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Peter Magyar y Viktor Orbán en 2024 (Wikipedia).

La derrota de Orbán y lo que viene

UNA ENTREVISTA CON

Orbán cayó, pero Hungría sigue en disputa. Adam Fabry reconstruye la consolidación y la derrota del régimen, examina los límites del triunfo de Péter Magyar y advierte que la izquierda todavía está muy lejos de reaparecer como alternativa.

Entrevista por Martín Mosquera

La derrota de Viktor Orbán en las elecciones húngaras de abril de 2026 cerró un ciclo de dieciséis años de poder ininterrumpido de Fidesz y abrió una etapa de incertidumbre política en uno de los laboratorios más observados de la nueva derecha global. Desde su regreso al gobierno en 2010, Orbán transformó el régimen político húngaro mediante una combinación de reformas institucionales autoritarias, nacionalismo etnicista, clientelismo político y una estrategia económica favorable a las fracciones nacionales del capital. En las elecciones presidenciales recientes, el partido Tisza, encabezado por Péter Magyar, obtuvo una mayoría de dos tercios que puso fin a la larga hegemonía orbanista.

Para analizar el significado de esta derrota, conversamos con Adam Fabry. Fabry tiene un doctorado por Brunel University, es profesor adjunto de economía en la Universidad de Chilecito (Argentina) y autor de The Political Economy of Hungary: From State Capitalism to Authoritarian Neoliberalism (2019).

MM

¿Cómo caracterizarías el régimen político construido por Orbán y cuáles fueron los principales pasos de su consolidación?

AF

Viktor Orbán volvió al poder en 2010, tras haber obtenido el 52,7 % de los votos en las elecciones generales. Ya había tenido un primer mandato entre 1998 y 2002. Debido al sistema electoral húngaro, ese resultado le otorgó una mayoría de dos tercios en el Parlamento, lo que le permitió reformar la Constitución. Muy pronto comenzó a transformar las instituciones democráticas, colocando a amigos personales y burócratas leales a Fidesz en cargos de larga duración dentro de los principales círculos de poder, incluidos la Presidencia de la República, la Oficina Estatal de Cuentas y la Corte Suprema, así como puestos clave en instituciones culturales, como la televisión y la radio públicas, la industria cinematográfica nacional y las universidades públicas.

Para consolidar el nuevo régimen, denominado «Sistema de Cooperación Nacional», el partido gobernante impulsó una nueva Constitución en abril de 2011. Redactada en menos de un año y con escasa consideración por las voces disidentes, esta nueva Carta Magna afianzó los elementos centrales del régimen autoritario y etnicista de Orbán. Por ejemplo, legitima abiertamente al régimen protofascista del almirante Miklós Horthy, que gobernó Hungría entre 1919 y 1944, y consagra institucionalmente los valores familiares cristianos conservadores.

El siguiente paso en el retroceso democrático de Hungría se produjo tras la llamada crisis de los refugiados de 2015. Para responder al aumento de personas refugiadas en la frontera con Serbia, el gobierno declaró el estado de emergencia en septiembre de ese año. Esta medida le permitió aprobar leyes de asilo más restrictivas, incluida la militarización de la frontera, la construcción de una valla de alambre de púas y la criminalización de los cruces fronterizos «ilegales». El estado de emergencia se ha mantenido vigente desde entonces, aunque su alcance se amplió a otras esferas de la vida social a partir de nuevas «emergencias» que afectaron al país. En 2020, el gobierno recibió poderes extraordinarios para hacer frente a la pandemia de COVID-19 y, dos años después, declaró un nuevo estado de emergencia por los efectos de la guerra en Ucrania.

La consolidación del régimen de Orbán también se explicó por el apoyo popular a sus políticas. La economía húngara se vio gravemente afectada por la crisis financiera mundial de 2008. La producción se contrajo más de un 6 % en 2009, por encima del promedio de la Unión Europea; la deuda externa alcanzó el 77 % del PBI; y el desempleo superó el 10 %, su nivel más alto en dieciséis años. Tras su reelección, Orbán impulsó políticas económicas «poco ortodoxas» que, en apariencia, rompían con la trayectoria neoliberal previa del país. En la práctica, esto implicó un giro favorable a la burguesía nacional frente a sus competidores extranjeros. Por ejemplo, poco después de volver al gobierno en 2010, rompió con el FMI, impuso impuestos extraordinarios a los bancos, las empresas de telecomunicaciones y las grandes cadenas minoristas, en su mayoría de propiedad extranjera, y renacionalizó parte del sector energético. Al mismo tiempo, el gobierno buscó impulsar el sector manufacturero, en especial la industria automotriz, mediante alianzas estratégicas de largo plazo con empresas como Audi, BMW y Mercedes.

Poco a poco, estas reformas parecieron dar resultados. A partir de 2012, la economía experimentó un crecimiento relativamente sostenido, del 2,7 % anual, favorecido en parte por la recuperación económica internacional y por el flujo estable de fondos provenientes de la Unión Europea. Como resultado, la deuda externa bajó de casi el 80 % al 65 % del PBI, el empleo mejoró significativamente y los salarios reales aumentaron de manera considerable.

Aun así, el giro autoritario del régimen de Orbán no estuvo exento de críticas, tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, hasta la irrupción de Péter Magyar en la escena política en 2024, tras un escándalo de abuso infantil que contribuyó a la caída de altos funcionarios del régimen, esas críticas no lograron erosionar de manera significativa la popularidad del orbanismo.

MM

¿Cómo se produjo el proceso por el cual la oposición terminó unificándose, de hecho o tácitamente, detrás de Péter Magyar?

AF

La «vieja» oposición democrática ya estaba en un proceso de desintegración antes de que Magyar irrumpiera en la escena política en 2024. Algunos de sus principales partidos habían formado parte de la muy cuestionada coalición socialista-liberal (MSZP-SZDSZ), que gobernó entre 2002 y 2010 y que, en última instancia, allanó el camino para el regreso de Orbán al poder. Estas fuerzas arrastraban divisiones internas persistentes y, aunque desde 2010 lograron privar a Orbán de su mayoría de dos tercios en algunos momentos, nunca consiguieron consolidarse como una alternativa política creíble. Además, su base de apoyo se concentraba sobre todo en los grandes centros urbanos, en particular en Budapest, gobernada por la oposición desde 2019.

La descomposición de esa vieja oposición se aceleró con el ascenso de Magyar. Tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2024, en las que Tisza, el partido recientemente fundado por él, quedó en segundo lugar con casi el 30 % de los votos, se volvió cada vez más evidente que Magyar sería el único rival con posibilidades reales de disputar el poder a Orbán. Algunos partidos intentaron resistir hasta el final, pero la mayoría terminó apoyándolo, de manera directa o indirecta, en las elecciones.

MM

En tus textos sobre Hungría describiste el régimen de Orbán como una combinación de retórica nacionalista y políticas neoliberales favorables al gran capital. ¿La derrota electoral expresa un rechazo a ese modelo económico-social o, más modestamente, un rechazo a su forma cleptocrática y autoritaria?

AF

Sí, he caracterizado al régimen de Orbán como una combinación de autoritarismo etnicista y políticas económicas neoliberales. En cuanto a su derrota, creo que obedeció a una combinación de factores. En primer lugar, a la prolongada estanflación que atravesó la economía húngara tras la crisis de COVID-19. Los efectos de la desaceleración económica se vieron agravados por una inflación persistentemente alta: en 2023, la inflación anual superó el 17 %, el nivel más alto de la Unión Europea.

En segundo lugar, a medida que la situación económica empeoraba, también creció el descontento popular frente a la corrupción sistémica del régimen. Los niveles de clientelismo son asombrosos. Según una investigación reciente del Financial Times, el 14 % de todos los fondos adjudicados en licitaciones estatales entre 2010 y fines de 2025 fue a parar a 42 empresas propiedad de 13 empresarios estrechamente vinculados a Orbán. Antes de su llegada al poder, esas mismas empresas habían obtenido apenas el 1 % de esos fondos entre 2005 y 2010. En total, se beneficiaron con más de 28.000 millones de euros en contratos públicos desde 2010 hasta fines de 2025, ya sea de manera individual o como parte de consorcios, lo que equivale a un promedio de 1.800 millones de euros por año. Esa cifra representa un incremento de quince veces respecto de los 121 millones de euros anuales obtenidos en los cinco años previos al regreso de Orbán al gobierno. No sorprende, entonces, que Hungría aparezca sistemáticamente como el país más corrupto de la Unión Europea en los índices de Transparencia Internacional.

El enriquecimiento espectacular de los oligarcas cercanos a Orbán contrastaba de manera cada vez más brutal con el deterioro de la educación pública, la salud y el sistema de transporte, resultado de años de desfinanciación, en línea con una lógica neoliberal que trata estos servicios como «gastos» a reducir. El respaldo implícito o explícito de importantes dirigentes de Fidesz a este estado de cosas, por ejemplo cuando Orbán declaró repetidamente que «no me ocupo de asuntos empresariales», o cuando János Lázár, ministro de Construcción y Transporte, afirmó que «quien no posee nada, no vale nada», no hizo más que profundizar el rechazo popular al régimen.

MM

Una de las grandes incógnitas del momento es si Magyar va a democratizar el Estado o simplemente a ocupar la maquinaria construida por Orbán. ¿Cuál es tu impresión?

AF

Esa es, sin duda, una de las preguntas decisivas del próximo período. ¿Qué hará Magyar con la supermayoría que hoy tiene en el Parlamento? ¿Cederá a las mismas tentaciones que Orbán o intentará utilizar esa mayoría para democratizar el Estado? Personalmente, sigo teniendo dudas sobre el rumbo que podría adoptar su gobierno. Pero, al mismo tiempo, hay que reconocer que hizo un trabajo político impresionante para derrotar a Orbán: resistió las múltiples campañas de desprestigio impulsadas por el régimen y, durante dos años, recorrió incansablemente más de 700 ciudades y pueblos, construyendo un mensaje de cambio político que resultó creíble para amplios sectores de la sociedad. Por eso, al menos por ahora, creo que corresponde tomar en serio sus compromisos democráticos y concederle el beneficio de la duda.

MM

Magyar logró construir una mayoría muy heterogénea, desde sectores de izquierda hasta liberales desesperados por frenar la autocratización y votantes conservadores. Cuando pase el momento plebiscitario anti-Orbán, ¿qué tensiones pueden emerger dentro de ese bloque?

AF

Es cierto: Magyar logró construir algo parecido a un frente unido contemporáneo, integrado por socialdemócratas, liberales, conservadores e incluso algunos antiguos votantes de la extrema derecha. Por ahora, ese bloque está cohesionado fundamentalmente por su rechazo al régimen de Orbán. Pero está por verse cuánto tiempo podrá sostenerse esa coalición anti-Orbán una vez desaparezca el factor plebiscitario que hoy la mantiene unida. Los desafíos son muchos y de gran envergadura. La economía está estancada y las finanzas del Estado están exhaustas. La eventual restitución de los fondos de la Unión Europea podría ofrecer un alivio importante, pero no va a reparar en poco tiempo lo que Fidesz tardó años en desmantelar.

Además, el manifiesto electoral de Tisza está atravesado por tensiones evidentes. Por un lado, se compromete a preservar varias de las medidas introducidas por el régimen de Orbán, como el impuesto de tasa única, las políticas familiares nativistas o las duras restricciones migratorias. Por otro, promete aumentar el gasto público en educación y salud, promover la igualdad de oportunidades para las mujeres y las minorías étnicas e invertir en la transición energética. Compatibilizar todos esos objetivos será extremadamente difícil. La pregunta es qué ocurrirá cuando los votantes de Tisza adviertan que algunas prioridades necesariamente deberán imponerse sobre otras.

Y esos son apenas algunos de los principales desafíos internos. A ellos se suman otros de carácter externo, como la prolongación de la guerra entre Rusia y Ucrania, la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán o la profundización de la crisis climática. La gran incógnita es cómo responderá Magyar cuando deba gobernar en medio de esas presiones cruzadas.

MM

El ascenso de Magyar parece haber descansado en una combinación curiosa: discurso anticorrupción, promesa de normalización democrática, ambigüedad ideológica y un uso muy eficaz del registro populista. ¿Cómo lo caracterizarías políticamente?

AF

Magyar nunca ocultó sus convicciones conservadoras. Nació en una familia de la alta burguesía húngara con importantes conexiones políticas. Su abuelo, Pál Erőss, fue magistrado del Tribunal Constitucional, mientras que su padrino, Ferenc Mádl, fue presidente de Hungría entre 2000 y 2005, con el respaldo de Fidesz. Magyar se afilió a Fidesz en 2002 y trabajó como abogado de activistas antigubernamentales que habían participado en las protestas contra la coalición socialista-liberal en 2006. Después de la reelección de Orbán en 2010, ocupó primero un cargo en la representación permanente de Hungría ante la Unión Europea y luego fue director del Centro de Préstamos Estudiantiles.

Dicho esto, hay que reconocer que Magyar es un político extremadamente astuto. En poco más de dos años logró construir desde cero un movimiento opositor de masas que consiguió derrotar a un dirigente, Orbán, al que hasta hace poco la mayoría consideraba intocable. ¿Cuál fue su secreto? Combinar hábilmente posiciones que, en el contexto europeo actual, podrían definirse como «centristas», como la restauración del Estado de derecho o el realineamiento con Occidente, con demandas más claramente «populistas», como poner fin a la corrupción del régimen, romper con la tradicional división entre izquierda y derecha y presentarse, en cambio, como representante de «todos los húngaros». Ese discurso encontró una recepción muy favorable entre votantes agotados por dieciséis años de creciente autoritarismo, conflicto permanente con «los burócratas de Bruselas», corrupción sistémica y deterioro de los servicios públicos.

Otro factor clave detrás del ascenso de Magyar fue su capacidad para utilizar las redes sociales como herramienta de conexión con votantes jóvenes que hasta entonces se mantenían alejados de la política. Como mostraron las imágenes de los festejos en Budapest el domingo por la noche, el voto joven desempeñó un papel importante en la victoria de Tisza.

MM

En esta derrota parece haber cumplido un papel importante la movilización de la sociedad civil, desde la resistencia a la represión de medios y ONG hasta la enorme Marcha del Orgullo. ¿Qué papel puede jugar ahora? ¿Hay un proceso de repolitización social? ¿Ves sectores de la sociedad desplazándose hacia la izquierda?

AF

Es cierto que la sociedad civil desempeñó un papel importante en la derrota de Orbán. La aplastante victoria de Magyar no habría sido posible sin las numerosas revelaciones sobre corrupción realizadas por periodistas independientes y organizaciones de la sociedad civil, sin la impresionante Marcha del Orgullo de 2025, en la que más de 200.000 personas desafiaron abiertamente las políticas anti-LGBTQ del régimen, ni sin el trabajo incansable de miles de activistas de Tisza organizados en secciones locales conocidas como «islas Tisza». Según Endre Borbáth, esa estructura organizativa «movilizó voluntarios a gran escala, reclutó candidatos con credibilidad local y creó un sentimiento de pertenencia política entre sus simpatizantes. Las primarias internas, en las que las filiales locales ayudaron a seleccionar a los candidatos de distrito, reforzaron esa lógica participativa». Al mismo tiempo, Magyar logró incorporar a empresarios «respetados» con experiencia de dirección en multinacionales como Erste Bank, Shell y Vodafone a la cúpula del partido. De ese modo, construyó una «organización híbrida» que «combina el compromiso propio de un movimiento con una estructura de liderazgo profesional».

Dicho esto, me parece que todavía estamos muy lejos de una radicalización hacia la izquierda. Conviene recordar que, por primera vez desde el retorno a la democracia en 1989, la izquierda húngara no estará representada en el próximo Parlamento. En cuanto a la izquierda radical, hoy es una fuerza políticamente marginal y además está profundamente fragmentada. Para que esa situación cambie, la izquierda necesitaría romper con las ataduras ideológicas del neoliberalismo, que se impusieron tras la caída del «socialismo real», y reconstruir una política de emancipación universal en el contexto de la profunda policrisis del capitalismo contemporáneo. Pero eso no ocurrirá de un día para el otro: exigirá un proceso largo, difícil y sostenido de reconstrucción política y organizativa.

MM

Desde fuera de Hungría, Orbán funcionó durante años como modelo para la ultraderecha global. Ahora que cayó, ¿qué balance estratégico debería extraer la izquierda internacional?

AF

Orbán fue, sin duda, uno de los grandes faros de la ultraderecha global. Pocos dirigentes lograron mantenerse tanto tiempo en el poder combinando autoritarismo, nacionalismo etnicista, disciplinamiento institucional y una base social relativamente estable. Desde Milei hasta Tucker Carlson, pasando por numerosos dirigentes y comentaristas de la nueva derecha internacional, muchos viajaron a Hungría, un país pequeño, con una población de apenas 9,5 millones de habitantes, para reunirse con Orbán e intentar descifrar las claves de su éxito político.

Para la izquierda internacional, la caída de Orbán deja una enseñanza estratégica fundamental: el ascenso de la extrema derecha no es irreversible. Puede ser derrotada. Pero esa derrota no llega sola. Requiere un trabajo político persistente, capacidad de organización, una intervención sostenida en la sociedad civil y, sobre todo, la reconstrucción de vínculos con las clases populares, que han sido las principales víctimas del neoliberalismo y que con frecuencia se sienten abandonadas por unas élites políticas cada vez más alejadas de su experiencia cotidiana.

 

Sobre el entrevistador

Martín Mosquera es el editor principal de Revista Jacobin

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Publicado en Elecciones, Entrevistas, homeCentro, homeIzq, Hungria and Políticas

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