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Perry Anderson en Porto Alegre, en 2013. (Foto: Fronteiras do pensamento / Wikimedia commons)

La parábola de Perry Anderson

Traducción: Valentín Huarte

Debemos agradecer que Perry Anderson haya vivido en Brasil durante los años 1960 y que, desde entonces, se mantenga actualizado y escriba sobre él.

El texto que sigue es una reseña de Anderson, Perry. (2019). Brasil, una excepción (1964-2019). Akal, Madrid: 224 pp. [ISBN 978-84-460-4797-1]

 

La ciudadanía anglófona que se interesa por Brasil debe agradecerle a Perry Anderson el que haya vivido en este país durante los años 1960 y que, desde entonces, se mantenga actualizado y escriba sobre él. Es el caso feliz de un autor que conoce íntimamente el país retratado y también la naturaleza de aquellas personas que lo leerán. En estas condiciones, resalta ciertas particularidades que un brasileño tiende a naturalizar, mientras establece, al mismo tiempo y de manera fluida, comparaciones con el mundo anglosajón y con otras regiones.

También los brasileños somos privilegiados al contar con las reflexiones de una de las mentes críticas más brillantes del mundo contemporáneo: en el caso de Anderson, su condición de extranjero es una virtud, ya que el distanciamiento de las pasiones políticas locales favorece la crítica serena, tal como demostró su penetrante análisis sobre la India. En este sentido, las consideraciones que siguen tienen que ver con diferencias de interpretación y no con el hecho de que el autor sea extranjero.

El título del libro sobre Brasil puede ser malinterpretado. Reúne artículos escritos entre 1994 y 2019, pero las referencias a la dictadura son escasas. A excepción del primer texto, redactado cuando Fernando Henrique Cardoso (FHC) comenzaba su presidencia, y de los más recientes, escritos cuando Bolsonaro comenzaba su mandato, los capítulos brindan un balance de las presidencias de FHC (1994-2002), Lula (2002-2010) y Rousseff (2010-2016). El conjunto ofrece un análisis amplio e informado de la Nueva República, lo cual representa una excelente introducción para el lector extranjero que también puede resultar útil para los brasileños, especialmente los jóvenes. Nadie leerá esta obra sin aprender algo y reflexionar sobre Brasil.

Los capítulos son preciosos en cuanto a la reconstrucción que ofrecen y pueden ser leídos individualmente. Pero los vínculos entre cada artículo, y los del conjunto con la dictadura, no son sólidos. Hay una cuestión de forma, dado que las partes fueron escritas de modo independiente y su reunión es posterior, lo que hace que algunas repeticiones sean inevitables. También está en juego la decisión metodológica de enfatizar aspectos políticos reconstruidos con la particular riqueza que otorga la investigación de los años recientes. Pero el aspecto central de mi lectura apunta a una cuestión interpretativa. Anderson expone (casi) todos los elementos fundamentales del período, pero sus vínculos no siempre son explorados y a veces emergen contradicciones. Establecer estos nexos implica problematizar las continuidades y discontinuidades a la luz del sentido general de la historia. El núcleo de la cuestión pasa por comprender el significado de la dictadura, el movimiento de la historia desde entonces y la naturaleza de los gobiernos petistas y su derrocamiento en este contexto.

1.

Primero, las continuidades. Centrando el análisis en la Nueva República, Anderson entiende que los gobiernos del PT rompieron con el neoliberalismo: «Lejos de cualquier continuidad, había un abismo entre su gobierno y el de Cardoso»»; el PT en el poder «se negó a profundizar el régimen neoliberal» (pp.  64; 196).

Es necesario aclarar que Anderson no reproduce el relato petista: señala adecuadamente aspectos como la corrupción del partido, el mito de una «nueva clase media» y la naturaleza desmovilizadora de los gobiernos petistas, que contribuyeron a lo que, desde 2015, se manifiesta como una «guerra de clase unilateral» (pp.  152; 194). Aunque muestra cierto entusiasmo por el análisis del especialista en ciencias políticas y exvocero del gobierno de Lula, André Singer, no deja de mantener con él una distancia crítica. Anderson no percibe «republicanismo» en la conducta del Poder Judicial brasileño durante la operación Lava Jato, solamente parcialidad («factious») (p. 155-159). Y observa que «el miedo al desorden y la aceptación de la jerarquía», racionalizados por Singer para justificar el conservadurismo petista en el poder, «son legados de la esclavitud» (p. 97). Los brasileños no evitan el conflicto por disponer de una naturaleza dócil, sino a causa de la violencia brutal que este moviliza.

No obstante, Anderson considera que el Brasil petista se apartó del neoliberalismo, tesis difícil de defender. En el plano macroeconómico, se mantuvo la tríada meta inflacionaria, superávit primario y tipo de cambio flexible establecida por el Plan Real, que Anderson identifica adecuadamente como neoliberal. Fue esto lo que llevó a Leda Paulani a describir la política económica del primer gobierno de Lula como «la más perfecta encarnación» del neoliberalismo. Lo mismo sucede con la Nueva Matriz Económica ensayada por Rousseff que, si bien fue distinta, no rompió con este paradigma. Además, si entendemos al neoliberalismo como una técnica de gobierno de las personas dirigida por el principio de la competencia, las continuidades son evidentes. Las gestiones petistas promovieron la inclusión mediante el consumo como solución a los problemas sociales: una vía individual que mercantiliza los derechos. Tal como admite Anderson, incluso la Bolsa Família, el principal programa social petista, solo consolidó «varios esquemas parciales que existían previamente y expandió su cobertura» (p. 61).

En un momento, el intelectual británico afirma que la gestión de las redes sociales de Bolsonaro se apoya en una «transformación que linda con la revolución social» y cita luego el alto número de smartphones que hay en el país (p. 194). Al contrario de lo que sucede en cualquier «revolución», se trata más bien de un ciclo de modernización de los patrones de consumo, cuya otra cara es la concentración de los ingresos y el mimetismo cultural, fenómeno tan antiguo como el mismo subdesarrollo.

Anderson identifica al neoliberalismo con la «desrregulación de los mercados y la privatización de los servicios» (p. 33), lo cual implica una lectura problemática sobre el neoliberalismo y también sobre los gobiernos del PT. Durante el período no se revirtió ninguna privatización y la mercantilización de los servicios públicos se profundizó en las áreas de salud (Ebserh), educación (Prouni) y jubilaciones (reforma de 2003), para citar solo algunos ejemplos conocidos. En cuanto a la regulación de la economía, creció el porcentaje de importaciones y exportaciones en relación al PIB, como así también la movilidad del capital, lo que indica una mayor apertura comercial y financiera. Estos procesos se dieron sobre el fondo de una desindustrialización que no cesó desde los años 1980: entre FHC y Lula (1994 y 2010), la participación de las commodities en las exportaciones brasileñas creció del 50 al 64,6%).

En síntesis, parece ser verdad lo que Anderson escribió antes de que Lula llegara al poder en 2002, al advertir que, tal vez en el futuro, FHC «todavía pueda celebrar, después de todo, el haber instaurado en Brasil un orden neoliberal que será irreversible durante algún tiempo», de un modo similar a lo que hizo Thatcher antes de Tony Blair (p. 44).

2.

Luego de admitir que las continuidades fueron estructurales e independientes de la alternancia política, resta decir algunas palabras sobre las discontinuidades. Si se admite que el PT (fundado en 1980) y el PSDB (en 1988) se constituyeron como polos diferentes aunque complementarios de la Nueva República (a la manera de los demócratas y los republicanos en los Estados Unidos), se pone en jaque a la Nueva República y a la Constitución de 1988.

Este enfoque exige examinar los gobiernos petistas a partir de un ángulo que no es explorado por Anderson: su funcionalidad desde el punto de vista de las clases dominantes. Lula fue electo en un momento de impugnación del neoliberalismo en América del Sur, que abarcó insurrecciones (que derrocaron presidentes en Argentina, Bolivia y Ecuador), pero también castigos electorales: el partido asociado al neoliberalismo en Brasil nunca más llegó a la presidencia. A pesar de que la denominada «ola progresista» fue identificada correctamente en su momento como una reacción contra el neoliberalismo, es pertinente indagar, retrospectivamente, si no fue funcional a la reproducción del orden en un momento de crisis de legitimidad de las fuerzas políticas tradicionales.

Esta lectura puede ser ilustrada por un episodio que escapa al análisis de Anderson, y sería mezquino apuntar una omisión en un libro tan amplio si esta no fuese crucial. Durante el primer año del gobierno de Lula se aprobó una reforma previsional que fue emblemática por dos motivos: en primer lugar, porque sustituyó la lógica de la solidaridad generacional (según la cual los trabajadores activos sostienen a los jubilados) por un modelo en el que cada trabajador tiene una cuenta que es gestionada como un producto financiero. Pero también porque reveló la capacidad de persuasión del partido en el poder, lo cual es evidente si se considera que la misma agenda había sido frenada durante el gobierno anterior por la resistencia de las centrales sindicales y del propio PT. En otras palabras, el PT realizó mediante el dialogo lo que el gobierno anterior no había logrado por la fuerza.

La erosión de este «modo lulista de regulación del conflicto social» es fundamental para comprender el deslizamiento de la política brasileña hacia la derecha. El análisis de Anderson destaca de manera adecuada la baja de los precios de las commodities que se prolongó en la recesión de 2014 y el aumento de escándalos de corrupción que fueron manipulados como espectáculos televisivos por un Poder Judicial antipetista que sumó el apoyo de los medios corporativos. Sin embargo, para comprender estos movimientos por arriba es necesario analizar el impacto de las «jornadas de junio» de 2013, cuya importancia es subestimada en el libro. En ese momento, el mayor ciclo de protestas populares desde el fin de la dictadura sacudió al país y exhibió el agotamiento de la paz petista. La sugerencia de Anderson de que hay una continuidad entre las jornadas de junio y las manifestaciones a favor del impeachment de los años siguientes es refutada por las investigaciones sobre el perfil de los manifestantes y solo es sostenida por defensores acérrimos del petismo. Una laguna en la astuta mirada del autor.

El resultado de esta convergencia de aspectos sociales (jornadas de junio), políticos (corrupción) y económicos (recesión) fue un deslizamiento en el enfoque de las clases dominantes vis à vis la reproducción social, que puede resumirse en dos ideas: el pasaje del neoliberalismo inclusivo hacia la expoliación social y de la conciliación hacia la guerra de clases. Es este el contexto en el que se sucedieron el derrocamiento de Rousseff, el encarcelamiento de Lula y la elección de Bolsonaro. Más allá de los personajes, la clase dominante está disputando el orden político, jurídico y cultural que sustituirá a la Nueva República, condenada definitivamente. La dispersión de candidatos en las elecciones de 2018 es un síntoma de esta búsqueda de un nuevo camino. Es lo que sucedió hace treinta años en la elección de Collor de Melo que dio comienzo a la Nueva República. Entre estas dos elecciones, todos los comicios estuvieron polarizados entre el PT y el PSDB.

Desde este punto de vista, hay un componente accidental en la elección de Bolsonaro, que resultó ser el único capaz de vencer al PT en las urnas. Anderson expone esta fragilidad al cerrar el libro reflexionando sobre la posibilidad de un impeachment. Pero no explora el significado profundo de la elección del excapitán. Pienso que, más allá de la fachada militar, este gobierno es la versión brasileña de un fenómeno mundial en el marco del cual las afinidades entre el neoliberalismo y el autoritarismo son cada vez más explícitas. Como recuerda Anderson, una vez que la democracia «se volvió segura para el capital», ni siquiera es necesario sacar los tanques a las calles (p. 214).

En consonancia con esta observación, Bolsonaro puede ser visto como la caricatura de una tendencia global, caricatura en el sentido de que exagera los trazos de una fisonomía política que empieza a normalizarse. La alta burguesía brasileña considera que Bolsonaro es desagradable, opinión que comparte Marine Le Pen. Su ideal es otro: argumenté que están a la espera de un bolsonarismo sin Bolsonaro, tal vez de un Macrón local. Sin embargo, el excapitán tiene ideas propias y su plan parece ser instaurar una dinastía (tiene 3 hijos en la política), con los militares y las policías como partidos y los neopentecostales como base orgánica.

En síntesis, Bolsonaro puede ser visto como la expresión de un punto de inflexión en el terreno de las clases dominantes que, a su manera, implica una ruptura. Pero se trata de una inflexión que viene de adentro y, por lo tanto, es muy diferente del golpe que derribó a Goulart en 1964. Hay muchos puntos de contacto entre los gobiernos petistas y el ascenso de Bolsonaro, mapeados pero poco explorados en la obra de Anderson: el neopentecostalismo, el PMDB, el vicepresidente golpista Michel Temer, los militares, los medios corporativos, los bancos y el agronegocio, todo lo cual fue alimentado y cultivado en su momento por los gobiernos petistas. En esta realidad, la imagen más adecuada no es la de un giro de 180 grados, sino la de una metástasis, en la medida en que las fuerzas y los intereses corrosivos cuyo poder nunca fue desafiado y que parecían estar bajo control durante el petismo, se expanden sin oposición por el tejido nacional.

3.

Esta conclusión nos lleva a una continuidad más profunda, que se inscribe en el proceso histórico entre 1964 y 2019 concebido como una totalidad. En el último capítulo, Anderson evoca de manera ácida la participación militar brasileña en la misión de la OEA en República Dominicana que se desarrolló en 1965, al momento en que comenzaba la dictadura, y la relaciona con la misión de la ONU en la misma isla, aunque esta vez en Haití, cuarenta años después y bajo el gobierno de Lula. Ambas se desplegaron en consonancia con los intereses de los Estados Unidos. Es uno de los mejores momentos del libro. Anderson establece conexiones pertinentes entre esta segunda misión y el ascenso reciente de los militares, que ocupan más cargos de jerarquía en el gobierno de Bolsonaro de los que ocuparon durante la dictadura. Para el intelectual británico, el retorno de los militares configura una parábola: «La situación y el régimen no son los mismos. Pero, sin ninguna duda, la curva general de la historia, de comienzo a fin de estos cincuenta años, forma una parábola -una parábola que le da forma al relato y título a la conclusión de lo que sigue-». (p. XV).

Entiendo que las relaciones insinuadas por Anderson pueden ser exploradas en profundidad hasta revelar otra geometría. Históricamente, los militares brasileños asociaron su poder a la industrialización, concebida como premisa de la soberanía. No es casual si la industrialización del país se desarrolló entre dos dictaduras: el Estado Nuevo (1936-1947) y la más reciente (1964-1985). Este último régimen apostó a profundizar la industrialización, integrar al país mediante enormes obras de infraestructura, expandir la frontera agrícola, colonizar (ocupar y explorar) el interior del Amazonas, instalar fábricas nucleares, desarrollar el etanol, entre otras cosas, todo en el marco de un proyecto de liderazgo regional. La dictadura cultivó la utopía de un «Brasil potencia».

Medio siglo después, los militares tiraron la toalla. Enfrentados al retroceso de la estructura productiva y a la degradación del tejido social brasileño, abandonaron todo proyecto de nación, y mucho más el de constituirse en una potencia internacional. Lula envió militares a Haití para intentar convertir a Brasil en un global player. A pesar de esto, los militares volvieron pensando cómo evitar que Brasil se convirtiera en Haití. Ahora se arremangan para imponer una gestión militarizada de la vida social.

En esta perspectiva, las administraciones petistas pueden ser vistas como la última encarnación de un «Brasil potencia» que invocó, no por casualidad, al «neodesarrollismo» como ideología. Pero Brasil no es más aquel país de los años 1960. Como dice Roberto Schwarz, intelectual al que Anderson admira, el desarrollismo fue una buena idea hasta que en los años 1980 se acabó el dinero. Para parafrasearlo, diría que el desarrollismo durante el S. XXI se convirtió en una «idea fuera de lugar», porque cambió Brasil y también cambió el mundo.

En Brasil estas transformaciones remiten a un proceso histórico que tiene como punto de inflexión justamente a la dictadura. Puesto que, detrás del barniz nacionalista, el régimen se apoyó sobre una disociación entre el pueblo (democracia) y el desarrollo (capitalismo), con lo cual comprometió la posibilidad de un país económicamente autodeterminado, socialmente equivativo, políticamente soberano y culturalmente autónomo. Considerando a las dictaduras como un capítulo sudamericano de tensión entre la revolución y la contrarrevolución en el marco de la Guerra Fría, concluimos de acuerdo con el sociólogo Florestan Fernandes que lo que se impuso fue una contrarrevolución permanente que inviabilizó la nación.

Desde este punto de vista, hay una continuidad entre el carácter antipopular, antidemocrático y antinacional de la dictadura y la apertura democrática controlada en el marco de las múltiples limitaciones políticas, económicas y militares que marcaron a la Nueva República. Mencionemos una conexión epidérmica: la policía militar fue una creación de la dictadura que permanece incólume, mientras que el neopentecostalismo fue alentado por los Estados Unidos para combatir la teología de la liberación durante la Guerra Fría. Ambos se articulan al bolsonarismo en la actualidad y se apoyan sobre unas fuerzas armadas que nunca fueron juzgadas por los crímenes que cometieron.

Vistas las cosas bajo el prisma de la contrarrevolución permanente, lo que se constata no es una parábola, sino un declive continuo en dirección a una sociedad segregada, violenta y dependiente: el «Brazil apart» que le da título al libro. Los gobiernos petistas pretendieron enfriar este movimiento de la historia suavizando la pendiente, pero nunca cuestionaron el trazado del camino. Bolsonaro sube un cambio, dobla en la curva de la Nueva República y acelera.

 


Bibliografía:

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