Press "Enter" to skip to content
Las protestas «No Kings» le dieron expresión a la creciente repulsión pública ante el segundo mandato de Donald Trump como presidente. (Erik McGregor / LightRocket via Getty Images)

Las protestas «No Kings» son motivo de esperanza 

Traducción: Pedro Perucca

Los encuentros «No Kings» ya superaron el liberalismo antitrumpista más elemental: hoy expresan un mensaje claramente antibelicista, antioligárquico y bastante más consistente que la política antitrumpista liberal del primer mandato de Donald Trump. La izquierda debería reivindicar con orgullo su participación en ese proceso.

Llevamos apenas algo más de catorce meses de la segunda presidencia de Donald Trump. Durante ese tiempo, su administración cruzó varias líneas rojas en el proceso de asalto a la democracia constitucional. Intentó abolir la garantía constitucional de la ciudadanía por nacimiento mediante decreto ejecutivo, arrestó a residentes legales por asistir a protestas o escribir artículos de opinión, inundó las ciudades estadounidenses con agentes federales en una demostración de fuerza para castigar a los políticos locales que no cooperan. Y cuando esos agentes mataron a sangre fría a manifestantes, dobló la apuesta.

Y ahora está librando una guerra profundamente impopular en Irán, una guerra que Donald Trump inició sin siquiera seguir los trámites habituales para intentar convencer al público estadounidense de que el país atacado representaba algún tipo de amenaza grave que debía ser neutralizada.

Un resumen justo de todo esto sería plantear que Trump ha dado varios pasos largos hacia un modo de gobernar propio de un rey, que solo necesita ser escuchado y obedecido, en lugar de hacerlo como el líder elegido de una república constitucional. Y las protestas «No Kings» [Sin reyes], como la de este sábado, le dan expresión al creciente repudio público que todo esto viene generando.

Los organizadores estimaron que ocho millones de estadounidenses participaron de las movilizaciones en más de 3.000 protestas en todo el país. En la de Los Ángeles, a la que asistí, había silbatos, tambores, familias con niños pequeños y perros, personas mayores, empleados públicos sindicalizados enojados por los recortes y, al menos, dos manifestantes que deambulaban con enormes disfraces de Trump hechos de papel maché.

Cabe destacar que el contenido político de muchos de los carteles y consignas estaba muy a la izquierda de todo lo que era habitual en el «liberalismo de la resistance» del primer mandato de Trump, o incluso del antiaautoritarismo genérico de la consigna «No Kings». Uno de los carteles impresos masivamente más comunes fusionaba esa consigna con la furia por la guerra en Irán («No Warlords» [No a los señores de la guerra]), mientras que las referencias a Palestina estaban por todas partes.

Conectando temas

En la protesta principal en St. Paul, Minnesota, no lejos del lugar donde Alex Pretti y Renee Good fueron asesinados por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) y de la Patrulla Fronteriza, el senador Bernie Sanders enfatizó muchos de estos temas en su discurso. Aprovechó la oportunidad para argumentar que el autoritarismo de Trump era inseparable del problema más profundo de la oligarquía económica:

Este momento no se trata solo de la codicia de un hombre, de la corrupción de un hombre o del desprecio de un hombre por nuestra Constitución. Se trata de un puñado de las personas más ricas de la tierra que, en su insaciable codicia, se apoderaron de nuestra economía, se apoderaron de nuestro sistema político  y se apoderaron de nuestros medios de comunicación para enriquecerse a expensas de las familias trabajadoras de nuestro país. Nunca antes en la historia de Estados Unidos tan pocos habían tenido tanta riqueza y poder.

También aprovechó la oportunidad para conectar los temas con «el militarismo descontrolado de la administración Trump, aquí en casa, en ciudades como Minneapolis y St. Paul, y en el exterior». Denunció la guerra en Irán como inconstitucional (en tanto Trump no buscó el consentimiento del Congreso) y como moralmente indignante, porque «una nación soberana no puede simplemente dedicarse a atacar a otra nación soberana por cualquier razón que se le ocurra».

Sanders enumeró una serie de cifras sombrías: los trece soldados estadounidenses que ya han muerto y los cientos que han sido heridos, los miles de civiles iraníes asesinados por bombardeos indiscriminados, los mil muertos y el millón de desplazados en el Líbano, los colonos israelíes que han aprovechado esta oportunidad para arremeter contra los palestinos en Cisjordania, con la aprobación cómplice de un gobierno que, según le recordó al público, ya había «cometido genocidio en Gaza».

Esta combinación de antiaautoritarismo, igualitarismo económico y oposición firme a la guerra no es sorprendente en un político socialista democrático como Sanders. Lo que resulta más interesante es que fue invitado a hablar en el encuentro principal en primer lugar, y que todo indica que los millones de estadounidenses que asistieron a encuentros similares en todo el país son más receptivos que nunca a ese mensaje.

Esta es nuestra lucha

Desde la izquierda, algunos pueden sentirse inclinados a desestimar las protestas «No Kings». El argumento más creíble es que protestar no es organizarse, y que la mera protesta no sirve de nada. Es bastante cierto que las protestas callejeras por sí solas no tienen el poder de cambiar las políticas gubernamentales, de detener guerras o de expulsar a los autoritarios del poder. Pero sería un grave error subestimar su valor como primer paso para construir la energía y el impulso que son condiciones necesarias para cualquier otra forma de acción política.

Muchos de los participantes en las protestas, incluidos muchos en posiciones de liderazgo, pueden pensar que la única acción adicional necesaria pasa por registrarse para votar, por presentarse diligentemente a votar por cualquier candidato que nominen los demócratas, y dar el asunto por concluido. Esto es un error. Las raíces del autoritarismo trumpista se encuentran en patologías más profundas de nuestra sociedad profundamente desigual y una mera derrota electoral de las peores manifestaciones de esa sociedad, en el mejor de los casos, apenas pospone un enfrentamiento con el problema (como lo hizo la elección de Joe Biden).

Una respuesta más eficaz al resurgimiento de la derecha debe necesariamente implicar un desplazamiento del liderazgo centrista del Partido Demócrata, que no logró ofrecer ninguna visión política convincente, para proponer en su lugar un programa político robustamente igualitario.

Una solución eficaz al demonio de tres cabezas de la oligarquía, el autoritarismo y el militarismo no comenzaría y terminaría en el ámbito electoral. El movimiento que necesitamos debe estar arraigado en una clase trabajadora organizada. Pero si solo planteamos estos argumentos en las páginas de publicaciones como Jacobin, no llegaremos a las personas que necesitamos convencer. Debemos planteárselo a los millones movilizados para combatir el autoritarismo aquí y ahora, y debemos hacerlo no como increpadores desde el margen sino como coparticipantes en la lucha.

Cualquiera que, desde la izquierda socialista, piense que la lucha contra el autoritarismo de Trump no es nuestra lucha (porque simplemente enfrenta a liberales contra conservadores) está errando dramáticamente el punto. La democracia capitalista liberal es profundamente defectuosa, y sus promesas están destinadas a quedar incumplidas. Pero como siempre entendieron los movimientos obreros, es un buen punto de partida para la lucha por algo mejor.

Si vamos a llegar a una forma de sociedad que extienda la democracia de la política a la economía, necesitamos luchar con todas nuestras fuerzas para defender el nivel de democracia que ya tenemos, que es precisamente lo que nos da espacio para agitar, organizar y maniobrar.

Las protestas masivas contra el autoritarismo son positivas

Pasaron poco más de dos meses desde que Alex Pretti fue baleado y asesinado por agentes federales. Sus últimas palabras, dirigidas a la mujer a la que estaba ayudando a levantarse del suelo cuando los agentes lo atacaron, fueron: «¿Estás bien?». Renee Good fue baleada mientras intentaba alejarse de los agentes en un auto con el perro de la familia, la guantera repleta de juguetes de niños y su esposa filmando mientras agentes del ICE rodeaban el auto y daban instrucciones contradictorias. Sus últimas palabras, dirigidas a su asesino, fueron: «Está bien, amigo. No estoy enojada contigo».

Ambos eran ciudadanos estadounidenses a quienes los agentes confrontaron mientras ejercían sus derechos legales a cuestionar y protestar. Ambos fueron difamados como «terroristas domésticos» por la administración Trump. ¿Qué diría de nuestra sociedad que, tan poco tiempo después de estos crímenes, no hubiera millones de manifestantes en las calles defendiendo las normas básicas de la democracia liberal?

El fallecido comentarista político Christopher Hitchens escribió una vez, en una columna para The Nation, que era un error usar «predecible» o «visceral» como insultos. «Hablando estrictamente desde mí mismo —escribió—, me alarmaría que mi organismo no respondiera a ciertos estímulos. Sería una señal de que he perdido el temple».

Cierre

Archivado como

Publicado en Artículos, Estados Unidos, Estrategia, homeCentro, Políticas and Protesta

Ingresa tu mail para recibir nuestro newsletter

Jacobin Logo Cierre