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La convergencia entre socialismo y ecología condujo a Raymond Williams a reconsiderar una de las bases filosóficas más importantes del marxismo: el materialismo.

Raymond Williams, un ecosocialista visionario

Traducción: Valentín Huarte

Raymond Williams nació el 31 de agosto de 1921, hace exactamente un siglo, y murió con 66 años en enero de 1988. Es recordado como una de las figuras más importantes de la izquierda intelectual británica, especialmente en su Gales nativa, y como uno de los padres fundadores de los estudios culturales.

Raymond Williams se hizo conocido gracias a sus análisis concienzudos, detallados y obstinadamente radicales de la literatura, la cultura y la política. Escribió también novelas y obras de teatro, pero la izquierda contemporánea suele evocar ante todo al Raymond «cultural». Durante las dos últimas décadas de su vida se aventuró en una novedosa reconsideración de la teoría y la práctica socialistas que parece cobrar relevancia frente a los problemas del presente. 

La de Raymond Williams fue una de las primeras voces que convocó a socialistas y ambientalistas a trabajar en conjunto, y respaldó ese anhelo con una búsqueda propia de proyectos ecosocialistas capaces de replantear las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza.

Williams sometió a examen el proyecto socialista con el telón de fondo de los años 1970 y 1980. Cabe recordar que durante ese período, en el marco de una larga crisis del capitalismo global y de la economía del carbono, empezó a verificarse la lenta fragmentación del pacto socialdemócrata de posguerra. Vista en retrospectiva, la década de 1970 en Gran Bretaña, demonizada por los analistas conservadores como una época de caos y dictadura sindical, revela un amplio espectro de alternativas socialistas caracterizadas por una gran creatividad. No solo fue un período de gran militancia obrera, de expansión de las políticas feministas y antirracistas y de florecimiento de las contraculturas, sino que marcó el punto de partida de los movimientos ambientalistas contemporáneos.

Sin embargo, los años 1970 también fueron la incubadora de una violenta reacción de derecha. En 1979, los tories de Margaret Thatcher llegaron al poder y articularon una alianza profana entre la economía neoliberal y el nacionalismo británico conservador. Durante los años 1980, este proyecto político transformó la economía británica, basada hasta entonces en las manufacturas y el carbón, en una economía que promovía la extracción de gas y petróleo y la expansión de los servicios financieros. Causó estragos en las antiguas industrias y en los barrios populares, condenando al movimiento obrero y al socialismo a un eclipse que duraría toda una generación. La derrota de la huelga de los mineros de 1984-1985 fue el sello de un nuevo orden cuyas marcas siguen vigentes.

Socialismo ecológico

Para cuando llegó la huelga, Williams había publicado numerosos llamamientos a unir fuerzas entre socialistas y «ecologistas» (así se los conocía entonces). Hoy la confluencia entre el socialismo y el ambientalismo parece formar parte del sentido común y el Green New Deal ocupa un lugar central en las agendas de muchos movimientos de izquierda, pero en los años 1970 y 1980 todo esto estaba lejos de ser evidente. Los movimientos obreros y socialistas más importantes (orientales y occidentales) parecían sordos a la cuestión ecológica.

El movimiento ecologista —en un momento en que la amenaza del cambio climático no era tan obvia— solía ser caracterizado como un movimiento ingenuo y apolítico, pues buscaba una «solución» en las estructuras de poder existentes. Otras veces parecía un movimiento romántico y conservador —«una especie de lamento elegante que añora un desaparecido mundo pacífico, inocente y verde», según las palabras de Williams—, cuando no abiertamente reaccionario y seducido por las soluciones maltusianas a la «explosión demográfica», apenas encubiertas bajo el retorno a la agricultura de subsistencia.

Difícilmente pueda decirse que estos obstáculos desaparecieron. Pero Williams fue el primero en argumentar que había que superarlos mediante una «convergencia» transformadora entre los movimientos ecológicos y socialistas. El «socialismo ecológico» —término bastante complejo, admitía Williams— sería la clave a la hora de enfrentar las crisis presentes y futuras.

Contemplando el páramo de desindustrialización que la señora Thatcher dejaba a su paso, Williams argumentó que el movimiento obrero había pisado el palito. El capitalismo siempre había concebido a las personas y a la naturaleza como «materias primas», susceptibles de ser llevadas de aquí para allá y utilizadas con fines productivos. Por su parte, los sindicalistas y los socialistas eran proclives a argumentar en favor del crecimiento económico: «aumentar la producción» parecía ser la única forma de solucionar la pobreza. Pero sucede que cuando la producción dejaba de ser rentable, el capitalismo podía dar de baja los contratos y seguir adelante (de hecho, es lo que estaba haciendo en Gran Bretaña en los años 1980). El conformismo del movimiento obrero ante al impulso capitalista de incrementar la producción —sin considerar las cualidades de lo que se producía ni las consecuencias ecológicas— había llevado a la clase obrera industrial a colaborar en la generación de las condiciones de su propia desocupación.

Pero Williams sabía que las críticas ecológicas en nombre de un orden preindustrial «natural» no representaban una alternativa genuina. Este ambientalismo nostálgico, pensaba, no solo evadía las difíciles circunstancias económicas y sociales, sino también las ecológicas: pues lo que había que transformar, con el fin de garantizar una existencia natural y humana sustentable, era justamente el mundo capitalista moderno.

Entre el campo y la ciudad

En gran medida, la apertura de Raymond Williams hacia el movimiento ecológico obedecía a sus antiguos vínculos con las áreas y las comunidades rurales. Se había criado en un pueblo situado en la frontera inglesa-galesa, una zona mayormente agrícola que, no obstante, estaba cerca de los grandes yacimientos de carbón de Gales del Sur. Williams siempre mantuvo una relación cercana con estos distritos; sus seis novelas transcurren, al menos parcialmente, en Gales del Sur, en el «campo fronterizo» con Inglaterra, y suelen describir en detalle las interacciones entre los humanos y la naturaleza, algo poco usual entre los ingleses de izquierda. Williams siempre respondió contundentemente a las pretensiones urbanas —y socialistas— de sacarse de encima el campo y la agricultura como si fuesen realidades irrelevantes y marginales. Pero también se comprometió en una crítica aguda de la idealización derechista del «campo» como un paraíso natural preindustrial, vaciado de los trabajadores que habían ayudado a crearlo.

En El campo y la ciudad (1973), probablemente su mejor libro, Williams rastrea estas oposiciones en la cultura literaria inglesa, con el telón de fondo de la expansión capitalista de la agricultura y la industria. La conclusión de su estudio sugería un vínculo entre la historia narrada y las crisis contemporáneas: el agotamiento de los recursos y la destrucción del medioambiente, pero también las revoluciones del Tercer Mundo, que pusieron a las poblaciones rurales en la primera línea de la lucha social. Difícilmente hayan podido rechazarse entonces «el campo» y sus problemas como realidades arcaicas o marginales. Mucho menos podemos hacerlo hoy, cuando los agricultores de la India vienen de realizar la que probablemente haya sido la huelga más grande de la historia.

Estos temas resonaron enérgicamente con la identidad galesa de Williams, redescubierta por el autor durante las dos últimas décadas de su vida. De nuevo, contra la tendencia dominante en las ortodoxias izquierdistas de su época, él insistió en la importancia que debían tener el territorio y la comunidad para cualquier perspectiva socialista. Su mirada iba más allá de los Estados nacionales consolidados, como el de Gran Bretaña, no solo a causa de su ideología internacionalista, sino porque pretendía reconsiderar la valencia política de las regiones y naciones pequeñas como Gales.

Contra el nacionalismo reaccionario británico de Margaret Thatcher y la guerra de las Malvinas, argumentó que un Estado nación como Gran Bretaña era «a la vez demasiado pequeño y demasiado grande para una política útil». Demasiado pequeño porque, en un mundo capitalista globalizado, era incapaz de ser realmente «independiente» y solo podía intentar encubrir su subordinación a fuerzas más grandes mediante la retórica nacionalista. Demasiado grande porque era incapaz de representar la «desigualdad» y la «diversidad» de sus componentes: Gales, Escocia, Londres o Liverpool. El argumento parece cobrar relevancia luego del Brexit, pues la oposición al nacionalismo británico de los tories no proviene únicamente de perspectivas internacionalistas, sino también de identidades formadas en Escocia, Irlanda, Gales y aun de algunas ciudades y regiones inglesas.

Con todo, la solución de Williams no pasaba por constituir unidades «soberanas» cada vez más pequeñas. Prefería «explorar nuevas formas de sociedades variables», en las que se desarrollarían, a distintas escalas, diferentes formas de interacción y decisión democráticas. Probablemente suene a utopía para los oídos de la izquierda contemporánea, confinada todavía a los marcos nacionales establecidos, pero no deja de ser un horizonte que deberíamos empezar a considerar seriamente.

Repensar el materialismo

La convergencia entre socialismo y ecología obligó a Williams a reconsiderar una de las bases filosóficas más importantes del marxismo: el materialismo. Marx y Engels habían fundado el materialismo histórico y formulado una explicación de la historia humana que no partía de las «formas de conciencia», sino de «la producción de la vida». De esta manera, desarrollaban y criticaban al mismo tiempo formas de materialismo anteriores, como las que habían elaborado los pensadores de la Ilustración francesa o Ludwig Feuerbach, concebidas bajo la nueva lupa como demasiado abstractas, «mecánicas» y alejadas de la historia. Marx y Engels explicaron la historia humana en términos de un proceso dialéctico en el que el «ser social» (o la vida material) determina la «conciencia social». 

La reelaboración de esta herencia en la que se comprometió Williams fue inspirada en parte por el marxista italiano Sebastiano Timpanaro, cuya lúcida polémica sobre el materialismo vio la luz en inglés en 1975. Timpanaro acusaba a una buena parte del «marxismo occidental» hegemónico —los hegelianos y la escuela de Fráncfort, por un lado; Althusser y los marxistas estructuralistas, por el otro— de haber abandonado el materialismo. Argumentaba que estas tendencias, con su énfasis en la cultura y en la filosofía y su distanciamiento de las ciencias naturales, estaban desarrollando, en nombre del materialismo histórico, un idealismo apenas velado. En su contra, él reafirmaba la centralidad del materialismo, que debía reconstruir sus vínculos con las ciencias naturales y reconocer el poder restrictivo que tenía la «naturaleza» sobre la historia humana.

Williams saludó con entusiasmo la obra de Timpanaro, pero intentó llevar su investigación un poco más lejos. Acordaba con la reivindicación que hacía Timpanaro del valor del materialismo, al igual que con buena parte de sus críticas contra el marxismo occidental. Valoraba especialmente la impugnación de la noción triunfalista del «dominio de la naturaleza», tomada por el marxismo del pensamiento burgués del siglo diecinueve. Pero disentía con la alternativa propuesta por Timpanaro, a saber, un pesimismo materialista atrapado en confines físicos supuestamente insalvables: «la opresión que ejerce la naturaleza sobre el hombre». La perspectiva trágica de Timpanaro, y sus repetidas advertencias sobre la extinción inevitable de la especie humana, presagiaron en gran medida el pensamiento distópico actual, surgido en el contexto de una crisis ecológica de magnitudes apenas sospechadas en los años 1970.

La respuesta de Williams apuntaba, más allá de las «categorías abstractas» de «hombre» y «naturaleza», hacia una indagación detallada de los «procesos intricados que constituían las relaciones entre el mundo humano y el mundo natural. «Cuando decimos naturaleza, ¿nos incluimos a nosotros mismos», se preguntaba Raymond Williams. Las fuerzas físicas, nos recordaba, no son solo externas, sino que constituyen la vida humana y determinan tanto nuestras posibilidades como nuestros límites. Y una buena parte de lo que suele percibirse como «naturaleza», es decir, como separado de los seres humanos, es en realidad el fruto de nuestro trabajo, aun si no logramos «dominarlo» o controlarlo íntegramente. 

Si abordáramos estas dificultades de forma detallada, pensaba Williams, tal vez no desembocaríamos en el pesimismo trágico, sino en un precavido optimismo de la voluntad. Esta reelaboración sentó las bases de su propuesta: una política ecosocialista capaz de reconocer los límites ecológicos en toda su extensión, sin dejar de poner en primer lugar a (todas) las personas. Y, de esta manera, fue capaz de tomarse en serio las capacidades de los humanos de intervenir y de cambiar sus relaciones con la «naturaleza», tanto dentro como fuera de sí mismos.

Sin dejar de enfatizar las interacciones entre el mundo humano y el mundo natural, Williams mantuvo siempre la guardia en alto contra los abusos del materialismo, especialmente los intentos de encastrar la política en una matriz fija de supuestos «hechos» biológicos o técnicos. Argumentó vigorosamente contra el darwinismo social, que presenta la competencia capitalista como si se tratara de una determinación biológica, y contra el determinismo tecnológico, que afirma que las fuerzas técnicas definen las formas de la cultura humana (doctrinas que resurgieron con el neoliberalismo y el ascenso de Silicon Valley).

Pero también podemos aplicar los argumentos de Williams a otros «materialismos malos», según el término acuñado por Sophie Lewis, como, por ejemplo, el «feminismo radical», que empuña categorías biológicas esencializadas como si fueran armas contra las trabajadoras sexuales y las personas trans. Williams pensaba que los intentos de definir el materialismo como un «sistema de generalización cerrado» eran irrelevantes, pues el único valor del materialismo debía buscarse en su «rigurosa apertura a la evidencia física». Todas sus categorías están «sujetas a una revisión radical» propiciada por la investigación física y por las respuestas sociales frente a los significados y a los conceptos. Entonces, el «proyecto materialista» está en constante movimiento y habita siempre en el intervalo entre un materialismo y otro. 

Esto remite a otra consigna, propuesta por Williams en otra parte: no imaginar las sociedades socialistas del futuro como realidades más simples y homogéneas que el orden capitalista, sino más complejas y diversas. En este sentido, criticaba las utopías socialistas del pasado, pero también el «socialismo realmente existente» de su época, es decir, el Bloque del Este. Desde su punto de vista, la ruptura decisiva con el capitalismo era necesaria, pero la «transición al socialismo» consistía menos en la creación de un «orden» socialista prestablecido que la apertura de un horizonte en el que la vida social sería cada vez más «activa, compleja y libre». Según Williams, ni el desarrollo del materialismo ni el del socialismo debían coagular en formas fijas, sino que debían mantenerse abiertos a la negociación democrática, a la argumentación y a la evidencia.

De la producción al sostenimiento de la vida

Williams estaba dispuesto a llevar sus preguntas al corazón del materialismo histórico. Pensaba que muchas veces las «fórmulas heredadas» habían terminado siendo «a la vez históricamente limitadas e insuficientemente materialistas». Williams nunca vaciló a la hora desafiar las ortodoxias marxistas, sin abandonar por ello su firme compromiso con el socialismo, tanto en términos teóricos como prácticos.

Hacía mucho tiempo que cuestionaba la idea de que la cultura era una «superestructura» determinada por la «base» económica, un modo muy popular de interpretar la tesis fundante del materialismo histórico —a saber, que el ser social determina la conciencia—, de la que no se eximen del todo ciertas fórmulas de Marx y Engels. En los años 1970 y 1980, como muchos antropólogos, historiadores y feministas, Williams estaba buscando formas más complejas de entender esta tesis. Su teoría cultural no solo afirmaba que la cultura es material, sino que los «medios de comunicación» —los medios, las telecomunicaciones y todos los precursores de internet— jugaban un rol fundamental, como «medios de producción» por derecho propio.

En sus escritos tardíos, fue todavía más lejos y puso en cuestión el concepto de «modo de producción», tan caro al discurso marxista. En Hacia el año 2000 (1983), argumentó que el impulso de dominar la naturaleza para «producir» a partir de ella cantidades abstractas de bienes, era un impulso fundamentalmente capitalista. El eje puesto de la «producción» también acarreaba confusiones: llevaba a que los aspectos negativos del capitalismo se presentaran como «derivados» o como «efectos colaterales» y a que se relegaran áreas completas de la vida humana —como los trabajos de crianza y de cuidado— a una posición secundaria.

En última instancia, la orientación hacia la producción terminaba concibiendo a las personas y a la naturaleza como «materias primas» a ser explotadas. Aun cuando los regímenes moldeados en función del socialismo de Estado, o los movimientos obreros, intentaban desacoplar la producción de las ganancias, seguían tratando a la «naturaleza» como algo que debía ser dominado (y, a fin de cuentas, terminaron concibiendo del mismo modo a las personas). Un ecosocialismo verdadero requeriría «cambiar radicalmente […] la idea misma de producción», tanto en lo que concierne a las relaciones entre los seres humanos como entre ellos y naturaleza.

En vez de la «producción», la alternativa propuesta por Williams estaba llamada a organizarse alrededor del «sostenimiento de la vida». Este concepto apuntaba, escribió, «no solo a un modo de producir, sino a un modo de vida», que sería a la vez «completamente práctico» y estaría centrado en torno a «sociedades autogestivas y capaces de renovación […] en el mundo viviente». Si bien la orientación hacia la sustentabilidad de la vida no era nueva, y remitía a épocas anteriores a la generalización capitalista de la transformación y la explotación de la naturaleza, Williams rechazaba toda nostalgia por las economías «naturales» o «morales».

En vez de visiones «prelapsarias», Williams sugería que debíamos optar lúcidamente por las intervenciones humanas que «sostienen y mejoran la vida» y evitar las más nocivas. En ese caso, el sostenimiento de la vida sería un modo vida que respeta límites materiales estrictos, es decir, en un mundo de recursos finitos y definido por la dependencia de las condiciones ecológicas, algo que el «crecimiento» capitalista es incapaz de aceptar. Pero también se convirtió en una forma de replantear la pregunta que alguna vez formularon socialistas como William Morris: ¿Qué modo de vida y qué relaciones humanas estamos creando?

Raymond Williams nunca hubiese afirmado que tenía todas las respuestas. Pero sin duda fue uno de los escritores socialistas más inteligentes del siglo veinte y sus preguntas y propuestas todavía nos convocan en la actualidad. El ecosocialismo llegó a formar parte de las agendas políticas contemporáneas, pero las tareas a las que nos enfrentamos parecen ser todavía más abrumadoras que las de los años 1980. Mientras se profundiza la crisis climática, las tentaciones contra las que nos precavió Williams parecen cobrar cada vez más relevancia: por un lado, cerrar los ojos frente a los dilemas ecológicos y depositar toda nuestra esperanza en el «crecimiento» capitalista o en el progreso tecnológico; por otro lado, recaer en la desesperación apocalíptica y asumir que el desastre ecológico terminará imposibilitando cualquier proyecto humano. Tal vez la reconsideración del materialismo —proyecto siempre provisional, rigurosamente abierto a la evidencia y a la argumentación— nunca fue tan urgente como hoy.

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