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"La meritocracia" no era originalmente algo bueno: el término fue acuñado por el sociólogo Michael Young para criticar a los gobiernos que habían renunciado al objetivo de la igualdad social real. (Ryoji Iwata / Unsplash)

Contra la meritocracia

Cuando el sociólogo Michael Young acuñó el término "meritocracia" en 1958, estaba advirtiendo contra la idea de que debemos competir para demostrar quienes tienen más talento. La verdadera política igualitaria no consiste en seleccionar a la élite de forma más “justa”, sino en garantizar una existencia digna para todos.

La meritocracia significa que los más capaces deben gobernar y que deben llegar a la cima independientemente de su origen social. La primera afirmación parece razonable para muchas personas, y la segunda es obviamente justa. El mundo es complejo, y en diversos ámbitos, desde los tribunales hasta las cabinas de los aviones, la experiencia y la formación parecen no sólo deseables, sino necesarias. Y si realmente queremos encontrar a los mejores talentos, seguramente deberíamos asegurarnos de que todos tengan la misma oportunidad de demostrar su valía.

Para garantizar que las personas más aptas avancen en el mundo, muchos liberales bien intencionados predican el evangelio de la igualdad de oportunidades. Todos los niños y las niñas deberían tener acceso a buenas escuelas, a la atención sanitaria y a modelos de conducta seguros, para que los talentos ocultos puedan ser detectados y reforzados. Esto no es más que el famoso sueño americano de trabajar duro para triunfar en la vida. Aunque, como el trabajo manual se ha degradado, la parte del “trabajo duro” ha tendido a dar paso a un enfoque en el “talento”, ya sea innato o aprendido.

Pero la “meritocracia” no era originalmente algo bueno: el término fue acuñado por el sociólogo Michael Young para criticar a los gobiernos que habían renunciado al objetivo de la igualdad social real. Revisar su libro The Rise of the Meritocracy nos ayuda a entender por qué la “igualdad de oportunidades” empobrece el valor de la igualdad y por qué nuestros derechos a una existencia digna no deberían depender de nuestros supuestos “talentos”.

 Tenías un trabajo

Miembro del Partido Laborista británico, Young fue coautor de “Enfrentémonos al futuro”, el manifiesto que le ayudó al Partido a ganar las históricas elecciones de 1945. Aunque el gobierno Laborista fue importante para fundar el estado de bienestar británico, Young vio que la administración de Clement Attlee empezaba a pasar de una idea de dignidad del trabajo e igualdad para todos, a un concepto de “igualdad de oportunidades”. Ya en 1944 se había introducido el examen “11-plus” para determinar el tipo de escuela secundaria al que asistirán los niños (a partir de los once años, aproximadamente), lo que a menudo establecía su rumbo para la vida. Al mismo tiempo, los recientes análisis sobre el ascenso de la “clase directiva” habían anunciado una nueva era de especialistas y de jerarquía social basada en el dominio de la información.

En 1958, Young se sentó a escribir su respuesta: una historia distópica de ciencia ficción, que mira a su propio presente desde 2033. El narrador, un sociólogo ficticio, traza el desarrollo de un nuevo orden social a partir de la década de 1870. Cuenta cómo la nobleza y los privilegios hereditarios que conllevaba se han ido desmontando poco a poco, especialmente gracias a los esfuerzos del movimiento obrero. Pero después de la victoria del movimiento obrero a mediados del siglo XX (es decir, alrededor de la época de Young), la igualdad que se consiguió fue retrocediendo lentamente y sustituida por una nueva división de clases. Ahora ya no eran las personas con padres ricos las que acababan automáticamente en la cima, sino los inteligentes, los que, con la ayuda de su poder intelectual, merecían gobernar. Sin embargo, en 2033, nuestro sociólogo puede hablar de una ola de huelgas y disturbios contra este sistema, instigada por los llamados “populistas”.

El encuadre del libro es algo similar al de 1984 de George Orwell. Y al igual que el libro de Orwell, donde se había acuñado nuevos términos que más tarde se generalizaron como Newspeak y Gran Hermano, el de Young introdujo el término meritocracia, compuesto por mérito (del latín meritus, “merecido”) y krati (del griego kratein, “gobernar”). La gran diferencia radica en la forma de utilizar estas palabras recién acuñadas. Mientras que asociar a un adversario político con el mundo de 1984 es obviamente peyorativo, los socialdemócratas y los políticos liberales del mundo abrazaron la “meritocracia” como si fuera una buena idea. En realidad, la lectura del libro de Young arroja esta idea bajo una luz mucho más sombría.

En la sociedad que Young retrata, todo el mundo se somete a pruebas de inteligencia a lo largo de su vida, por lo que siempre tienes la oportunidad de ascender en la escala social, siempre que la prueba lo demuestre. Pero no tienes ninguna razón para quejarte de tu bajo salario o estatus si el test muestra que no eres lo suficientemente inteligente: ahí es donde debes estar.

Esta no era la sociedad a la que aspiraba el movimiento obrero cuando luchaba por una mejor educación y por abolir un sistema de privilegios inmerecidos. Pero sus victorias les fueron arrebatadas y orientadas hacia fines diferentes, cuando los llamados fabianos ganaron poder en el movimiento obrero. En realidad, la Sociedad Fabiana se fundó en 1884 como una organización socialista que no buscaba la igualdad total, sino “un nuevo orden social, construido sobre la base de las capacidades humanas, que se crearía a partir del caos de la vieja sociedad”. En otras palabras: una meritocracia.

“Las diferencias de ingresos son más grandes que antes y, sin embargo, ahora hay muchos menos conflictos”, escribe nuestro sociólogo ficticio en 2033. La razón es, en parte, que la riqueza y los beneficios de los más capacitados y dotados parecen justos porque han trabajado para conseguirlos en lugar de heredarlos, y en parte, que las nuevas diferencias entre ricos y pobres vienen en forma de beneficios para los ricos en lugar de sólo salarios más altos. Paralelamente, el parlamento elegido se debilita en favor de los “técnicos”, burócratas profesionales de la administración del Estado. El Partido Laborista y los sindicatos aceptan lenta pero firmemente este compromiso.

Sin embargo, en la historia de Young, un pequeño grupo de personas todavía se aferra al principio de igualdad, tanto en términos de ingresos como de influencia: un grupo conocido como los “populistas”. Las mujeres líderes desempeñan un papel especialmente destacado en la revuelta: incluso las mujeres inteligentes que alcanzan un estatus elevado siguen siendo víctimas del patriarcado. Pues en este orden social supuestamente armonioso, siguen estando sometidas a una gran presión para criar a sus propios hijos “inteligentes” y no entregarlos a sirvientes “estúpidos”. Así, a las mujeres que acaban de empezar su carrera se les pide que renuncien a todo lo que han trabajado para centrarse en su papel de madres. El sociólogo ficticio de Young sigue concluyendo que esta nueva alianza de líderes inteligentes y feministas y de trabajadoras de izquierdas no durará: al fin y al cabo, tienen intereses de clase diferentes.

Aunque el autor reconoce que vive tiempos turbulentos, pronostica que la actual rebelión populista se desvanecerá: la clase obrera carece de liderazgo. Concluye su disertación sugiriendo que su pronóstico se verá probablemente confirmado por el congreso populista que se celebrará en Peterloo al año siguiente, al que tiene intención de asistir como observador. La nota final del libro dice a los lectores que se equivocó. Peterloo creó tal tumulto que el autor fue asesinado, y que esta tesis fue publicada póstumamente.

El monstruo que creó Young

Visto desde el año 2021, el libro de Young muestra un asombroso poder de previsión. Predijo que la abolición de una élite hereditaria basada en el poder y la riqueza heredados podría dar lugar fácilmente a la creación de otra élite, que se sentiría con mayor derecho a sus privilegios porque los “merecía”. Young también predijo que en los años 60 y 70 se produciría un aumento de la política radical, un “momento” histórico para el avance de la izquierda. Pero no ganaron, y la sociedad se dividió más tras la contrarrevolución neoliberal que erosionó el bienestar universal y lo sustituyó por soluciones privatizadas que aumentaron la división de clases.

Young previó un amplio espectro de consecuencias negativas del evangelio de la “meritocracia”: el giro a la derecha del movimiento obrero, el estatus social cada vez mayor del conocimiento y la inteligencia, el aumento de la desigualdad, la escasez de tiempo para las mujeres que querían estudiar y tener hijos y los privilegios de los que disfrutaría la clase creativa incluso fuera del sistema salarial. Por último, Young predijo que la mayoría de la gente acabaría hartandose de que le dijeran que era estúpida y que la desigualdad era lo mejor para ellos, y que por tanto acudirían en masa a los “populistas”. Pero lo que Young no previó fue el papel de su propia distopía en este proceso. En contra de sus intenciones, la “meritocracia” sería abrazada por políticos conservadores y socialdemócratas de todo el mundo, como una visión positiva hacia la que la sociedad debería avanzar.

Dos de los famosos fabianos en el mundo no ficticio, Tony Blair y Gordon Brown, se tomaron especialmente a pecho la meritocracia. Para Blair, la igualdad de oportunidades para todos –una verdadera meritocracia– era la gran visión cuando fue elegido primer ministro en 1997, resumida en el eslogan “educación, educación, educación”. Esto frustró a Young, y en un artículo de opinión de 2001, titulado “abajo la meritocracia”, expresó su decepción por la mala interpretación de su libro. Le rogó a Blair que dejara de utilizar el término: “Es muy poco probable que el primer ministro haya leído el libro, pero se ha apropiado de la palabra sin darse cuenta de los peligros de lo que defiende”. Young también argumentó que no había nada malo en permitir que las personas con ciertos méritos se desarrollaran; el problema era cuando los llamados inteligentes y capacitados formaban una clase alta propia y cerraban las puertas a todos los demás.

Tapa del libro El triunfo de la meritocracia, de Michael Young.

Como predijo, la educación superior se ha convertido perversamente en la definición del éxito, no sólo prometiendo una buena vida a los “inteligentes”, sino también calificando de perdedores a la mayoría de los que no van a la universidad. “Es fácil que [la clase trabajadora] se desmoralice al ser despreciada de forma tan hiriente por la gente a la que le ha ido bien. Es muy difícil, en una sociedad que hace tanto hincapié en el mérito, ser juzgado como si no lo tuviera. Ninguna clase inferior ha quedado nunca tan desnuda moralmente”, escribe Young.

Regla de los expertos

La mayoría de las personas con mentalidad democrática dirán que quieren que los representantes elegidos decidan la mayoría de las decisiones importantes de la sociedad. Sin embargo, recibir asesoramiento de personas con experiencia en un campo, por ejemplo, obtener ayuda de abogados para redactar nuevas leyes, no es una amenaza para la democracia en sí misma. Escuchar a personas que saben mucho sobre un tema determinado es inteligente, pero los socialistas argumentarán que esa experiencia pertenece a muchos más que a personas con títulos universitarios. Muchos conocimientos están en los talleres mecánicos o en los pasillos de los hospitales, por ejemplo. Aunque podemos estar de acuerdo en que es necesario que haya cierta división del trabajo en el gobierno como en la sociedad, en las últimas décadas se han reforzado mucho más los argumentos tecnocráticos a favor del “gobierno de los expertos”. 

El margen de maniobra de los Estados nacionales se ve restringido por los tratados internacionales, la jurisprudencia tiene cada vez más peso en la política y a los partidos se les dice cada vez más que sus programas son imposibles de aplicar porque violan normas que se sitúan fuera del espacio de decisión democrático. Como consecuencia, las diferencias entre la derecha y la izquierda se han reducido, y en muchos países, los socialdemócratas y los conservadores que antes eran enemigos están ahora en coalición.

Al mismo tiempo, el positivismo ha vuelto a ganar terreno intelectualmente, convirtiendo los dilemas políticos y económicos en problemas con una respuesta “correcta” y calculable. Las comprobaciones de hechos supuestamente neutrales y la búsqueda de “la verdad” se han apoderado de lo que solía ser el campo del debate público.

Movilidad social

La élite profesional está firmemente apegada a la meritocracia porque cree que garantiza a todos una oportunidad de llegar a la cima y así asegurarse de que los mejores acaben donde deben estar. Pero les sigue preocupando que un sistema meritocrático se vea socavado por viejos prejuicios, y por ello se esfuerzan por mejorar el sistema. Avances como la inclusión de las mujeres en el mercado laboral y en la educación superior, así como las medidas para frenar la discriminación racial y homofóbica explícita, son todas, según el periodista Chris Hayes, victorias que ayudan a que la meritocracia sea más meritocrática.

El hecho de que un hombre negro pueda llegar a ser presidente de Estados Unidos (y una mujer casi lo consigue) demuestra lo lejos que ha llegado este desarrollo en las últimas décadas. Los liberales afirman que esto también inspirará a otros a hacer lo mismo. Es cierto que la elección de Obama fue una victoria importante y simbólica. Pero el gran enfoque en las figuras de Barack y Hillary, en lugar del cambio estructural para grandes grupos de comunidades de color y mujeres, también muestra la debilidad de esta estrategia.

Como escribe Thomas Frank en su libro Listen, Liberal: “Hillary tiende a gravitar hacia una versión del feminismo que es sinónimo de meritocracia, en el sentido de que se ocupa casi exclusivamente de las luchas de las mujeres con alto nivel de educación para llegar tan lejos como sus talentos puedan llevarlas”. De hecho, Hillary estaba bastante menos interesada en los bienes universales por los que luchaba Bernie Sanders (como asegurar un salario mínimo más alto y una baja parental remunerada). Afirmó que también estaba a favor de esto último, pero que “no creía, políticamente, que pudiéramos conseguirlo ahora”.

No se trataba de mantener las desigualdades, sino de garantizar a todos y todas la posibilidad de llegar a la cima. Pero esto también plantea otra cuestión. En una meritocracia, los mejores –los expertos, los profesionales– son elevados a la cima en beneficio de todos. Pero, ¿quién decide qué habilidades deben premiarse en una sociedad? ¿Y los que ya se benefician de una meritocracia no estarán tentados de premiar las habilidades que ellos mismos poseen? Hay muchos indicios de que lo están haciendo, sobre todo teniendo en cuenta que el poder de este grupo ha aumentado al mismo tiempo que la desigualdad general.

Si la élite gobernante tomara decisiones neutrales y apolíticas por el bien de toda la población, ¿por qué sólo los súper ricos de Estados Unidos se han beneficiado del crecimiento de la productividad de la sociedad desde la década de 1970? Si realmente son “servidores del pueblo” que velan por los intereses de todos, ¿cómo es que su liderazgo llevó a una situación en la que las bonificaciones repartidas en Wall Street en 2014 equivalían al doble de la paga de todos los trabajadores a tiempo completo con salario mínimo en Estados Unidos juntos? Las cifras no son tan dramáticas en mi país –Noruega– y en otros países con un fuerte movimiento sindical. Pero también aquí, los partidos, los empresarios y los expertos citan como neutrales y “basadas en la investigación” las políticas que fomentan la desigualdad, como los recortes fiscales a los ricos y los recortes en los salarios por enfermedad. “

No queremos una meritocracia “real”

El sueño de que una pequeña élite bien educada gobierne la sociedad es mucho más antiguo que el libro de Young. Por ejemplo, Platón creía que la democracia llevaría a los estúpidos al poder, y en su lugar propuso una especie de dictadura de los filósofos. Hoy en día, los votantes de muchos países han comenzado a acudir a los llamados populistas como Trump, Duterte, Le Pen y Bolsonaro. Esto ha llevado a un creciente número de preguntas sobre si la democracia sigue siendo la mejor forma de gobierno, o si ha llegado el momento de introducir una “verdadera meritocracia”.

Esto significa no solo entregar más poder a los burócratas y abogados, sino también restringir la democracia. Esto fue sugerido en el libro de 2016 Contra la democracia, escrito por el influyente filósofo libertario Jason Brennan. Brennan afirma que los votantes de las sociedades democráticas son profundamente ignorantes de las cuestiones políticas y, a menudo, incapaces de exigir responsabilidades a los políticos. Por lo tanto, las elecciones libres son un asalto moral a la población, cuyo destino debería confiarse a una “epistocracia” de los mejores y más brillantes. Las mismas reflexiones se plantean en libros como Democracia para realistas (2016) y El mito del votante racional (2007).

A medida que el conocimiento adquiere un estatus cada vez mayor, y el retorno del positivismo retrata cada vez más la política como una ciencia de respuestas correctas e incorrectas, la pregunta para los meritocratas se convierte en: ¿Tiene la mayoría de la gente los conocimientos suficientes para tomar decisiones sobre “nuestras complejas sociedades”? ¿Han leído los programas electorales de los partidos y, si no es así, por qué se les debería permitir decidir nuestro destino? El filósofo noruego Morten Langfeldt Dahlback escribe que la meritocracia no “tiene por qué ir en detrimento del bienestar de los menos informados” porque “la mayoría de los votantes [votan] en función de lo que creen que es el bien común, y las personas con un alto nivel de estudios suelen preocuparse más por la justicia social que los demás”.

Esta es una perspectiva extremadamente peligrosa, y no tiene ninguna base en la experiencia histórica. Por el contrario, cada vez que una pequeña élite ha obtenido el control sin tener que rendir cuentas a la mayoría, las desigualdades han aumentado drásticamente. Por eso el pueblo de Inglaterra se reunió en 1819 en St Peter’s Field, en Manchester, y exigió el sufragio universal en lo que sería la masacre de Peterloo. Por eso tuvo lugar la Revolución Francesa, y la Revolución Rusa, y todas las demás batallas libradas por las grandes masas contra una élite que las gobernaba. Esta élite era ciertamente más “ilustrada” que la mayoría de los rebeldes, pero en ningún caso eso condujo a una mayor justicia social. Cuando hoy la gente se reúne en torno a lo que con desprecio se califica de “populista”, es porque parece que, por un momento, son tomada en serio y al menos  se habla de la desigualdad que sufren. Si la respuesta a eso es privarnos del derecho de voto porque no estamos “suficientemente bien informados”, el resultado será ciertamente dramático, pero no dará más igualdad de resultados.

En un artículo de 1872, el anarquista ruso Mijaíl Bakunin advertía contra esta infatuación por la verdadera meritocracia, un “reino de la inteligencia científica, el más aristocrático, despótico, arrogante y elitista de todos los regímenes”. Si se diera rienda suelta a los que tienen una educación superior para gobernar debido a sus “capacidades superiores”, se crearía, según Bakunin, “una nueva clase, una nueva jerarquía de científicos y eruditos reales y falsos, y el mundo se dividirá en una minoría que gobierna en nombre del conocimiento, y una inmensa mayoría ignorante”. Y luego, añadió, “¡Ay de la masa de ignorantes!”. Ese será nuestro destino, si nos tragamos la afirmación de los poderosos de que están ahí porque “saben más”.

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