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Manifestantes pro-Trump reunidos frente al edificio del Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 en Washington, DC. (Foto: Jon Cherry / Getty Images)

La toma del Capitolio era predecible

Traducción: Valentín Huarte

La irrupción en el Capitolio es el punto de llegada de toda una cultura de la impunidad. Vale la pena detenerse a considerar cinco puntos que definen el contexto en el que se desarrollaron los hechos.

Hace dos meses, el Daily Poster publicó una serie de informes sobre la amenaza cada vez más probable de un intento de golpe de Estado, indagando los motivos por los cuales el Partido Demócrata y los medios no estaban tomando en serio esta posibilidad. Mucha gente se burló y volteó la mirada, dando a entender que esas cosas nunca podrían suceder en Estados Unidos.

Pero, luego de los acontecimientos que se desarrollaron este miércoles en el Capitolio de EE. UU., ya nadie puede burlarse ni mirar para otro lado. Un grupo sedicioso asaltó el edificio y detuvo la certificación de las elecciones nacionales. Lo hizo con el aval de las fuerzas de seguridad, que permitió que esta gente irrumpiera en la cámara del Senado para ponerle fin al procedimiento. Hubo una diferencia notable en la manera en la cual las fuerzas de seguridad federal enfrentaron las protestas de Black Lives Matter el año pasado, haciendo una clara demostración de fuerza, y la manera en la cual permitieron la invasión del Capitolio por parte de estos grupos autoritarios de derecha, aun sabiendo con anticipación que estaban marchando hacia el lugar.

Hace aproximadamente una década, escribí un libro titulado The Uprising, en el que argumenté que entrábamos en una época de caos en la cual los grupos de derecha intentarían tomar el poder bajo el disfraz del populismo. Esto es claramente lo que sucedió. Pudimos observar que este proceso se aceleró durante el contragolpe del Tea Party, y lo hizo todavía más con Donald Trump, un presidente singular, dispuesto a utilizar el megáfono de la Casa Blanca para fomentar la violencia y la desestabilización.

Los acontecimientos del miércoles fueron el resultado de todas estas provocaciones. Es el punto de llegada de toda una cultura de la impunidad, y vale la pena detenerse a considerar cinco puntos que definen el contexto en el que se desarrollaron los hechos. Esto servirá para entender a qué nos enfrentamos realmente y por qué es probable que la situación continúe luego de que Trump abandone la Casa Blanca.

Hace mucho que sabemos que la extrema derecha –y, más específicamente, quienes apoyan a Trump– es hostil a la democracia. Algunos sondeos realizados por la Universidad de Monmouth en 2019 establecieron que cerca de un tercio de las personas que apoyan más decididamente a Trump tiene tendencias autoritarias. Considerando el conjunto de la sociedad, los datos de Democracy Fund muestran que casi un tercio de la población estadounidense «piensa que una alternativa autoritaria a la democracia sería algo beneficioso». Esto es lo que vimos el miércoles en las pantallas.

A pesar de que Trump intentó culpar a la izquierda por la violencia, durante toda su gestión intentó restarle importancia a los riesgos que representa el autoritarismo de derecha y el supremacismo blanco. En una denuncia anónima, un oficial de seguridad de alto rango del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos alegó que los funcionarios de Trump le ordenaron modificar la sección de un informe de esta institución «sobre el supremacismo blanco para que la amenaza pareciera menos grave». Politico informó este año que las autoridades del Departamento de Seguridad Nacional «desplegaron durante años una lucha interna para lograr que la Casa Blanca le preste atención a la amenaza que representan los grupos extremistas del país», pero desistieron porque Trump no estaba interesado. En cambio, las fuerzas de seguridad federal se concentraron en deportar inmigrantes y en investigar a militantes ecologistas.

La policía del Capitolio cuenta con un presupuesto de 460 millones de dólares y un personal de 2300 efectivos para proteger el predio del Capitolio de EE. UU. Para hacerse una idea de las proporciones, es el doble del presupuesto del que dispone el departamento de policía de mi ciudad, que debe proteger una metrópolis entera. De alguna forma, este ejército de fuerzas de seguridad del Capitolio fue incapaz –o no tuvo la voluntad– de detener a los grupos sediciosos que asaltaron el edificio y tomaron la sala del Senado de EE. UU. Y no es puede decirse que fueron tomados por sorpresa: existía una alerta previa sobre potenciales disturbios. Así que es casi como si no hubiesen querido detener el alboroto.

El pedido de Muriel Bowser, alcaldesa de Washington, que solicitó refuerzos a la Guardia Nacional para el Capitolio, fue inicialmente rechazado por el Departamento de Defensa. Debe recordarse que es el mismo departamento cuya dirección fue recientemente purgada y reemplazada por partidarios de Trump. No parece ser una coincidencia, sobre todo si se tiene en cuenta que Trump se negó en un principio a pedirle a los grupos sediciosos que se dispersaran.

La insurrección claramente se alimentó de meses de desinformación propiciada por algunas autoridades del Partido Republicano, que siguieron forzando la mentira según la cual las elecciones nacionales habían sido fraudulentas. Estas mentiras se propagan: una encuesta realizada el mes pasado estableció que tres cuartas partes del electorado republicano creen que hubo fraude. A pesar de que nadie ha brindado evidencia de un fraude sistémico, los legisladores republicanos de Washington siguen alimentando las teorías conspirativas y presionando al Congreso para que anule las elecciones nacionales. En una foto puede verse a Josh Hawley, senador de Missouri, levantando el puño en señal de simpatía hacia los grupos insurgentes mientras estos avanzan hacia el Capitolio para intentar detener la certificación de las elecciones.

 

 

Tal como escribí hace unos días, las autoridades del Partido Republicano que alimentaron e incitaron esta insurrección, lo hicieron porque asumen que su comportamiento no tendrá ninguna consecuencia en términos legales, sociales o políticos. Por el contrario, es probable que obtengan mayores índices de aprobación y apoyo entre el electorado republicano como recompensa. Y si la banda «No miremos hacia atrás, miremos hacia adelante®» se sale con la suya y se asegura de que los numerosos crímenes de Trump no tienen consecuencias legales, sabrá que puede contar con una tarjeta vitalicia para salir de la cárcel cada vez que se trate de estas conductas extremistas.

Si nada cambia después de todo esto, tiendo acordar con Dan Riffle, asistente de Alexandria Ocasio-Cortez, en que «aun en momentos así, las cosas siempre pueden empeorar. Si la historia reciente debe servirnos de guía, es casi seguro que esto sucederá».

Pero las cosas todavía pueden cambiar, y es esto lo que debería suceder.

En The Uprising argumenté que la mejor forma de contrarrestar el ascenso del populismo de derecha, y de evitar que prolifere, es que los movimientos de oposición y los partidos no se conformen con entonar himnos por la democracia y el espíritu de la nación. En lugar de seguir siendo una élite y una clase dirigente decadente que deja que el pueblo «coma pasteles», imagen frente a la cual siempre triunfarán las provocaciones de la derecha, la oposición debería ofrecerle conquistas tangibles y reales a la gente trabajadora.

El New Deal, que otorgó algunos de estos beneficios a las clases trabajadoras, sirvió para bloquear la propagación del fascismo en Estados Unidos. Casi un siglo después, las elecciones de Georgia de esta semana demuestran una vez más que este es el camino. En este caso, dos figuras autoritarias de la derecha del Partido Republicano fueron derrotadas por el pastor negro que está a cargo de la iglesia Martin Luther King Jr. y por un tipo judío. Este dúo demócrata ganó insistiendo implacablemente durante la campaña en una promesa sencilla: entregar un cheque de asistencia de 2000 dólares a millones de ciudadanos y ciudadanas de Georgia que enfrentan los desalojos, el hambre y la miseria.

Por supuesto, no importa lo que el Partido Demócrata tenga para ofrecer –cheques de supervivencia, un salario mínimo más alto, atención médica garantizada, inversiones masivas en la creación de empleo, medidas enérgicas contra las empresas que imponen condiciones de trabajo denigrantes–, siempre habrá un movimiento autoritario de derecha en Estados Unidos listo para utilizar el racismo y el iliberalismo a su favor.

Entonces, la cuestión no es simple: no hay una relación unívoca entre la implementación de políticas que mejoren la vida de las personas y la liquidación de este tipo de fascismo que asomó la cabeza el miércoles en el Capitolio. Pero la satisfacción de las necesidades de las personas que han sido aplastadas en términos económicos durante generaciones es la mejor manera, y probablemente la única, de detener a largo plazo la propagación general del fascismo entre la población.

Hay que empezar a trabajar hoy.

No mañana. No dentro de unos meses.

Hay que empezar en este preciso momento.

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Published in Artículos, Crisis, Estados Unidos, homeIzq, Política and Sociedad

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