuenta que son esos mismos generadores los que siguen quemando combustibles fósiles para que los inversores obtengan beneficios, ¿no es esa exactamente la cuestión? Sin embargo, ningún otro aspirante del Partido Demócrata ha querido decir esto en voz alta.

Como sabemos, Sunrise y el movimiento climático en general apoyaron la campaña de Sanders, pero ésta fracasó. Esta pérdida tuvo implicaciones inevitables para todo el proyecto del Green New Deal que había ganado tanto impulso entre 2018 y 2020. Ofrezco tres valoraciones críticas. En primer lugar, el GND fue un avance para la política medioambiental en su afirmación de un programa de la clase trabajadora. Sin embargo, debemos tener en cuenta una diferencia articulada por el sindicalista Andrew Murray —y repetida por Leo Panitch y sus coautores— entre una política «centrada en la clase» y otra «arraigada en la clase». El reciente resurgimiento de la izquierda —lo que Anton Jäger llama «populismo de izquierda»— es claramente una política para y no de la clase trabajadora.

Este fue decididamente el caso del Green New Deal. Fue un marco político brillante, pero aún así fue formulado por académicos, grupos de reflexión y profesionales de ONG: una política de la clase profesional para la clase trabajadora. Tal vez la mayor parte de la energía detrás de la organización del GND fue impulsada por aspirantes a profesionales: estudiantes de secundaria y universitarios involucrados en el Movimiento Sunrise, Zero Hour y la huelga estudiantil del clima. Aunque Sunrise se jacta de tener un ejército de jóvenes activistas y emplea un lenguaje militante, él mismo nació del complejo de las ONG medioambientales: sus orígenes incluyen una subvención de 50 mil dólares y un espacio de oficina de la Fundación Sierra Club en 2017. También dirige un comité de acción política (PAC) que recaudó 2,3 millones de dólares en el ciclo electoral de 2020.

La base de clase profesional que respalda el GND permitió que gran parte del lenguaje activista propio de esta clase se infiltrara en el programa. Aunque Sanders y el People’s Policy Project avanzaron un plan nacional de energía pública, los activistas se centraron en visiones más localistas de la energía pública «de propiedad comunitaria y con responsabilidad comunitaria», como una pequeña cooperativa solar en Brooklyn. Estos no solo caen en la trampa de lo que Nick Srnicek y Alex Williams llaman «política popular» —un énfasis en lo local, a pequeña escala y en las bases contra cualquier visión a gran escala del cambio social—, sino que están obviamente fuera de la escala de la crisis climática, que no se resolverá una cooperativa de Brooklyn a la vez.

En segundo lugar, gran parte de la organización entre 2017 y 2020 se basó en la embriagadora promesa de que la izquierda ganaría el poder estatal, especialmente a nivel ejecutivo. Antes de la derrota, Panitch y los coautores describieron con entusiasmo los movimientos de Corbyn y Sanders: «No ha ocurrido nada parecido en al menos tres generaciones». Especularon sobre lo que un «gobierno liderado por los socialistas» enfrentaría y sugirieron que gran parte de la izquierda todavía estaba marcada por un «fracaso en la preparación adecuada para el desafío de transformar los aparatos estatales». 

Del mismo modo, Mike McCarthy, escribiendo en Jacobin, advirtió que «nuestros primeros 100 días podrían ser una pesadilla». Ahora la pesadilla es simplemente la dura realidad electoral. Pero todo el programa del GND tenía que ser entregado a través del Estado. Esto era tan seductor porque, como argumentan con razón Christian Parenti y Andreas Malm, es difícil imaginar que se pueda lograr una transformación de tal magnitud sin el poder coercitivo y fiscal del Estado. Al fin y al cabo, fue el Estado el que llevó a cabo el New Deal original, gran parte del cual consistió en nuevas y enormes inversiones en infraestructuras energéticas.

En tercer lugar, la teoría del cambio estaba atrasada. Sanders había prometido que una vez en el cargo despertaría al gigante dormido de la clase trabajadora y construiría un movimiento de masas extraelectoral para enfrentarse a Wall Street, a los conglomerados de seguros médicos y a la industria de los combustibles fósiles. Era único que el «organizador en jefe» comprendiera que él solo no podía aplicar su programa. Sin embargo, el propio Sanders probablemente sospechaba que ganar el poder del Estado antes de lograr la organización masiva de la clase trabajadora no es como funciona. Las hordas necesarias de votantes de la clase trabajadora antes desilusionadas no acudieron a las primarias como esperábamos. Todo lo contrario: la amenaza de Sanders llevó a un aumento de la participación entre los liberales suburbanos y la gente que Matt Karp denominó «demócratas de Halliburton». Gran parte de la clase trabajadora actual sigue acosada por un cinismo apático, o lo que el difunto Mark Fisher llamó «impotencia reflexiva»: «[La gente] sabe que las cosas van mal, pero… sabe que no puede hacer nada al respecto».

Está claro que una política de la clase trabajadora —y mucho menos un «gobierno dirigido por los socialistas»— no puede conjurarse de la nada. Tendremos que construir primero organizaciones capaces de la clase trabajadora (por ejemplo, sindicatos fuertes, medios de comunicación y otras infraestructuras), antes de que podamos esperar competir por el poder del Estado. Como afirma Jane McAlevey, todavía no hay atajos para construir el poder. El Green New Deal y la campaña de Bernie Sanders siempre fueron un atajo. Dado el intenso calendario al que nos enfrentamos en relación con el cambio climático, eran un atajo que merecía la pena seguir.

¿Una fase de alineación? Abril de 2020-Diciembre de 2020

En marzo de 2020, la posición de la campaña de Bernie pasó de ser la favorita a una derrota segura en cuestión de semanas, seguida por el inicio de la pandemia del COVID-19. La base de activistas de GND recalibró rápidamente la estrategia, pasando de construir un movimiento en torno a un candidato que queríamos a «empujar» al candidato con el que estábamos atrapados. En abril se anunció una coalición de demócratas neoliberales, grandes organizaciones ecologistas, Sunrise y otros líderes de GND llamada «Climate Power 2020». En mayo, Julian Brave NoiseCat, miembro del personal de Data for Progress, declaró que el movimiento estaba listo para alinearse con los demócratas: «Estamos pasando de una fase de contención y división dentro del partido… a una de alineación». Estratégicamente, se podría decir que estas alianzas eran necesarias para derrotar a Trump, pero fue un cambio sorprendentemente rápido de la militancia a la asimilación.

La colaboración más notable fue el Grupo de Trabajo de Unidad sobre el Cambio Climático, uno de los seis grupos de trabajo que pretenden unir las alas de Biden y Sanders del partido. Este grupo de trabajo incluía a Ocasio–Cortez y a la cofundadora de Sunrise, Varshini Prakash, así como a figuras del establishment como John Kerry y demócratas conservadores como el representante de Pensilvania Conor Lamb. De las negociaciones surgió el plan climático de Biden de julio, del cual se resaltó el carácter histórico de su ambición. Presentaba el objetivo de gastar 2 billones de dólares y descarbonizar completamente el sector eléctrico para 2035. El plan parecía indicar el respaldo de Biden al Green New Deal, pero dos meses después, tanto Biden como su candidata a la vicepresidencia, Kamala Harris, se negaron a admitirlo en los escenarios de los debates.

Desde la victoria de Biden, Sunrise y otros defensores del GND se han centrado en los nombramientos de su gabinete. Biden ha creado dos nuevos cargos climáticos a nivel de gabinete y quiere situar el clima en el centro de todas las actividades de las agencias del gabinete. El nombramiento de la representante de Nuevo México Deb Haaland como secretaria de Interior —una mujer indígena y partidaria del Green New Deal y de Medicare for All— fue probablemente la victoria más significativa en este frente. 

Pero, en general, según el New York Times, «Biden sigue siendo un político centrista del establishment. Y está diseñando una administración centrista y del establishment». Si los nombramientos del gabinete de Obama representaban una administración de derechas elegida a dedo por Citigroup, Biden promete un movimiento hacia la centro-derecha. El otrora militante movimiento GND también ha pasado a celebrar mítines menos conflictivos y coreografiados para «empujar» a Biden hacia la izquierda. Como informó un periodista en un mitin de finales de noviembre, «su postura era menos conflictiva que hace dos años».

Para dar crédito, el movimiento GND ha cambiado claramente la «ventana de Overton» de lo que es posible en la política climática. Desde 2008 hasta 2016, el principal debate político se centraba en los esquemas neoliberales de mercado, ya sea el impuesto sobre el carbono o el tope y el comercio. Es impresionante ver que el plan de Biden ni siquiera menciona la fijación de precios del carbono y se centra mucho más en la inversión pública y los «buenos empleos sindicales». Sin embargo, el mero hecho de conceder a los activistas radicales de la GND «un asiento en la mesa» no les garantizará en absoluto el poder para aplicar su programa. El hecho es que el plan climático de 2 billones de dólares de Biden es tan improbable que se apruebe en el Congreso como lo fue la legislación de tope y comercio de Obama (incluso con el Senado). La ventana de Overton de los demócratas solo parece cambiar lo que se puede proponer, no lo que se puede aplicar.

Biden parece dispuesto a reproducir el compromiso de Obama con lo que Skocpol denominó «negociación corporativista»: sentar a la mesa a todas las partes interesadas, incluidas las industrias afectadas. Como nos recuerda Jane McAlevey, esto «confunde el acceso con el poder». Es este tipo de negociación el que conduce a medias medidas favorables a la industria como el cap and trade o la Affordable Care Act. Incluso Janet Yellen, expresidenta de la Reserva Federal y nueva secretaria del Tesoro —una elección que los progresistas han acogido con gran satisfacción— es miembro fundador del Consejo de Liderazgo Climático: una colaboración con las principales empresas de petróleo y gas que sigue comprometida con la fijación del precio del carbono como el enfoque sensato para resolver la crisis climática. Recientemente, el elegido por Biden como «enviado para el clima», John Kerry, fue citado diciendo sobre las compañías petroleras: «Me pongo en contacto con ellas porque quiero escucharlas… Estoy escuchando cuáles son sus necesidades».

El principal problema sigue siendo que el movimiento GND sigue basándose, en su esencia, en redes de activistas de clase profesional en el mundo académico, ONG y grupos de reflexión. Tomemos como ejemplo una de las principales exigencias del plan Biden que surgió del Grupo de Trabajo sobre la Unidad Climática: el 40% del gasto de 2 billones de dólares de Biden debía asignarse a las llamadas comunidades de primera línea. Este es el nombre que reciben las comunidades más expuestas a los desastres climáticos (por ejemplo, las comunidades costeras), así como las que están directamente expuestas a los riesgos de los sistemas de combustibles fósiles (por ejemplo, las comunidades negras a lo largo del «callejón del cáncer» de la producción química en la costa del Golfo). Prakash, de Sunrise, calificó este hecho como una «enorme victoria» para el movimiento GND y la consideró como una de las principales concesiones al ala «progresista» del grupo de trabajo.

Por supuesto, cualquier acción climática debe centrarse en los más directamente afectados por los riesgos climáticos. Pero esto es menos una promesa material real a estas comunidades que una concesión a las sensibilidades morales fundamentales de los activistas del GND. De hecho, el lenguaje de la justicia, de las comunidades de primera línea y de la atención a los más marginados —lo que yo llamo «ecologismo de subsistencia»— es como la hierba de los gatos moralistas para esta base de activistas. 

Mientras este lenguaje inunda las solicitudes de subvenciones y los trabajos académicos, las comunidades pobres y marginadas siguen enfrentándose a la injusticia de unos riesgos medioambientales desproporcionados. Siguen careciendo del tipo de coalición de base amplia —es decir, de poder— para enfrentarse a las empresas energéticas capitalistas que amenazan sus medios de vida. Además, todo el plan de dedicar el 40% del gasto a las comunidades de primera línea equivaldría en la práctica a una comprobación de medios. ¿Quién puede considerarse «de primera línea»? ¿Quién habla en nombre de determinadas comunidades? El plan de Biden pide una «Herramienta de detección de justicia climática y económica para ayudar a identificar a estas comunidades desfavorecidas». Estoy seguro de que las comunidades consideradas no lo suficientemente «desfavorecidas» por esta herramienta encontrarán un proceso justo.

Lo más preocupante del enfoque de los activistas en la «justicia de primera línea» es que refuerza la sensación entre la mayoría de la gente de que la política de GND no es para ellos. Dado que el 57% de los estadounidenses cree que el cambio climático no les afectará personalmente, dudo que muchos se consideren parte de una «comunidad de primera línea». Este tipo de política podría encender el mismo tipo de resentimiento de clase que se dirige a los beneficios estatales específicos, mientras que la mayoría se deja languidecer. Queremos el tipo de poder político para llevar a cabo una acción climática que se dirija a los más afectados; pero para ganar, necesitamos un programa que apele a la base más amplia posible. Los activistas de GND deberían volver a los fundamentos de los carteles que blandieron en el despacho de Pelosi: «Empleos verdes para todos».

¿Década del Green New Deal?

El movimiento GND afirma que estamos entrando en la década del Green New Deal, pero no tenemos ni de lejos el poder para hacerlo. ¿Podríamos hacerlo? Concluyo enumerando tres vías estratégicas para construir este tipo de poder. En primer lugar, la izquierda ha perdido en gran medida su apuesta por el poder estatal, pero no podemos abandonar el Estado. Ahora que los demócratas gobiernan ambas cámaras del Congreso, el terreno cambiará ligeramente a nuestro favor. Muchos en la izquierda progresista están planteando políticas específicas a nivel ejecutivo que un gobierno de Biden puede llevar a cabo. Por ejemplo, New Consensus propone que la Reserva Federal pueda inyectar liquidez en proyectos de inversión regionales reales para resolver la crisis climática. Deberíamos impulsar este tipo de agenda en la medida de lo posible. Además, los socialistas son los que más éxito han tenido a la hora de ganar cargos estatales y locales; la forma en que este cuadro intente ofrecer una agenda de la clase trabajadora frente a la devastadora austeridad presupuestaria será probablemente la batalla decisiva del año que viene.

Tenemos que tener claro que los fracasos de la izquierda en 2020 se deben sobre todo a que la gran mayoría de la gente sigue sin creerse la política que vendemos. Por una buena razón, la mayoría sigue siendo cínica sobre lo que puede esperar del Estado. Ganar poder para la izquierda a partir de los restos del neoliberalismo debe empezar por recuperar la idea misma de lo público. Para el movimiento climático, una prueba de fuego para nuestras campañas debe ser: ¿Descarboniza la política aportando ganancias materiales en nombre de los bienes públicos? Solo si se obtienen resultados reales podremos empezar a resucitar el tipo de política de masas necesario para transformar la sociedad. Mientras que gran parte de la comunidad de la política climática se ha obsesionado extrañamente con una solución reglamentaria poco convincente —algo llamado «norma de energía limpia»— este tipo de soluciones técnicas nunca generará el entusiasmo popular masivo que necesitamos. De hecho, la derecha podría pintar fácilmente esta política como un plan liberal para aumentar los costes de la electricidad para la gente corriente.

En segundo lugar, la historia muestra que las transformaciones políticas a gran escala solo se producen a través de la interrupción extraparlamentaria. Esto se demostró recientemente en 2018 durante la huelga de profesores de Virginia Occidental. Los profesores podrían haber intentado aprobar sus reformas presentando candidatos progresistas y proponiendo leyes. En cambio, organizaron el apoyo popular, cerraron las escuelas y ganaron sus demandas en unas dos semanas. El movimiento climático radical —especialmente Sunrise— sigue siendo un movimiento casi totalmente electoral. Ha reunido una enorme capacidad de voluntariado para conseguir el voto para Biden y otros candidatos, pero ¿qué pasará con esta energía cuando Biden y los demócratas, como es de esperar, se queden cortos?

El movimiento ecologista debe pensar más en la disrupción estratégica. Como muestra el caso de Virginia Occidental, si no tienes al público de tu lado, la disrupción es fácilmente difamable. Las protestas medioambientales de acción directa han alienado durante mucho tiempo a los trabajadores y a los sindicatos de las industrias afectadas. La Rebelión de la Extinción cerró un tren de cercanías de clase trabajadora en Londres, enfrentándose a la reacción pública y al ridículo. El movimiento climático ha participado continuamente en protestas educadas y explícitamente no disruptivas (por ejemplo, la Marcha Popular por el Clima de 2014). Es alentador ver que el movimiento juvenil recupera el lenguaje de la huelga, pero la Huelga Climática Global de 2019 fue puramente voluntaria. La convocatoria activista de la huelga admitió abiertamente que carecía de cualquier tipo de fuerza: «Somos muy conscientes de que… esta huelga… no cambiará el curso de los acontecimientos».

Los socialistas saben que hay una forma de disrupción que tiene la capacidad estratégica de forzar a las élites a responder a las demandas radicales: las huelgas laborales. Como sostiene Jane McAlevey, «simplemente no hay mejor manera de crear una crisis que una retirada del 100% de la mano de obra». La Asociación de Profesores de Massachusetts convocó una huelga nacional de profesores por un Green New Deal en el verano de 2019. Convocar una huelga de este tipo es muy diferente a organizar una, pero este es el tipo de acción que debemos pensar en tomar.

En tercer lugar, si el movimiento del GND va a ir más allá de sus espacios de activismo de clase profesional, tendrá que empezar a crear organización y conciencia directamente en las comunidades de clase trabajadora, empezando por el movimiento sindical. Resulta bastante inquietante considerar cuántos sindicatos se manifestaron en contra del GND; una plataforma basada en la justicia económica y la lucha contra la desigualdad. Un problema básico es que los arquitectos del GND no consultaron a los sindicatos en la formación de las ideas y políticas centrales. Un movimiento climático basado en los sindicatos debería reconocer lo que el movimiento obrero siempre ha entendido: ciertos sectores de la economía son estratégicos para organizarse. Jane McAlevey cuenta cómo el CIO se centró en el acero y el carbón en los años 30, y hoy propone la sanidad, la educación y la logística. 

En cuanto al clima, está claro que cualquier camino racional hacia la descarbonización del 100% pasa por el sector de los servicios eléctricos. Esta estrategia de «electrificar todo» significa limpiar la electricidad y electrificar la calefacción residencial, el transporte y el calor industrial. Sin embargo, pocos activistas de GND han señalado que el sector de los servicios eléctricos ya es uno de los más sindicalizados de toda la economía; de hecho, el sector de la generación, transmisión y distribución de energía eléctrica cuenta con un 26,3% de sindicalización. Estos trabajadores están representados por sindicatos como el International Brotherhood of Electrical Workers (IBEW) y el Utility Workers Union of America. El movimiento GND podría intentar ganar a estos sindicatos para transformar el sector que está en el centro del problema. Un miembro del IBEW ya ha propuesto una estrategia de base para un Green New Deal.

Por otro lado, la industria de las energías renovables, en concreto la solar y la eólica, es notoriamente no sindicalizada —con un 4% de densidad sindical para la tecnología solar fotovoltaica y un 6% para la solar concentrada y la eólica— y gestionada casi en su totalidad con fines de lucro por el capital privado. El movimiento GND necesita comprometerse con los sindicatos de la electricidad argumentando que, a menos que una estrategia a largo plazo garantice que la transición energética esté controlada por acuerdos laborales de proyecto y mano de obra sindical, será destruida por una forma de «capitalismo verde».

Conclusión

El tenor del momento es decir «solo nos quedan cinco o diez años» debido a la profundidad de la emergencia climática. Ese tipo de eslogan está pensado para que la gente vea la gravedad de las cosas. Pero como estrategia política es un callejón sin salida. No podemos pensar en esos términos, por muy desesperada que sea la situación climática. Tenemos que ser capaces de pensar en términos de diez, quince o veinte años. Hay que hacer una reconstrucción fundamental de clase y de organización. Se necesita tiempo. (Leo Panitch, marzo de 2020)

Leo Panitch falleció trágicamente mientras escribía este artículo. La afirmación anterior es —característica de su obra— tan incisiva como aleccionadora. Por mucho que necesitemos un atajo ante la crisis climática, no es así como funciona la lucha de clases. Gran parte de la energía en torno al Green New Deal se basaba en una especie de pensamiento mágico: insistiendo en la urgencia científica, la transformación social a gran escala podría llegar antes que la organización de la clase trabajadora. Basta con mirar el New Deal original para ver la falsedad de tal esperanza. En 1933, FDR llegó a la presidencia como un aliado incondicional de la clase capitalista. En 1936, después de que los organizadores socialistas y los activistas sindicales militantes del CIO «crearan una crisis» a través de una ola de huelgas en todo el país, FDR estaba dando la bienvenida al odio del capital y aprobando el programa más transformador de la clase obrera en la historia de Estados Unidos.

En 2021, el verdadero peligro es retroceder en lugar de avanzar, asumiendo que Joe Biden puede ser efectivamente empujado a la izquierda a través de sesiones de negociación corporativista a puerta cerrada. Lo único que puede empujar y empujará a Biden y al Estado en general, es la organización y la disrupción de la clase trabajadora. Ya no hay atajos para hacer este duro trabajo.

[*] Este artículo es una republicación de Catalyst: A Journal of Theory and Strategy, una publicación de Jacobin.

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