En febrero se aprobó en Argentina una reforma laboral que retrotrae los derechos del trabajo a discusiones que tienen más de un siglo. Impulsada por el gobierno de Javier Milei bajo la bandera de la «modernización laboral», se extiende la jornada de trabajo a 12 horas, quedan suspendidas las licencias por cuidado y se clasifican algunas enfermedades como «voluntarias» (quien las contrae es responsable de no haberse cuidado lo suficiente: por ejemplo, tener diabetes, cáncer o depresión), lo cual le permite al patrón no pagar el salario completo. Asimismo, el salario puede ser pagado en dinero o en «especie, habitación o alimentos» (sic).
En diálogo perverso con la fecha de lucha del 8 de marzo, la reforma prohíbe las asambleas en los lugares de trabajo sin autorización de los patrones y declara «esenciales» muchos sectores clave —como salud y educación—, volviendo ilegal la estrategia sindical de paralizarlos totalmente.
Tras ser aprobada por el Parlamento —es decir, con esa derrota institucional encima—, la última asamblea transfeminista para organizar la huelga de este 8 y 9 de marzo explotó de asistencia, enojo y también energía de paro y movilización. Pero no fue solo eso: fue una instancia en la que se decidió colectivamente llamar a desobedecer esa reforma —cuyos detalles siguen siendo mayoritariamente desconocidos para la población—, que fue debatida de forma «express» por el Congreso y aprobada con sospechas de sobornos.
Propusimos desobedecerla inspiradas en una experiencia concreta: la de las trabajadoras comunitarias y cuidadoras para quienes la jornada laboral era infinita hasta que lograron organizarse con otras para ponerle límites, para fijar contornos que muestran su valor imprescindible y para exhibir una dignidad ganada a fuerza de nombrarse trabajadoras, en una lucha que alumbró la realidad de las mayorías precarizadas.
Se sucedieron, además de las asambleas, distintas instancias de organización descentralizada y territorial, para debatir cómo la reforma laboral está asociada a la reforma por la modificación de la Ley de glaciares (una iniciativa claramente a favor de los negocios extractivistas) y a la reforma penal para bajar la edad de punibilidad a 14 años.
Se trata de un reformismo radical en clave precarizadora, extractiva y punitiva, con el que el gobierno de Milei se propone un proyecto de reformulación de la sociedad y de lo que se entiende por descanso, salud, tiempo, responsabilidad, castigo. El reformismo radical, o las «reformas no reformistas» (un concepto que hasta hace poco era discutido en las izquierdas), es otra formulación de la que la ultraderecha parece querer apropiarse. Nuestra tarea es relanzar la apuesta por una radicalidad concreta: defender las prácticas que nos dejan seguir insistiendo en vivir una vida no fascista.
Interrumpir la fascistización desde los transfeminismos
Con capacidad de convocar frente a lo que se presenta como el cierre de la realidad nacional, regional y global, la experiencia de la huelga feminista funciona, nuevamente, como una caja de herramientas para leer cómo podemos reinventar la idea de parar en medio de un momento de aceleración fascista.
Es en este ciclo de huelgas transfeministas transnacionales que cumple diez años donde se han elaborado colectivamente debates sobre el hecho de que parar las tareas —es decir, dejar de trabajar como acto de protesta y sabotaje— constituye una imposibilidad frente a las formas de informalidad cada vez más generalizadas, a los trabajos de cuidado no reconocidos o a los trabajos reproductivos invisibilizados y sobreexplotados (del trabajo campesino al de sostenimiento de redes barriales y de acompañamiento a las situaciones de violencia por razones de género).
El paro y la movilización —«el más lindo oxímoron», como reza un conocido grafiti— desbordaron las calles, con más de 500.000 personas en Buenos Aires y con grandes manifestaciones en otras ciudades de Argentina. Y lo mismo pasó en Chile (a días de la asunción de José Antonio Kast) y en México, en Puerto Rico y en España, en Italia y en Ecuador.
La huelga funciona como ejercicio para desautomatizar la normalidad que nos quieren imponer: una precariedad autoritaria, que obliga a la adhesión competitiva a estrategias individualistas. Pero, aún más, se trata de una precariedad que quiere introyectar impotencia por la falta de tiempo, debido al pluriempleo y a la deuda cotidiana.
Ese llamado a la desobediencia surgido de la asamblea se transformó, luego del paro transfeminista, en el lenguaje de todos los sectores organizados que intentan impedir hoy la cristalización de una mayor explotación sobre el trabajo. Está totalmente conectado con la pregunta por cómo desobedecer el endeudamiento (visibilizado desde la asamblea transfeminista como un modo de gobierno y de extracción permanente de ingresos, tiempo y energía, que hoy también se expande como demanda sindical) de los hogares monomarentales, de jubilados y jubiladas y personas con discapacidad.
Otra vez constatamos una secuencia: primero el paro transfeminista innova, investiga quiénes trabajan y cómo se fuga la riqueza desde las casas y, luego, contagia la ampliación de esa herramienta a la lucha de la clase trabajadora sindicalizada. Pero también, hay que decirlo, funciona como crítica interna y a la vez expansiva cuando los sindicatos devienen vectores reaccionarios e identitarios sobre quiénes son trabajadores y trabajadoras, intentando delimitar ese campo a una legibilidad jurídica.
Desobedecer al poder y ensayar una vida no fascista
La estrategia del poder es clara: producir una fascistización desde abajo para que el único lazo posible sea la crueldad, para que la competencia de las desigualdades sea lo contrario a las estrategias interseccionales de solidaridad, para que los poderes más concentrados aparezcan como intocables. Esto responde, como dijimos, a las dinámicas transfeministas que inventaron espacios, tácticas y acompañamientos para volver menos explotables los cuerpos y los territorios agredidos.
Frente a líderes como Milei y Donald Trump, que descaradamente dicen que pueden hacer lo que quieren y cuando quieren (estafas, genocidios e invasiones), hay una disputa feroz por el poder de hacer. ¿Cómo se puede detener una invasión? ¿Cómo se puede parar la impunidad de los pedófilos al mando del gobierno? ¿Cómo se puede proteger a las infancias de las bombas?
En plena manifestación, había una mesa con cartón para que las personas más jóvenes dejaran por escrito sus mensajes. Vimos una niña de 7 años escribiendo “Ni Una Menos” con témperas. Las luchas transfeministas han logrado generar una sensibilidad, un texto colectivo que se inscribe transgeneracionalmente, que prolifera como marca de una temporalidad abierta. De hecho, lo que más llamó la atención en la movilización de este 2026 fue la cantidad de jóvenes, la columna de escuelas secundarias e incluso una gran cantidad de niños y niñas que modificaron la composición de la marcha. ¿Cómo cultivamos una capacidad de detener que sea también la de proteger? ¿Cómo sostenemos una capacidad de parar que sea también la de darle espacio a la imaginación política contra la que el fascismo se obsesiona de modo paranoico y aniquilacionista?
Cuestionando, como lo venimos haciendo, las formas de explotación del trabajo y de los territorios que conllevan la reproducción social, sus arreglos patriarcales y sus genealogías coloniales y extractivistas, nombramos de manera nueva otras capacidades de hacer. Las dinámicas de luchas transfeministas, antirracistas y hoy antifascistas, se enhebran con una multiplicidad de protestas y revueltas donde la cuestión de género dinamizó alianzas políticas con luchas de largo tiempo por el agua, la tierra, el alimento, la vivienda, la salud y el salario.
Son esas luchas las que se producen, se sitúan y construyen alianzas en la reproducción social (hoy, lugar privilegiado de la fascistización), en la producción de tiempo por fuera de las jornadas laborales agotadoras, en el sostenimiento de espacios que rechazan este presente, en lazos que se sostienen sin evadir los conflictos. Insistimos, porque insistir es una herramienta: nos toca cuidar, aquí y ahora, las prácticas que nos dejan seguir perseverando en el ensayo de una vida no fascista.
































