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Luiz Inacio "Lula" Da Silva (Imagen Wikimedia Commons)

Brasil: ¿el fin de la pesadilla?

El imperativo del momento es el voto a Lula en el balotaje. Como bien explicó Trotski hace casi un siglo, la condición necesaria para derrotar al fascismo es la más amplia unidad de todas las fuerzas del movimiento obrero.

El resultado de la primera vuelta de las elecciones brasileñas del 2 de octubre es desigual. Ciertamente, Lula, el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), está en cabeza, con el 48,4% de los votos. Pero la esperanza de una victoria en la primera vuelta se ha desvanecido y, sobre todo, le sigue de cerca Jair Bolsonaro, el candidato neofascista, con un 43,2%, mucho más de lo que preveían las encuestas. Por lo tanto, habrá una segunda vuelta el 30 de octubre, que, salvo un vuelco inesperado, debería ganar Lula. Sin embargo, los partidarios de Bolsonaro parecen tener el control del Parlamento y de varios gobiernos regionales. En resumen, aunque la corriente neofascista probablemente perderá la presidencia, sigue siendo una fuerza política extremadamente poderosa.

Las clases dominantes de Brasil nunca han tenido una gran afición por la democracia. Herederas de tres siglos de colonización europea y de cuatro siglos de esclavitud, han mostrado, en los últimos cien años, una fuerte propensión a un Estado autoritario: de 1930 a 1945 bajo el poder personal del caudillo Getulio Vargas; de 1964 a 1985, una dictadura militar; en 2016, un golpe pseudoparlamentario contra la presidenta electa Dilma Rousseff; de 2018 a 2022, un gobierno neofascista de Jair Bolsonaro. Los períodos más o menos democráticos aparecen como paréntesis entre dos regímenes autoritarios.

Los cuatro años de presidencia de Bolsonaro han sido un enorme desastre para el pueblo brasileño. Elegido con el apoyo de la prensa burguesa, de los círculos empresariales, de los terratenientes, de los bancos y de las iglesias neopentecostales, se aprovechó del hecho de que Lula, el único opositor capaz de ganarle, había sido encarcelado bajo falsas acusaciones. El ex capitán no pudo cumplir su sueño de restablecer una dictadura militar y fusilar a «treinta mil comunistas». Pero ha saboteado todas las políticas sanitarias frente a Covid, provocando más de 600 mil muertes; ha arrasado los frágiles servicios públicos de Brasil (sanidad, educación, etc. ); ha reducido a la pobreza a decenas de millones de mujeres brasileñas; ha apoyado activamente la destrucción de la Amazonía por los reyes de la soja y el ganado; ha promovido ideas neofascistas, homófobas, misóginas y escépticas respecto al clima; ha apoyado a las milicias paramilitares (responsables del asesinato de Marielle Franco); y no ha dejado de intentar instaurar un régimen autoritario.

¿Pondrán las elecciones de octubre de 2022 fin a esta pesadilla? Es probable que Lula gane en la segunda vuelta del 30 de octubre. Pero Bolsonaro, siguiendo el ejemplo de su modelo político, Donald Trump, ya ha anunciado que no reconocerá un resultado desfavorable: «Si pierdo, es porque el voto ha sido falsificado». Una parte del Ejército, fuertemente representada en su gobierno, parece apoyarle: ¿llegará a tomar la iniciativa de un golpe militar contra el presidente elegido, es decir, Lula? Esta hipótesis no se puede descartar, aunque no parece la más probable: el Ejército brasileño no está acostumbrado a moverse sin la luz verde del Pentágono y del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Y en este momento Biden no tiene ningún interés en apoyar a un Trump tropical al frente de Brasil. Bolsonaro intentó movilizar a sus partidarios —policías, milicianos, generales retirados, pastores neopentecostales, etc. — para crear una situación de crisis comparable a la provocada por Trump en torno al Capitolio tras su derrota electoral. ¿Tendrá el mismo éxito que su ídolo norteamericano?

A pesar de la muy cuestionable elección de un político burgués reaccionario (Geraldo Alckmin) como compañero de fórmula para la vicepresidencia, está claro que Lula —Luis Inacio da Silva, antiguo obrero metalúrgico, líder sindical de las grandes huelgas de 1979 y fundador del PT— encarna actualmente la esperanza del pueblo brasileño de poner fin al episodio neofascista de los últimos cuatro años. Cuenta con el apoyo de una amplia coalición de fuerzas, que incluye no sólo a la mayoría de las organizaciones de la izquierda y del movimiento social —sindicatos, movimiento de los sin tierra, movimiento de los sin techo—, sino también a los amplios sectores de la burguesía industrial que, a diferencia de los terratenientes que se mantienen fieles a Bolsonaro, llegaron a la conclusión de que el excapitán no era una buena opción para los negocios. También hay que reconocer que la batalla electoral no fue precedida por un aumento de la movilización popular, como en Colombia.

El Partido Socialismo y Libertad (PSOL), la principal fuerza de la izquierda radical y/o anticapitalista en Brasil decidió, tras un largo debate interno, apoyar a Lula desde la primera vuelta. Una pequeña corriente disidente, liderada por el economista Plinio de Aruda Sampaio Jr, que no estaba de acuerdo con esta elección, abandonó el partido, pero las principales corrientes de izquierda del PSOL han aceptado, a pesar de su deseo de una candidatura propia en la primera vuelta, la decisión mayoritaria y han participado activamente en la campaña de apoyo a Lula.

La mayoría de los militantes del PSOL no se hacen ilusiones sobre lo que sería el gobierno liderado por Lula y el PT: probablemente una versión aún más desequilibrada de las políticas social-liberales de conciliación de clases de las experiencias anteriores bajo la égida petista. Hay que reconocer que estos experimentos han permitido algunos avances sociales, pero no es seguro que se repitan ahora. Esto dependerá, por supuesto, de la capacidad de movilización de la izquierda radical y, sobre todo, de los movimientos sociales, de los explotados y de los oprimidos, de forma autónoma e independiente. Sin embargo, es evidente que el voto a Lula es una necesidad ineludible para liberar al pueblo brasileño de la siniestra pesadilla que ha significado el régimen de Jair Bolsonaro.

Una vez elegido, Lula se enfrentará a muchas dificultades: la oposición feroz de sectores del Ejército, de los reyes del ganado y de la soja, de las iglesias neopentecostales, de los partidarios fanáticos (a menudo armados) de Bolsonaro. Se arriesga a tener ante sí un Congreso hostil, dominado por fuerzas reaccionarias; la actual Cámara está gobernada por las llamadas «4 B: bueyes, bancos, biblias, balas», es decir, terratenientes, capital financiero, sectas evangélicas y milicias paramilitares. Una de las batallas decisivas del futuro será el rescate de la Amazonia, que está siendo destruida por el agrocapitalismo.

Además, Lula estará, como Dilma Rousseff, bajo la amenaza permanente de un «golpe parlamentario». Esto resulta de una elección desastrosa para la vicepresidencia: Geraldo Alckmin, ex gobernador de Sâo Paulo, el ex opositor de derecha derrotado por Dilma Rousseff en 2014. Probablemente, Lula lo eligió para dar garantías a la burguesía y desarmar a la oposición de derechas. Pero así ha dado un arma decisiva a las clases dominantes. Si Lula toma alguna medida que no sea del agrado de los oligarcas brasileños, que controlan la mayoría del Parlamento, será objeto de un proceso de impeachment, como ocurrió con Dilma en 2016. En este triste precedente, fue castigada con pretextos ridículos y sustituida por el vicepresidente Temer, un reaccionario del llamado «centro» burgués.  Lo mismo podría ocurrir con Lula: destitución y sustitución por Alckmin. El colombiano Gustavo Petro fue más hábil, eligiendo como compañera de fórmula a Francia Márquez, una mujer afrocolombiana, feminista y ecologista.

Dicho esto, el imperativo del momento, en octubre de 2022, es, sin duda, el voto a Lula.  Como bien explicó Trotsky hace casi un siglo, la más amplia unidad de todas las fuerzas del movimiento obrero es la condición necesaria para derrotar al fascismo.

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Publicado en Brasil, Elecciones, Estado, homeCentro3, Partidos and Política

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J

Todas las pesadillas llegaron hoy/
y parece que están aquí para quedarse.

DAVID BOWIE

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