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Retrato de Yuri Gagarin antes de su partida en la nave espacial VOSTOK 1 para el primer vuelo tripulado al espacio. (Gamma-Keystone a través de Getty Images)

Yuri Gagarin tenía madera de cosmonauta

Traducción: Valentín Huarte

Un día como hoy hace sesenta años, Yuri Gagarín se convirtió en el primer hombre que abandonó nuestro planeta. La carrera espacial es inseparable de las disputas de la Guerra Fría, pero también es un ejemplo estimulante de lo que la humanidad puede lograr a través de grandes proyectos colectivos que no están orientados hacia las ganancias privadas.

Cuando vivía en París, un día tomé el metro hasta el final de la línea y pasé la tarde recorriendo Ivry y Villejuif. Puede que esta región no sea tan pintoresca como las zonas turísticas centrales de París, pero tiene sus propios sitios memorables, como el Estadio Acuático Yuri Gagarin, con su pileta olímpica, emplazado en la intersección de la Avenida Karl Marx y la calle Yuri Gagarin.

Ivry-sur-Seine, un baluarte comunista desde los años 1920, fue también el sitio en donde se desarrolló un plan de vivienda llamado Ciudad Gagarin, que fue inaugurado por él mismo durante una visita que hizo a Francia en 1963. En 2019 el gobierno municipal demolió los edificios. Antes de hacerlo, empapeló la zona con afiches en los que se leía «Good By Gagarin», en inglés y con letra de estilo soviético. Difícilmente pueda culparse al New York Times por la cobertura superficial que hizo del tema: «El proyecto de vivienda francés, símbolo alguna vez del futuro, es hoy un cuento del pasado». 

No obstante, al menos queda en pie una manzana de edificios bautizada en honor al cosmonauta: las Casas Gagarin en el distrito de Battersea de Londres, en el barrio Winstanley. Conocí el lugar mientras participaba de la campaña del Partido Laborista durante las elecciones de 2017. Pero es probable que a las Casas Gagarin tampoco les quede mucho tiempo. La diputada laborista elegida ese año, Marsha De Cordova, atacó el plan de «regeneración» del gobierno local que dispone, hasta cierto punto, de rasgos de ingeniería orientada con fines sociales: «En la actualidad, cerca del 70% del sector inmobiliario está constituido por los inquilinos de viviendas sociales; cuando el proyecto esté terminado, el alquiler social se reducirá a menos del 20% del total».

Un mundo perdido

Al menos en teoría, cualquier país con cualquier sistema social podría haber sido el primero en mandar un hombre al espacio. Pero en ese momento, era de vital importancia el hecho de que la Unión Soviética liderara la carrera. La racha ininterrumpida de triunfos soviéticos, desde el vuelo del Sputnik en 1957 hasta la primera caminata espacial de Alekséi Leónov en 1965, llevó a mucha gente a pensar que el primer Estado comunista había alcanzado a Occidente y lo superaría en el futuro. El miedo a quedarse atrás llevó a John F. Kennedy a asignar recursos ilimitados para la investigación de la NASA con el objetivo de llegar a la Luna a fines de los 1960. 

Tal como recordó Alekséi Leónov, el homólogo soviético de Kennedy, Nikita Jrushchov, estaba exultante en el banquete donde se celebró el retorno de Gagarin.

Anunció que nuestra generación viviría en el verdadero comunismo. Todos nos abrazamos, aplaudimos, gritamos «¡Hurra!». Y realmente le creímos, porque en ese momento el éxito de nuestro país era evidente para todo el mundo.

Leonov observó inexpresivamente que fue solo después, una vez que los problemas de la economía soviética se volvieron más visibles, cuando él y sus camaradas «se dieron cuenta de que el anuncio de Jrushchov había sido prematuro». 

La Unión Soviética era cosa del pasado mucho antes de que los demoledores tiraran abajo la Ciudad Gagarin. El sistema que inició la carrera espacial parece hoy tan lejano como Gagarin y la cápsula Vostok lo estaban de sus antepasados campesinos.

Constructor del Integral

El libro de 1979 de Tom Wolfe, The Right Stuff, es una historia maravillosa de los primeros años de la carrera espacial, narrada desde el punto de vista de EE. UU. Pero está acompañada de una buena dosis de ideología de libre mercado y darwinismo social. Para Wolfe, la conquista del espacio dependía del impulso innato de los seres humanos a escalar por encima de sus congéneres en la pirámide del éxito, con la esperanza de unirse un día a «esos pocos que están en la parte superior, esa élite que tuvo la capacidad de arrancarles lágrimas a los ojos de los hombres». 

En el enfoque de Wolfe, la otra cara de este robusto individualismo era el colectivismo anónimo y gris del programa espacial soviético:

El programa soviético tenía un halo de brujería. Los soviéticos prácticamente no difundieron cifras, imágenes ni diagramas. Y ningún nombre; solo se sabía que el programa soviético estaba dirigido por un individuo misterioso conocido como el «Jefe de Diseño». ¡Pero su poder era indiscutible! Cada vez que Estados Unidos anunciaba un gran experimento espacial, el «Jefe de Diseño» lo lograba primero, con los métodos más sorprendentes.

En un sentido, esto es completamente cierto: las autoridades soviéticas, efectivamente, ocultaron la identidad de su «Jefe de Diseño», Serguéi Koroliov, hasta su muerte en 1966. Pero, en el momento en que Wolfe empezó a investigar para escribir The Right Stuff, esta era historia conocida. Claramente no quiso abandonar el concepto porque se adecuaba a su visión del sistema soviético, al que percibía como un hormiguero gigante cuyos primeros éxitos terminarían impulsando el temerario espíritu de conquista de Estados Unidos:

En una novela sobre el futuro, tan lúgubre como maravillosa, llamada Nosotros, redactada en 1921, el escritor ruso Yevgueni Zamiatin describe un gigantesco cohete espacial «eléctrico que lanza fuego por la boca» y que está listo para «elevarse al espacio cósmico» con el fin de «someter a los seres desconocidos de otros planetas, que probablemente viven todavía en las condiciones primitivas de la libertad» (todo esto en nombre del «Benefactor», dirigente del «Estado Uno»). Esta nave espacial omnipotente se llama «Integral», y su diseñador es conocido simplemente como «D-503, constructor del Integral». Entre 1958 y principios de 1959, luego de cosechar un triunfo mágico tras otro, aquella descripción se acercaba a la manera en la que los estadounidenses ⸺más las autoridades que la gente común⸺ percibían el programa espacial soviético.

Esta es la descripción del viaje de Yuri Gagarin que hizo Wolfe en 1961: «Temprano por la mañana el 12 de abril, el fabuloso pero anónimo Constructor del Integral, el Jefe de Diseño de los Sputniks, asestó otro de sus golpes tan crueles como asombrosos». 

Si Wolfe no se hubiese dejado llevar por su visión distópica de cosmonautas que construyen gulags para los microbios del Planeta Rojo, probablemente hubiese notado que el «Constructor del Integral» era un zek que había sobrevivido a un infame gulag en la vida real. El gran éxito de Serguéi Koroliov fue buena propaganda para Nikita Jrushchov, pero también fue una victoria retrospectiva de Koroliov sobre Iósif Stalin.

De Kolima a las estrellas

Koroliov había trabajado en los años 1930 para el programa de misiles soviético bajo el auspicio del Ejército Rojo. Tenía el sueño de poner sondas en órbita y se apoyaba en la obra de visionarios como Konstantín Tsiolkovski. Sin embargo, el Estado soviético estaba interesado en sus misiles sobre todo por su potencial militar. Koroliov trabajó diligentemente como parte de un instituto de investigación hasta 1938, momento en el cual las purgas estalinistas empezaron a generalizarse en todo el sistema soviético, incluso en aquellas partes que todavía eran fundamentales para la defensa el país. 

La policía secreta del NKVD arrestó a Koroliov y lo torturó hasta que firmó una falsa confesión sobre su supuesta actividad en una «organización enemiga antisoviética». Se retractó de su confesión en el juicio y le escribió a Stalin rogándole que reconsiderara su caso, pero fue en vano. El NKVD lo envío a los campos de Kolima, en el Extremo Oriente ruso, donde el panorama era absolutamente desalentador para todo el mundo, especialmente para alguien como Koroliov. Se rehusó a postrarse frente a los criminales que dirigían el campo en representación de los guardias, motivo por el cual le negaron el acceso a las miserables raciones de comida. 

Malnutrido, con frío y trabajando sin descanso, Koroliov estaba en un camino seguro a la muerte cuando llegó a Kolima otra víctima de las purgas, el director de una fábrica de aeronaves. No solo era tan orgulloso como Koroliov, sino que también era un excelente boxeador. Tomó al líder de los criminales y lo molió a golpes. Reconoció a Koroliov de su vida pasada como fiel servidor de la Unión Soviética, lo puso bajo su ala y le salvó la vida.

Fue una primera entrega de buena suerte para Koroliov. La segunda llegó más tarde, cuando las autoridades soviéticas lo transfirieron a una prisión especial en donde trabajó en proyectos militares junto a personas como el diseñador de aeronaves Andréi Tupolev y el inventor León Theremin, padre del instrumento electrónico que lleva su nombre. Con comidas regulares y otro ritmo de trabajo, la salud de Koroliov empezó a mejorar, a pesar de que nunca se recuperó del todo de su tiempo en el gulag. 

Hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, las autoridades soviéticas sabían que la tecnología de misiles tendría una importancia vital en cualquier conflicto futuro. Los nazis habían demostrado su potencial con las bombas aéreas que regaron Londres durante las últimas etapas de la guerra. Stalin y sus oficiales se habían enterado de que Wernher von Braun, creador del misil V-2, estaba trabajando para los estadounidenses. Le encargaron a Koroliov la tarea de estudiar el programa alemán y desarrollar uno soviético lo más rápido posible. 

En buena medida, se trató de un cambio de fortuna favorable para Koroliov, aunque todavía no había sido completamente absuelto y debía trabajar bajo la supervisión del jefe de policía de Stalin, Lavrenti Beria, que lo amenazaba con funestos castigos cada vez que se producía una falla mecánica. Cuando murió Stalin en 1953, el equipo de Koroliov estaba bien encaminado en el desarrollo de un misil balístico capaz de hacer llegar ojivas soviéticas hasta las principales ciudades estadounidenses. 

Koroliov debía priorizar el costado militar de la tecnología de misiles, pero nunca olvidó su sueño de viajes espaciales. Cuando el misil R-7 estuvo completo, persuadió a Jrushchov de que representaría un gran aliento al prestigio soviético utilizarlo para poner en órbita el primer satélite del mundo. Tal como reconocería luego Jrushchov, fueron el conocimiento de Koroliov y su poder de persuasión los que embarcaron a todos los líderes soviéticos en un proyecto cuyos detalles no comprendían en absoluto.

Mirábamos boquiabiertos lo que nos mostraba, como si fuésemos un rebaño de ovejas mirando un nuevo cerco por primera vez. Koroliov nos llevó en un paseo por la plataforma de lanzamiento e intentó explicarnos cómo funcionaba el cohete. No creíamos que pudiera volar. Éramos como campesinos en un mercado: caminábamos alrededor del cohete, lo tocábamos y lo golpeábamos para ver si era suficientemente resistente.

Aquel hombre de renombre

El principal competidor de Koroliov era el mismo hombre que había lanzado los misiles V-2 para matar a miles de londinenses. Contaba ahora con el pasaporte estadounidense que le otorgaron sus pagadores y con un contrato televisivo de Walt Disney. Deborah Cadbury estructura su excelente libro, Space Race, en función de una biografía doble de Koroliov y Wenher von Braun. Su enfoque brinda una reflexión justa de la importancia que tuvieron en la conquista del espacio, aunque no le hace ningún favor a Braun, cuya única experiencia de los campos de concentración se situaba del otro lado de los alambres de púas.

Aun prescindiendo del contraste con la figura de Koroliov, sería difícil retratar de manera simpática a von Braun. No solo colaboró con el sistema nazi para hacer progresar sus sueños científicos y creó armas que avivaron la imaginación de Hitler. También se aprovechó conscientemente de ese sistema criminal y utilizó trabajadores esclavos de los campos de concentración en sus institutos de investigación. 

Cerca de un tercio de los 60 000 prisioneros de la fábrica subterránea de misiles de von Braun murieron a causa del trabajo forzado en condiciones espantosas para construir misiles V-2. Más gente murió durante la construcción de los misiles que en los sitios en donde se los utilizó. Von Braun, un miembro con carnet de las SS, llegó a hacer un viaje personal a Buchenwald para ⸺en sus propias palabras⸺ «buscar más detenidos aptos».

La Operación Paperclip sacó a hombres como von Braun de los escombros de la Alemania de posguerra y los hizo cruzar el Atlántico para colaborar con el gobierno de EE. UU. Los detalles de su actividad durante la guerra fueron sepultados en archivos clasificados. Cuando se lanzó el Sputnik, von Braun ya era una cara familiar en los programas de TV y en las brillantes páginas de las revistas. Su figura era la de un hombre apuesto, fotogénico, con cuerpo de estudiante deportista. Su acento era la única huella de su pasado en el Viejo Mundo y se hacía notar cuando hablaba con entusiasmo de los aspectos prácticos de las estaciones espaciales y de enviar hombres a la Luna. 

A los dioses no parece haberles agradado que von Braun escape tan fácilmente de las sombras de Peenemünde y Mittelwerk, porque le enviaron no uno, sino dos grandes escritores satíricos para demoler su pulcra imagen pública. Peter Sellers tomó a Braun como modelo para el personaje de un científico alemán de inclinaciones nazis apenas disimuladas, el Doctor Strangelove, que fue interpretado para la excelente película de Stanley Kubrick. Pero Tom Lehrer probablemente le hizo más daño a la reputación de von Braun con su canción epónima, grabada con una voz suave y un piano brillante que resaltan todavía más la letra.

Lehrer retrató a von Braun como «un hombre cuya lealtad / está guiada por la oportunidad» y que no se preocupa en absoluto por la consecuencia de sus actos: «Una vez que los cohetes se elevan / ¿a quién le importa a dónde van? Ese no es mi departamento, dice Wenher von Braun». Con la memoria de los bombardeos todavía fresca los espíritus, Lehrer le recordaba a todo el mundo su colaboración con aquella matanza:

Algunos solo tienen palabras duras para este hombre de renombre.

Pero algunos piensan que nuestra actitud 

Debería ser de gratitud,

Como la viuda y el lisiado de la vieja ciudad de Londres

Que gracias a von Braun tal vez una pensión cobren.

Chris Kraft, fundador del centro de control de misión de la NASA, trabajó cerca de von Braun y llegó a llevarse bien con él a nivel personal. Sin embargo, reconocía que el personaje de Tom Lehrer era completamente adecuado: «No le importaba una mierda para quién trabajaba ni lo que hacía».

Un tipo cualquiera

Es necesario destacar en este punto que las autoridades soviéticas hubiesen estado muy felices si hubiesen logrado conseguir a von Braun para su propio programa y, en efecto, reclutaron a muchos científicos alemanes menos conocidos. Si bien la historia de la Operación Paperclip habla muy mal del sistema estadounidense, esto no significa que hable bien del soviético. 

Aun así, es bueno recordar exactamente quién fue el que le sacó la copa de los labios a von Braun: Yuri Gagarin, joven aprendiz de Koroliov, que cuando era niño había visto llegar al ejército de Hitler a su pueblo. Serguéi Koroliov y Nikita Jrushchov crecían que Gagarin representaba a un tipo cualquiera de la Unión Soviética. Era hijo de los obreros de una granja colectiva. Cuando llegó la hora de la verdad, este antecedente le garantizó la prioridad a Gagarin por sobre su colega cosmonauta Gherman Titov, que era hijo de un maestro. 

Si Gagarin era un personaje típico de su generación, eso solo mostraba cuan extraordinaria ⸺y espantosa⸺ había sido la experiencia de esa generación. Nacido en un pueblo situado al oeste de Moscú, tenía siete años cuando los nazis invadieron la Unión Soviética. Las tropas alemanas ocuparon el pueblo, expulsaron a los Gagarin de su hogar familiar y los obligaron a vivir en un rancho. Un día, tuvo que ver cómo con soldado colgaba a su hermano de un árbol con un lazo improvisado. De alguna manera, logró sobrevivir. 

La primera experiencia de Gagarin con la tecnología militar fue la manipulación de la carga de los tanques alemanes cuando los soldados bajaban la guardia. Cuando el Ejército Rojo hizo retroceder a los alemanes, las SS capturaron a sus hermanos para llevarlos a trabajar en campos de concentración. Recién después de la guerra el resto de la familia descubrió que todavía estaban vivos.

Luego de esta infancia traumática, Gagarin fue a una escuela técnica y estudió para convertirse en piloto de combate. De esta manera, se unió sin saberlo a la reserva de reclutamiento del primer lote de cosmonautas. La propaganda del Estado soviético estaba plagada de relatos mitológicos pero, al menos en un sentido, no era exagerada. Gagarin efectivamente simbolizaba un período extraordinario de movilidad social: los hijos y nietos de los campesinos se convirtieron en trabajadores fabriles, técnicos, funcionarios del partido, pilotos, e incluso cosmonautas. 

La decisión correcta

Es probable que Gagarin haya tenido los antecedentes adecuados para desempeñar el papel que se esperaba de él, pero también tuvo la personalidad justa. Cuando Jamie Doran y Piers Bizony investigaban su biografía para la película Starman, tuvieron la oportunidad de conversar durante largas horas con Gherman Titov, a quien terminaron por amar. Comprensiblemente, él se sintió muy afectado al haber perdido una oportunidad única por un margen tan estrecho, pero reconocía que se había tomado la decisión correcta:

No por el gobierno, sino porque Yura terminó siendo el hombre que todo el mundo amaba. A mí no podrían haberme amado. No soy adorable. Amaban a Yura. Lo comprendí cuando visité a su mamá y a su papá en la región de Smolensk luego de su muerte. Les digo la verdad, tuvieron razón al elegir a Yura.

Para hacer justicia a Titov debe decirse que, aun si tal vez no tenía el carisma de Gagarin, acuñó una frase memorable: Durante una visita a EE. UU. en 1962, elaboró una de las mejores ocurrencias de la era espacial, que muchas veces se le atribuye erróneamente a Gagarin: 

Buscaba todo el día atentamente, pero allá no encontré a nadie. No encontré a los ángeles ni a Dios […] ningún dios nos ayudó a hacer el cohete. El cohete fue hecho sin duda por nuestra gente y el vuelo fue conducido por los hombres. Así que no creo en Dios. Creo en el hombre, en su fortaleza, en sus potencialidades y en su razón.

La filosofía de Titov lo dejaba a kilómetros de distancia de John Glenn y los Mercury Seven, a quienes les gustaba destacar su religiosidad (al menos en público). Seguían de esta manera un estereotipo muy diferente de lo que era ser un tipo cualquiera.

Las autoridades soviéticas disfrutaron del carisma natural de Gagarin luego de su trascendental hazaña y lo enviaron de paseo por todo el mundo como si fuera un embajador. Las multitudes ardorosas que lo saludaban en todos los lugares a los que iba marcaron un contraste agradable con los desfiles estatales de la Plaza Roja. Debe recordarse que 1961 también fue el año en el que Jrushchov y su aliado alemán, Walter Ulbricht, levantaron el Muro de Berlín, motivo por el cual fue una bendición contar con un representante genuinamente popular de la modernidad soviética cuya apariencia podía contrabalancear los símbolos menos alentadores del bloque oriental. 

El periodista Yaroslav Golovanov, que estaba a cargo de la cobertura del programa espacial soviético, insistía en que Gagarin seguía siendo bastante humilde a pesar de convertirse de repente en una de las personas más famosas del mundo: «Nunca se olvidó que estaba en la cima de una gran pirámide de ingenieros y constructores que lo prepararon para su viaje». Sin importar si Golovanov lo sabía, su descripción invertía de forma eficiente la fijación de Wolfe con los superhombres que habían escalado a la cima del zigurat. 

«Porque son difíciles»

El viaje de Gagarin fue la piedra angular de una secuencia extraordinaria ⸺primer satélite, primera sonda en llegar a la Luna, primera mujer en órbita, primera caminata espacial⸺ que hacía pensar que la URSS jamás sería igualada, al menos en este campo. Pocas personas por fuera del círculo soviético apreciaban hasta qué punto esta racha de éxitos obedecía al dinamismo personal de Koroliov, que aprovechaba al máximo todo lo que tenía a su disposición. 

Por supuesto, también dependía de las bases tecnológicas de la Unión Soviética, que se habían desarrollado desde los años 1920 gracias a un intensivo impulso de industrialización. Pero esta base no era lo suficientemente fuerte como para competir con todos los recursos de la economía estadounidense una vez que fueron a parar en la carrera espacial.

El vuelo de Gagarin y otras humillaciones que Koroliev infligió a los Estados Unidos fueron suficientes para provocar a John F. Kennedy a anunciar un programa lunar de gran magnitud. Su gobierno tomó como objetivo al satélite de la Tierra específicamente porque se trataba de una misión carísima y que consumiría mucho tiempo. Tal como anunció a la audiencia en Texas en 1962: «Elegimos ir a la Luna esta década y hacer el resto de estas cosas, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles». No se trataba meramente de un sentimiento prometeico, como el que movilizó el deseo de George Mallory de escalar el Everest: «Porque está ahí». En realidad, la aclaración de Kennedy tenía una filo geopolítico muy agudo.

Koroliov se mató trabajando para competir con el programa Apolo, que terminó costando alrededor de 150 000 millones de dólares a valores actuales y empleó a más de 400 000 personas en su momento más álgido. En el proceso, la frágil salud de Koroliov se fatigó en jornadas de trabajo excesivas. Poco antes de su muerte en enero de 1966, cuando Koroliov volvía a su casa luego de una fiesta junto con Gagarin y a Alekséi Leónov, les contó por primera vez su experiencia en el gulag, lo que ⸺según recordó Leónov⸺ causó un gran impresión en ambos: «Mientras volvíamos a casa, Yuri no podía parar de preguntarse: ¿cómo podía ser que la represión hubiese recaído sobre una persona tan extraordinaria como Koroliov?» 

El fundador del programa espacial soviético murió durante una operación a los 55 años de edad. Hay un detalle que podría parecer inventado si un escritor lo incluyera en una ficción: los médicos no pudieron entubar a Koroliov para ayudarlo a respirar durante la anestesia debido a las lesiones de largo plazo que sufrió su mandíbula durante el período que pasó en Kolima. Es un símbolo conmovedor de un problema mucho más grande. A pesar de las esperanzas de comienzos de los años 1960, el sistema soviético todavía estaba abrumado por el oscuro legado del estalinismo y nunca lograría superarlo.

Una vez que la mano de Koroliov soltó para siempre el timón, la Unión Soviética perdió toda chance de superar a los estadounidenses. El cohete experimental N-1, que se suponía que llevaría cosmonautas a la Luna, explotó en la plataforma de lanzamiento pocas semanas antes de que Neil Armstrong pusiera un pie en la superficie lunar. La célebre pesadilla de Lyndon Johnson de dormirse «a la luz de una Luna Roja» nunca se cumplió.

Gagarin tampoco vivió para presenciar el primer aterrizaje lunar: en marzo de 1968 murió a los 34 años en un accidente aéreo. Algunos de sus amigos especularon con que la élite soviética estuvo detrás de esta caída fatal, aunque ⸺en esto insisten con firmeza Doran y Bizony⸺ «no había evidencia real para sugerir que la caída del avión de Gagarin fuese otra cosa más que un mero accidente». Alekséi Leónov estaba convencido de que un avión supersónico que volaba demasiado bajo había precipitado al MiG de Gagarin en un trompo fatal. De esta forma, hacía que su muerte fuera el resultado de la negligencia en vez de la malicia. También circulaban historias más extravagantes, que afirmaban que Gagarin había fingido su propia muerte para vivir el resto de su vida en la oscuridad, lo que testimonia su estatus icónico de Elvis Presley de los viajes espaciales. 

Nuevos mundos

Fue el cohete Saturno V, diseñado por von Braun y su equipo, el que propulsó la misión Apolo. Pero en realidad no fue von Braun, ni Neil Armstrong, ni ningún individuo el que superó a los soviéticos. Fue un gigantesco proyecto colectivo, financiado con dólares provenientes de los impuestos que pagaban los contribuyentes del país más rico de la Tierra, el que venció a un equipo rival que dependía mucho más de la lucidez de los talentos individuales. En este sentido, Tom Wolfe comprendió las cosas exactamente al revés: los aterrizajes en la Luna representaron la victoria del colectivismo sobre el individualismo y del «Gran Estado» sobre el espíritu de conquista.

Más de medio siglo después, lo que realmente llama la atención es todo lo que la rivalidad entre las dos superpotencias permitió conquistar. La Guerra Fría fue una época paradójica. Llevó a la humanidad al borde del conflicto nuclear al menos en dos ocasiones, y se desarrollaron incontables guerras y episodios de represión doméstica que se ampararon en su nombre. Pero también llevó a los Estados Unidos y la Unión Soviética a competir uno con el otro de una manera más constructiva, al forzarlos a elevar el prestigio de sus sistemas y mejorar los estándares de vida de sus ciudadanos.

La carrera espacial encarnó esta paradoja. La misma tecnología capaz de hacer desaparecer del mapa cualquier ciudad entre Moscú y Seattle hizo posible la conquista de los cielos. Y todavía cosechamos sus frutos en la actualidad. El programa fundado por Koroliov no murió después del triunfo de Neil Armstrong: se orientó hacia nuevos proyectos, desde las estaciones espaciales que mostraron que los seres humanos eran capaces de vivir fuera de la atmósfera terrestre durante largos períodos de tiempo, hasta las sondas espaciales Venera, que transmitieron imágenes de Venus y nos ayudaron a comprender la dinámica del calentamiento global. Tal vez el presupuesto de la NASA sea más escaso que el de los años de Kennedy y Nixon, pero todavía puede enviar naves espaciales a mundos extraños como Titán y Plutón y ampliar nuestro conocimiento del sistema solar y tal vez de todo el universo.

Tiene sentido que el nombre de Yuri Gagarin haya quedado vinculado a proyectos de vivienda social. En la actualidad los gobiernos prefieren dejar el problema de la vivienda de sus ciudadanos en manos del sector privado, del mismo modo en que dejan la tarea de planificar una colonia en Marte en manos de Elon Musk. Evidentemente, a Musk le resulta más fácil imaginarse la terraformación de un planeta que la transformación de nuestras relaciones sociales, y pretende fundar su proyecto marciano en contratos de trabajo forzado a cambio de crédito. Si esto es lo mejor que nuestra sociedad tiene para ofrecer en términos de utopía futurista, es tiempo de empezar de nuevo y recuperar el espíritu de ambición colectiva que guio la exploración espacial a ambos lados de la Cortina de Hierro.

A fines de 1961, Serguéi Koroliov escribió un artículo triunfante para Pravda bajo el seudónimo «K. Sergeev»:

Uno de los problemas más fascinantes que entusiasmó a la humanidad durante siglos es la cuestión del vuelo a los otros planetas y a regiones distantes del universo; primero, a regiones cercanas a la Tierra, como la Luna, esa compañera eterna de nuestro planeta, que ahora tiene el símbolo de la URSS en su superficie, y luego a los planetas del sistema solar más cercanos a la Tierra: Mercurio, Venus disimulado en sus gruesas nubes, Marte el misterioso, Júpiter el distante y los otros cuatro. Estas son rutas interplanetarias probables para los exploradores soviéticos. Y luego de esto: los gigantescos soles y los mundos de otras galaxias. 1961 terminó. Este año fue testigo de los enormes avances del pueblo soviético. Fue el año del 22° Congreso del partido, que sentó las bases del programa para construir el comunismo; un año de logros triunfales para la ciencia soviética y de demostraciones espectaculares de valentía de nuestros pilotos, que pavimentaron el primer camino al espacio.

Vista desde el presente, la creencia modernista de Koroliov en el progreso científico parece tan errada como su confianza en un glorioso futuro soviético que, sin que él lo supiera, duraría solo tres décadas más. En la actualidad, la mayoría de la gente estaría más dispuesta a apostar por la autodestrucción de la civilización humana que por su difusión a través del espacio intergaláctico. Pero si finalmente logramos dominar nuestros sistemas tecnológicos y sociales para embarcarnos en estas grandes travesías, serán Koroliov y Gagarin quienes se llevarán el reconocimiento por haber dado el primer paso.

 

Cierre

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