Entrevista por Nicolas Allen
Si visitaste Brasil en los últimos años, probablemente te hayas cruzado con «la otra gorra roja». Ahora convertida en accesorio de moda en las playas de Río de Janeiro, la gorrita —explícitamente anti-MAGA— no representa a la derecha dura sino al Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, o MST).
Con casi dos millones de integrantes, el MST es probablemente el movimiento social más grande del mundo. Con cuatro décadas de historia, curtido en batallas y exigiendo reforma agraria, logró algo aún más impresionante: fortalecerse incluso bajo condiciones adversas, como las del gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro. Su objetivo es concretar las promesas incumplidas de la transición democrática brasileña y quebrar las relaciones coloniales que todavía reinan en el campo.
La última década, sin embargo, reimpulsó esa misión histórica. La creciente visibilidad del MST formó parte, de hecho, de un rebranding astuto: replegarse a una postura defensiva mientras el gobierno de Bolsonaro declaraba una guerra abierta contra las ocupaciones de tierras del movimiento. Ante eso, el MST hizo gestos hacia la clase media urbana progresista.
Al levantar la improbable bandera de la comida orgánica, el MST logró redefinir la reforma agraria —y sus conflictivas tomas de tierras— como una misión para entregar alimentos nutritivos, sostenibles y accesibles a la población brasileña. Así, la opinión pública empezó a ver al MST menos como un movimiento «meramente» campesino y más como un proyecto de transformación nacional. Aunque aliado al gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, ese vínculo con el Estado brasileño es complejo.
Nicolas Allen conversó para Jacobin con João Paulo Rodrigues, dirigente nacional del MST, sobre la visión estratégica del movimiento para el futuro y la forma en que planean pelear por una política de la clase trabajadora que vuelva a estar en el centro de la agenda.
NA
El MST fue tema de una nota de tapa reciente en The Nation. Vincent Bevins, autor de ese texto, explica cómo el movimiento se adaptó a los cambios de época a lo largo de cuarenta años y cómo incluso se fortaleció durante el gobierno de extrema derecha de Jair Bolsonaro. ¿Cómo explicás el crecimiento del MST en la última década?
JPR
El MST es una fuerza política importante desde la restauración de la democracia en Brasil a fines de los años 80: son casi cuarenta y cinco años en los que el MST estuvo activo, con distinta intensidad, en todas las luchas.
Es cierto que el MST se volvió un actor político relevante. Pero también es importante reconocer que los últimos diez años fueron muy duros para la izquierda brasileña. Antes del golpe contra Dilma Rousseff en 2013, hubo un gran levantamiento que llevó a una nueva generación de brasileños a caer bajo la influencia de la derecha conservadora. Esa fuerza conservadora buscó expulsar de las calles a cualquier movimiento de izquierda: el MST, la CUT, el PT, todos perdieron terreno frente a la derecha.
El MST sobrevivió, pero después de 2013 todo empeoró: el impeachment de Dilma, el encarcelamiento de Lula, el gobierno de Michel Temer, la elección de Bolsonaro y luego la pandemia. Durante esa década, la izquierda brasileña —incluido el MST— sufrió muchos retrocesos.
En ese período, el MST siguió siendo una fuerza política relevante porque giró en una nueva dirección. En lugar de concentrarse exclusivamente en sus banderas tradicionales —la ocupación de tierras vacantes e improductivas, la disputa con los grandes terratenientes, etc.—, el movimiento instaló otro tema en la agenda política: la comida.
La agenda de la comida —producir alimentos baratos, saludables y orgánicos— transformó la bandera de la reforma agraria en algo más tangible para la población común. Tanto para sectores medios interesados en comer orgánico como para los más pobres que buscaban precios accesibles. El tema de la nutrición hizo que la reforma agraria resultara más cercana. Ese cambio hacia la producción de alimentos también modificó la mirada de los sectores desarrollistas, que ya no podían subestimar al MST como un simple «movimiento de protesta». Ahora están obligados a reconocer que el MST ofrece alternativas económicas, políticas y sociales.
Eso no quiere decir, claro, que al levantar la bandera de la comida el movimiento haya abandonado la lucha contra los terratenientes, el imperialismo o el capitalismo. Simplemente significa que el MST también propone otra visión de sociedad.
NA
¿Cómo funciona concretamente el sistema de producción y distribución de alimentos del MST?
JPR
Tenemos alrededor de 1.900 asociaciones productivas, 185 cooperativas y 120 agroindustrias distribuidas entre asentamientos y campamentos del MST. Estas unidades participan en la producción, el procesamiento y la comercialización de los alimentos de la Reforma Agraria Popular. Hay por lo menos quince cadenas productivas principales y más de 1.700 tipos de productos circulando por los canales de distribución del MST. La mayor parte son alimentos básicos: arroz, porotos, maíz, trigo, café, leche, miel, mandioca y una variedad grande de frutas y verduras.
Solo la producción de arroz supera las 42.000 toneladas, de las cuales 16.000 son orgánicas. Hace más de una década que el MST es reconocido como el mayor productor de arroz orgánico de América Latina. También producimos cerca de 30.000 toneladas de café por cosecha. Y somos uno de los mayores productores de cacao del país, con más de 1,2 millones de toneladas.
Nuestro objetivo es convertirnos en uno de los mayores productores del mundo de alimentos orgánicos y ecológicamente sustentados. De norte a sur del país, nuestras cadenas productivas se organizan bajo principios de conservación del suelo, manejo responsable, métodos industriales adecuados y canales propios de comercialización para llevar comida a la mesa de los brasileños.
En cuanto a la distribución, dependemos de los Armazéns do Campo, tiendas asociadas al MST especializadas en la venta de productos de la reforma agraria. Hoy existen veinticuatro, presentes en las principales capitales y varias ciudades del interior. También realizamos ferias regionales donde gran parte de la producción de los campamentos y asentamientos se distribuye localmente.
Sin embargo, la principal forma de comercialización sigue siendo la venta para abastecer políticas públicas de nutrición, como el PAA (Programa de Adquisición de Alimentos) y el PNAE (Programa Nacional de Alimentación Escolar). En Brasil hay una ley que obliga a que al menos el 30 por ciento de las compras del PNAE provengan de la agricultura familiar. Aunque no siempre se cumple, esa legislación garantiza que la producción del MST llegue a un mercado institucional directo. Podría preferirse un modelo menos burocrático y más amplio, pero el PNAE es fundamental para promover la producción campesina y asegurar alimentos variados y saludables en escuelas y otras instituciones públicas.
NA
Cuando hablaste de la debilidad de la izquierda brasileña, ¿te referías a la política electoral, al sindicalismo, a los movimientos sociales o a todo eso junto?
JPR
Brasil siempre fue un país políticamente dividido. Tradicionalmente, un 30 por ciento de la población vota a la izquierda, y la derecha suele alcanzar un porcentaje similar. El centro político, mientras tanto, históricamente tiende a inclinarse hacia la derecha. La gran novedad histórica de Lula fue lograr atraer al centro y fortalecer al PT, que se volvió un gran campo de centroizquierda. Pero ese proceso también hizo que el propio gobierno de Lula se volviera más centrista que izquierdista.
Eso terminó debilitando a los partidos de centroderecha, que en los últimos años fueron absorbidos por los gobiernos de Lula y Dilma. La centroderecha perdió importancia porque el lulismo rompió la tradicional alianza entre políticos de centroderecha y sectores del capital. Simplemente ya no había lugar para un partido de centroderecha: estaba incorporado a la base del gobierno.
La extrema derecha de Bolsonaro alteró ese equilibrio. La estrategia de Lula se basa en formar alianzas, pero esa táctica no sirve para enfrentar la amenaza bolsonarista. La extrema derecha, por su parte, formó su propia alianza con el centro. Para la centroderecha era al principio un acuerdo táctico, pero el bolsonarismo terminó por absorber a buena parte de esos sectores. Hoy el apoyo de la centroderecha está dividido entre el gobierno de Lula y la extrema derecha.
En otras palabras, la hegemonía política en Brasil se disputa actualmente entre el lulismo y el campo bolsonarista. Son los dos polos del escenario brasileño. A mi juicio, para fin de este año veremos emerger un campo a la izquierda de Lula o uno más centrista, aunque es difícil imaginar que el centro pueda construir su propio gobierno. En última instancia, el centro terminará subordinado ya sea a la extrema derecha o a la izquierda.
Para el MST, eso significa prepararse para lo que venga en los próximos cinco años, es decir, un futuro marcado no solo por la salida judicial de Bolsonaro de la escena política sino también por la eventual salida de Lula. Ese período va a traer una reorganización del campo político brasileño, dominado por nuevas dirigencias partidarias, un fuerte peso de la tecnología y, lo que más nos preocupa, una influencia menguada del poder de la clase trabajadora. En resumen: veremos una izquierda más «débil», más alejada del mundo de la producción y más ligada a cuestiones identitarias.
NA
¿Esa pérdida de poder de la clase trabajadora influyó en el giro estratégico del MST?
JPR
Hay que entender lo básico: Brasil tiene una de las mayores desigualdades del mundo en cuanto a la propiedad de la tierra. La lucha por la reforma agraria es una necesidad histórica y va a definir el futuro de la democracia brasileña: es imposible aceptar que el 46 por ciento de la tierra esté en manos del 1 por ciento de los propietarios. La lucha por la tierra fue y sigue siendo el corazón del MST. Pero cuando esa lucha avanza y una familia accede a un lote, necesita apoyo para producir: escuelas, centros de salud, electricidad, saneamiento, caminos. En resumen, la movilización tiene que seguir incluso después de que la familia obtiene la tierra.
En nuestros casi cuarenta y dos años, asumimos ese desafío político más amplio: aliarnos con trabajadores urbanos entendiendo que no alcanza con que los trabajadores rurales peleen por la reforma agraria; tiene que ser una lucha de toda la sociedad para que sea posible. Muchos problemas urbanos —expansión de las ciudades, hambre, falta de alimentos saludables a precios justos— están directamente ligados a la ausencia de reforma agraria.
Es cierto que cuando nació el MST creíamos que una reforma agraria clásica solucionaría los problemas del campo. Hoy tenemos otro concepto: queremos una reforma agraria popular, que implique democratizar el acceso a la tierra, ampliar prácticas sustentables, promover una educación liberadora y relaciones humanas sin explotación. Es imposible producir alimentos «saludables» en una tierra donde reina la explotación. Peleamos por una reforma agraria como proyecto nacional popular, donde haya diversidad, justicia social y donde se revierta el colonialismo cultural y económico que todavía persiste en Brasil.
NA
Hablaste del futuro de la izquierda en la etapa post-Lula. ¿Dónde ves al MST en ese escenario?
JPR
En el corto plazo, el MST va a actuar junto al ala izquierda del campo lulista. Después, estará con la izquierda más amplia en la etapa post-Lula. Pero el MST no es un partido ni lo será.
En los próximos cinco años vamos a disputar en tres frentes. El primero es la lucha por la tierra. El MST tiene que consolidarse, fortalecerse y afirmarse como una organización que pelea por la tierra. Para nosotros, la disputa territorial es central. Hay cien millones de hectáreas en juego en Brasil y necesitamos disputar esa agenda junto a los pueblos indígenas y los quilombolas.
Quien controla la tierra controla el futuro del país. Dejemos eso claro. En Brasil, tierra es sinónimo de producción de alimentos, conservación ambiental y cuidado de la naturaleza. Por eso creo que el MST tendrá que ganar fuerza en regiones de conflicto todavía disputadas en la frontera agrícola: la Amazonia, Matopiba, el Cerrado, donde hoy tenemos menos presencia.
El segundo frente es transformarnos en una fuerza económica grande en la producción de alimentos nutritivos. En un futuro no muy lejano, el MST va a enfrentar a los grandes agronegocios industriales en la disputa por la hegemonía alimentaria. Puede que ellos tengan sesenta millones de hectáreas y nosotros apenas diez millones. Pero tenemos algo que ellos no: trabajo. Más de dos millones de trabajadores rurales viven y trabajan en asentamientos del MST.
Por eso esperamos que nuestra política de cooperativas, agroecología y producción de alimentos se convierta en una fuerza económica poderosa. Así, la sociedad podrá ver a la izquierda como un modelo alternativo de desarrollo económico y social. No es solo una disputa ideológica contra el hambre, es una forma distinta de vida, un modelo capaz de reorganizar las ciudades e incluso de crear empleos a escala nacional.
Para avanzar en eso, el MST va a impulsar nuevas alianzas público-privadas, combinando apoyo estatal con pequeños emprendedores dispuestos a asociarse con el movimiento para formar medianas agroindustrias. Necesitamos construir una base económica y mostrarle a toda la sociedad que el MST no es solo una visión ideológica, sino un proyecto nacional.
Finalmente, el MST y otros partidos de izquierda van a disputar representación en todas las instituciones políticas. Necesitamos más concejales, intendentes, parlamentarios, referentes estudiantiles, más gente en todos los espacios institucionales para que el Estado sea democrático y responda a las necesidades de la clase trabajadora. No podemos ceder ningún espacio porque la extrema derecha está esperando y es más feroz de lo que cualquiera imagina.
NA
¿Podrías decir algo más sobre la relación entre el MST y el Estado? La causa principal del movimiento —la reforma agraria— avanza mediante ocupaciones autónomas. Pero la reforma agraria depende del Estado, ¿no?
JPR
La relación entre la reforma agraria y el Estado siempre fue conflictiva. Históricamente, el Estado brasileño se fundó con la intención explícita de impedir que hubiera reforma agraria. Los pocos avances en la concentración de tierras siempre resultaron de conflictos violentos y masacres, como en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. En el gobierno de Dilma hubo muy pocos asentamientos y las políticas fueron precarias. En el gobierno de Lula, hubo avances muy limitados.
Dicho eso, el Estado es el único que puede implementar la reforma agraria. Esa es la contradicción en la que vivimos: no tenemos más alternativa que dialogar con el Estado.
NA
¿Y la relación entre el MST y los movimientos urbanos? ¿Cómo ve el MST las luchas políticas en las ciudades?
JPR
Primero, una reflexión sobre las ciudades brasileñas. Las áreas urbanas plantean tres desafíos específicos para la izquierda. Primero, la ciudad ya no es el lugar de hegemonía política de la clase trabajadora, como sí lo era en los años 80. El sindicalismo tenía una presencia muy fuerte en las grandes ciudades y estaba muy organizado. Hoy todo eso se desarmó por la precarización del trabajo, sobre todo por las aplicaciones y otras formas de empleo precario.
Segundo, la población pobre está concentrada en la periferia urbana, una zona controlada por milicias y el narcotráfico organizado. Eso dificulta mucho construir una relación política más estructural con la clase trabajadora urbana. Las milicias y los narcos tienen mucho poder, dinero y aplican violencia de una manera con la que la izquierda, tal como está hoy, no puede competir.
Y tercero, las iglesias evangélicas realizan en las periferias un trabajo social que antes hacía el ala progresista de la Iglesia Católica. Esas tres cuestiones —milicias, precariedad y el rol evangélico— dificultan que cualquier fuerza llegue con un programa de izquierda a la periferia.
El desafío para el MST es traducir nuestra experiencia de asentamientos y campamentos en un programa urbano. ¿Cómo llevamos esa experiencia a la ciudad a través de cooperativas y producción de alimentos?
Tenemos que hacerlo sin caer en relaciones paternalistas o asistenciales. Necesitamos llegar a una generación de jóvenes y trabajadores que compartan la idea de que el trabajo y la alimentación deben estar en el centro de la política. Pero eso solo es posible si la izquierda plantea una visión seria de reforma urbana. Hasta que no se aborden los problemas clásicos —pobreza, desigualdad, vivienda, seguridad, salud— nuestras posibilidades están limitadas.
NA
¿Los cambios en el mundo del trabajo afectaron la estrategia del MST?
JPR
La clase trabajadora siempre se adaptó a los cambios del mundo laboral, desde la época fordista. El problema es que hoy la precariedad no deja de empeorar. La clase trabajadora brasileña está extremadamente precarizada y empobrecida.
Más de la mitad trabaja sin contrato formal y la mayoría vive con menos de tres salarios mínimos (menos de 900 dólares mensuales). Tiene enormes dificultades para organizarse debido a la informalidad y la estacionalidad del empleo. Por eso no veo señales, ni en el mediano ni en el largo plazo, de una nueva forma de organización que puede emerger. Si la miseria generara nuevos modos de organización, África ya habría tenido una revolución. Pero vemos lo contrario: la pobreza genera más pobreza.
No logramos plantear una reforma laboral brasileña que garantice condiciones mínimas de vida. Aquí todo lo que aparece son nuevas formas de explotación y de desorganización del trabajo. Somos rehenes de nuevas tecnologías y de formas capitalistas de explotación que nos obligan a correr atrás de ellas.
El MST va a seguir organizando a los trabajadores rurales frente a esos desafíos. En el corto plazo, necesitamos atraer a jóvenes que no necesariamente son campesinos, pero quieren trabajar en cooperativas y producir alimentos orgánicos. El desafío es inventar un nuevo modelo de reforma agraria en el cual la gente pueda dedicar parte de su tiempo al campo y mantener otro tipo de empleo en la ciudad.
Brasil tiene casi pleno empleo, dicho sea de paso. Pero la pobreza no bajó y la vida de la gente no mejoró. Al contrario: empeoró. ¿Por qué? Porque los empleos son tan precarios y los salarios tan bajos que no alcanzan para afrontar los costos altísimos de vida. Muchos trabajadores ni siquiera pueden pagar los alimentos básicos.
NA
¿Qué puede ofrecer el MST frente a esos desafíos?
JPR
A menudo escuchamos a los grandes empresarios brasileños decir que hay escasez de trabajadores porque Bolsa Família y otras políticas federales de asistencia social desincentivan el trabajo. La élite brasileña odia a Lula porque cree que la asistencia estatal vuelve a las personas complacientes y desinteresadas en trabajar. Pero la realidad es que la clase trabajadora —especialmente los jóvenes— no quiere ser explotada con salarios de hambre. El sector de servicios se queja de la falta de mano de obra, pero no ve que lo que quieren les trabajadores es tener un trabajo y un salario digno. Los trabajadores de hoy quieren terminar con la semana laboral de seis días, quieren derechos laborales y un ingreso compatible con el costo de vida.
Les trabajadores rurales ya no quieren ser explotados por los grandes terratenientes ni sometidos a condiciones análogas a la esclavitud. Mientras haya muchas manos sin tierra y demasiada tierra concentrada en pocas manos, las ocupaciones del MST van a continuar. La reforma agraria es un proyecto de emancipación para la clase trabajadora explotada que ve en la ocupación de tierras su único camino hacia una vida digna, con un pedazo de tierra para vivir, cultivar y cosechar.
La izquierda solo es una fuerza política viable en la medida en que mantenga su arraigo en el mundo del trabajo. Y ese es un proyecto político que exige movilizar a los pobres pero también hablar de los problemas de la clase media. Tenemos que estar a la altura y enarbolar la bandera del trabajo, o estaremos fallando en nuestra tarea como marxistas.
Otro desafío será intervenir en los temas ambientales. La izquierda no puede caer en el postureo ambientalista, diciendo cosas como que «la naturaleza es un santuario» y pretendiendo que el mundo natural no debe servir para mejorar la vida humana. Pero tampoco puede caer en la retórica desarrollista perezosa que dice que podemos destruir todo a cualquier costo en nombre del progreso. Por suerte, la izquierda avanzó en este frente.
Pero las cosas no van a ser fáciles. Los movimientos populares y las organizaciones de izquierda en Brasil van a tener que resistir en el corto plazo solo para defender al gobierno de Lula. En el mediano plazo, durante los próximos cinco años, necesitan empezar a construir las bases para la transición que viene, lo cual implica presentar una visión nacional capaz de derrotar a la derech.

































