En los anales de la historia política británica, la imagen del líder laborista Neil Kinnock denunciando el «caos grotesco» del gobierno local de Liverpool en la conferencia de su partido en 1985 ocupa un lugar prominente. Según la memoria oficial, ese fue el momento en que Kinnock se impuso sobre la izquierda dura, específicamente sobre la tendencia trotskista Militant, cuyos arranques sectarios habían subordinado las necesidades reales de la ciudad a su dogma ideológico.
El discurso, pronunciado en la ciudad costera de Bournemouth, adquirió un estatus de culto, al menos entre los devotos de la historia política británica. Esto incluye incluso a comentaristas conservadores como Simon Heffer, quien incorporó el ataque de Kinnock a Militant en su antología The Great British Speeches [Los grandes discursos británicos]. Cuando Keir Starmer arremetió contra Nigel Farage en la conferencia laborista del año pasado, uno de sus seguidores no encontró elogio más apropiado que compararlo con la intervención de Kinnock de cuatro décadas antes.
Pero la versión de Kinnock oscurece una historia mucho más compleja e interesante. Si bien la tendencia Militant fue ciertamente una fuerza influyente en el Partido Laborista de Liverpool, era una parte de un movimiento de izquierda más amplio. Menos de un tercio de los concejales de Liverpool que estaban dispuestos a desafiar al gobierno de Margaret Thatcher a mediados de los años ochenta pertenecían efectivamente a Militant.
Además, en ese momento Liverpool era solo uno de los concejos [councils] de gestión laborista con conducción de izquierda que a nivel nacional estaban dispuestos a actuar contra la austeridad de Thatcher. Pero Kinnock y sus aliados trabajaron arduamente para asegurarse de que, cuando llegara el momento del conflicto, Liverpool quedara prácticamente solo y su concejo fuera derrotado. Al igual que la huelga minera de 1984-85, las luchas en torno al gobierno local resultaron ser un punto de inflexión para Thatcher y su proyecto neoliberal, con consecuencias para la sociedad británica que aún son evidentes hoy.
Declive administrado
Durante siglos, Liverpool había sido una potencia industrial gracias a su bullicioso puerto. Pero durante la década de 1970, la llamada Nueva York de Europa comenzó a enfrentar muchos de los mismos problemas económicos que su contraparte estadounidense. En la década previa a la victoria electoral de 1979 que llevó a Margaret Thatcher al poder, Liverpool ya había perdido más de cuarenta y cinco mil empleos manufactureros. Su fuerza de trabajo portuaria se redujo a tres mil personas desde su apogeo de posguerra, cuando llegaba a veinticinco mil.
A lo largo de las décadas de 1960 y 1970, el control del gobierno local de Liverpool alternó entre el Partido Laborista y las coaliciones conservadoras y liberales, unidas con frecuencia por el deseo de privatizar el cuantioso parque de vivienda pública de la ciudad. Sin embargo, cuanto más avanzaba la era Thatcher, más roja se volvía la política de Liverpool.
La aversión de Liverpool al Partido Conservador era ampliamente correspondida por Thatcher y sus aliados. Tras los disturbios en el barrio de Toxteth en 1981, el canciller conservador Geoffrey Howe instó en privado a Thatcher a abandonar la ciudad a su suerte en lugar de intentar revitalizar la economía local: «No puedo evitar sentir que la opción del declive administrado es una que no deberíamos descartar del todo. No debemos gastar todos nuestros recursos limitados tratando de hacer que el agua fluya cuesta arriba».
La sección local del Partido Laborista hizo campaña con un programa radical en las elecciones locales de mayo de 1982. Sus adversarios del Partido Liberal apelaron a los votantes con un mensaje simple: «Afuera los marxistas, adentro los liberales». Pero, de todos modos, el laborismo ganó dos bancas. Al año siguiente, mientras Michael Foot conducía al laborismo a una derrota contundente en las elecciones generales, el partido en Liverpool conquistó suficientes bancas para comandar una mayoría en el concejo de la ciudad.
No puede negarse la relevancia de la tendencia Militant en la política de Liverpool de los años ochenta. El grupo era un desprendimiento de la Liga Socialista Revolucionaria trotskista que se organizaba en torno a un periódico llamado Militant y que experimentó un notable crecimiento en cuanto a afiliaciones cuando comenzó el mandato de Thatcher. Militant supo canalizar una veta rebelde entre los jóvenes desencantados que eran parte de la clase trabajadora de Liverpool.
La ideología de Militant era decididamente revolucionaria. Su estructura de conducción era también distante y antidemocrática, y su orientación hacia el resto de la izquierda era con frecuencia innecesariamente sectaria. Militant le prestaba escasa atención a los movimientos contra las formas de opresión basadas en la raza, el género o la sexualidad. Pero continuó organizándose dentro del Partido Laborista mientras otros grupos trotskistas británicos lo enfrentaban desde afuera, con lo que se benefició del ascenso general de la izquierda laborista y de figuras como Tony Benn en la década de 1970.
Si bien era una presencia distintiva en la escena política de Liverpool, la mayoría de los relatos han exagerado el papel de Militant en el concejo local, y la tendencia mostró mayor disposición a cooperar con otros de lo que su dogmatismo ideológico podría sugerir. Derek Hatton, quien se desempeñó como vicepresidente del concejo, era un orgulloso miembro de Militant, pero su superior John Hamilton, la figura más cercana a un alcalde que tenía Liverpool en ese momento, no lo era.
Incluso Peter Kilfoyle, el aparatchik del partido encargado de depurar a los concejales díscolos del Partido Laborista local, reconoció que la mayoría «no eran en realidad miembros de Militant». La mayoría laborista en el concejo entre 1983 y 1987 era, en cambio, una formación de izquierda en sentido amplio, unificada en torno a una oposición más confrontativa respecto de la austeridad thatcherista de lo que el partido nacional estaba dispuesto a tolerar.
Socialismo municipal
Cuando la nueva mayoría del concejo asumió en 1983, Liverpool tenía una tasa de desempleo del 24%, el doble del promedio nacional. La financiación proveniente del gobierno nacional también había caído casi un quinto en apenas tres años. El concejo abrió su gestión con un mensaje provocador dirigido a Thatcher y su partido, presentando un presupuesto £30 millones por encima del límite previsto, acompañado de un conjunto de demandas audaces.
Acusaron a los conservadores de apuntar a Liverpool con recortes y sanciones especialmente draconianas, y reclamaron financiamiento adicional para vivienda y otros programas. La imagen de esta pelea no parecía incomodar al ciudadano promedio de Liverpool. Como señalaron los historiadores Diane Frost y Peter North, «muchos de los que no estaban cercanos al concejo ni a la izquierda en general sentían que el concejo tenía razón».
En la era del «emprendedorismo urbano», durante la cual se presionaba a los municipios británicos para que abrieran sus economías a la inversión privada, Liverpool nadó contra la corriente. Su nuevo concejo llenó el vacío dejado por el capital sumando seiscientos empleos además de los mil despidos que lograron cancelar.
Liverpool no era la única administración municipal que buscaba alternativas a la austeridad. Durante ese período, los concejos laboristas de izquierda en Londres, Sheffield, Manchester y las Midlands Occidentales invirtieron en cooperativas, formación laboral, juntas empresariales y acuerdos de planificación que daban a los sindicatos y al público una voz en cuanto a los salarios y a las condiciones de las empresas que recibían subsidios municipales. Estos experimentos involucraron a varios políticos que más tarde adquirirían relevancia nacional, desde David Blunkett en Sheffield hasta John McDonnell en Londres.
En 1984, Thatcher respondió a estas iniciativas impulsando la Ley de Tasas a través del Parlamento. Esto le otorgó a su gobierno autoridad sobre el presupuesto de cualquier ciudad que deseara intervenir. Los concejos laboristas amenazados se unieron con el compromiso de «violar la ley antes que a los pobres», en una forma de oposición potencialmente poderosa.
Enfrentando a Thatcher
Tras la contundente derrota laborista en las elecciones generales de 1983, el partido eligió a Neil Kinnock como sucesor de Michael Foot. Aunque Kinnock se autodefinía como socialista democrático, estaba ahora decidido a socavar a la izquierda dura, convencido de que esto haría al Partido Laborista más elegible.
Cuando la mayoría laborista de Liverpool planificaba aprobar un presupuesto en desafío al techo impuesto por el gobierno central, un grupo de siete concejales (conocidos luego como los «siete rompehuelgas» o los «siete sensatos», según a quién se le preguntara) se reunió con Kinnock para conspirar contra sus colegas. Kinnock repitió el consejo que había dado a otros concejos laboristas: que deberían acatar a regañadientes los recortes de Thatcher para conservar sus cargos y preservar los servicios esenciales. Kinnock creía que su estrategia del «escudo abollado» le granjearía el favor de la opinión pública para el laborismo.
Sin embargo, el día del debate sobre el presupuesto en Liverpool, unas cincuenta mil personas se congregaron frente al ayuntamiento de la ciudad en apoyo al presupuesto propuesto por el concejo, que superaba en 55 millones de libras el límite impuesto por el gobierno central. Los siete disidentes impidieron que el laborismo de Liverpool aprobara el presupuesto ilegal, pero los resultados de las elecciones de mayo de 1984 le dieron al partido bancas adicionales que resultaban suficientes para neutralizar a los leales a Kinnock. El gobierno de Thatcher decidió que era hora de negociar.
Patrick Jenkin, el ministro de Medio Ambiente de Thatcher, quedó a cargo de tratar con Liverpool. Al principio se negó a cooperar en lo que consideraba como demandas irrazonables del concejo. Tras las elecciones de mayo de 1984, sin embargo, Jenkin aceptó hacer un recorrido por el deteriorado parque habitacional de la ciudad, algo que había rechazado hasta entonces. Se informó que el ministro quedó «visiblemente conmocionado»: «He visto familias viviendo en condiciones como las que nunca había visto antes». Jenkin aceptó aportar 20 millones de libras de los fondos del gobierno central para contribuir a cubrir el déficit de 30 millones de Liverpool.
Se pidió a los concejales que negociaron en nombre de Liverpool que mantuvieran el acuerdo en reserva hasta que fuera ratificado, de modo que ambas partes pudieran atribuirse el mérito, pero no pudieron contenerse tanto tiempo. La mayoría laborista estaba ansiosa por proclamar la victoria frente a Thatcher, y su júbilo público resultó humillante para su gobierno, y para Jenkin en particular. La tensión creció en octubre de 1984, cuando la propia Thatcher visitó Liverpool y apenas pudo disimular su furia cuando los concejales laboristas de izquierda se negaron a ponerse de pie, obligándola a agacharse para saludarlos.
La hora de la decisión
La política de apaciguamiento del gobierno central puede haber respondido menos al temor ante la fortaleza del concejo de Liverpool que a su preocupación por aplastar al Sindicato Nacional de Mineros, que llevaba una masiva huelga de un año desde marzo de 1984. Al mismo tiempo, Kinnock estaba decidido a distanciar al Partido Laborista de los mineros.
Al llegar 1985, el gobierno de Thatcher endureció su postura hacia Liverpool, recortando la contribución al presupuesto de vivienda de la ciudad como castigo por no «diversificar» su parque habitacional. Pero el concejo, habiendo autorizado un nuevo proyecto de construcción de viviendas que ahora superaba significativamente el presupuesto previsto, lo llevó adelante de todas formas.
Antes de que Jenkin pudiera invocar plenamente la Ley de Gobierno Local y asumir la autoridad legal sobre los gastos de vivienda de Liverpool, el concejo obtuvo un préstamo de un consorcio bancario francés. Pero esto solo podía ganarles un tiempo limitado, ya que necesitarían aprobar un presupuesto en la primavera de 1985. Los concejales de Liverpool se comprometieron a no acatar los recortes impuestos por los conservadores, junto con varios otros concejos de conducción de izquierda en Londres, Sheffield y Manchester. Esta decisión tornaría ilegales sus presupuestos.
Kinnock no tenía ninguna intención de articular a las ciudades rebeldes como parte de una lucha nacional contra la austeridad. Al contrario, quería romper su frente unido. La dirección nacional del partido le dio a los concejos plazo hasta junio para aprobar presupuestos más pequeños y legales. Con la excepción de Liverpool y el distrito londinense de Lambeth, todos cedieron. En el consejo del Gran Londres, que había lanzado el proyecto más ambicioso de socialismo municipal a principios de la década de 1980, John McDonnell reprochó amargamente a su aliado Ken Livingstone por tirar la toalla.
El concejo de Liverpool pronto recibió un ultimátum del auditor de distrito de la ciudad: tendría que aprobar un presupuesto de austeridad o bien despedir a todos los empleados municipales. Desesperada, la conducción del concejo señaló que estaba dispuesta a seguir este último camino, anunciando que preparaba más de treinta mil avisos de despido.
Al borde del abismo
La esperanza detrás de este ejercicio de política al límite era que les permitiría obtener un mejor acuerdo o, en su defecto, al menos asegurarse el apoyo pleno del Partido Laborista. Pero rápidamente esto se reveló como un error de cálculo. Aunque la mayoría del concejo nunca tuvo intención de concretar los despidos, eso no impidió que la prensa derechista se apoderara de la historia.
La maniobra también enajenó profundamente a los sindicatos de Liverpool. Lo que finalmente ocurrió fue que los principales empleos municipales en riesgo eran los de los propios concejales, quienes recibieron una multa de £106.000 del auditor de distrito y fueron destituidos de sus cargos, en una decisión que fue judicialmente apelada para ganar aún más tiempo.
En las semanas siguientes, los sindicatos de Liverpool consideraron una huelga a escala municipal para presionar contra el gobierno central. El ánimo rebelde de la ciudad seguía siendo palpable, pero faltaba la coordinación necesaria entre los sindicatos y el concejo, y había divisiones marcadas dentro de los propios sindicatos. Tras una huelga de un día de efectividad mínima el 25 de septiembre, el concejo cumplió con su amenaza anterior y emitió los avisos de despido.
Es bien sabido que algunos de los avisos fueron entregados en taxi, pero el contexto completo de este detalle es menos conocido. En primer lugar, entregar comunicaciones importantes en taxi no era una práctica inusual para el concejo de la ciudad en aquella época. En segundo lugar, los avisos iban acompañados de otra carta que indicaba que los despidos serían cancelados si y cuando el concejo llegara a un acuerdo con el gobierno de Thatcher.
Nada de esto impidió que Neil Kinnock aprovechara el momento en su discurso en la conferencia del Partido Laborista en octubre de 1985. Si bien Kinnock habló durante casi una hora, dedicando gran parte del tiempo a arremeter contra el «mal» del thatcherismo, los cinco minutos aproximados que dedicó a atacar a los «tácticos de tendencia y generales del gesto» de la izquierda laborista son la parte más recordada.
Kinnock no mencionó a Liverpool ni a Militant por su nombre, pero toda la sala entendió a qué se refería cuando habló de «un concejo laborista contratando taxis para recorrer la ciudad entregando avisos de despido a sus propios trabajadores». Acusó al concejo de «hacer política con los empleos de la gente», omitiendo mencionar que, ese mismo día, los concejales de Liverpool habían cerrado con un grupo de corredores de bolsa londinenses un acuerdo de 30 millones de libras para la reparación y construcción de viviendas.
Manteniendo la fe
Mientras Derek Hatton gritaba «¡mentiras!» desde el piso, Eric Heffer, un diputado laborista de Liverpool Walton que estaba firmemente alineado con la izquierda, aunque no era miembro de Militant, se retiró de la sala. Pero el discurso de Kinnock le valió elogios del establishment británico y sirvió de preámbulo para su batalla contra los concejales de Liverpool y para una guerra más amplia contra Militant, que se estaba convirtiendo en un epíteto sustituto para todo aquel que quedara a la izquierda del propio Kinnock.
El 22 de noviembre, Kinnock anunció su apoyo al envío de comisarios del gobierno conservador. Ese mismo día, el concejo llegó a un acuerdo que involucraba capitalización y nuevos préstamos bancarios suizos. Esto le importó poco a Kinnock, quien suspendió al Partido Laborista de Liverpool tres días después y anunció que cualquier persona «asociada» con la tendencia Militant sería expulsada.
Meses después, cuando los concejales que aprobaron el presupuesto ilegal vieron rechazada su apelación y fueron finalmente destituidos de sus cargos, solo trece de cuarenta y nueve eran miembros de Militant. Sin embargo, hasta el día de hoy se dice que Militant «tomó el control» del Concejo de Liverpool y se dedicó a destruir los servicios municipales en nombre del programa revolucionario de León Trotsky. En esta versión de los hechos, Kinnock no tuvo más remedio que actuar como lo hizo.
Neil Kinnock estaba convencido —y lo sigue estando— de que tomó las medidas necesarias para que el laborismo ganara unas elecciones generales. Pero en la práctica, continuó liderando al Partido Laborista hacia dos derrotas devastadoras en 1987 y 1992. Su principal logro, en retrospectiva, fue allanarle el camino al blairismo.
Mirando hacia atrás, a casi treinta años del enfrentamiento entre los concejos laboristas y el gobierno conservador, el escritor marxista y veterano de los años Thatcher Mike Marqusee elogió a los concejales de Liverpool y Lambeth que se habían negado a ceder: «Mantuvieron la fe con sus electores y sus conciencias, incluso cuando fueron abandonados por sus líderes, vilipendiados en los medios y amenazados con la quiebra».
Marqusee identificó la derrota de la campaña como «un paso significativo en el vaciamiento de la democracia local y en la adaptación a largo plazo del laborismo al thatcherismo». A pesar de los esfuerzos de Jeremy Corbyn y sus aliados, entre ellos John McDonnell, la adaptación del laborismo al legado de Thatcher sigue muy vigente, como nos lo muestra el historial del gobierno de Keir Starmer. Eso es lo que los comentaristas realmente celebran cuando fetichizán el groseramente sobrevalorado discurso de Kinnock.

























