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El candidato presidencial francés de extrema derecha Éric Zemmour pronuncia un discurso durante su campaña electoral el 28 de enero de 2022, en Chaumont-sur-Tharonne, Francia. (Foto: Chesnot / Getty Images)

El devenir reaccionario de los intelectuales franceses

UNA ENTREVISTA CON
Traducción: Valentín Huarte

Aunque Francia siempre tuvo intelectuales de derecha, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial no habían vuelto a tener tanta visibilidad como hoy. La larga contrarrevolución dirigida contra la izquierda hizo que estos provocadores reaccionarios terminen reconfigurando la vida intelectual francesa.

Entrevista por
Cole Stangler
[1]Cole Stangler vive en París. Es periodista especializado en el mundo del trabajo y en política. Exintegrante de la redacción de International Business Times y de In These Times, publica en VICE, … Continue reading

La deriva derechista de Francia progresa a un ritmo acelerado. Aunque todo indica que Emmanuel Macron renovará su mandato en abril, las encuestas muestran que la extrema derecha acumula el 30% de los votos, que se reparten entre la veterana Marine Le Pen y Éric Zemmour, figura mediática condenada en múltiples oportunidades por su discurso racista y antimusulmán. La izquierda sigue siendo débil y está dividida: los sondeos muestran que sus mejores candidatos están lejos de entrar en la segunda vuelta.

Este triste paisaje es el resultado de un largo proceso, determinado fundamentalmente por el declive movimiento obrero y por los fracasos del Partido Socialista (PS) —sobre todo por la presidencia de François Hollande—, pero también por la cada vez más pronunciada inclinación derechista de todo un sector de los medios de comunicación y de una amplia franja de intelectuales. Todo esto quedó claro en enero, cuando Jean-Michel Blanquer, ministro de Educación, participó de una conferencia calificada directamente de «anti-woke» y celebrada en la Sorbona, aun sabiendo que sus colegas del gobierno de Macron están alertas frente al supuesto avance del islamoizquierdismo en la universidad.

Con el fin de profundizar en este desplazamiento de la escena pública francesa, Cole Stangler, colaborador de Jacobin, conversó con Frédérique Matonti, especialista en Ciencias Políticas, profesora en la Universidad de París 1, Panthéon-Sorbonne y autora de Comment sommes-nous devenus réacs? En su libro, publicado en noviembre de 2021 por Fayard, la autora explica cómo Francia pasó de «una hegemonía cultural a otra» y analiza el discurso de los pensadores más importantes del país y los temas que definieron la transformación del mapa intelectual desde los años 1980 en adelante.

 

CS

¿Por qué decidiste escribir este libro?

FM

Hace dos o tres años yo miraba muchos programas de noticias en la televisión. Me sorprendía lo que veía: una línea de pensamiento extraordinariamente reaccionaria, muy simplista, vinculada siempre con esa visión radical de la laicidad que critica el uso del velo, de la burka, y que está fundada en una interpretación caricaturesca de la realidad de las escuelas francesas y que afirma, por ejemplo, que el nivel de la educación está declinando a un ritmo constante. La noción caricaturesca permea los debates sobre el feminismo: el #MeToo es acusado de ideología estadounidense y de promover la guerra de los sexos. En el plano económico, cuando uno se toma en serio a esa horda de seudoexpertos y editorialistas, termina pensando que el problema son los servicios sociales: que son muy costosos, pero también que el acceso no debería ser automático, que los destinatarios deberían hacer más mérito. También está la idea de que el Estado de bienestar es demasiado caro y de que el pueblo francés está viviendo por encima de sus posibilidades.

Hay toda una serie de opiniones que se abrieron paso y lograron imponerse en el discurso público. Mientras escribía el libro, me sorprendió que cuanto más estudiaba el tema, más confirmaba mis hipótesis. Un año después la tendencia se profundizó.

Mi libro está centrado en los años 1950, 1960 y 1970 y mi tesis trata principalmente sobre los intelectuales comunistas. Estudio el estructuralismo y todas esas cosas. Y, naturalmente, no deja de asombrarme la diferencia entre la hegemonía intelectual y política de los años 1960 y 1970 y la de hoy.

 

CS

Tu tesis es que el punto de inflexión está en los años 1980. En el libro encontramos cuatro ejes: el fracaso de los movimientos antirracistas de aquella época; la reacción a Mayo de 1968; la falsa oposición entre clase obrera y minorías; y, por último, la obsesión con el velo. Entonces, tomando como contrapunto los años 1970, ¿cómo fue que la izquierda perdió esa «hegemonía» a la que hiciste referencia?

FM

Hacia el final de los años 1970 surgió un movimiento denominado Nueva Derecha. Sus partidarios pensaban en términos gramscianos, estaban convencidos de que la izquierda socialista-comunista estaba en la antesala del poder —de hecho, ganó las elecciones en 1981— y de que era necesario construir una contrahegemonía. Esta línea es característica de toda una serie de periódicos no tan conocidos, aunque también está presente en otros más importantes, como por ejemplo, Le Figaro, y expresa esa disputa ideológica que se propagó desde los años 1970 hasta fines de los años 1980.

La izquierda llegó al poder en 1981. François Mitterrand ganó la presidencia y designó ministros comunistas en su gabinete. En el libro no me detengo en este tema, pero hay que decir que, durante la primera etapa de su gestión, el gobierno de Miterrand aplicó políticas bastante radicales. Nacionalizó ciertos sectores de la economía. Regularizó la situación de cientos de miles de inmigrantes indocumentados. Liberó a los medios de toda supervisión estatal, transformando la relación entre los ciudadanos y la información en un sentido completamente opuesto al que promovía la derecha. También implementó una política cultural muy novedosa, orientada desde el Ministerio de Cultura —inicialmente bajo dirección de Jack Lang—, que apuntó a darle espacio a expresiones populares como el jazz, el hip-hop y el arte callejero. Es decir que durante esos años hubo una apertura significativa. Sin embargo, eso terminó provocando una oposición frontal y brutal por parte de la derecha.

Primero, el gobierno empezó a retroceder en cuestiones de política económica. Las políticas que favorecían a los consumidores entraron en conflicto con la apertura de las fronteras. Aunque el pueblo francés gastaba mucho, no compraba productos franceses. Por eso el estímulo económico nunca llegó. Eso explica las derrotas electorales que comenzaron en 1983. Después, en 1986, la izquierda perdió las elecciones legislativas y terminó aceptando una situación de «convivencia» [que obligó a Miterrand a gobernar junto a Jacques Chirac, primer ministro de la centroderecha].

En ese punto empezaron a surgir muchas obras que criticaban la cultura de izquierda. Por ejemplo, el libro de Alain Finkielkraut, La derrota del pensamiento, del que hablo bastante. Es una obra que critica duramente las políticas de Lang bajo el argumento de que el socialismo estaba promoviendo una cultura no legítima (que ponía, por ejemplo, la moda en el mismo nivel que la obra de William Shakespeare). También ataca los movimientos antirracistas de los años 1980, dirigidos por la denominada «segunda generación», es decir, los hijos de los inmigrantes de Argelia, Túnez, Marruecos, etc. Finkielkraut criticaba con saña esa cultura y sus formas de expresión, sobre todo los recitales. También criticaba algo que denominaba «juventismo» (jeunisme), que según él era otro signo del ascenso del «comunitarismo».

Es un momento importante en términos políticos. Después vinieron otros intelectuales que retomaron y radicalizaron esos textos. Sin entrar en detalle, puedo mencionar, por ejemplo, un artículo de Paul Yonnet publicado a comienzos de los años 1990. Refiriéndose a la profanación de un cementerio judío [de Carpentras], afirmaba que el racismo y el antisemitismo no surgían de las personas racistas y antisemitas, sino que eran consecuencia de los movimientos antirracistas. Es la idea, tan común hoy, de que los verdaderos racistas son, en última instancia, los antirracistas.

 

CS

En Estados Unidos se dice lo mismo.

FM

Muchos de estos autores miran de cerca a Estados Unidos. Retoman los debates sobre corrección política, sexualidad y consentimiento que atraviesan las universidades del país americano. Parafraseando a mi amigo Éric Fassin, diría que están construyendo una especie de «espantapájaros estadounidense»: en ese país supuestamente es imposible hablar, en especial cuando está en juego la seducción. Lo más sorprendente es que en Francia casi no hay contrargumentos. Hasta Libération [prensa tradicional de la izquierda] piensa que en las universidades estadounidenses es imposible acostarse con alguien. Tienen una visión muy caricaturesca de lo que sucede del otro lado del atlántico.

Hubo dos publicaciones que cumplieron roles fundamentales en la importación de estas batallas: Le Débat y CommentaireCommentaire es la publicación de Raymond Aron, orientada más bien hacia la derecha, mientras que Le Débat se autopercibe como un periódico de centroizquierda. Las pinceladas gruesas de estos temas que hoy dominan la prensa reaccionaria fueron trazadas a fines de los años 1980 y a comienzos de los 1990.

 

CS

En Francia reina esta idea de que «la República no percibe diferencias étnicas». Cualquiera que ose hablar del tema es rápidamente acusado de antifrancés y de responder a intereses extranjeros. Pero tu libro nos enseña que no siempre fue así, que ese discurso empezó a desarrollarse en los años 1980 y 1990. Además escribiste todo un capítulo que critica esta supuesta oposición entre clase obrera y minorías. Existe el prejuicio de que si hablamos demasiado sobre «diferencias» —religiosas, étnicas o sexuales— nos alejamos de la clase obrera. Es un discurso que comparten tanto la izquierda como la derecha.

FM

Ese discurso surgió después de la derrota de Lionel Jospin, [candidato socialista] que no logró entrar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2002 [después de haber sido primer ministro]. Una de las explicaciones típicas, sobre todo en la izquierda, es que la derrota obedeció a que sus políticas favorecieron a las minorías en vez de a la clase obrera. Entre esas reformas se cuentan el matrimonio igualitario y el cupo femenino en los partidos políticos. Después de 1997, Jospin fue primer ministro en «convivencia» con [el presidente] Chirac, que estaba a la cabeza de un gobierno usualmente denominado como de «izquierda plural» [que contaba con el respaldo de socialistas, verdes y comunistas].

Es verdad que durante el período hubo un importante crecimiento económico, que habría podido redundar en reformas más audaces. Está claro que, al menos en parte, lo que se decía en aquel entonces —que el gobierno no aplicaba suficientes políticas de izquierda— era verdad. Pero el problema, aun simplificando demasiado las cosas, es esa oposición a la que nos referimos, que parece presuponer que la clase obrera es siempre blanca, heterosexual y masculina. En realidad, la clase obrera también incluye a los gays y a las lesbianas, a las mujeres y a los inmigrantes. Así que la oposición no tiene sentido, y si la izquierda pretende reconstruirse sobre esos fundamentos, empieza con el pie equivocado. La izquierda tiene que defender las reformas económicas, pero también tiene que combatir la discriminación.

Intenté mostrar que en los casos en que la izquierda apoyó estas reformas —uniones civiles, paridad política, matrimonio igualitario— tuvo que enfrentar importantes divisiones internas, que plantearon muchas dificultades políticas. Con Hollande, por ejemplo, hubo un avance en el matrimonio igualitario, pero no en términos de tecnologías de reproducción asistida ni en derechos de maternidad.

 

CS

El Islam está en el centro de estas escaramuzas.

FM

En primer lugar, hay que destacar que la ley de 1905, que establece la separación entre la Iglesia y el Estado, fue diseñada originalmente con el fin de que los católicos no rechazaran la república. Los católicos del siglo diecinueve tendían a concebir a la república como el enemigo antirreligioso. Esa ley no se escribió con el objetivo de reprimir a los católicos, sino con el de hacer que aceptaran la república. Es una ley muy pragmática, una ley de reconciliación que supone que uno debe esperar pacientemente que los católicos se integren en la nación francesa. Es importante recordar todo eso porque cuando hablamos de laicidad en la Francia contemporánea parece que nos referimos exclusivamente a los musulmanes.

Lo que cambió, en parte, es la geopolítica. Los acontecimientos de Irán, Afganistán y Argelia, y el desarrollo de Estados bajo control islámico, sumados a los ataques terroristas, terminaron afectando la opinión de los franceses.

También hubo mucha polémica. La primera en captar la atención de los medios surgió en una escuela secundaria de los suburbios de París, emplazada en Creil [en 1989], donde tres estudiantes se negaron a quitarse sus velos antes de entrar al aula. Es importante recordar este hecho porque dividió a la izquierda. Algunos, como Jospin, ministro de Educación en aquel momento, pensaban que era importante conservar la paciencia y proponer políticas de consenso. No era el término que se usaba entonces, pero la idea era discutir las cosas con las familias y los niños y garantizar que siguieran asistiendo a clases. El gobierno impuso ciertas restricciones —por ejemplo, declaró que no era admisible boicotear las clases— pero, en términos generales, sostuvo una perspectiva bastante tolerante, leal al espíritu de 1905.

Por otro lado, hay una parte de la izquierda mucho más intransigente, que cree que si el sistema escolar cede en este punto, eso implicará un retroceso sin precedente y abrirá las puertas al control religioso —en última instancia, musulmán— del contenido de las clases. Muchos críticos de izquierda, como Jean-Pierre Chevènement y Gisèsele Halimi, retoman este argumento. Y después están los que, como Finkielkraut y Élisabeth Badinter, firman una petición que dice «No al Múnich de la escuela republicana». En otros términos, esta gente piensa que dejar pasar el velo es equivalente a la paz con Hitler de 1938. Cabe destacar esa palabra, «Múnich», que aparece siempre en estas polémicas; lo mismo sucede con «república» y «universal».

El tono con el que se habla de la vestimenta de las mujeres —porque son casi siempre mujeres— es cada vez más radical. También se cuestiona la burka. O se dice, por ejemplo, que planificar horas específicas para que las mujeres utilicen las piletas municipales sería un ataque contra la laicidad de la república. Por supuesto, no estoy diciendo que el gobierno islámico no sea un problema en Afganistán. Pero en Francia, los debates sobre la burka que apuntan contra las mujeres, son una forma de evitar hablar sobre la educación o la integración, principios, en última instancia, de la ley de 1905.

En la izquierda hay grupos que no hacen más que echar leña al fuego. Es el caso de Primavera Republicana. Esa organización cumple un rol muy importante en la propagación de la laicidad. [El candidato a presidente] Éric Zemmour es el que llegó más lejos: afirma, por ejemplo, que todos los inmigrantes deberían tener un primer nombre francés. Pero también está el ministro del Interior, que dice que en los supermercados no debería haber góndolas diferenciadas que respeten la ley islámica o judía. ¡Es increíble que pretendan meterse con la vida privada hasta ese punto! Y, por cierto, es todo lo contrario de lo que afirma la ley de laicidad.

 

CS

En el último capítulo de tu libro, centrado en las causas de este desplazamiento cultural, uno de los argumentos más interesantes es que hoy, en Francia es más fácil convertirse en panelista de televisión que en profesor universitario [sobre todo a causa de los recortes presupuestarios en educación]. Otro argumento importante apunta a la transformación del mapa mediático y a la decadencia de los partidos políticos tradicionales.

FM

Sí, la prensa está cada vez más concentrada en unas pequeñas empresas orientadas a la generación de ganancias. Y los partidos políticos no solo están en decadencia en términos cuantitativos. También —y especialmente en el caso de la izquierda— tienen cada vez menos vínculos con intelectuales, sindicatos y con la sociedad civil en general. Eso es lo más importante.

 

CS

En el prefacio leemos que, en última instancia, el objetivo «no es criticar, sino generar una nueva hegemonía cultural». ¿Cómo debería abordar esa tarea la izquierda?

FM

Ser un intelectual de izquierda hoy es estar un poco a la defensiva.

 

CS

Solemos contentarnos con decir, «Este o aquel es un fascista», y está bien, pero, ¿señalar que esas ideas vienen de la extrema derecha es suficiente cuando lo que queremos es derrotarlas?

FM

Ahora que nos enfrentamos a Zemmour, creo que una de las tareas de los intelectuales es justamente no debatir con él, porque no tiene sentido. No vamos a convencer a ninguno de sus partidarios, admiradores o votantes. Aunque pienso que la táctica de ciertos historiadores —que pasa por desmontar sus argumentos, mostrar que son falsos, que son errores históricos que obedecen a la tradición de defensa del «petainismo» [el régimen colaboracionista de Vichy]— es útil y tal vez ayude a convencer a ciertos indecisos.

Como sea, creo que también hay motivos para ser optimistas. Una parte de la generación más joven está muy comprometida con los problemas medioambientales y con el feminismo. Si la izquierda resurge será bajo la dirección de estas generaciones que tienen un discurso mucho más definido que el de sus mayores.

También es importante decir que los estudios de opinión bien fundados —no las encuestas de los medios— muestran que amplias franjas del pueblo francés apoyan las políticas redistributivas y las políticas que tienden a garantizar cierta horizontalidad en la toma de decisiones. En otros términos, la mayoría no comparte el discurso reaccionario del que hablamos. Pero sucede que, en este momento, esas franjas no encuentran ningún candidato en el mercado político capaz de representar sus aspiraciones.

Ese es el problema más importante que enfrenta Francia hoy. Hay muchos jóvenes inteligentes que se interesan por la política, pero que eligen no votar y no participar porque no encuentra un candidato que los defienda. Las elecciones terminan definiéndose en función de los que más votan, es decir, los viejos, que en general tienden a ser más conservadores.

 

CS

¿Existe una demanda y ninguna oferta?

FM

Existe una demanda parcial. Me apoyo en Vincent Tiberj, que trabajó mucho este tema. Una parte de la opinión pública es muy conservadora y xenófoba. Eso es así. Pero también existe una demanda por más igualdad, más horizontalidad, más redistribución y más Estado de bienestar. El problema es que todavía no encuentra una organización.

Notas

Notas
1 Cole Stangler vive en París. Es periodista especializado en el mundo del trabajo y en política. Exintegrante de la redacción de International Business Times y de In These Times, publica en VICE, The Nation y Village Voice.
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Publicado en Cultura, Entrevistas, Francia, homeCentro5, Ideas and Sociedad

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