Lo acontecido en Caracas el 3 de enero de 2026 marca un antes y un después, un giro histórico en el orden mundial posterior al fin de la Guerra Fría. El Presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, ni siquiera solicitó al Congreso estadounidense autorización para intervenir militarmente en Venezuela. El bombardeo de instalaciones civiles y militares de la capital venezolana y el secuestro del Presidente Nicolás Maduro y de la primera dama y diputada Cilia Flores son, estrictamente hablando, un ilícito acto de agresión: para calificarlo de tal bastaría con remitirse a la propia Constitución de Estados Unidos.
Se trata de un acto de agresión unilateral y no provocada, escudado en pretextos insostenibles —como la alegación de la existencia de un presunto Cartel de los Soles, afirmación que hasta el propio gobierno de Estados Unidos ahora reconoce que es una invención total y absoluta —, dirigidos a justificar la perpetración de un acto de terrorismo de Estado contra un país soberano por parte de la mayor potencia del mundo. El secuestro de Maduro bajo la acusación de tráfico de drogas es una infame maniobra que tiene como objetivo enmascarar una guerra que, de hecho, ya se había iniciado con un cerco militar en las aguas territoriales de Venezuela, el hundimiento de decenas de embarcaciones con un saldo de más de cien muertos y la captura de tres petroleros y que culminara con la operación de comandos que cristalizó en el secuestro de Maduro durante el bombardeo de Caracas, sin que ello hubiese estado antecedido por ninguna declaración formal de guerra, lo que a su vez constituye un acto de una duplicidad atroz. Sin embargo, ya se ha admitido públicamente el plan al que respondía la agresión, por lo que a todas luces de lo que hemos estado siendo testigos en Venezuela es de una escalada hacia una guerra abierta y no de una simple «operación policial».
El objetivo declarado de la ofensiva de Washington es reducir a Venezuela a la condición de protectorado. Para Estados Unidos la soberanía de Venezuela es letra muerta a la hora de valerse de toda su fuerza y todo su poderío para decidir quién debe gobernar a ese país latinoamericano. Una agresión imperialista de semejante magnitud contra un país del continente no tenía lugar desde 1989, cuando se invadió Panamá y se arrestó a Manuel Noriega durante la presidencia de George H. W. Bush. La «extracción» militar de Maduro, eufemismo al uso para referirse al secuestro del Presidente de un país soberano, ha sido sólo un primer y desfachatado paso en la ofensiva lanzada por Estados Unidos contra Venezuela. El peligro de nuevas intervenciones es real e inminente. La estrategia de Estados Unidos contempla nuevos bombardeos para forzar el derrocamiento del actual gobierno de Venezuela si Delcy Rodríguez no se somete a los dictados de Washington. Trump se ha declarado dispuesto incluso a ocupar el país e imponerle un gobierno títere poschavista, a tono con su agenda de recolonización por medio de la apropiación de las reservas de petróleo por parte de empresas estadounidenses; entre otras razones, para prevenir el acceso de China al petróleo venezolano. La confirmación en Caracas de la superioridad militar de Washington constituyó una brutal demostración de fuerza ante Moscú y, sobre todo, ante Beijing: desde los bombardeos en Irán, pasando por la entrega de armas a Zelensky en Ucrania, hasta el respaldo absoluto e incondicional a las acciones genocidas del gobierno de Netanyahu en Gaza, el imperialismo estadounidense se ha propuesto demostrar que es la única potencia con capacidad para ejercer su poderío a escala mundial.
Venezuela ha sido atacada por tres razones igualmente vitales: a) porque posee inmensas riquezas naturales de importancia estratégica crucial, entre las que destaca el petróleo, en mayor demanda ahora ante las inmensas necesidades que generan las nuevas infraestructuras de inteligencia artificial; b) porque, desde la Revolución cubana, Venezuela ha sido el país de América Latina que más lejos ha llegado en su autoafirmación como Estado independiente en una posición geopolítica sumamente vulnerable; c) porque es el eslabón más débil de América Latina, debido a su fractura social y política interna y a su aislamiento internacional y a su dependencia respecto de China, Rusia e Irán para sobrevivir. La manera en que Washington presenta las cosas carece de todo crédito. No es cierto que Venezuela sea un narcoestado. Las rutas de abastecimiento del mercado de consumo de drogas en Estados Unidos no parten de Venezuela, sino que atraviesan el océano Pacífico. No es cierto que se trate de una ofensiva política, económica, diplomática y militar por parte de Estados Unidos con el solo fin de defender la democracia. Trump mantiene estrechas relaciones con monstruosas tiranías como la de Arabia Saudita. ¿Quién podría siquiera pretender que un gobierno títere impuesto por Trump en Venezuela fuese más legítimo que el gobierno actual? Todos los pretextos esgrimidos por Estados Unidos para agredir a Venezuela son descabellados, deshonestos, falsos y fraudulentos.
La agresión contra Venezuela no es sólo un incalificable crimen político, sino que constituye además la confirmación de que Washington ha decidido dejar en claro dos cosas: que está decidido a usar la fuerza cuando lo considere apropiado —como cuando amenaza hoy a Colombia y a Cuba, si bien el peligro de una agresión de una escala similar a lo ocurrido en Caracas contra esos dos países no parece inmediato— y que el asalto contra Venezuela no es sino el inicio de una ofensiva de larga duración en todo el ámbito hemisférico. Sería imperdonable no concluir que cualquier gobierno de América Latina que llegue a contrariar los intereses de Estados Unidos ha de verse amenazado por la voluntad de Washington de ejercer lo que considera su derecho de dominación sobre el hemisferio occidental, desde Alaska hasta Tierra del Fuego en Patagonia, pasando hoy por Groenlandia. La nueva doctrina de seguridad nacional de Estados Unidos, o la «Donroe» (Donald + Monroe), es ilustrativa de ese nuevo enfoque. El reposicionamiento de Washington responde a la necesidad de recuperar su dominio económico y político ante la creciente pujanza económica de China. A la luz de esa reorientación de la política exterior estadounidense, la posición que ocupa Brasil y el papel que puede desempeñar hoy en América Latina cobran una importancia aún mayor y tal vez decisiva.
Con el ascenso de China a la condición de potencia mundial, la supremacía estadounidense ya no es la misma que hace treinta años, Sin embargo, es necesario calibrar el análisis de la actual coyuntura con rigoroso realismo. Toda subestimación del poder de Estados Unidos tendría consecuencias devastadoras, si no irreversiblemente adversas, por un largo período. El resultado de la lucha antimperialista en solidaridad con Venezuela dependerá, en primer lugar, de la capacidad de lucha del propio pueblo venezolano, pero también de que la solidaridad internacional desempeñe un papel clave, empezando por lo insustituible de un vigoroso movimiento de resistencia dentro de los propios Estados Unidos. El neofascismo latinoamericano, a no dudarlo, se alineará con Trump. El terrorismo de Estado es un arma de intimidación muy poderosa. El miedo es un sentimiento muy poderoso. Quienes no hayan visto las señales de advertencia tras la injerencia en las elecciones argentinas, cuando Trump recurrió a las formas más descaradas y explícitas de chantaje para favorecer a Milei, deberían ahora ver la luz roja. Este año, en Colombia en mayo, y en Brasil en octubre, los intentos de manipulación de los resultados electorales echarán mano con toda probabilidad a las tácticas más sórdidas, incluida la propagación de todo tipo de mentiras y distorsiones en los medios de difusión dominantes y en las redes sociales por igual. El Gobierno de Lula no necesita estar de acuerdo con Maduro para reconocer que es un preso político y exigir su libertad. Nadie tiene por qué ser un intransigente chavista para defender la soberanía de Venezuela. Quienes en la izquierda no lo hagan se sumirán en la deshonra, la vergüenza y la infamia.
Nos encontramos ante una nueva y dramáticamente peligrosa coyuntura. El régimen chavista y el gobierno de Venezuela mantienen firmemente bajo su control las palancas del poder estatal en Venezuela, incluidas las fuerzas armadas y los organismos de seguridad, si bien unas y otros debilitados por la agresión estadounidense. Las derrotas dejan heridas y socavan la moral, pero ante cada derrota lo más importante es extraer las lecciones necesarias. Perder una batalla no significa perder la guerra, y esta última apenas ha comenzado. Las batallas decisivas están por delante, no han quedado atrás. El fatalismo es mal consejero. El derrotismo es cómplice de la desmoralización. No son sólo las armas y quienes las empuñan los únicos factores que deciden las guerras, sino también la capacidad de movilización de una fuerza que se nutra de la conciencia antimperialista. Se equivocan quienes descartan que el régimen venezolano disponga de una base social y política interna. Es cierto que las condiciones materiales de vida en Venezuela se han deteriorado en extremo, debido entre otras cosas a un cerco imperialista que dura ya décadas, y que entre las masas existe un comprensible agotamiento por los sacrificios que impone la brega diaria por la supervivencia. También es cierto que ha habido instancias de corrupción, en distintos grados, en la alta jerarquía del chavismo, algunos de las cuales se han puesto al descubierto, como el enriquecimiento ilícito de dos presidentes de PDVSA, Rafael Ramírez (2004-2014) y Talik El Aissami (2020-2023). Pero no fue porque el chavismo avanzara por la senda de una ruptura anticapitalista o, en época más reciente, de una reorientación populista de mercado o neocapitalista por lo que el imperialismo atacó a Venezuela, sino porque esta avanzó más que ningún otro país latinoamericano en su lucha por la independencia. La desvalorización del significado de la lucha por la liberación nacional en una nación dependiente, de tipo semicolonial, aunque atípica por su riqueza petrolera, es un grave error programático.
En ese contexto, las teorías conspirativas que han proliferado en las redes sociales, incluso en ámbitos de izquierda o en que la izquierda mantiene su influencia, son falsas y perjudiciales. ¿Por qué la agresión de Estados Unidos fue tan exitosa? Por tres razones fundamentales: 1) la enorme superioridad tecnológica y militar de Estados Unidos; 2) el factor sorpresa; y 3) pero también, en cierta medida, por el papel desempeñado en el éxito del ataque por algún acto de traición. El ataque cibernético neutralizó las defensas antiaéreas, mientras que la operación de los comandos contaba con demasiada información sobre el Fuerte Tiúna. A todas luces, hubo infiltración de la CIA sobre el terreno, y siempre hay traidores potenciales a los que el dinero logra sobornar y reclutar. Las redes de espionaje de Estados Unidos están presentes en todo el mundo. Aun así son falsas las «cábalas» imaginarias —pensamiento paranoico incompatible con todo análisis objetivo, por no hablar ya de todo análisis marxista— según las cuales la agresión militar estadounidense pudo haber tenido tanto éxito y de manera tan expedita sólo gracias a la complicidad de altos cargos del Gobierno, por no decir ya de todo el Gobierno. Evidentemente, aún queda mucho por averiguar sobre el colapso de las defensas venezolanas en la madrugada del 3 de enero. Pero si las teorías conspirativas no dejan de ejercer cierta fascinación, constituyen la antesala de la desmoralización.
¿Cuál será el curso que habrá de seguir Trump? Nadie, por ahora, puede saberlo a ciencia cierta. Probablemente ese curso consista en seguir esgrimiendo amenazas «terminales», como cuando Trump insinúa que Delcy Rodríguez podría tener un destino peor que el de Maduro, es decir, el asesinato selectivo, alternadas con ofertas de negociación. Pero ¿en qué términos? Las condiciones siguen siendo poco claras. El estrangulamiento económico es una potente arma, pero ¿acaso será suficiente? Washington ya ha sorprendido a una facción de la burguesía venezolana en el extranjero —en su mayoría en Florida o en Madrid— al descartar sumariamente toda participación de María Corina Machado en las riendas del poder, actitud que conlleva el reconocimiento tácito de que Machado no goza de apoyo interno. Al no existir una oposición burguesa interna con un mínimo de base y credibilidad sociales y políticas — lo que, por otro lado, es una vergonzosa admisión de que Maduro no perdió las elecciones de 2024—, la apuesta de Trump parece ser alimentar divisiones internas en las filas del chavismo. El chavismo siempre ha sido más un movimiento político-militar que uno que gire en torno a un partido, y no es ni mucho menos monolítico. Pero la rendición incondicional pura y simple del Gobierno venezolano constituiría un acto de desmoralización colectiva inconcebible y, a la larga, un suicidio político. Excluida una transición negociada, a Trump no le quedaría otra opción que el uso de la fuerza. La Armada estadounidense tiene hasta el fin del verano en el hemisferio norte para permanecer de guardia en el Caribe, antes de que se inicie la temporada ciclónica. En estos momentos, toda posible solución militar «apocalíptica» se antoja improbable. No se puede descartar una invasión en gran escala, pero parece igualmente improbable por dos factores: 1) el catastrófico saldo de la retirada de Estados Unidos de Iraq y, sobre todo, de Afganistán; 2) a diferencia de una operación de comandos, para una invasión militar en toda regla se necesitarían decenas de miles de soldados en un país de grandes dimensiones, con terrenos inhóspitos, como la cordillera de los Andes y la selva amazónica, donde la resistencia ante la ocupación militar del país podría mantenerse por tiempo indefinido. En otras palabras, un costo tan elevado que, incluso en caso de una victoria militar, esta sería una victoria pírrica.
¿Qué opciones le quedan a Caracas? El Gobierno reaccionó al ataque buscando la cohesión interna en torno a la toma de posesión de Delcy Rodríguez como Presidenta encargada sin reconocerse, por tanto, la vacante del cargo. La cuestión clave en esta fórmula jurídico-política es no convocar a elecciones. Una decisión preventiva y prudente ante la posibilidad de que Trump se lance a una campaña de «elecciones ya». A Venezuela le interesa ganar tiempo. Sería, además, temerario tratar de celebrar elecciones libres en un país rodeado y asediado por la mayor maquinaria bélica del mundo. No se equivoca el gobierno de Delcy Rodríguez al declarar que se mantiene dispuesto a entablar negociaciones e, incluso, a concertar acuerdos sobre la participación de Estados Unidos en la producción de petróleo venezolano. Nadie con un mínimo de sensatez querría precipitar una guerra que no puede ganar, al menos no en término convencionales, y ello a un costo devastador. Semejantes concesiones económicas son un cálculo plausible ante el peligro de una invasión que dejaría tras sí un país en ruinas. El destino de Venezuela depende de la fuerza social de la movilización política interna y de la solidaridad de la movilización internacional contra Trump. En ese marco, es más que legítimo hacer todo lo posible para ganar tiempo y disputarse, políticamente, la conciencia de las masas, tanto dentro como fuera del país, en aras de la justa causa de la soberanía del país y de la liberación de Maduro.
¿Qué papel jugarán China y Rusia? La reacción de Beijing y de Moscú sigue siendo opaca, pero ni Xi Jinping ni mucho menos Putin considerarán una intervención militar directa, aunque sea sólo disuasoria, que pudiera convertirse en detonante de una Tercera Guerra Mundial. Ahora bien, en el terreno de la lucha de clases o en el de la lucha entre Estados, las apuestas no suelen ser de todo o nada. Existen un sinnúmero de posibilidades de mediación. China y Rusia deberían hacer mucho más que emitir simples declaraciones de condena y solidaridad. Venezuela está rodeada y necesita urgentemente apoyo económico y político. Son muchas las iniciativas factibles y eficaces que se podrían poner en marcha. Una reunión internacional de todos los países que condenen la intervención estadounidense sería una señal de que el gobierno de Delcy Rodríguez no ha sido abandonado a su suerte. La articulación de la defensa de la soberanía de Venezuela tendrá que hacerse en distintos niveles de asociación y alianza, desde los más amplios hasta los más restringidos. Las banderas del «No a la guerra» y del «Respeto de la soberanía de Venezuela» deberán presidir el programa mínimo. En otro nivel de solidaridad, también será necesario abogar por la liberación de Maduro y de Cilia Flores. En un tercero, será vital el apoyo económico que se preste al gobierno de Delcy Rodríguez. La responsabilidad de Brasil a ese respecto es inmensa. La inmediata integración de Venezuela en los BRICS sería un primer paso sumamente positivo. Una visita de Lula a Caracas sería un valiente gesto de solidaridad y una muestra de independencia ante los dictados de Washington.
Publicado originalmente en Communis.





















