El bombardeo de Caracas y el posterior secuestro de Nicolás Maduro y su esposa el pasado fin de semana parece haber tomado por sorpresa a todo el mundo, salvo a un pequeño círculo de personas cercanas al presidente estadounidense. Ni siquiera la mayoría de los legisladores alineados con él en el Congreso parecen haber estado al tanto del plan, del que solo se enteraron después de que la operación hubiera comenzado y poco antes de que el resto del mundo se enterara a través de sus fuentes de información habituales.
Enviar tropas estadounidenses a territorio extranjero con pretextos dudosos y sin la aprobación legislativa es sin duda una tradición para los presidentes de Estados Unidos. Nada menos que Barack Obama —que recibió su inmerecido Premio Nobel de la Paz menos de un año después de comenzar su presidencia, un hecho que sin duda irrita a Donald Trump— era conocido por bombardear otros países sin recibir la autorización del Congreso, una práctica que un colega demócrata justificó explicando que hacerlo «se convertiría en un circo». En ese sentido, la descarada e ilegal agresión de Trump contra un país soberano ya era algo habitual para el poder imperial estadounidense.
Sin embargo, lo nuevo es la absoluta falta de esfuerzo que puso Estados Unidos para convencer a sus aliados de la OTAN y la Unión Europea (UE) de la justificación de la agresión. En cambio, está aprovechando el ataque para ejercer una nueva presión sobre Europa para que cumpla con sus deseos en materia de política exterior, es decir, que resuelva la guerra en Ucrania según los términos de Trump y que tal vez incluso ceda a la ocupación estadounidense a Groenlandia, un territorio autónomo de Dinamarca.
Sorprendentemente, los europeos parecen estar aceptándolo. Un año después del inicio del segundo mandato de Trump, la total dependencia de Europa de la hegemonía estadounidense es más evidente que nunca. La tibia respuesta eueopea a la última violación flagrante del derecho internacional por parte de Trump pone de manifiesto, sin duda, un fracaso moral, pero, lo que es más importante, subraya las pocas opciones que realmente tiene la UE en un mundo cada vez más multipolar.
Una respuesta vacía
Ya se ha hablado mucho sobre la respuesta europea al ataque del sábado, que solo una minoría de jefes de Estado denunció claramente como una violación del derecho internacional. La mayoría, como el alemán Friedrich Merz o el francés Emmanuel Macron, optaron por la ambigüedad, calificando la legalidad de la operación de «compleja» y subrayando que no se derramarían lágrimas por el líder venezolano secuestrado, al tiempo que instaban a todas las partes a respetar los derechos humanos. Algunos, como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, uno de los pocos aliados reales de Trump en la UE, acogieron abiertamente el ataque, mientras que el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, sugirió en tono jocoso que Trump «sabe qué hacer a continuación».
Dada la tibia respuesta de la mayoría de los Estados europeos al genocidio en Gaza y las ya frías relaciones entre Caracas y Bruselas, no es de extrañar que algunas violaciones del derecho internacional tengan más importancia que otras a los ojos de los legisladores europeos. No obstante, lo ocurrido el sábado pasado parece indicar un cambio cualitativo.
Mientras que las violaciones anteriores de Estados Unidos solían expresarse con una retórica de rectitud y los juristas estadounidenses trataban de elaborar sus propias interpretaciones del derecho internacional que justificaran las acciones de Estados Unidos, esta vez la Casa Blanca prescindió por completo de tales sutilezas. Trump y sus compinches no ocultan sus intenciones de reestructurar todo el hemisferio occidental a su antojo, sin importarles la soberanía nacional ni el derecho internacional.
Esto tiene implicaciones inmediatas para la UE debido al deseo expresado regularmente por Trump de que Groenlandia —que sigue siendo un territorio autónomo danés, a pesar de los movimientos hacia la independencia— se incorpore de alguna manera a los Estados Unidos. La visión de Trump sobre Groenlandia, que algunos líderes europeos interpretaron inicialmente como una broma cuando la planteó por primera vez en 2019, parece cada vez más amenazadora.
El día después de la operación en Caracas, Trump manifestó a los periodistas: «Hablemos de Groenlandia dentro de veinte días». Su secretaria de prensa, Karoline Leavitt, lo respaldó dos días después diciendo que «el ejército estadounidense siempre es una opción». El subjefe de gabinete de Trump, Stephen Miller, fue el más descarado, afirmando sin rodeos que ningún miembro de la UE se atrevería a intervenir si Estados Unidos invadiera.
Si se aceptara la agresión contra Venezuela, cabría esperar al menos que los líderes europeos se opusieran a una amenaza sin precedentes para los aliados tradicionales de Estados Unidos. Sin embargo, salvo la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, que afirmó que la OTAN «se acabaría» si Estados Unidos invadiera, la respuesta europea fue notablemente moderada. Legisladores como el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, siguen suplicándole a Washington que modere su retórica y que juegue limpio, al tiempo que enfatizan su disposición a plegarse a la voluntad de Trump y hacer lo que Washington les pida a cambio de seguir sentándose a la mesa. Parece que ninguna cantidad de críticas públicas es demasiado para ellos.
El doble vínculo de Europa
Se nos podría perdonar por pensar que algunos líderes europeos simplemente ansían la humillación. Pero la verdadera razón de su sumisión es geopolítica. La Unión Europea, que vinculó su seguridad y su posición en el mundo a Estados Unidos durante la mayor parte del siglo, simplemente no está en condiciones de hacerle frente a la intimidación de Washington.
Esto es especialmente cierto desde la invasión rusa a Ucrania, que llevó a la UE a dedicar colectivamente casi 200 mil millones de euros a la defensa de Ucrania mediante una combinación de subvenciones y préstamos. Aunque el gasto total de Estados Unidos en Ucrania fue menor, rondando los 130 mil millones de euros (significativamente menos que los 300 mil millones que declara Trump), el apoyo estadounidense sigue siendo vital, sobre todo para garantizar el flujo de armas de alta tecnología que le permiten a las fuerzas armadas ucranianas resistir al ejército ruso, mucho más numeroso.
Estados Unidos también sigue siendo crucial para cualquier posible acuerdo de alto el fuego, ya que el presidente ruso, Vladímir Putin, subrayó en repetidas ocasiones su preferencia por no negociar con Kiev o Bruselas, sino directamente con Washington, una preferencia que Trump está más que dispuesto a satisfacer.
Bajo la presidencia de Joe Biden, los líderes europeos se sentían seguros de que el apoyo estadounidense sería indefinido y prometieron repetidamente apoyar a Ucrania hasta la victoria, prediciendo en repetidas ocasiones que la victoria total de Ucrania estaba al alcance de la mano. Cuatro años después, ese escenario parece casi imposible, con Rusia avanzando lenta pero constantemente en el campo de batalla y la sociedad ucraniana mostrando crecientes signos de agotamiento.
Sin embargo, tras haber cortado prácticamente todos los canales de comunicación con Moscú desde que comenzó la invasión, los Estados miembros de la UE tienen poco margen de maniobra diplomática, y Rusia, que cree que la victoria está cerca, tiene pocas razones para negociar con ellos. Las propuestas más recientes para crear garantías de seguridad para Ucrania después de la guerra, acordadas esta semana en París, también prevén que Estados Unidos asuma un papel central en la supervisión de cualquier alto el fuego.
Por lo tanto, Europa parece no tener salida a su difícil situación actual. No puede enfrentarse a Estados Unidos mientras la guerra con Rusia siga ardiendo en su flanco oriental, y no puede ponerle fin a esa guerra (si es que pudiera hacerlo de alguna manera) sin la cooperación de Estados Unidos. El acercamiento a China, necesario para que Europa salga de la sombra de Washington, también es imposible con halcones atlantistas al mando, como la jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
Tarde o temprano, la clase política europea tendrá que reflexionar detenidamente sobre si realmente fue una buena idea vincular su destino a una superpotencia en declive y cada vez más volátil en nombre de la defensa de «nuestros valores». Por ahora, solo puede esperar que las amenazas de Trump sobre Groenlandia no se conviertan en el tipo de acciones que ya lo vimos llevar a cabo la semana pasada en Venezuela. Si así fuera, Bruselas se enfrentaría a tres años muy largos.

















