Press "Enter" to skip to content
La peste bubónica asoló Europa e hizo que el sistema feudal entre en sus últimos espasmos. (Pieter Bruegel el Viejo, El triunfo de la muerte, c. 1562, Museo del Prado, Madrid).

Las pandemias remodelan nuestra forma de trabajar

Traducción: Valentín Huarte

Los conflictos de clase a lo largo de la historia fueron influenciados por los modos en los que los trabajadores y los gobernantes responden a las pandemias. A medida que empecemos a dejar atrás el COVID-19, la lucha por regímenes de trabajo más justos será nuestra tarea más urgente.

Cuando nos imaginamos a los cuatro jinetes del apocalipsis pensamos en la Guerra, el Hambre, la Peste y la Muerte que unen fuerzas para destruir a las poblaciones humanas. Pero la pandemia actual nos muestra que hay un quinto jinete en esta malvada tropa: el Trabajo. Desde Singapur hasta París, el COVID-19 arraigó sobre todo en las comunidades de trabajadores precarizados y de bajos salarios. Las condiciones de trabajo inseguras y la creciente flexibilización del trabajo facilitaron la propagación del virus en todo el mundo.

A pesar de que asociamos estas condiciones con la última fase del capitalismo, la dinámica que entrelaza la pandemia, los regímenes de trabajo y la lucha de clases se remonta al menos hasta el S. XIV. Hubo tres ciclos importantes: la peste negra que se instaló en el corazón del feudalismo europeo en el S. XIV; la invasión europea de las Américas y la ola pandémica que produjo y que ayudó a dar a luz al capitalismo; y los últimos dos siglos, en los cuales pudimos observar una secuencia de pandemias globales que se aceleran al mismo ritmo que la deforestación y la expansión del capitalismo industrial. En cada etapa de esta saga de setecientos años, los conflictos de clase estuvieron influenciados por el modo en el que los trabajadores y los gobernantes respondieron a las pandemias. Esta crisis no será la excepción.

Del S. XIV al S. XV: la peste negra y el fin del feudalismo

Entre 1347 y 1352, la peste bubónica devastó a Europa y empujó al oxidado sistema feudal hacia los últimos espasmos de la muerte. La propagación espectacular de la plaga en toda Europa, de cuya población total eliminó aproximadamente a un tercio –aunque en algunas áreas llegó a matar a dos tercios– se explica en parte por la salud ya deteriorada de los habitantes de la región. Bajo el feudalismo tardío, la combinación de las penosas labores agrícolas, el hambre y los conflictos entre señores produjo altos niveles de malnutrición entre los campesinos europeos, lo cual los puso en una situación más vulnerable en el momento en que la plaga llegó. El Trabajo, este jinete olvidado, siempre estuvo dispuesto a asistir a sus cómplices más famosos, el Hambre, la Guerra y la Peste.

El subsecuente colapso demográfico tuvo consecuencias inesperadas. El trabajo empezó a escasear y las tierras eran abundantes, lo cual llevó a que los campesinos de muchas regiones se encontraran en una posición más ventajosa para disputarles el poder a sus señores feudales. Los campesinos se organizaron colectivamente para liberarse de las obligaciones feudales, dirigieron huelgas de renta y escaparon hacia tierras desocupadas, con lo cual le abrieron la puerta a lo que Silvia Federici y otros intelectuales definieron como la «era dorada del proletariado europeo».

A pesar de que no debemos idealizar este período, la evidencia disponible sugiere que, durante el siglo siguiente, tanto los campesinos como los trabajadores urbanos fueron capaces de exigir mayores salarios, comida más barata y más días de descanso para celebraciones y jolgorios. Se redujo también significativamente la brecha entre los salarios de hombres y mujeres. En la estela de la peste negra, fueron los trabajadores en vez de los señores feudales los que sacaron más provecho de la crisis social.

Como respuesta, las clases dominantes europeas intentaron reconquistar su poder sobre el trabajo. No fue solo la demografía la que determinó el resultado de este conflicto: estas respuestas fueron distintas y obedecieron al equilibrio de las relaciones de clase de cada región de Europa. En 1349, en el punto más álgido de la propagación de la peste bubónica, Inglaterra aprobó la Ordenanza de los Trabajadores. Esta medida, que probablemente reconfortaría a Boris Johnson, estableció que los salarios no podían exceder los niveles anteriores a la plaga y que todo aquel que tuviera menos de sesenta años y se rehusara a trabajar sería encarcelado.

Estas medidas fracasaron debido a las revueltas campesinas y fueron necesarias reformas posteriores, como el cercamiento de la tierras comunales en Inglaterra, para privar de su independencia a los pequeños agricultores. En el Mediterráneo, a medida que la peste negra disminuía las poblaciones de Chipre, Creta y otras islas azucareras, los dueños de las plantaciones de caña de azúcar italianos adoptaron la esclavitud para garantizar y controlar el suministro de trabajo. Más tarde, los españoles y los portugueses continuaron este experimento brutal en las Américas, asistidos en sus deberes por un nuevo ciclo pandémico.

Del S. XVI al S. XVIII: la pandemia americana y el nacimiento del capitalismo

Mientras luchaban con los trabajadores, la invasión de las Américas fue como dinero caído del cielo para las clases dominantes europeas. Las conquistas ibéricas desencadenaron una serie de epidemias que afectaron a las poblaciones indígenas y que incluyeron, entre otras, a la viruela, el sarampión, la influenza y la disentería. La población exacta de las Américas en 1492 es objeto de debate, pero la mayoría de los cálculos estiman que la tasa de mortalidad fue superior al 90% entre 1492 y 1650, lo cual implica un total de entre 50 y 90 millones de muertes. Esta catastrófica pérdida de vidas fue exacerbada por la imposición de los regímenes de trabajo europeos, que utilizaban la mano de obra indígena para abrir nuevas fronteras mercantiles para la plata y el azúcar. De nuevo, el Trabajo, el quinto jinete, asistió a su cómplice, la Peste.

La implosión demográfica les generó a los conquistadores el mismo problema que los señores feudales de Europa enfrentaron en tiempos de la peste negra: una población menguante que utilizó distintos métodos para resistir a las exigencias que se les imponían. Muchos líderes guaraníes del bosque tropical atlántico de América del Sur se aliaron con los misioneros jesuitas para difundir su conflicto con los colonos españoles. Sus denuncias vinculaban explícitamente la explotación en sus lugares de trabajo con la propagación de las enfermedades en sus comunidades:

Pero los misioneros eran muchas veces tan explotadores como los conquistadores, y muchas comunidades indígenas de la mata atlántica, del Amazonas y de otras regiones optaron por el aislamiento social en vez de la negociación y se retiraron de las áreas colonizadas para minimizar el contacto con las fuerzas invasoras. De la misma manera en la que, durante la pandemia actual, se limitan nuestras alternativas a la hora de defender nuestros derechos laborales, estas comunidades indígenas tuvieron que adaptarse a un rango estrecho de posibilidades: algunos intentaban negociar sus condiciones de trabajo y otros se negaban a trabajar en absoluto.

La pandemia en las Américas también ayudó a crear las condiciones para el comercio transatlántico de esclavos. En respuesta a las dificultades que planteaba el control del trabajo indígena en medio de múltiples brotes de diversas enfermedades, las potencias europeas empezaron a secuestrar personas jóvenes de las costas de África. Las ganancias de esta nueva frontera mercantil que se beneficiaba del uso de mano de obra esclava en las Américas para explotar el azúcar, el algodón y el oro fueron canalizadas hacia Europa y sirvieron para dar comienzo a la Revolución Industrial.

A pesar de que todavía se debate cómo, cuándo y dónde empezó el capitalismo, dos factores que siempre se mencionan son el establecimiento de las plantaciones basadas en la esclavitud en las Américas y el crecimiento de una clase obrera dependiente del mercado, a la que los cercamientos y otros acontecimientos forzaron a desplazarse a las ciudades en Inglaterra. Ambos regímenes de trabajo fueron el resultado, al menos en parte, de los intentos de la clase dominante de reconquistar su poder sobre los trabajadores que se rebelaban en la estela de la pandemia.

Para volver a inclinar el equilibrio de fuerzas en su propio favor, las clases gobernantes tuvieron que crear nuevos sistemas de opresión entrelazados que combinaban la esclavitud disfrazada de los asalariados de Europa con la esclavitud pura y simple del Nuevo Mundo, según la expresión de Karl Marx. Aunque esta es solo una parte de una historia más compleja, hay un hilo que atraviesa las pandemias de Europa y de las Américas, los conflictos laborales sucesivos de ambas regiones y el nacimiento del capitalismo.

Pero la lucha entre el capital y el trabajo no se terminó aquí. Aun en el caso de las plantaciones, los trabajadores esclavizados encontraron la forma de utilizar las enfermedades en contra de sus opresores. El mercado de esclavos también permitió que se propagaran por las Américas nuevas enfermedades transmitidas por los mosquitos, como la malaria y la fiebre amarilla, que rápidamente se volvieron endémicas en las zonas tropicales del Caribe y del continente. Durante las revueltas de los esclavos de Santo Domingo, el líder revolucionario Toussaint Louverture utilizó su conocimiento de estas enfermedades para vencer a sus adversarios franceses e ingleses.

Louverture y otros jacobinos negros aprovecharon la inmunidad diferencial de las poblaciones rebeldes locales y los soldados europeos invasores para empujar a sus oponentes hacia una prolongada guerra de guerrillas durante la temporada de lluvias. La independencia de Haití en 1804 se explica en parte por el éxito de esta contienda biológica. El miedo a que se produjeran otros levantamientos del estilo haitiano jugó un rol significativo en la abolición de la esclavitud durante el S. XIX. Desafortunadamente, fue solo una victoria parcial para las fuerzas del trabajo a nivel mundial. Durante este mismo período, las potencias europeas se embarcaron en una nueva ola de colonización en Asia y África que desencadenó nuevas pandemias.

Del S. XIX a 2020: pandemias globales, selvas y granjas

Durante los últimos dos siglos, el capitalismo potenciado por los combustibles fósiles aceleró la expansión de las fronteras mercantiles hacia las selvas tropicales y se expandió la agricultura industrial. Estos dos procesos abrieron la caja de Pandora de las pestes. Las redes de comercio internacionales ayudaron a que estas enfermedades se propaguen entre las poblaciones más explotadas y postergadas del planeta.

Tal como señaló Mike Davis, a pesar de que este proceso se aceleró desde la Segunda Guerra Mundial, es posible identificar precedentes a la crisis actual en la ola de pandemias que propició el imperialismo del S. XIX en Asia y África. La invasión británica de la India hizo que, después de 1817, el cólera se propagara por todo el mundo a través de las redes comerciales y navales de Inglaterra. De esta manera, una enfermedad que al principio proliferaba en los cultivos de arroz en el delta del Ganges, se convirtió en el trasfondo de la novela de Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, que transcurre en la costa de Colombia.

Fueron factores similares los que propiciaron una nueva ronda de peste bubónica que se propagó desde Yunnan en China, en donde la dinastía Qing había ampliado la frontera para la extracción de cobre. Yersinia Pestis, la bacteria que causa la plaga, circulaba entre las poblaciones locales de roedores de las selvas montañosas de la provincia. En 1855, la enfermedad había infectado a los mineros que invadían la zona, para expandirse luego a la costa y fuera de China siguiendo las rutas de comercio de opio establecidas por los británicos, que intentaban quebrar el mercado chino repartiéndoles drogas a los trabajadores locales. La «tercera plaga», según la denominación con la que se hizo conocida, mató alrededor de doce millones de personas y todavía era considerada como activa por la OMS en los años 1960.

En el siglo veinte, el avance de las fronteras mercantiles hacia las selvas tropicales de África Central fue un vector clave para la emergencia de nuevas enfermedades, entre las cuales el VIH/SIDA es el ejemplo más grave. La disputa europea por África aceleró la extracción de marfil y caucho. Monarcas distantes como el rey Leopoldo de Bélgica y el káiser alemán aprovecharon las jugosas ganancias que les garantizaba el trabajo no pago de la población local al costo de millones de vidas.

Estudios recientes sugieren que el consumo de carne de animales salvajes, sobre todo en el Congo y en el Camerún alemán, provocó la transmisión del virus de inmunodeficiencia en simios (VIS) desde los chimpancés a los humanos, que suscitó la aparición posterior del VIH-1. Es posible que esta carne haya sido consumida por las expediciones de trabajadores forzados y que el virus luego haya viajado por ferri y por tren a lo largo de las rutas de exportación de caucho y de marfil. Después de la Segunda Guerra Mundial, el virus saltó desde Kinsasa, en el Congo belga, a Haití, antes de ser identificado finalmente en los Estados Unidos durante los años 1980.

En las décadas posteriores, el avance continuo de la pesca, la minería y de otras fronteras mercantiles en África Central facilitaron la transmisión de animales a humanos de una lista de patógenos que sigue creciendo y que incluye al virus del Zika, el chikunguña, el Ébola y el virus de Marburgo. En simultáneo, las granjas industriales que albergan enormes cantidades de ganado, brindaron un caldo de cultivo para los virus de la influenza que produjeron múltiples brotes de gripe entre 1957 y 2010 y cuyas causas deben buscarse en la interacción entre humanos, cerdos y aves.

A pesar de que el origen exacto de la gripe «española» de 1918-1919 es todavía un tema de debate, es posible que también se haya originado en un virus transmitido a los humanos por el ganado, antes de expandirse entre las filas de jóvenes agotados movilizados por sus gobernantes durante la guerra y ocasionar una matanza todavía mayor en las poblaciones de Irán y de la India, desgastadas por la ocupación británica. Como siempre, los brutales regímenes de trabajo desempeñaron un rol específico junto a las pestes, las guerras y las hambrunas. No es coincidencia si durante este período también se produjo un despliegue increíble de huelgas y protestas, desde los activistas anticoloniales en Amritsar hasta los anarquistas en Buenos Aires, pasando por las camiseras de Nueva York.

Los orígenes del COVID-19 también son inciertos, pero una de las hipótesis más difundidas es que saltó de los murciélagos a los humanos a través de pangolines cautivos. Tal como argumentó Andy Liu, el consumo de pangolín y de carne a gran escala en China es un fenómeno reciente, un espectáculo gastronómico que sirve como insignia de privilegio en medio del auge económico. El quinto jinete ventila la competencia en los lugares de trabajo, la disputa por el estatus y el derrumbe de la solidaridad de clase al proveer lujos cada vez más extravagantes a aquellos trabajadores que gozan de mejores salarios. Al igual que el apetito creciente de carne de cerdo y de vaca, el consumo de animales salvajes en China fue potenciado por la expansión frenética de la economía capitalista mundial. Y el crecimiento desenfrenado de estas fronteras mercantiles sin duda ocasionará la propagación de nuevas plagas.

No hay nada cierto en las ignorantes declaraciones del primer ministro de Australia, Scott Morrison, que dijo que esta pandemia es el «tipo de acontecimientos que solo suceden una vez cada 100 años». Por el contrario, los estudios científicos recientes predicen que, si la deforestación sigue creciendo al ritmo actual, es probable que debamos soportar de cinco a seis epidemias por año. Las cadenas de suministro globales potencian este proceso en cada uno de sus eslabones. Los cerdos en China y en Europa, que tal vez incuban la próxima pandemia de influenza, se alimentan de la soja extraída de las plantaciones que están borrando las sabanas y las selvas de América del Sur. Estas son precisamente las áreas en las cuales emergieron, durante los últimos setenta años, nuevos agentes infecciosos como el «Machuppo» (un virus de la familia de los Arenavirus hospedado por algunos roedores amazónicos). A su vez, la destrucción de la selva amazónica acelerará el calentamiento global. Esto agravará el derretimiento del permafrost ártico en cuyo interior yacen cadáveres de renos que en este momento están desencadenando la propagación del ántrax y de otras enfermedades que dormían desde hace mucho tiempo.

Pero hay medidas que podemos tomar para evitar este terrorífico escenario. En primer lugar, debemos romper la falsa división entre las luchas por la seguridad en los lugares de trabajo, el derecho a la tierra de las comunidades indígenas y la conservación del medioambiente. No debemos defender la biodiversidad porque pensamos que los monos y los pangolines son simpáticos: debemos defenderla porque no queremos que los monos y los pangolines nos infecten con nuevos y espantosos virus. La mejor manera de hacerlo es reducir la deforestación y el comercio ilegal de animales salvajes a través de la creación y el mantenimiento de reservas ecológicas y territorios indígenas bien protegidos.

Las luchas de los pueblos indígenas que viven en las selvas tropicales y en otras regiones son parte de los intereses sanitarios de los trabajadores urbanos. Debemos impedir que estas regiones sigan siendo invadidas por las empresas que comercian leña y por los cazadores furtivos. Esto implica apoyar a los grupos indígenas que todavía resisten su incorporación a los regímenes extractivistas del capitalismo y que se niegan a trabajar para el quinto jinete. Las huelgas por el COVID en los lugares de trabajo urbanos y las campañas indígenas en contra de la minería en el Amazonas son dos caras de la misma lucha por la salud y el trabajo.

También podemos crear solidaridad si reconocemos que los últimos siete siglos de pandemias y conflictos laborales afectaron tanto a los trabajadores asalariados como a los no asalariados, sin importar si se vivían en los países del Norte o del Sur globales. Cada nueva ola de enfermedades fue potenciada por las debilidades que generan los regímenes de trabajo, pero las crisis resultantes muchas veces se convirtieron en oportunidades para derrocar estos regímenes.

Tal como dice Naomi Klein, los tecnócratas del gobierno aliados con los multimillonarios de Silicon Valley están utilizando el COVID-19 para abrirle paso al «New Deal de las pantallas», mediante el cual pretenden parchar las fisuras del sistema actual forzando a los estudiantes y a los trabajadores a realizar sus actividades a disposición y bajo vigilancia 24/7 desde sus hogares. Si el jinete de la Peste no nos ataca en la calle, el jinete del Trabajo nos aplastará antes de que logremos abrir la puerta.

Para resistir e inventar nuestras propias alternativas a esta película ciberpunk clase B, podemos mirar a las luchas que se desarrollaron en los distintos continentes en el pasado. Podemos inspirarnos en los modos en los cuales los campesinos medievales en Inglaterra, las comunidades guaraníes en Paraguay, los revolucionarios en Haití y las camiseras en Nueva York lucharon por el derecho a un trabajo mejor pagado o por el derecho a no trabajar en absoluto en medio de brotes de enfermedades devastadoras.

La actual ola de huelgas dirigida por trabajadores que buscan proteger su salud en medio de la pandemia de coronavirus, la movilización de los pueblos indígenas de Brasil para instalar puntos de control en sus comunidades y mantener el aislamiento social, junto a las reivindicaciones internacionales que plantean desmercantilizar el cuidado de las personas mayores, son la continuación moderna de esta tradición global. En vez de olvidar a estas generaciones pasadas, podemos aprovechar la fuerza de sus victorias para ingresar en nuestra propia batalla contra el quinto jinete del apocalipsis capitalista.

 

Cierre

Archivado como

Publicado en Artículos, Crisis, Historia, homeCentro3, Imperialismo, Salud and Trabajo

       Suscribirse

Jacobin es una voz destacada de la izquierda que ofrece un punto de vista socialista sobre política, economía y cultura.


EN ARGENTINA

ARS$2300

1 Año : 4 Números
Suscripción Impresa + Digital

EN EL RESTO DEL MUNDO

US$ 12

1 Año : 4 Números
Suscripción Digital

J

Que «las cosas continúen así» es la catástrofe.

WALTER BENJAMIN

Ingresa tu mail para recibir nuestro newsletter

Jacobin Logo Cierre