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Mark Zuckerberg, Jeff Bezos, Sundar Pichai y Elon Musk en la toma de posesión de Donald Trump el 20 de enero de 2025. (Saul Loeb / Pool / AFP vía Getty Images)

Capitalismo, Estado y Big Tech

UNA ENTREVISTA CON
Traducción: Ekaitz Cancela

Amazon, Meta y OpenAI ejercen una enorme influencia sobre la política, pero ¿significa esto que estamos entrando en la era del tecnofeudalismo? En este debate, Evgeny Morozov y Cédric Durand se preguntan cómo debemos entender las transformaciones del capitalismo contemporáneo.

Entrevista por
Susan Watkins

Cuando Donald Trump juró su cargo en enero, se encontraba flanqueado por Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y otros tantos multimillonarios tecnológicos. Para algunos pensadores, este momento simbolizó la fusión del poder económico y político, lo que se asemejaba más al feudalismo premoderno que al capitalismo tal y como lo conocemos. En lugar de superar a sus rivales mediante la competencia, estos individuos utilizaron su influencia política para evitar las regulaciones, permitiendo que los monopolios tecnológicos como Amazon, Google y Meta consiguieran sus beneficios mediante la extracción de rentas de los usuarios. Dentro de este nuevo mundo posterior a 2008, el beneficio ya no se situaba en el centro del capitalismo. En cambio, estas élites, con estrechos vínculos con el Estado, utilizaron su influencia para enriquecerse directamente a través de medios políticos.

Otros pensadores, sin embargo, interpretaron el momento de manera muy diferente. Argumentaron que los multimillonarios tecnológicos habían sido domesticados por el Partido Republicano y que si se alineaban detrás de Trump era para rendir tributo, no para exigir favores. En lugar de desafiar a un Estado cada vez más opresivo, las Big Tech y la industria cripto sirvieron para apuntalar el poder estadounidense y mantener a salvo el neoliberalismo.

En una discusión de gran alcance, Susan Watkins, editora de la New Left Review, conversó con Cédric Durand y Evgeny Morozov, dos de los pensadores más relevantes sobre la cuestión tecnológica, acerca de cómo debe entenderse el capitalismo contemporáneo y cómo tomar partido entre estas dos posiciones contrapuestas.

Cédric Durand nació en Francia, se educó en Grenoble y en la EHESS de París, y completó su doctorado sobre la minería en la Rusia postsoviética. Durand es más conocido por sus dos libros recientes: Fictitious Capital (2014), que examina las dinámicas detrás de la crisis financiera, y Technofeudalism (2020), que explora la revolución digital. Evgeny Morozov nació en la región de Minsk de la Unión Soviética, pocos años antes de que se desintegrara. Educado en la American University en Bulgaria, con un doctorado de Harvard, es autor de The Folly of Technological Solutionism (2013), un libro profético que atacaba la idea de que la era digital traería la democratización. También es el fundador de la plataforma de curaduría de conocimiento The Syllabus]. Recientemente, Verso Libros ha publicado su podcast Los Santiago Boys.

En esta conversación, Durand y Morozov retoman el diálogo iniciado en la revista y abordan el ascenso, la influencia y la importancia de las Big Tech, la independencia del Estado respecto del control directo de los capitalistas y se preguntan si el vaciamiento de las capacidades administrativas del gobierno hará que el socialismo sea más difícil de alcanzar. Los extractos que siguen han sido adaptados de una discusión en la conferencia Read International Convention of Books and Ideas 2025 en Barcelona, organizada por Verso Libros, Verso Books, La Fabrique, Brumaire y Jacobin, que convocó a 240 editoriales y revistas progresistas de todo el mundo en el mes de septiembre.

 

Susan
Watkins

Quiero agradecer a Verso Libros por organizar esta conferencia y reunirnos aquí en Barcelona. Es una ocasión verdaderamente importante en un momento en que cada vez hay menos conferencias paneuropeas.

Vamos a discutir el capitalismo de hoy. El capitalismo en una era donde las crisis financieras han sido respondidas con enormes rescates estatales, creando luego vulnerabilidades adicionales. Inflación de precios de activos, concesión de créditos de riesgo y la necesidad de más y más rescates. Una era de desarrollo tecnológico digital acelerado que penetra cada aspecto de la vida cotidiana. Una era de crisis climática acelerada que excede las predicciones de los modelos matemáticos. Y una era de crecientes tensiones geopolíticas –impulsadas en parte por la globalización de la producción– que intenta resolver los problemas de rentabilidad de las empresas occidentales, lo que de hecho espeleó el ascenso de China.

Así pues, una era en la cual cada solución a la crisis capitalista parece estar creando vulnerabilidades adicionales sobre este sistema. Voy a pedirle a Cédric que comience explicándonos cuáles cree que son las dinámicas más novedosas de la coyuntura actual.

Cédric
Durand

Gracias, Susan, y buenas noches a todos. Estoy muy feliz de estar aquí con ustedes para discutir estos temas tan importantes. Caracterizaría la coyuntura actual tomando prestado un concepto de Ernest Mandel: “el capitalismo demasiado tardío”. ¿Por qué es “demasiado tardío”? Creo que la razón más obvia es la crisis ecológica, que realmente se encuentra en el corazón del debate que deberíamos estar teniendo; es absolutamente crucial. Pero si queremos centrarnos más en las dinámicas capitalistas, si queremos caracterizar la situación actual, creo que tenemos que fijar nuestra atención en cinco elementos clave.

El primer elemento es lo que yo llamaría el ascenso de los otros, o la des-occidentalización de la economía global. La hegemonía de Estados Unidos y Europa está desvaneciéndose gracias al ascenso de China y, en menor medida, de otros países como India. Solo para darles un dato: China representaba alrededor del 2 por ciento del PIB mundial en la década de 1980; ahora es más del 18 por ciento en la actualidad. Es un cambio tremendo, y está reconfigurando las dinámicas globales. Francia y Alemania, que juntas representaban más del 10 por ciento del PIB global, ahora representan solo el 5 por ciento. Juntas, son más pequeñas que India. Esto nos da una idea de la escala del cambio, y creo que es relevante para entender lo que está sucediendo.

El segundo elemento clave es lo que se podría llamar el fin de la hegemonía financiera, aunque esta afirmación podría parecer un poco prematura. Durante cinco décadas, experimentamos un superciclo financiero. Este proceso fue funcional hasta 2008, pero después de eso, ha estado completamente subsidiado. Se han producido enormes rescates e intervenciones masivas por parte de los bancos centrales. En sí mismas, estas intervenciones han creado algunos problemas. La crisis de COVID-19 y el estallido inflacionario posterior mostraron que gestionar esta economía se ha vuelto cada vez más difícil.

La economía no es muy dinámica, pero el sector financiero está en pleno apogeo. El peso del capital ficticio es enorme, y nos encontramos en una crisis permanente. Cada pocos meses, escuchamos hablar sobre otra crisis financiera en algún rincón del mundo, acompañada de otra intervención política en algún otro lugar. Las discusiones sobre el precio del dólar, el auge de las criptomonedas y las stablecoins —todo esto es parte de la crisis de la hegemonía financiera.

El tercer elemento es la hegemonía tecnológica. Hablaremos más sobre eso esta noche, pero quiero enfatizar algo: no es solo que el sector tecnológico esté liderando la acumulación de capital, es en sí mismo la concentración extrema de capital. Unas pocas corporaciones ahora representan alrededor del 20 por ciento de la capitalización de mercado en Estados Unidos y el 35 por ciento de la capitalización del mercado de valores, en comparación con aproximadamente el 20 por ciento en 2010. Entonces, estamos viendo un rápido crecimiento no solo en ese sector, sino también en la concentración de capital en unas pocas corporaciones. Eso es algo que debe resultarnos muy especial y significativo.

El cuarto elemento es la globalización. Los efectos de la globalización se pueden sentir en muchos aspectos de nuestras vidas, desde poder viajar hasta consumir bienes producidos en todo el mundo. Pero parece que, durante los últimos diez a quince años, la expansión de la globalización se ha visto interrumpida. La cuota del comercio en la economía global ya no está creciendo. Tenemos muchas discusiones sobre aranceles, desconexión, sanciones. Existe un proceso de fragmentación en la economía global, que es muy diferente de la era neoliberal clásica que vivimos en el pasado.

Finalmente, y esto es importante para nuestra discusión de esta noche, el capitalismo demasiado tardío es también un capitalismo que ha perdido su dinamismo. Es un capitalismo que se está desacelerando. Hemos estado viviendo este proceso desde el auge de la posguerra. Pero ahora, incluso pese al desarrollo tecnológico, no se ha producido un rejuvenecimiento. Las economías de altos ingresos están viendo cómo se produce una disminución en las tasas de inversión, y esta desaceleración no se limita a esas economías: también está sucediendo en China, donde el crecimiento se ha ralentizado durante la última década. No es solo una desaceleración general, también es que, a pesar de toda la innovación, la productividad sigue siendo baja. No estamos produciendo más valor de uso, y mucha gente siente que esta forma de empobrecimiento está conectada con la desaceleración de la tasa de crecimiento dentro de los estados capitalistas.

Estos cinco elementos —el ascenso de China y otros países, el fin de la hegemonía financiera, la concentración del capital tecnológico, la desaceleración de la globalización y la desaceleración general de las dinámicas capitalistas— son clave para entender lo que está sucediendo ahora. Estos elementos son también el telón de fondo del giro reaccionario que estamos viendo en muchos países occidentales, especialmente en Estados Unidos, donde hay un giro hacia el autoritarismo, o incluso un giro neofascista. Esto está vinculado al aumento de la competencia internacional, a la falta de movilidad social, a las crecientes concentraciones de poder económico y a una crisis general que da forma a la coyuntura actual.

 

Susan
Watkins

Gracias. Evgeny, ¿qué dirías al respecto o qué añadirías?

Evgeny
Morozov

Ante todo, muchas gracias por invitarme y por organizar este maravilloso festival. He tomado algunas notas mientras Cédric hablaba, así que intentaré abordar algunos de los puntos que ha planteado al tiempo que expongo los míos propios.

En buena medida, tanto el enfoque de la pregunta de Susan como la respuesta de Cédric giran en torno a 2008. Ambos entienden la crisis y sus secuelas como un punto de inflexión. Como una lente para periodizar la manera en que pensamos sobre la forma actual del capitalismo. Creo que en cierto modo es correcto, especialmente en el contexto de cómo opera la economía digital y cómo ha evolucionado. Si nos fijamos en empresas como Uber, Airbnb y muchas otras empresas similares, lograron posicionarse tras la crisis como herramientas para ayudar a las clases medias a sobrellevar la situación convirtiéndose en emprendedores. Se presentaron como una oportunidad para que la gente pudiera asegurarse de que sus activos —coches o casas— pudieran tener una segunda vida.

Pero también creo que hay una tendencia latente en esta periodización que oscurece procesos que comenzaron antes y nos impide examinar diferentes cuestiones y dimensiones del capitalismo. Dado que Cédric enmarcó su intervención como una contribución para articular lo que podría ser el “capitalismo demasiado tardío”, quiero decir que a lo largo de los años me he vuelto extremadamente crítico y escéptico de la periodización que comienza con el “capitalismo tardío”. Con todo el respeto a Ernst Mandel, este marco ha impuesto restricciones analíticas sobre la capacidad de la izquierda para comprender los cambios estructurales en el capitalismo desde los años setenta.

Esta periodización asume que después del estado liberal y el estado monopolista del capitalismo, llegamos al capitalismo tardío en los años setenta, lo que luego marcó el comienzo de la globalización y los cambios subsiguientes. Pero creo que necesitamos una forma diferente de hablar sobre estos cambios, un nuevo marco conceptual. En lugar de usar términos como neoliberalismo, financiarización o globalización para describir la morfología cambiante del capitalismo, aunque aún no he terminado el libro que la desarrolla, durante la última década he estado trabajando en una periodización diferente.

Esta avanza desde la vieja idea del “capitalismo organizado” articulada por Rudolf Hilferding y otros hace un siglo, pasando por una transición al “capitalismo desorganizado” en los años setenta, marcada por el ascenso de la desregulación, la privatización y el establecimiento de la competencia como la forma principal de gobernanza global. Esta fase desorganizada finalmente se agotó a principios de los años 2000, llevando a lo que he estado llamando “capitalismo orgánico”, una bestia muy diferente. El término capitalismo orgánico reconoce que los esfuerzos por disciplinar a los estados y las empresas sometiéndolos a más competencia, privatización y mercantilización desde los años setenta hasta finales de los noventa no solo fracasaron, sino que generaron una serie de problemas, como el cambio climático y la desigualdad. El capitalismo orgánico moviliza más capital para abordar esos problemas.

Desde principios de la década de 2000 en adelante, se puede ver emerger una racionalidad diferente, especialmente en sectores como las finanzas, donde personas como Al Gore y otros han comenzado a abogar por nuevas formas de abordar los problemas del sistema. Esta visión acepta que el capitalismo no ha sido tan efectivo como Friedrich Hayek y otros afirmaban, y reconoce además que ha producido muchas externalidades. Creen que, al movilizar más capital e introducir intervenciones políticas impulsadas por el mercado, pueden solucionar los problemas que ha creado el propio capitalismo.

Este pensamiento se hace evidente en cómo los gestores de activos abordan el cambio climático, viéndolo como un problema que solo puede resolverse a través de la disciplina del mercado. Silicon Valley entra en este paradigma a través de lo que yo llamo “solucionismo”. Silicon Valley se ha posicionado como el proveedor de soluciones a cada problema que el capitalismo ha creado. Desde la década de 2010 en adelante, ha diseñado soluciones en áreas como la atención médica, la educación, el transporte: virtualmente en cada esfera de la vida. Durante mucho tiempo, el público ha aceptado estas soluciones sin cuestionarlas, sin darse cuenta de que eran simplemente otra forma de privatización y mercantilización, ahora disfrazada de “digitalización” o “innovación”.

En esta nueva fase del capitalismo, que llamo capitalismo orgánico, la política se hace a través del mercado. La idea es someterlo todo —plataformas y otras instituciones basadas sobre los servicios— a la lógica de la rentabilidad y la acumulación, usándolas para resolver muchos de los problemas que el capitalismo ha producido. Por eso, durante la última década aproximadamente, el Foro Económico Mundial en Davos ha reconocido la realidad del cambio climático y otros problemas globales. Pero su solución es movilizar capital privado para resolver esos problemas, marginando las instituciones no mercantiles y tratando a la economía capitalista como la máquina definitiva para solucionar los problemas.

Es fácil de pasar por alto este cambio estructural si partimos de una periodización más convencional. Todavía estoy trabajando en articular cómo ha surgido este nuevo período, pero creo que hay algo importante que necesito mencionar aquí: no estamos en una fase de agotamiento de las finanzas o de la industria financiera. De hecho, yo argumentaría que estamos ante el entrelazamiento de Wall Street y Silicon Valley. De diferentes maneras, ambos representan los dos lados de la misma moneda: el capitalismo orgánico y solucionista.

Silicon Valley se presenta como el proveedor de soluciones, pero esas soluciones, especialmente las que dependen de la inteligencia artificial, requieren inversiones masivas de capital. Estamos hablando de sumas del orden de 250.000 millones de dólares solo este año para Investigación y Desarrollo (I+D) y otros gastos de capital por parte de las principales empresas tecnológicas. Parte de este dinero proviene de sus considerables reservas de efectivo, pero una porción significativa proviene de cerrar acuerdos con grandes fuentes de capital en los estados del Golfo: Qatar, los Emiratos y Arabia Saudita. Parte de estas inversiones incluso provienen de mercados de crédito privado, que son un segmento cada vez más importante pero poco estudiado de la economía global. Estos mercados evitan el sistema financiero tradicional e involucran a nuevos actores que no se parecen al capital privado o al capital de riesgo.

Tomemos el caso de Facebook, por ejemplo. Tiene mucho efectivo, pero aún así está aprovechando los mercados de crédito privado. Lo ha hecho tomando prestados entre 22.000 y 28.000 millones de dólares para construir nuevos centros de datos, como anunció recientemente. Esto marca un cambio significativo y conduce a nuevas vulnerabilidades en el capitalismo. Necesitamos entender que las finanzas y la tecnología no están separadas, sino que se refuerzan mutuamente. El auge de la hegemonía tecnológica está profundamente entrelazado con la relevancia de Wall Street, en especial de los nuevos actores en el crédito privado.

Una de las características estructurales de este nuevo paisaje es el declive de las empresas que cotizan en bolsa y del mercado de valores como medios para disciplinar a los capitalistas. Estos están siendo reemplazados por la toma de decisiones privadas que ocurre en instituciones dirigidas por gestores de activos, pero también por estos nuevos actores que operan en el crédito privado [grandes gestoras de activos, fondos de capital privado, fondos especializados en deuda y bancos de inversión].

Finalmente, hay un componente ideológico importante a la hora de analizar todo esto. Silicon Valley, junto con figuras como Elon Musk y Peter Thiel, ha capturado la imaginación de cómo debería entenderse el futuro y el progreso. Esto fuerza a los movimientos de izquierda y partidos políticos a elaborar una visión alternativa del futuro. Pero no he visto que eso haya sucedido todavía. Creo que sería un error no pensar en estos nuevos actores no solo como proveedores de soluciones, sino también como fuentes de imágenes poderosas sobre el futuro de la política y la vida pública.

Si sigues los debates en Estados Unidos en los últimos meses, notarás que esta visión del futuro no incluye la democracia tal como la entendemos. En el futuro de Silicon Valley, todavía existirá la vida pública y quizá algunas formas de asociación, pero todas las relaciones serán hipertecnologizadas, mediadas por sistemas de reputación, dispositivos de rastreo, de reconocimiento facial, drones y lo que sea que estén construyendo estas firmas. Ese futuro no se parecerá a las formas tradicionales de asociación democrática. Esta es la corriente ideológica subyacente es algo con lo que debemos lidiar mientras además pensamos en cómo este nuevo sistema se legitima a sí mismo.

Quizás me detenga aquí y podamos volver a algunos de estos puntos más tarde.

 

Susan
Watkins

Gracias. ¿Podría pedirte que profundices en un par de puntos? ¿Estás sugiriendo que estas nuevas fuerzas podrán mantener el ritmo, teniendo en cuentas las vulnerabilidades y las nuevas crisis que están creando? ¿Se mantendrán por delante de la curva, o ves una catástrofe inminente?

Evgeny
Morozov

Hemos estado viviendo a través de una catástrofe durante las últimas cinco o seis décadas, ¿verdad? Y probablemente de una forma mucho más intensa durante las últimas dos o tres décadas. Pero no veo que los capitalistas hayan perdido el control y mucho menos el rumbo, si eso es lo que estás preguntando. Estamos ante un momento muy turbulento, pero realmente no veo ninguna fuerza antagonista en el horizonte que pueda arrebatarles el control. En ese sentido, también creo que todo el giro hacia la IA en los últimos años, particularmente en los últimos doce meses, ha logrado revitalizar la imaginación capitalista de maneras que no habíamos visto en mucho tiempo.

También ha logrado movilizar mucho capital improductivo que anteriormente iba al sector inmobiliario o a la pura especulación financiera. Incluso empresas que han estado algo inactivas, como Apple, han sido compradoras masivas de sus propias acciones. Han gastado alrededor de 110.000 millones de dólares en recompras de acciones, pero solo gastaron alrededor de 30.000 millones en I+D. De hecho, esto les está perjudicando, pues su gasto fue mucho menor que empresas como Google y Amazon, ambas mucho mejor posicionadas en la carrera de la IA.

Entonces, en ese sentido, la ola de inversión de capital productivo impulsada por la promesa de la IA de reducir costos y abrir nuevas líneas de ganancia es real. No es capital ficticio. Esta inversión granjeará a estas firmas —a esta alianza entre Wall Street y Silicon Valley— otros cinco o siete años, si no más, de poder quemar mucho efectivo. OpenAI, por ejemplo, no espera ser rentable hasta 2029 o 2030. Quemarán decenas de miles de millones, si no cientos de miles de millones. Y continuarán perdiendo decenas de miles de millones al año durante un tiempo. Pero su capacidad para convencer tanto a los gobiernos, que los están subsidiando fuertemente al dejarlos construir centros de datos, como al capital privado, a través de fondos soberanos de riqueza, es importantísima. Han construido una narrativa coherente en torno a ello, a pesar del hecho de que todo su esfuerzo es altamente irracional y está basado en el derrochamiento. Todas estas empresas están construyendo los mismos modelos con las mismas funciones.

En ese sentido, es un sistema racional dentro del marco capitalista actual, y probablemente, como decía, durará entre cinco y siete años. Sin embargo, las cosas podrían empeorar mucho políticamente mientras tanto. Las élites pueden elegir gestionar el descontento que podría surgir sobre la llegada de los centros de datos y su consumo de energía derrochador a través de la fuerza pura en lugar de prometiendo un futuro mejor.

 

Susan
Watkins

Cédric, ¿quieres responder a eso, y luego tal vez hablar sobre tus ideas sobre el tecnofeudalismo?

Cédric
Durand

Sí, pero primero quiero decir algo sobre la relación entre Wall Street y el sector tecnológico. Estoy de acuerdo con Morozov en que hay una fuerte conexión, y que el sector tecnológico está movilizando capital financiero —capital público, capital bancario, capital privado, como mencionaste— y que hay mutaciones significativas dentro del sector financiero. Eso es absolutamente cierto. Mi punto, sin embargo, es que el sector financiero ha perdido algo de autonomía en el sentido de que depende cada vez más de las intervenciones de los bancos centrales. Además, las intervenciones de los bancos centrales están creando más tensión, particularmente en torno a la inflación. En este momento, en Estados Unidos, hay un repunte de la inflación. Mientras, el banco central está bajando las tasas de interés. Esto significa que se está volviendo cada vez más difícil preservar el valor del dinero y mantener la posición de las finanzas. Creo que esto crea una gran contradicción.

Por otro lado, el sector tecnológico está proponiendo —y lo que has descrito es absolutamente correcto— que la IA y las prácticas vinculadas a ella están realmente impulsando el cambio social, especialmente en términos de inversión y comportamiento económico. El cambio que estoy describiendo es de las finanzas siendo el sector dominante de la economía a la tecnología tomando la centralidad del tablero. Por supuesto, no hay una disyunción absoluta entre ambos. Todo es orgánico, pero el liderazgo está ahora del lado tecnológico. Y es en ese contexto que desarrollé la hipótesis del tecnofeudalismo.

Me ha sorprendido la buena recepción que ha tenido el concepto. Creo que un momento importante para reflexionar sobre ello es el mes de enero, cuando vimos a todos los jefes tecnológicos en la inauguración de Trump. Esa fue una imagen impactante: todos los CEOs tecnológicos estaban sentados en la primera fila, y Trump estaba pululando alrededor. Y en su primer día en el cargo, ¿qué hizo? Decidió descartar cualquier tipo de regulación sobre la IA a nivel federal. Esta fue una decisión muy importante porque efectivamente socavó cualquier forma de supervisión estatal sobre el área donde estas empresas estaban haciendo sus apuestas más ambiciosas. Son momentos como ese los que capturan la esencia de lo que estoy describiendo y, a un nivel más analítico, me gustaría aclarar algunos puntos.

Primero, el tecnofeudalismo no significa que la economía digital nos esté llevando de vuelta a tiempos feudales, por supuesto. Existe una enorme diferencia, y es muy importante, respecto a los tiempos medievales, cuando la producción estaba altamente individualizada. Los campesinos trabajaban para el señor feudal, pero trabajaban principalmente por su cuenta. Hoy, vivimos en un sistema de producción altamente socializado. Todas las corporaciones dependen unas de otras. Piensen en cuántas personas están involucradas en los productos que estamos usando ahora mismo: es completamente inimaginable. Es un mundo completamente diferente.

Sin embargo, hay similitudes en términos de la calidad de las relaciones sociales. Yo argumentaría que la dependencia es una de las primeras analogías con los tiempos feudales. Cada uno de nosotros dependemos de los servicios tecnológicos en nuestra vida cotidiana. A menudo bromeo diciendo que mi madre probablemente podría vivir sin Google, pero hace un mes tuvo un problema con su teléfono y tuvo que pedirle ayuda a una vecina y luego llamarme. Fue una emergencia. Necesitaba un smartphone. Incluso a los ochenta y cuatro años, ella necesita a Google. Todos dependemos de esas empresas. Pero no son solo los individuos. Las corporaciones, sectores enteros e incluso los estados dependen de los servicios de las grandes tecnológicas.

Por ejemplo, recientemente, el Ministerio del Interior alemán cerró un acuerdo con la rama de servicios en la nube de Amazon. Muchos de los principales bancos de Europa dependen de los servicios en la nube de Estados Unidos. La empresa ferroviaria nacional francesa solía tener su propia nube, pero subcontrató ese servicio a Amazon. El CEO de Total, la empresa energética, incluso explicó que le daba vergüenza tener que enviar datos geológicos a Estados Unidos para extraer petróleo. No confiaba en que sus datos estuvieran protegidos. Entonces hay una dependencia general, no solo entre individuos, sino a través de toda la estructura productiva. Y esta dependencia está concentrada en muy pocas corporaciones. Es una relación altamente asimétrica que refleja dinámicas coloniales. Hay un centro y una periferia, y es algo que dará forma a Europa y a muchos otros países en el futuro.

La segunda analogía que me gustaría trazar es que en tiempos feudales, siempre había alguna articulación entre el reino político y el reino económico. Las empresas capitalistas siempre han dependido de las decisiones estatales. Han presionado al Estado para obtener políticas favorables, pero ahora, las grandes empresas tecnológicas están adquiriendo capacidades estatales clave. Un ejemplo: durante el COVID-19, Google puso a disposición datos públicos de movilidad, mostrando cómo se movía la gente alrededor de las ciudades. Pero para 2023, cerraron ese acceso, y se volvió privado nuevamente. Los datos clave que solían ser públicos ahora están controlados por Google, y esto está sucediendo con muchos otros tipos de datos.

Otro ejemplo es cómo las plataformas tecnológicas ahora curan el debate público. Los algoritmos de Facebook y X (anteriormente Twitter) están organizando la vida política de una manera que no es neutral en absoluto. El espectro mediático solía estar mayormente regulado por el Estado, pero ahora ha cedido el control. También hay un debate sobre el estatus del dinero. Con la pérdida de confianza en el dólar, empresas como Amazon, X y Walmart están comenzando a emitir su propio dinero. Cuando esto suceda, reducirá la capacidad del Estado para gestionar la economía e implementar políticas macroeconómicas.

Estos ejemplos muestran cómo aspectos clave del poder estatal están cambiando al sector privado y, en ese sentido, estas empresas se están convirtiendo en actores políticos. No solo en términos abstractos, sino en cómo dan forma a la vida social. Finalmente, yo argumentaría que lo que están haciendo es crear posiciones depredadoras para extraer rentas. Esto produce un juego de suma cero, reminiscente de los tiempos feudales. En el feudalismo, los señores expandían su territorio de manera de suma cero: lo que uno ganaba, el otro lo perdía. Las grandes empresas tecnológicas están insertas en el mismo tipo de competencia, expandiendo su control sobre la esfera social.

Vale la pena señalar que, como Evgeny advierte, estas empresas están invirtiendo cantidades masivas de efectivo, lo cual es extraordinario. Pero esta es una dinámica sectorial donde la inversión está fluyendo hacia la tecnología a expensas de otros sectores. No hay una oleada de inversión más amplia. Hay menos inversión en servicios públicos, menos en capacidades de manufactura, infraestructura, vivienda: cosas que son necesarias para la vida cotidiana. En ese sentido, esta dinámica es depredadora. Por eso creo que el tecnofeudalismo no es solo un concepto abstracto; es una tendencia que se está materializando día a día.

Solo una nota final: no estoy diciendo que el tecnofeudalismo sea inevitable. Es una posibilidad, una que se está materializando en Occidente. Pero en China, estamos viendo algo diferente. El Estado no está permitiendo que las empresas tomen el control del proceso político y dominen la sociedad. Entonces, el feudalismo no es una necesidad; es el resultado de elecciones políticas. Pero hay otras posibilidades para la tecnología, otros caminos que podrían emerger.

 

Susan
Watkins

Evgeny, ¿quieres responder a eso, y a la posibilidad de que China tenga un modelo diferente?

Evgeny
Morozov

Bueno, lo primero de todo, tenemos que darnos cuenta de que hay muchas teorías parcialmente superpuestas y parcialmente en competencia sobre el tecnofeudalismo y el neofeudalismo, que es un concepto relacionado pero distinto. La versión de Cédric es probablemente la más matizada y no la presenta como un relato exhaustivo o exclusivo de lo que impulsa el cambio bajo el capitalismo. Según su posición, ese es uno entre otros marcos explicativos que complementa dinámicas como la financiarización y la globalización, que también pueden explicar lo que está sucediendo.

Por supuesto, hay formas más populistas de pensar sobre ello, y la más conocida es el enfoque de Yanis Varoufakis. Las afirmaciones que hace son mucho más absolutas y definitivas. Para él, el capitalismo murió en 2008 y un nuevo sistema emergió en su lugar, reemplazando la ganancia con la renta. Esa es una lectura más populista del tecnofeudalismo.

En mi caso, tomo una posición que ocupa un término medio entre estas lecturas más extremas y populistas y las más matizadas sobre el tecnofeudalismo. Mi respuesta inmediata a Cédric es que tengo la sensación de que parece implicar que una teoría del capitalismo en Marx y el marxismo es, por extensión, también una teoría del Estado, una teoría sobre la forma que el Estado y las funciones que debería desempeñar. Quizás esto habría sido el contenido del volumen faltante que Marx había esperado escribir sobre el Estado, pero ese volumen nunca llegó.

Hasta donde entiendo El capital, una teoría del capitalismo es agnóstica sobre la forma del Estado y la distribución exacta del trabajo entre el mercado y el Estado. En mi opinión, la idea de que ahora algunas de estas firmas están asumiendo funciones previamente ocupadas por el Estado de bienestar —o antes, por organizaciones benéficas, o incluso antes por benefactores como los Medici— es interesante. Pero realmente no nos dice si estamos viviendo en el capitalismo o el feudalismo. Solo nos muestra que hay una plasticidad de algún tipo en cómo se pueden satisfacer diversas necesidades, por ejemplo, aquellas relacionadas con la reproducción, dentro del marco del Estado capitalista.

En mi propia teoría y periodización, no hay nada anormal en que un número creciente de gobiernos estén delegando más responsabilidades públicas, como la atención médica, la educación y la emisión de dinero, al sector privado, particularmente a Silicon Valley. En última instancia, veo esto como una forma de que los gobiernos logren varios objetivos a la vez. Uno de estos objetivos es crear y mantener las condiciones para la acumulación capitalista, de modo que a pesar de todos los problemas sistémicos que enfrenta el capitalismo, las firmas puedan continuar acumulando. Y en parte, es una forma de satisfacer las necesidades que tienen cuando se trata de la vigilancia policial, la atención médica, etc.

Entonces, si una empresa entra en la industria de la defensa o en el sector policial, no es que estemos ante una violación de las prerrogativas del Estado. Es una forma, en cierta medida, de profundizar el alcance del Estado y hacerlo de manera ligeramente diferente pero aún manteniendo al Estado y sus instituciones en el panorama.

Ahora, mi problema con la teoría del tecnofeudalismo es que indirectamente margina o hace menos relevantes otros marcos existentes, incluidos los marcos marxistas. Específicamente, tiende a pasar por alto cuestiones relacionadas con el imperialismo y las dinámicas entre el hegemón y la economía global. Durante casi un siglo, Estados Unidos ha sido el hegemón, y este marco ha sido clave para explicar el sistema global. Al sustituir esa lente por otra que se centra en cómo se distribuye el poder entre estados y empresas, el tecnofeudalismo omite un aspecto importante del sistema global.

Creo que hemos escuchado algo de eso en Cédric, cuyo análisis se basa en entender cómo cambia el equilibrio de poder entre estados y gobiernos, entre estados y empresas. Este enfoque está bien, pero fundamentalmente pierde de vista el hecho de que no todos los estados son iguales en el sistema global actual. El Estado estadounidense en particular merece ser analizado con un conjunto muy diferente de herramientas porque es el hegemón. Toca la melodía a la que el resto del mundo —tal vez con una ligera excepción de China— tiene que bailar.

Entonces sí, podemos hablar sobre los efectos de la privatización del dinero, el auge de las stablecoins, etc. Pero en última instancia, si miras la Ley GENIUS (Guiding and Establishing National Innovation for Stablecoins), que acaba de aprobar Estados Unidos este año, está claro lo que la administración Trump buscaba con las stablecoins. El objetivo es afianzar y prevenir cualquier contestación a la hegemonía del dólar. Aunque hay más comercio realizado en otras monedas, y los BRICS han hecho mucho para desafiar el poder del dólar estadounidense, la intervención de la administración Trump en el espacio cripto está diseñada para garantizar que todo en el mundo cripto, incluidas las stablecoins, esté respaldado por bonos del Tesoro de EE.UU. o el dólar estadounidense. Esta es una forma inteligente de preservar la hegemonía financiera estadounidense, y es en última instancia un proyecto impulsado por el Estado.

En ese sentido, me resulta difícil mirar lo que está sucediendo ahora en la economía digital e invocar el tecnofeudalismo, que ni siquiera presupone la existencia del Estado moderno con todas sus dinámicas e intereses en competencia. Si pensamos en el feudalismo tradicional, no involucraba el tipo de Estado que tenemos hoy.

Otro problema que tengo con el tecnofeudalismo es que, debido al imperativo populista que han introducido en él figuras como Varoufakis, personaliza enormemente cuestiones que deberían entenderse a través de una lente sistémica. En cierta medida, creo que escuchamos esto en los comentarios de Cédric, donde habla de su madre dependiendo de Google, comparándolo con la dependencia que los campesinos tenían de los señores feudales. Yo argumentaría que en la actualidad estamos ante una dependencia muy diferente.

La dependencia de la tecnología es sistémica. No es que las personas dependan de Google personalmente. Es que toda la sociedad moderna espera que las personas estén disponibles online en cualquier momento. Necesitas un perfil digital para acceder a un trabajo, para participar en la vida moderna. Esto no es porque Eric Schmidt o Steve Jobs te obliguen a hacerlo; es por la presión sistémica que ejerce una fuerza invisible.

En ese sentido, la dependencia que ha surgido es muy similar a la dependencia que tienen los trabajadores a la hora de vender su fuerza de trabajo. Está impulsada por la competencia capitalista y el capital, no por la dependencia personal de un señor feudal, donde literalmente eras forzado a hacer lo que estabas haciendo por alguien que portaba un rifle o una flecha entre sus manos.

Entonces no veo por qué discutir sobre la dependencia debería llevarnos necesariamente a conceptualizarla como feudalismo. La presión es sistémica, no personal. Este es uno de los muchos matices que me llevan a pensar que situar la discusión dentro de las dinámicas del capitalismo nos ayudaría a entender mejor lo que está sucediendo.

Por último, me gustaría hablar sobre el grueso del argumento en la obra de Cédric, sobre el cual no tuvo tiempo de elaborar, acerca de cómo la propiedad intelectual y factores sistémicos como el control de la cadena de suministro permiten a empresas tecnológicas como Amazon y Google ejercer poder político de una manera que las protege de las presiones que normalmente afectan a las firmas capitalistas. En su teoría, no se trata de entener las presiones del capital como tal. Es su capacidad para explotar lagunas en la ley de propiedad intelectual (PI) o aprovechar el poder estructural que no se deriva de la competencia basada en el mercado, lo que les permite profundizar en la acumulación.

Creo que he resumido este punto correctamente, ¿verdad Cédric? Donde discrepo de Cédric es que creo que, en última instancia, lo que impide que estas firmas sean contestadas en el proceso de competencia es la cantidad de capital necesario para desafiarlas. Ahora bien, si alguien está preparado para movilizar ese capital y sobrevivir a todas las batallas políticas que vienen aprejadas a él, entonces tendrá éxito. Hemos visto que esto ha sucedido en los últimos años con Elon Musk. Musk decidió que quería ser un actor importante en IA, y formó una empresa llamada xAI: movilizó 20 mil millones de dólares y quemó ese capital, contratando al mejor talento y construyendo el superordenador más desarrollo en solo tres meses, en lugar de los dos años que los expertos dijeron que le llevaría.

Ahora, xAI es un claro contendiente de OpenAI, Claude y Gemini. Digamos lo que digamos sobre Musk, este es un ejemplo clásico de un capitalista movilizando capital, gastándolo sabiamente y sorteando cuellos de botella como la ley de propiedad intelectual, las cadenas de suministro y todo lo demás que se pensaba que hacía indestructibles a empresas como Google o Amazon. La empresa de Musk está forzando a OpenAI y otros a reducir sus precios porque ahora Grok ofrece servicios de IA a un precio mucho más barato.

Para mí, este es un ejemplo clásico de cómo un capitalista entra en una industria movilizando suficiente capital para hacerlo. Sí, puedes construir barreras con propiedad intelectual, y sí, puedes usar el poder político, pero en última instancia, el capital sigue siendo la vara de medir, el criterio por el cual entender el éxito del sistema. En ese sentido, no creo que nos hayamos apartado de la lógica del capital que ha impulsado la economía capitalista durante el último siglo o dos.

 

Susan
Watkins

Cédric, si pudiera pedirte que abordes un par de puntos… Hay mucho que considerar aquí. Primero, la ausencia del Estado bajo el feudalismo es obviamente un problema para la analogía tecnofeudalista. La soberanía estaba investida en el señor bajo el feudalismo más puro, pero una vez que surgió el Estado absolutista, el feudalismo comenzó a entrar en declive. Por ejemplo, las ciudades crecieron. Entonces, ¿cómo justificarías tu analogía dada la falta de un Estado bajo el feudalismo?

En segundo lugar, ¿realmente necesitamos hablar del feudalismo? Ya tenemos diferentes formas de dependencia capitalista. Si el feudalismo está siendo invocado esencialmente como una herramienta retórica —tal vez siendo usado más por alguien como Mélenchon o Yolanda Díaz que por ti— ¿crees que es exitoso como proyecto ? ¿No necesitamos enfrentar a estos nuevos capitalistas tecnológicos en el terreno del futuro, en lugar de evocar los horrores morales del pasado?

Cédric
Durand

Hay mucho con lo que lidiar en tu pregunta, así que me centraré en esos dos puntos que señalas. Primero, con respecto al Estado, creo que este es, por supuesto, un tema muy importante. Y siempre tengo cuidado a la hora de decir que me refiero a una tendencia hacia el tecnofeudalismo. No estoy afirmando que estuviéramos viviendo bajo el capitalismo hasta 2008 y de repente hayamos pasado al feudalismo. En realidad, el feudalismo, en el siglo XIX, no se convirtió en capitalismo en cuestión de un par de años. Estos son procesos largos. Los cambios en el modo de producción no ocurren de la noche a la mañana; son graduales.

Mi punto es que las capacidades estatales han sido drásticamente alteradas en los últimos años de una manera que es bastante sorprendente. Este cambio está cuestionando la posición del Estado. Un argumento que haría junto con a este es que, a pesar de la tendencia hacia el tecnofeudalismo, no creo que este camino tenga éxito. Estos gigantes tecnológicos no son capaces de gestionar ni su propia competencia interna.

El papel del Estado en el capitalismo, su necesidad de ser, es regular la competencia entre los capitalistas. Si no hay mediación por parte del Estado, no hay forma de regular esa competencia. Lo que estamos viendo ahora es un debilitamiento de la capacidad del Estado para lidiar con esta competencia. Estos capitalistas están cambiando las reglas ellos mismos, asumiendo formas privadas de soberanía. Evgeny tiene razón al enfatizar la dimensión internacional de esto. El Estado de EE.UU. definitivamente está involucrado en esta dinámica, pero no estoy seguro de que al usar el sector tecnológico para tratar de expandir o mantener la hegemonía estadounidense, no esté también perdiendo sus propias capacidades para actuar como un Estado autónomo.

La cuestión de la moneda es clave aquí. La intención del gobierno estadounidense, con todos sus esfuerzos por mantener la hegemonía del dólar, es clara. A pesar de las contradicciones, están tratando de preservar su control introduciendo innovaciones como las stablecoins. Pero sabemos que las stablecoins generarán inestabilidad financiera. No serán tan confiables como las monedas tradicionales, y a medida que surjan más stablecoins, algunas grandes firmas como Amazon tendrán más que otras y las monedas de estas empresas serán preferidas sobre las otras que puedan surgir. En ese punto, veremos aparecer una especie de poder monetario autónomo: un poder económico fuera del control del Estado. Ese es el tipo de mediación que veo en el sistema actual.

En el segundo punto, sobre el efecto retórico: la forma en que entré en la hipótesis tecnofeudal fue tratar de entender los problemas creados por la globalización, la financiarización, el estancamiento, etc. Quería darle sentido a eso. Volví al razonamiento estructuralista sobre la combinación de relaciones sociales, que fue muy útil para imaginar la forma en que estamos experimentando una reconfiguración de relaciones. En ese senteido fue un posicionamiento puramente analítico.

Pero por supuesto, era consciente del poder retórico del término “tecnofeudalismo”. Sopesé tanto las ventajas como las desventajas de usarlo. Y creo que las ventajas son significativas. Hay cuatro ventajas principales que enfatizar.

La primera ventaja es simplemente subrayar el hecho de que el capitalismo no es eterno. El capitalismo tiene una historia. Pero nos dirigimos hacia una forma de fin del capitalismo. El proceso de socialización que Marx analizó —la ley de acumulación de capital— significa que cuanto más se acumula el capital, más interdependientes nos volvemos, y más grandes son los medios para controlar u organizar el proceso de trabajo. Estamos en ese proceso ahora. Las grandes tecnológicas, la monopolización intelectual y la centralización del conocimiento representan un nivel extremo de centralización. Creo que es crucial subrayar esto porque nos ayuda a reconocer los límites de la lógica capitalista y hacia dónde nos dirigimos.

La segunda ventaja, y esto tiene un toque benjaminiano, es destacar que este movimiento histórico no es necesariamente una forma de progreso. En la década de 1990, había mucho optimismo sobre la tecnología. El término “tecnofeudalismo” también ayuda a recordarnos que esta evolución de la tecnología podría ser regresiva, es decir, podría aumentar las desigualdades, debilitar la democracia y erosionar las libertades individuales.

El tercer punto está más relacionado con la estructuración de la economía mundial. Lo que no se discute a menudo es que el desarrollo del sector tecnológico y la creciente dependencia de nuestras economías sobre estos servicios está llevando a la colonización de Europa. No solo América Latina y África son periferias: ahora Europa también es una periferia. Las facturas que pagamos a estas empresas tecnológicas están aumentando rápidamente cada año, con inversiones en la nube y otros servicios costándole cada vez más a las empresas y sociedades. Hay una forma de intercambio desigual que está teniendo lugar y llamar a estas relaciones “tecnofeudalistas” ayuda a enmarcar la necesidad de que emerja un frente anti-tecnofeudal. Creo que este concepto también ayuda a espolear los debates en torno a la soberanía digital.

Finalmente, pensar en el tecnofeudalismo también implica subrayar la capacidad menguante de los estados. El hecho de que estas grandes empresas tecnológicas estén tomando el control de funciones una vez sostenidas por el Estado es crucial. Si los estados ya no pueden controlar la infraestructura, la generación de estadísticas o sus propios procesos administrativos, se plantean serias preguntas sobre cómo podemos imaginar políticas socialistas impulsadas por la gobernanza democrática a nivel estatal.

 

Susan
Watkins

¿Ves eso como irrecuperable, el Estado como herramienta socialista?

Cédric
Durand

No, no creo que la capacidad estatal sea irrecuperable. Soy muy optimista en este punto. Diría que el Estado es un campo de batalla. Hemos perdido muchas posiciones, pero en el pasado también ganamos algunas. Creo que todavía estamos ante un campo de lucha. No existe tal cosa como la derrota eterna.

 

Susan
Watkins

Evgeny, ¿te gustaría responder a eso? Hasta ahora hemos centrado nuestra discusión en el capital en sus diversas formas, pero Cédric ha planteado la cuestión del trabajo y el socialismo.

Evgeny
Morozov

Claro. Pero primero déjame señalar un par de cuestiones porque tengo algunas respuestas inmediatas a lo que Cédric estaba diciendo. Me resulta muy difícil observar la evolución de las grandes tecnológicas desde, digamos, finales de 2016 hasta 2025, y pensar que de alguna manera se han vuelto más autónomas del Estado o que han acumulado más poder para actuar independientemente.

Permítanme recordarles que cuando la primera administración Trump aprobó su prohibición de visas a países musulmanes, impidiendo que muchos trabajadores vinieran a Estados Unidos, Sergey Brin, el cofundador de Google, fue al aeropuerto de San Francisco a protestar por esas medidas. Hablamos de un importante multimillonario tecnológico, alguien que tiene poder en Silicon Valley. Esto es algo completamente impensable en 2025. Hoy, Sergey Brin probablemente estaría proporcionando servicios para llevar a esas personas al aeropuerto y deportarlas.

En ese sentido, veo a esta industria, incluido Mark Zuckerberg —quien, por cierto, también fue extremadamente antagónico con Trump en la primera administración— completamente doblegados a las necesidades e imperativos de la segunda administración Trump. Si bien entiendo el potencial hipotético de pensar en Jeff Bezos creando stablecoins que podrían quitarle poder a la Reserva Federal, la realidad es que hace unos meses Bezos —dueño del Washington Post— dijo a su redacción: “Miren, vamos a despedir a todos nuestros columnistas liberales, de izquierda, y solo nos enfocaremos en discutir los mercados libres y la libertad”. Ese es Jeff Bezos.

¿Y por qué lo hizo? Porque el clima en Washington ha cambiado. En términos reales —no hipotéticos—, Silicon Valley ha sido domesticado. Esto se debe en parte al hecho de que la distribución del poder dentro de él ha cambiado. Personas como Peter Thiel, Marc Andreessen y muchos otros —incluidos los hijos de Trump— han ganado mucha más influencia dentro de la industria de la que tenían en la primera administración. Han logrado poner a Silcon Valley de su lado En este momento, todavía describiría a Silicon Valley como mayormente servil al proyecto Trump y no representando ningún tipo de salida autónoma de él.

Más allá de eso, hay otro punto que quiero plantear, más abstracto. Escuchando a Cédric, tengo la sensación de que existe cierta idealización de la racionalidad colectiva que tenían los capitalistas en el pasado, como si de alguna manera hubieran querido crear instituciones estatales estables y racionales que resolverían sus propios problemas de acción colectiva.

Haciendo una metáfora, es como si hubieran decidido que necesitaban una agencia de estadística independiente que no sería corrompida por los poderes privados. Mientras esa agencia existió, todo fue genial. Pero ahora está siendo amenazada porque otra cosa ha ocupado su lugar. Simplemente no estoy seguro de aceptar esa visión idílica de los capitalistas siendo tan previsores e insistiendo en que las instituciones estatales son ideales para resolver sus problemas. Todo lo que Marx nos dice sobre los capitalistas es que son miopes y no piensan racionalmente sobre cómo mantener vivo el sistema capitalista. En su lugar, siguen una lógica individual de obtención de ganancias. A veces logran encontrar figuras e instituciones que resuelven algunos de sus problemas de acción colectiva. Pero en la mayoría de ocasiones eso es raro. Más usualmente requieren de intervenciones drásticas o de momentos de crisis para forzar a los Estados a cambiar de dirección.

En ese sentido, no veo por qué los capitalistas se opondrían a una agencia privada que resuelva los problemas de coordinación que tienen en cuanto a conocimiento estadístico. Eso es lo que han estado haciendo con Standard & Poor’s, Bloomberg y muchas otras, que han proporcionado información privada mercantilizada durante décadas, y ni un solo capitalista se ha quejado. Por supuesto, podrías argumentar que los datos sobre carreteras son diferentes de los datos sobre el mercado financiero, pero no creo que a los capitalistas les importe si obtienen sus datos de Google Maps o de alguna agencia cartográfica administrada por el Estado.

Mi problema con las teorías del tecnofeudalismo es que proyectan ciertas características y cualidades tanto en los capitalistas como en el Estado que, creo, son inexistentes, transitorias o no son características centrales del capitalismo o del Estado capitalista. Para mí, esto introduce cierta nostalgia por el capitalismo productivo que los defensores de la tesis del neofeudalismo imaginan volviéndose ahora improductivo, y no compro completamente esta línea de argumentación.

Tal vez me perdí lo que Cédric estaba diciendo sobre el trabajo, así que estoy feliz de responder a esa pregunta, pero ¿cuál es el punto de entrada a la discusión sobre el trabajo?

Cédric
Durand

Estaba subrayando el hecho de que las capacidades estatales menguantes son estructuralmente problemáticas para la realización del socialismo.

Evgeny
Morozov

Estoy completamente de acuerdo. Si participamos de esta especulación hipotética, por supuesto, sería mucho mejor estar construyendo el socialismo desde una posición donde el Estado está controlado democráticamente y en parte cooptado por capitalistas, que esta mezcla de feudos altamente privados, como los que los multimillonarios tecnológicos quieren construir en islas o en estados marítimos donde todo está privatizado, incluida la provisión de servicios básicos. Incluso han intentado implementar esto con ciudades privadas en Honduras y otros lugares. Hay esquemas existentes, por así decirlo, de cómo podría ocurrir parte de esta gobernanza privada en las ideas de personas como Curtis Yarvin y otros que quisieran llevar este modelo al Estado nacional y global, asegurándose de que no sean solo ciudades privadas, sino Estados-nación privados. Sí, estoy de acuerdo en que si estas visiones se realizaran, entonces la tarea de construir el socialismo se volvería más difícil.

En ese punto, estoy de acuerdo. Y por eso importa el momento actual. Es importante entender qué partes del Estado aún pueden defenderse. Pero creo que plantear puntos retóricos sobre la necesidad de detener la privatización o la digitalización, o revertir el coste ecológico de los centros de datos, etcétera, no nos lleva a articular una visión alternativa que pueda ser más atractiva que la visión que Silicon Valley ha presentado: una de hipereficiencia y con un gobierno capaz de emitir certificados en un minuto, en lugar de las horas o días que tarda en este momento.

Estas son el tipo de cosas que Musk y Thiel han estado promoviendo en Estados Unidos en los últimos meses. En ese sentido, creo que el problema de la izquierda no es tanto la falta de esfuerzo o deseo de reclamar estas funciones estatales, sino la incapacidad de articular un proyecto político coherente que iguale el fervor utópico de Silicon Valley, pero con una dimensión emancipatoria completamente diferente.

Tener tal proyecto no solo forzaría a la izquierda a ser más realista, sino que detendría a los socialistas de estar tan a la defensiva, e incluso diría, en algunos casos, de ser reaccionarios. La izquierda no puede ser simplemente una fuerza que existe para defender un status quo alcanzado hace treinta, cuarenta o cincuenta años.

 

Susan
Watkins

Cédric, ¿qué piensas?

Cédric
Durand

Sí, creo que Evgeny está en lo cierto. Realmente necesitamos estar a la altura de la tarea de imaginar, o al menos proponer, formas de pensar sobre las alternativas, sobre cómo organizar las cosas, posiciones que no sean solo defensivas. En mi opinión, la renovación del debate sobre la planificación es una buena dirección a seguir. Puedes enmarcarlo en términos de democracia: democratizar las elecciones relacionadas con la forma en que vivimos. Construir escenarios de estilos de vida y deliberar sobre esos escenarios es una forma de decidir qué tipo de sociedad queremos construir, de darnos el poder de elegir cómo vivimos.

Para mí, la planificación consiste en tres componentes principales. El primero es la deliberación: reunirse para deliberar sobre varias opciones y construir escenarios. El segundo es recopilar datos y organizar la creación de esos escenarios. La contabilidad ecológica será crucial en este proceso, pero por supuesto, no es el único elemento. La formulación de necesidades, por ejemplo, también es parte de ella. Y el tercer elemento, que creo que es la clave, es la socialización de la inversión. En este momento, la inversión está completamente impulsada por elecciones privadas, y esa es la forma en que llega a nuestras vidas. Necesitamos tener voz y voto en la socialización de la inversión. De eso se trata la planificación.

¿Cómo se socializa la inversión? Hay muchos ejemplos históricos, pero me vienen a la mente tres formas. Una es construir servicios públicos. Sabemos cómo se hace eso a nivel nacional, ¿no?. La segunda es que el Estado controle los sectores estratégicos de la economía, como hace China, lo que da forma al tipo de sociedad que quieres. La tercera es controlar el proceso de crédito mediante su socialización. Esto nos permitirá decidir qué sectores construir y cuáles no, sin necesidad de participar en decisiones predictivas o sobre la innovación.

En estas tres dimensiones —deliberación, recopilación de datos y distribución de inversiones basadas en escenarios— las capacidades tecnológicas de la sociedad están transformando el debate sobre la planificación. En el siglo XX, el debate fue en gran medida sobre el conocimiento: recopilación de información, su articulación y estructuración. Muchos de esos problemas ahora se pueden resolver usando las tecnologías actuales. Sin embargo, y esto es muy importante, necesitamos ser conscientes de que no queremos un autómata tecnológico que participa opacamente del proceso de planificación. Necesitamos pensar en los límites de ese proceso en sí mismo: límites en relación con la naturaleza y con nuestras propias vidas.

La contabilidad ecológica es esencial. La idea sería crear un inventario permanente de la naturaleza, que nunca será perfecto, pero cuyo propósito es establecer límites que no queremos cruzar para preservar el movimiento autónomo de la naturaleza. El segundo elemento tiene que ver con nuestras propias vidas. No queremos que nuestras vidas estén completamente automatizadas. Podemos ser felices si los algoritmos facilitan una mejor satisfacción a nuestras necesidades a través de la coordinación. Pero si queremos preservar algunas formas de autonomía, necesitamos establecer límites al proceso de planificación.

 

Susan
Watkins

Finalmente, ¿la tecnología ofrece realmente alguna garantía para esa inversión democrática y para la captación de capital?

Evgeny
Morozov

Tu pregunta, creo, es política: ¿cómo deberíamos entender la legitimidad del proyecto capitalista? Creo que a pesar de todos los problemas sistémicos y agujeros en el sistema capitalista, la persona promedio, tanto en Europa como en Estados Unidos, todavía cree en el capitalismo. No creo que ofrecerles la opción de un sistema que planifica mejor y más democráticamente los haga necesariamente cuestionar su fe en el dogma capitalista. Parte de la razón es que el capitalismo hoy se legitima a sí mismo de manera ligeramente diferente a como lo hizo en los años treinta e incluso en los años setenta.

No voy a entrar en el debate sobre el cálculo socialista, al que Cédric aludió parcialmente en su respuesta, pero seguramente ustedes sepan que ha existido un largo debate entre economistas socialistas y economistas capitalistas sobre cómo organizar mejor la economía. Los socialistas han argumentado que podemos planificar o usar algún tipo de proceso de mercado-planificación, pero en última instancia se trata de asignar bienes de una manera que no dependa de la competencia del mercado. Argumentan que depender de la planificación resultará en una asignación de recursos más racional, eficiente y socialmente justa. Se trata así de resolver un problema de asignación.

Los capitalistas, y también personas como Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, a quienes más tarde se les unió James M. Buchanan, fueron participantes muy importantes en este debate. Básicamente insistían en que el mercado era superior a cualquier sistema racionalmente dirigido. Argumentaron que el socialismo conduce a gulags y que no podía asignar recursos eficientemente. Creían que la planificación centralizada llevaría al desperdicio y a la ineficiencia, y que el conocimiento circulante en el mercado —implícita y explícitamente— no podría ser capturado completamente por los planificadores centrales, derivando en resultados inferiores.

Yo argumentaría que hasta tal vez principios de la década de los setenta, la legitimidad del proyecto capitalista dependía de la capacidad del mercado capitalista para asignar bienes de una manera más eficiente. Se trataba de crear mercados que utilizan el conocimiento y asignan recursos de maneras que no llevaran a gulags pero que tampoco resultaran en tecnologías o bienes inferiores.

Pero desde principios de la década de los setenta en adelante, ha habido un cambio en la estrategia de legitimación del sistema capitalista versus las alternativas socialistas prospectivas. Esta tiene que ver con repensar el papel del mercado en el capitalismo democrático. El mercado ha sido reconceptualizado no solo como un sistema más efectivo para asignar bienes, sino como un sistema para satisfacer las aspiraciones más profundas tanto de los consumidores como de los emprendedores. Se ha convertido en un sistema político para permitir que convertamos en sujetos más complejos, experimentando constantemente con nuevas técnicas de producción, nuevos métodos de consumo, articulando nuevos gustos, experimentando con diferentes identidades y ejerciendo algún grado moderado de soberanía tanto como consumidores como emprendedores.

Para el período entre finales de la década de 1970 y tal vez la década de 2010, esto se convirtió en una de las estrategias centrales de legitimación del capitalismo. Si lees a personas como Buchanan, quien obtuvo el Premio Nobel y es uno de los padres fundadores del neoliberalismo, te diría que el problema no era simplemente logístico. Hacia el final de su vida insistió en que incluso si los socialistas lograban construir ordenadores y sistemas de IA que les permitieran asignar bienes más eficientemente que los mercados, aún no podrían cumplir con las promesas capitalistas de autoinvención continua y la oportunidad de experimentar con la complejidad que el mercado ofrece tanto a consumidores como a emprendedores.

En 1990, esa estrategia de legitimación cambió para permitir funciones muy diferentes a las que realizaban los mercados tradicionalmente. Estas eran funciones que serían difíciles de satisfacer bajo la planificación porque no eran estrictamente funciones económicas o logísticas. En 2010, hubo una innovación aún mayor en ese espacio, con Silicon Valley proporcionando un mecanismo mucho más eficiente para que el capitalismo se legitime a sí mismo al prometer que todos nosotros podemos convertirnos en hackers y trabajadores creativos. Según ellos, cada persona podría construir tecnologías en sus pequeños garajes, juguetear con nuestras impresoras 3D y expresar su creatividad de maneras nuevas y mejores.

Si sigues la retórica que procede de, digamos, Relax, Anthropos o Gemini, lo que básicamente están prometiendo con los LLM, la IA generativa y todo lo demás es que han reducido los costos para que todos nosotros nos convirtamos en expertos en cualquier campo. Estas empresas nos llevan a creer que ahora todos pueden convertirse en el tipo de artesanos que personas como Richard Sennett han estado celebrando durante las últimas dos décadas. ¿Cómo te conviertes en un artesano bajo las condiciones modernas del capitalismo contemporáneo? Bueno, pagas $20 o $200 al mes a OpenAI y experimentas con la IA. Tu creatividad está mediada por un montón de firmas capitalistas que recaudan dinero de lugares como Qatar y Arabia Saudita, bastante lejos de ser un oasis de la creatividad.

Desde esta perspectiva, no creo que podamos arrebatar el control sobre la narrativa desde un punto de vista socialista simplemente diciendo: “Mira, puedes ser el equivalente de Steve Jobs si pasas más tiempo en ChatGPT”. Tampoco ganaremos a las personas ofreciéndoles la capacidad de deliberar con otros y planificar mejor cómo recoger la basura en su vecindario.

Para mí, la planificación puede satisfacer muchas otras necesidades, pero no aborda el núcleo de cómo se legitima el proyecto capitalista moderno. En ese sentido, creo que constituye un problema para la izquierda continuar insistiendo en que podemos construir un sistema de asignación más justo, racional y ecológico, cuando los capitalistas no ven el mercado principalmente como un dispositivo de asignación, sino que lo venden como un dispositivo para satisfacer el tipo de necesidades que hemos desarrollado y que queremos expresar a través de la política. Para cumplir esa promesa de liberarnos parcialmente del legado del modernismo, no se puede llegar ahí diciendo que construiremos la institución más modernista posible —que es el plan— y que vamos a readaptarla a las empresas.

Esto no significa rechazar ciertas formas no mercantiles de coordinación social que se asemejen a la planificación. Pero hacer de esto la piedra angular para reinventar la izquierda pierde completamente el punto sobre cómo los capitalistas, a pesar de todas las transformaciones sistémicas, la turbulencia, los riesgos e incertidumbres sobre los que Cédric y otros han estado escribiendo, todavía han logrado mantener esta hegemonía.

Aquí es donde muchas de las explicaciones tradicionales del capitalismo tardío, el posmodernismo y todo lo demás pierden completamente de vista el papel que Silicon Valley, figuras como Jobs anteriormente y ahora algunos como Elon Musk, juegan a la hora de legitimar el capitalismo. En ese sentido, creo que si bien la planificación y algunos experimentos derivados son sin duda una condición necesaria para reinventar la izquierda, claramente con eso no es suficiente. Probablemente ni siquiera sea la tarea más importante que enfrente la izquierda. Sabemos cómo hablar sobre el plan. Lo que no sabemos es cómo hablar sobre el tipo de acción creativa que ahora está mediada por el capital, los mercados y, cada vez más, por los sistemas de inteligencia artificial, que también son altamente capitalistas.

No hay otra forma de pensar sobre la IA, precisamente por esa razón: en la izquierda no hemos desarrollado suficiente sensibilidad teórica y cultural para pensar en lo que significa construir cosas diferentes y construir humanos con una complejidad y sensibilidad hacia varios dominios que trascienden la producción, algo en lo que, de una forma u otra, los neoliberales han sido mucho mejores.

En ese sentido, creo que la tarea que enfrenta la izquierda es mucho más profunda y que también lo es la crisis de ideas en la izquierda. Desearía que pudiéramos resolverla tan solo haciendo que la planificación sea más participativa, democrática y ecológica, pero no creo que eso por sí mismo vaya a resolver el problema que enfrenta la izquierda.

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