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El presidente Javier Milei durante su intervención el Foro de Davos 2026.

Milei, el moralista político (pro domo sua)

Milei fue a Davos a intentar enterrar a Maquiavelo frente a una sala casi vacía, mientras buscaba reclutar a Jenofonte, Locke y Adam Smith para el anarcocapitalismo. Pero un análisis filosófico riguroso le devuelve los textos a sus autores.

«Buenas tardes a todos. Estoy aquí frente a ustedes para decirles de modo categórico que Maquiavelo ha muerto». De esta manera abrió Milei su discurso en el Foro de Davos 2026, a un año de la gran criptoestafa $LIBRA y frente a una audiencia prácticamente vacía (mientras que Donald Trump, su mentor y benefactor personal,  había intervenido a sala llena, incluso antes de convertirse en dios que salva vidas en el mundo).

En 30 minutos de sus desatinos habituales y de algunas pinceladas de brocha gordísima y falaz sobre la filosofía política antigua y moderna, Milei citó a 18 autores, entre ellos a Jesús Huerta de Soto, el payasesco multimillonario «prócer de la economía austríaca» (Milei dixit). No podía faltar tampoco otro de sus favoritos, Murray Rothbard, un austriaco supremacista blanco y negador del holocausto que, como Maquiavelo, también ha muerto. También desfilaron Tomas Sowel, el popperiano ultraliberal defensor de la «sociedad abierta» y, obviamente, Friedrich Hayek y Ludwig von Mises. En el texto escrito no hay referencias bibliográficas para cotejar, ausencia que le deja el camino expedito para reclutar a autores como John Locke y Adam Smith para las filas del anarcocapitalismo.

Comenzaré con su hilarante y mal intencionada reconstrucción del Jenofonte economista, que en realidad no es suya sino de su «prócer» de la economía austríaca. El presidente argentino está empeñado en ganarse fama de moralista, y no es de extrañar porque nadie va a los tribunales por inmoral (aunque, por el momento, parece que tampoco por corrupción). Y todo ello en medio de una catarata de denuncias a las familias Milei y Menem, así como a muchos funcionarios de su entorno inmediato. Hace un año estalló el escándalo de la ya famosa estafa $LIBRA, meses después el periodismo descubrió el desfalco por sobreprecios de medicamentos e insumos en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) y en las últimas semanas se multiplicaron las denuncias por presunto enriquecimiento ilícito del Jefe de Gabinete de Ministros Manuel Adorni, a quien Milei conserva en su cargo y abraza públicamente. Inmediatamente después se hicieron públicas una serie de acusaciones contra funcionarios y militantes de La Libertad Avanza (LLA) que fueron beneficiados con préstamos preferenciales del Banco de la Nación para comprar viviendas suntuosas (incluyendo terceras viviendas en barrios privados), mientras que la mayoría de los ciudadanos de a pie y sin vivienda que solicitaron esos mismos créditos fueron rechazados. Para decirlo con su propia jerga: eso se llama privilegio de la casta, señor Milei, aquella que usted dijo que venía a combatir.

El Milei autopercibido como «erudito en economía» navega ahora en la superficie de la filosofía política, de la mano de su admirado Huerta de Soto, autor del libro sobre la «eficiencia dinámica» y venerado por la ultraderecha hispano parlante. Lo cierto es que ambos —junto con otros tantos austríacos— proponen abrevar en el supuesto Jenofonte economista, a quien bautizan como el padre de la administración y la economía moderna, además de otorgarle el mérito de haber descubierto las ventajas económicas de la división del trabajo.

Es posible que Milei no sepa que el texto Oeconomicus de Jenofonte nada tiene que ver con un compendio de economía moderna. El texto cuenta magistralmente lo que ocurría en la Grecia clásica en el Oikos, cuya traducción correcta es familia, incluida su propiedad y la administración doméstica.  Ni duda cabe que no se trata de un escrito sobre las ventajas económicas de la especialización y de la división del trabajo. Lo que sí describe es la división del trabajo en el Oikos —entre hombres y mujeres, esclavos y libres—, división que a su entender «solo procura cumplir exactamente las funciones que los dioses les han asignado a unos y otros, y la ley permite». No vaya a ser cosa que ahora, imitando a Trump, Milei y sus secuaces se consideren dioses que asignan funciones por doquier.

En Oeconomicus[1], Iscómaco (el Jenofonte en la sombra, un hombre maduro y de posición social elevada) le pide consejo al Sócrates jenofónico (que no platónico) sobre cómo ejercer su función de «hombre de bien» y ecónomo, en el Oikos. Es por eso que reproduce un diálogo con su esposa, preocupada por saber qué significa que ella deba comportarse como la esmerada reina de la colmena, Lo cito:

(…) dijo la mujer, «¿también yo tendré que obrar así?». «Tú», dije yo, «tendrás que estar dentro de casa, despachar afuera a los esclavos cuyo trabajo esté en el exterior, vigilar a los que tienen que trabajar dentro, recibir las mercancías que entren, repartir lo que haya que gastar y prever y cuidar que el presupuesto aprobado para un año no se gaste en un mes. Y cuando te traigan lana, tienes que preocuparte de que se hagan vestidos a los que los necesiten, también tienes que procurar que el grano seco se conserve para que se pueda comer bien. Tal vez una de las cosas que te incumben te parecerá poco grata: si se pone enfermo uno de los esclavos, tienes que procurar por todos los medios que se cure». (Jenofonte, Ec. VII, 35-37)

Quiero pensar que no es ésta la división del trabajo a la que aspira el austríaco, ¿o sí? Pues finalmente sería útil para terminar con el virus mental del wokismo.

Atribuirle a Jenofonte la paternidad de un concepto de eficiencia dinámica, especulación y creatividad empresarial es un dislate. Lo mismo que afirmar que en el diálogo entre Sócrates y Critóbulo (hijo del famoso Critón) acerca de la economía doméstica se habla de creatividad empresarial y de especulación como formas de acrecentar la fortuna.  El Sócrates de Jenofonte le enseña a su discípulo el elogio de la agricultura y el cuidado de la tierra:

(…) la agricultura es una ocupación que deleita al mismo tiempo que enriquece. Su ejercicio da fuerzas al cuerpo para el desempeño de cualquier destino propio de un hombre honrado. La tierra provee a sus cultivadores en premio de su trabajo lo necesario a la vida y los placeres. Los perfumes que exhalan nuestros altares, lo que compone el adorno de nuestras estatuas, lo que sirve a nuestra mayor decencia y compostura, todo lo da de sí la tierra (…). (Ec.V, 1-3)

«Todo lo da de sí la tierra». Lo saben la mayoría de los miembros del Congreso  argentino —sus diputados y senadores lobistas— que acaban de aprobar una ley que, como explican Maristella Svampa y Enrique Viale, constituye «un golpe al corazón de la legislación de protección ambiental argentina, que liquida las dos leyes que mayor esfuerzo ciudadano costaron en los últimos quince años: la Ley de Protección de Bosques (Ley 26.631, de 2007) y la Ley de Glaciares (Ley 23.639, de 2010)».

Dejemos al Jenofonte austríaco y vayamos a la supuesta destreza deductiva del señor Milei, en su intento de demostrar los orígenes de la propiedad privada y su carácter de inviolabilidad. Lo cito:

Del derecho fundamental a la libertad se deriva el derecho adquirido a la propiedad privada, y ello se manifiesta en que podamos libremente adquirir un bien con el fruto de nuestro trabajo o podemos recibir un bien que libremente nos den o hereden. A su vez, el derecho de propiedad —y en especial por sus consecuencias dinámicas— se vincula con el principio de apropiación de Locke, por lo que ahora la propiedad no solo puede derivar en una donación, regalo, herencia e intercambio, sino que se suma a la apropiación del descubrimiento y de una creación.

En Davos, a sala vacía, Milei anuncio la derivación —vaya uno a saber cómo— del derecho adquirido a la propiedad privada, vinculándola con el principio de adquisición de Locke. Y lo deriva a partir del derecho natural a la libertad, cuya única definición consiste en gritar de manera enfática «carajo», proponer la venta de órganos o insultar a cualquiera que lo contradiga. Sin duda, el mandatario no sabe que al negar el carácter de natural al derecho de propiedad podría tener que admitir una serie de consecuencias que no le gustan ni a él ni a sus adeptos, entre ellas que un Poder Legislativo progresista y soberano decida regularlo, justamente para preservar ese derecho natural a la libertad (pero no de algunos, sino el de todos). Pues bien, Locke reposa del sueño eterno en Essex y no corresponde hacerlo responsable de tal desatino.

Vayamos finalmente al punto de inicio, a la obsesión de Milei por volver a enterrar a Maquiavelo que, por cierto, yace en la bellísima Florencia, en el «panteón de las glorias italianas».  Todo indica que cavarle una nueva sepultura —aún si le diera el tiempo entre viaje y viaje para celebrarse junto con las derechas internacionales— le permitiría superar lo que define como «un falso dilema al diseñar políticas públicas, donde se debía optar entre la eficiencia (en este caso política y no ya económica), en contraposición con los valores éticos y morales de occidente». Como dice su erudito preferido: «La eficiencia no es compatible con distintos sistemas de equidad o justicia, surge únicamente de uno de ellos, el respeto a la propiedad privada».  Equidad y justicia no son lo mismo, pero los eruditos lo ignoran. Por otro lado, señor Milei, no olvide que entre los valores éticos y morales de occidente figuran los de no robar, no estafar, no mentir.

Pues bien ¿qué tiene que ver esta nueva burrada con la muerte de Maquiavelo? El recientemente devenido «moralista político» no lo dice, pero voy a lanzar una hipótesis. Sin duda alguna su Maquiavelo es el maquiavélico, el autor de El Príncipe que, sin saberlo, Milei utiliza al modo de Maurice Joly en su Dialogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu. Como acertadamente plantea Roberto Rodríguez Aramayo respecto de Joly:

(…) le interesaba mucho más la figura de Maquiavelo, para convertirlo en abogado del diablo, cuyos argumentos escandalizan al probo y sensato Montesquieu, porque le interesa instrumentalizar su descarnado realismo. Maquiavelo se propuso escribir algo útil para quien lo leyera y por eso no le interesan las repúblicas imaginarias que nadie ha visto jamás, porque, tal como señala en el capítulo XV del Príncipe, «hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja de lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación». De ahí que su héroe político sea César Borgia, por saber cómo acomodarse a los vaivenes de la fortuna para obrar exitosamente, al menos hasta que sean demasiado adversos como para superarlos.

Maquiavelo como abogado del diablo del Milei moralista, que no es ni probo ni sensato como Montesquieu.

Concluyo con el Kant que comparto con Rodríguez Aramayo y del que abrevo. En el artículo secreto de su libro sobre Hacia la Paz perpetua (añadido como Apéndice en 1796), Kant distinguió entre el moralista político y el político moral: «Sin duda, puedo imaginar un político moral para quien los principios de la prudencia política puedan ser compatibles con la moral, mas no un moralista político que se forje una moral según la encuentre adaptable al provecho del estadista».[2] Esos políticos moralizantes, dice Kant, sólo saben de prácticas o manejos mediante los cuales no vacilan en sacrificar al pueblo, encubriendo sus principios políticos ilegales bajo el pretexto de que la naturaleza humana no es capaz del bien y sirviéndose de ciertas máximas. Entre ellas:

1. Haz y excusa. No dejes pasar la ocasión favorable para incautarte del derecho de un Estado sobre su pueblo o sobre otro colindante. La justificación será mucho más fácil y elegante tras el hecho consumado, que rebuscando argumentos convincentes y la violencia se disimulará entonces mejor que si previamente se han rebuscado argumentos convincentes a la expectativa de los contra-argumentos.
2. Niega lo que hiciste. Reniega de tu delito y no te reconozcas culpable del mismo si, por ejemplo, has sumido a un pueblo en la desesperación y el tumulto.
3. Divide y vencerás. Si en tu pueblo hay ciertos capitostes privilegiados que te han elegido simplemente como su cabecilla o primero entre los pares, enemístalos entre ellos y con el pueblo, poniéndote luego del lado del pueblo bajo la impostura de una mayor libertad, de manera que todo acabe dependiendo incondicionalmente de tu voluntad. (Kant, op.cit. VIII 374-375)

¿Habrá leído el mandatario argentino las máximas de los moralistas políticos?

 

 

[1] Jenofonte (1993) Económico, Madrid, Gredos 182, Introducción, traducciones y notas de Juan Zaragoza.

[2] Kant (2023) Hacia la Paz Perpetua, Un diseño filosófico.Traducción de Roberto Rodriguez Aramayo.Madrid, PCTK E-Books, Serie Translatio Kantiana 109. VIII 372 B76

 

 

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