Se informó ampliamente que el multimillonario tecnológico estadounidense Peter Thiel dio hace poco una serie de conferencias deshilvanadas ante una audiencia privada en San Francisco, en las que expuso su lectura apocalíptica de la política mundial. Estas charlas marcan el punto culminante de dos años de viajes en los que Thiel habló en universidades católicas, conferencias internacionales y podcasts de derecha sobre cómo el Anticristo amenaza el orden global.
Aunque el discurso de Thiel carezca de claridad y coherencia, sigue siendo profundamente significativo si consideramos el poder político y económico concentrado en sus manos. Sin embargo, tal vez sea aún más importante lo que sus comentarios sobre el Anticristo dicen sobre la convergencia entre el apocalipticismo cristiano, el dominio económico del sector tecnológico y el imperialismo estadounidense.
Algunos vincularon la visión de Thiel con lo que llaman «fascismo del fin de los tiempos», pero es más útil caracterizar lo que propone como una geopolítica apocalíptica: un reordenamiento simplificado de la política global según coordenadas espirituales de salvación y condena. La geopolítica apocalíptica de Thiel busca superar contradicciones sociales internas proyectándolas sobre un mal externo, a la vez extranjero y metafísico.
Esto justifica la violencia más extrema contra sus adversarios y protege sus propias ideas de cualquier contestación. El mundo de Thiel es un campo de batalla de absolutos morales, no un terreno de complejidad política donde intereses y valores distintos se disputan y se negocian.
Thiel y la derecha reaccionaria
Thiel está asociado hace tiempo a la derecha reaccionaria en Estados Unidos: creó proyectos hiperlibertarios como el Seasteading Institute, financió el movimiento ultraderechista National Conservative y apoyó a intelectuales reaccionarios como Curtis Yarvin, gurú de la «Ilustración Oscura». También donó generosamente a la campaña presidencial de Donald Trump en 2016 y financió la exitosa campaña de J. D. Vance para el Senado en Ohio.
En pocas palabras, Thiel, como su amigo y colega multimillonario Elon Musk, ocupa un lugar de enorme poder en el centro de la política estadounidense y global, y usa su fortuna para influir en elecciones y asegurar contratos gubernamentales lucrativos. Al hacerlo, coloca a su imperio empresarial —en especial Palantir— en el corazón de dos grandes áreas de crecimiento dentro de economías occidentales por lo demás estancadas: la IA y la intersección entre tecnología y militarismo.
Es la profundidad de su penetración política lo que vuelve dignas de escrutinio sus declaraciones sobre el Anticristo, por más desconcertantes o perversas que puedan parecer. Su geopolítica apocalíptica idiosincrática toma mucho de elementos oscuros de la obra del infame jurista nazi Carl Schmitt. Schmitt sostenía que detrás de las luchas materiales de la geopolítica terrenal había una batalla metafísica entre el Anticristo y el Katechon, o «retrasador», que mantendría al Anticristo a raya, postergando el apocalipsis.
El Katechon de Schmitt estaba representado por fuerzas que resistían al gobierno global y a las ideologías universalistas. Así, presentaba su propia preferencia por un orden mundial multipolar, dominado por imperios continentales, como un modo de contener al Anticristo y evitar el apocalipsis.
Como Schmitt antes que él, Thiel vuelve a convertir la geopolítica en Revelación. El globo se divide entre un espacio katechónico —específicamente la frontera libertaria de Silicon Valley respaldada por Estados Unidos como retrasador— y una red global de excesos burocráticos que hace el trabajo del Anticristo.
Esta visión presenta a las instituciones seculares de la modernidad como agentes apocalípticos, mientras que el capital y la tecnología aparecen como fuerzas redentoras. En la geopolítica apocalíptica de Thiel, el Anticristo funciona como cifra mediante la cual coloca cuestiones como la tributación, el multilateralismo, la regulación económica y la gobernanza ambiental en un campo de batalla espiritual, retirándolas del desafío democrático y la deliberación diplomática.
Estados Unidos: ¿Anticristo o Katechon?
Estados Unidos ocupa un lugar paradójico en la geopolítica apocalíptica de Thiel, como nación auto-interesada y soberano mundial aspiracional, campeón del libre mercado y regulador en jefe, salvador y destructor. Este tipo de contradicción es típico del pensamiento apocalíptico, que colapsa las divisiones binarias en un único horizonte escatológico.
En una de sus recientes charlas en San Francisco, Thiel identificó explícitamente a Estados Unidos como Katechon y Anticristo a la vez: «el punto cero del Estado mundial único, el punto cero de la resistencia al Estado mundial único». Esta ambivalencia refleja la paradoja del imperio estadounidense: verse simultáneamente como garante del orden global y como un dique contra un gobierno mundial; el «policía del mundo» sin ataduras del derecho internacional.
Schmitt estaba profundamente preocupado por el «desordenamiento» provocado por los nuevos avances tecnológicos en materia militar, señalando el incremento acelerado del poder destructivo a lo largo del siglo XX (desde los bombardeos aéreos y los submarinos hasta las armas nucleares y la posibilidad de guerra en el espacio). Thiel, por el contrario, está lucrando con el uso de sistemas de armas basados en IA que se utilizan en la guerra en Ucrania y en el genocidio en Gaza.
Ahí es donde entran en foco los riesgos de su excéntrica concepción apocalíptica. Thiel fusiona el emergente «complejo industrial-militar digital» con la escatología cristiana, y esto tiene una influencia real y maligna sobre la vida de millones en todo el mundo. Resulta difícil sostener que su geopolítica apocalíptica y sus intereses comerciales están totalmente separados, no solo porque él mismo los vincula explícitamente, sino porque encajan de forma casi perfecta.
Para comprobarlo podemos mirar solo una de sus empresas. Palantir es una compañía de análisis de datos cuyos sistemas fueron adquiridos por agencias gubernamentales en Estados Unidos y otros países para reconocimiento facial, vigilancia predictiva y selección de objetivos militares.
En 2023, Palantir recibió un contrato de datos por 330 millones de libras del Servicio Nacional de Salud británico (NHS), el mayor contrato de datos en la historia de la institución. Thiel definió al NHS como un «objetivo natural» para la privatización, sugiriendo que necesitaba «empezar de cero» y someterse a «mecanismos de mercado». En la práctica, Palantir no se dedica a salvar vidas, sino a extinguirlas.
En septiembre, las Fuerzas Armadas británicas anunciaron una «asociación estratégica» de 1.500 millones de libras con Palantir para «desarrollar capacidades impulsadas por IA ya probadas en Ucrania, para acelerar la toma de decisiones, la planificación militar y la selección de objetivos». Según el Ministerio de Defensa, la empresa de Thiel y su nuevo socio «trabajarán juntos para transformar la letalidad en el campo de batalla» con análisis de datos basados en IA.
La complicidad de Palantir en el genocidio israelí en Gaza da una idea de lo que significa esa «letalidad transformada». El ejército israelí emplea los sistemas Lavender y Gospel de Palantir para generar objetivos de bombardeo aéreo, como se detalla en un reciente informe de Francesca Albanese, relatora especial de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados.
Cuando no exporta tecnologías de violencia estatal hacia Palestina y Ucrania, Palantir obtiene ganancias con ellas dentro de Estados Unidos. La ya notoria Agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) usa una plataforma de datos llamada ImmigrationOS, con el objetivo de identificar a supuestos inmigrantes ilegales para su arresto y deportación.
La evidencia de perfiles raciales sistemáticos y de detenciones y deportaciones ilegales de inmigrantes, así como de ciudadanos estadounidenses, está creciendo. Bajo la nueva administración Trump, un ICE reforzado funciona, en la práctica, como una policía secreta racista que opera en un «estado de excepción» sin ley, digno de Schmitt.
En cada caso vemos tecnologías de datos empleadas para una violencia estatal racializada que extiende el poder imperial de Estados Unidos y sus aliados. Así es la geopolítica apocalíptica de Thiel en la práctica: una escatología militar-industrial retorcida, donde un genocidio impulsado por IA se interpreta como «contención» y no como la consumación del fin del mundo.
Fin del tiempo
La geopolítica apocalíptica de Thiel deslegitima el derecho internacional, legitima la violencia contra poblaciones racializadas y santifica la riqueza tecnológica de las élites como último baluarte contra un apocalipsis inminente. Al superponer estructuras materiales de poder con una lucha metafísica, Thiel mistifica el imperialismo estadounidense, el privilegio de clase y sus propios intereses corporativos como si fueran una vocación divina.
Su Armagedón no es tanto una profecía del fin del mundo como una retórica para legitimar la soberanía de las élites tecnocapitalistas frente a los reclamos morales de la mayoría global y los bienes comunes planetarios. Y el gobierno mundial único que teme no es un proyecto político coherente, sino una condensación de ansiedades reaccionarias sobre la presunta pérdida de soberanía, el relativismo moral y la democratización tecnológica.
Al fusionar el mito de progreso de Silicon Valley con visiones apocalípticas de salvación, Thiel transforma el poder imperial estadounidense y la expansión tecnológica sin freno —ahora concentrados en manos de unos pocos CEOs multimillonarios— en el reducto final contra lo que imagina como una homogeneización global catastrófica.
En un momento de crecientes tensiones geopolíticas, rápida militarización y una volatilidad ambiental en ascenso, con la extrema derecha en expansión en todo el mundo, el peligro que representan visiones geopolíticas imperialistas, chovinistas y supremacistas como las de Thiel —y los intereses profanos y asesinos a los que sirven— debería resultar evidente.





















