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En The Woman Incendiaries [Las incendiarias], la historiadora francesa Edith Thomas, que había formado parte de la resistencia organizada de las mujeres al nazismo, rinde tributo a las mujeres de la Comuna. (Imagen: Haymarket Books)

A 150 años de la Comuna de París

Traducción: Valentín Huarte

Hace 150 años, en las fauces de la derrota bélica, una milicia revolucionaria tomó la ciudad de París para dar comienzo a un experimento de gobierno democrático. La Comuna que construyeron sigue inspirando a los militantes radicales hasta el día de hoy.

Serie: 150 años de la Comuna de París

El 1 de marzo de 1871, después de que Francia fue derrotada en la guerra contra Prusia, el gobierno recientemente electo de Adolphe Thiers aceptó un armisticio bajo condiciones muy duras. El 18 de marzo, la Asamblea Nacional intentó forzar a deponer las armas a la Guardia Nacional Parisina, una milicia ciudadana que había defendido la capital asediada. La medida se topó con la resistencia de los ciudadanos. Los soldados enviados por la Asamblea Nacional se unieron a la rebelión.

La prensa británica dominante representaba a los rebeldes como criminales y canallas, y abundaban los rumores sobre las atrocidades que supuestamente habían cometido. Por el contrario, el antiguo cartista G. W. M. Reynolds celebró el reto a los ricos y poderosos en su popular periódico Reynold News. La Comuna también recibió el apoyo del Republican, que declaró «París hoy: Londres mañana», y del profesor Beesly, historiador positivista que escribió en el periódico radical Bee-Hive.

Entre estos defensores de la Comuna de París había miembros del Comité Central de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que buscaban aliados en las reuniones de republicanos y radicales que se celebraban en el Salón de Música de Wellington, en East London, y en el Salón de la Ciencia de Old Street. 

En abril, miles de manifestantes marcharon desde Clerkenwell Green hasta el Hyde Park con el gorro rojo de la libertad y pancartas en las que se leía «Larga vida a la república universal, social y democrática». Enviaron una declaración a la Comuna de París renegando de las «mentiras impiadosas» de «nuestra prensa venal y corrupta» y ofreciendo la «firme y honesta mano de la amistad y el compañerismo». James Murray, un veterano del movimiento cartista, denunció a «las clases dominantes de este mundo». No pasó mucho tiempo hasta que se hizo socialista.

En 1871, la palabra «socialismo» todavía estaba asociada a los proyectos cooperativos de Robert Owen, pero se le daba importancia a la relación que mantenía lo «social» con la democracia. La Comuna no solo demostró la posibilidad de unir la democracia representativa con una democracia popular y activa, sino que, además, su breve existencia –72 días en total– manifestó el esbozo frágil pero precioso de una nueva posibilidad social.

Los comuneros quemaron la guillotina y destruyeron la Columna de la Victoria, que estaba hecha de armas capturadas por Napoleón, con lo cual rompieron simbólicamente tanto con la violencia revolucionaria institucionalizada como con el nacionalismo. Redujeron los salarios de los funcionarios públicos, declararon asunto privado a la religión, secularizaron las escuelas y emprendieron proyectos de lugares de trabajo cooperativos.

Pospusieron el cobro de las deudas por tres años y abolieron los intereses, pusieron fin al trabajo nocturno en las panaderías y prohibieron la venta de los productos depositados en las casas de empeños. Prohibieron también los desalojos y expropiaron las casas abandonadas por los ricos. Garantizaron asistencia económica para niños, mujeres y parejas no casadas de la Guardia Nacional y fundaron comedores populares y ayuda social para los pobres. Todas estas medidas respondían a los intereses de trabajadores y comerciantes y beneficiaban por igual a hombres y mujeres.

A pesar de que las mujeres no podían votar, cumplieron un rol fundamental como maestras y enfermeras. Un pequeño grupo que había ganado experiencia militando a favor de los derechos de las mujeres y del cambio social radical logró organizarse, y, hacia fines de mayo, durante los últimos días de la Comuna, ellas junto a miles de mujeres de la clase obrera planificaron la resistencia, se ocuparon de los heridos y lucharon codo a codo con los hombres en las barricadas.

La venganza del gobierno francés fue espantosa. Asesinaron a miles de comuneros y los enterraron en fosas comunes. A otros tantos miles los deportaron. Entre quienes fueron llevados a la isla de Nueva Caledonia estaba Louise Michel, maestra y apasionada revolucionaria.

El 30 de mayo de 1871, Karl Marx leyó su discurso a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Luego lo publicó bajo el título La guerra civil en Francia. Su gran amigo, el comunero Gustave Flourens, había sido asesinado. Sus tres hijas estaban en Francia. Eleanor, de 16 años, viajó con su hermana Jenny a ayudar a Laura y Paul Lafargue, que estaban en peligro. Marx se esforzó por sacar algo de esperanza de tanto desaliento y proclamó a la Comuna como la «república social», el «heraldo glorioso de una nueva sociedad».

Las noticias de la Comuna y la gravedad de la represión llegaron a mucha gente que no participaba de los grupos militantes organizados. A comienzos de los años 1870, el joven Edward Carpenter, afligido por la incertidumbre y por su atracción sexual hacia los hombres, se desempeñaba como coadjutor en Cambridge. Las notas de sus sermones giran en torno al sistema de clases. Llamaba a los miembros más ricos de la congregación a renunciar a sus posesiones y le preocupaba la posibilidad de que los trabajadores fuesen «engañados».

Pronto abandonó la Iglesia y Cambridge para darles clases a los obreros del norte de Inglaterra, donde a comienzos de los años 1880 descubrió a la Federación Socialdemócrata y donó 300 libras a Justice, el primer periódico «marxista».

Varios miles de refugiados de la Comuna se instalaron en Gran Bretaña. Su presencia ayudó a mantener viva la memoria de la Comuna y algunos de ellos participaron activamente de los agrupamientos socialistas revolucionarios de los años 1880. Se celebraba a los héroes y a los mártires, lo cual fomentaba un sentimiento común de indignación a pesar de las divisiones que atravesaban al movimiento socialista.

A mediados de los años 1880, la policía empezó a interrumpir las reuniones socialistas que se realizaban al aire libre. En octubre de 1887, la policía montada desalojó las manifestaciones de los socialistas y de los desempleados en la Plaza de Trafalgar. Cuando los militantes más radicalizados, la Liga Nacional Irlandesa y los socialistas confluyeron el 13 de noviembre en defensa de la libertad de expresión, tuvieron que enfrentarse a los soldados y a un regimiento de miembros de la Guardia Real armados con bayonetas caladas. 200 personas terminaron heridas en el hospital y 3 murieron.

El domingo siguiente, un disparo de la policía montada terminó con la vida del militante Alfred Linnell. También llegaron a Londres noticias de la ejecución de los anarquistas de Chicago. La Comuna empezó a cobrar mayor relevancia.

Pero el significado de su recuerdo era ambivalente. En el movimiento había distintas posiciones. Una minoría insurrecta decidía embarcarse en un enfrentamiento total, mientras la mayoría luchaba para crear un movimiento obrero de masas. Ambos estaban influenciados por el internacionalismo de la Comuna, un tema que todavía era importante en 1889 cuando la Segunda Internacional decidió conmemorar a los hombres ejecutados en Chicago durante el Día de los Trabajadores.

Fue ese mismo año cuando el socialista Jim Connell escribió The Red Flag, que representaba la militancia y el sacrificio con esa bandera que «amortajó tantas veces a nuestros mártires caídos». La canción fue adoptada como himno del Partido Laborista Independiente, formado en 1893, y legada después al Partido Laborista.

Los recuerdos y las ideas no solo circulaban a través de las ceremonias y de las canciones. También lo hacían por medio de contactos personales. Cuando Luise Michel fue liberada de la cárcel, se mudó a Londres y fundó una escuela. Margaret McMillan, que en ese entonces era una joven militante del Partido Laborista Independiente, consideraba que Michel era rara y excéntrica, pero luego, tanto ella como su hermana se convirtieron en pioneras gracias a algunas ideas de juegos pedagógicos y a la frescura que le imprimieron la educación de los niños pequeños.

El legado de la Comuna nunca dejó de ser un tema disputado en la izquierda. En La conquista del pan, el comunista anarquista Piotr Kropotkin argumentó que «el pueblo» había sido más democrático y más social que sus representantes electos. En cambio, León Trotsky afirmó en 1921 que la debilidad de la Comuna fue la falta de un liderazgo definido.

En 1969 me topé con un libro de la historiadora francesa Edith Thomas, titulado The Woman Incendiaries [Las incendiarias]. En esas páginas, Thomas, que había formado parte de la resistencia organizada de las mujeres al nazismo, les rendía tributo a las mujeres de la Comuna.

Me hizo ver la historia con nuevos ojos e inspiró una charla que pronuncié en nuestro primer Congreso para la Liberación de las Mujeres en 1970 en Oxford, titulado «El mito de la inacción». En aquel entonces no podría haberme imaginado que, 51 años más tarde, estaría escribiendo sobre ella y sobre los comuneros.

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