Entrevista de Sebastiaan Faber
y Álvaro Guzmán Bastida
A un año de iniciado su segundo mandato, el presidente Donald Trump pierde poco tiempo en hurgar en la historia estadounidense en busca de precedentes que, según cree, legitiman su beligerancia global. La más reciente Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a comienzos de diciembre, resucita la Doctrina Monroe, lo que comenzó en 1823 como una simple declaración de que ya no se tolerarían las ambiciones coloniales europeas en las Américas. El NSS también rechaza las ilusiones «globalistas» que guiaron durante décadas la política exterior estadounidense, anuncia la «erradicación civilizatoria» de Europa y proclama la necesidad de aumentar el número de «familias fuertes y tradicionales» con «niños sanos». El documento de treinta páginas vuelve inevitables dos preguntas: ¿quién demonios escribió esto? ¿Y qué significa?
Para ayudar a descifrar este curioso texto, que por momentos se lee como un manifiesto posmodernista («la política exterior del presidente Trump es pragmática sin ser “pragmatista”, realista sin ser “realista”»), en otros suena como un libro de autoayuda para hombres solteros («el futuro pertenece a los que producen») y, en otros pasajes, como un memo interno para empleados de una concesionaria de autos («los productos estadounidenses… son una compra mucho mejor a largo plazo»), Jacobin recurrió a Greg Grandin, historiador de América Latina en la Universidad de Yale.
Grandin es autor de más de diez libros y ganador del Premio Pulitzer, entre ellos Fordlandia (2010) y Kissinger’s Shadow (2015). En abril publicó America, América: A New History of the New World. Sebastiaan Faber y Álvaro Guzmán Bastida conversaron con Grandin a mediados de enero y le pidieron que comentara y desarrollara ocho pasajes del nuevo NSS.
SF y AGB
Después de años de abandono, Estados Unidos reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental y proteger nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe es una restauración de sentido común del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos.
GG
Este es un lugar común agotado. A menudo se afirma que América Latina necesita atención porque supuestamente fue descuidada durante mucho tiempo. Ese argumento se invoca en épocas buenas, malas, de crisis o de estancamiento. De hecho, está tan extendido que incluso fue absorbido por críticos de izquierda. Mucha gente explicó, por ejemplo, el ascenso de la izquierda latinoamericana en los años 2000 como resultado de que George W. Bush estaba «distraído» por otros acontecimientos. La verdad, por supuesto, es que los vectores de poder son constantes, ya sea el poder financiero, cultural o militar, a través de las operaciones cotidianas del Comando Sur de Estados Unidos y de complejos sistemas de entrenamiento militar. En los países más pequeños, el personal diplomático estadounidense es muy intervencionista, mientras que en los países más grandes quizá actúe con algo más de distancia. Pero no existe ningún momento en el que Estados Unidos esté «descuidando» a América Latina.
Luego está el pasaje sobre la Doctrina Monroe. Desde el comienzo, la Doctrina Monroe fue una declaración cuya ambición y visión superaban ampliamente las capacidades de Estados Unidos. El presidente James Monroe no estaba planteando ningún plan de acción. Apenas insinuaba alguna proyección del poder estadounidense, salvo por un pasaje en el que afirma que Estados Unidos consideraría cualquier acontecimiento en el Hemisferio Occidental en función de su propia paz y felicidad. No fue sino más tarde, en el siglo XIX, cuando esa frase se expandió hasta convertirse en una doctrina de poder obligatorio que Estados Unidos se arroga el derecho de ejercerlo.
Esta afirmación del NSS no es tan distinta: expresa una ambición que no puede realizarse. Estados Unidos simplemente no tiene el poder para dominar por completo el comercio latinoamericano ni los intereses diplomáticos de la región. Al mismo tiempo, también expresa una escalada de la doctrina del poder obligatorio estadounidense: la idea de que Estados Unidos va a imponer su voluntad para mantener a China fuera. Pero, por supuesto, no hay forma de que la administración de Donald Trump pueda revertir, por ejemplo, la inversión china en la agricultura y la infraestructura latinoamericanas.
Incluso un aliado de Trump como Javier Milei, que fue rescatado por Trump mediante un canje de créditos, mantiene vigente un swap previo de pesos con la moneda china. Y ahora el Mercosur, que incluye a la Argentina, está a punto de firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea que deja a Estados Unidos afuera. En otras palabras, el documento define a la región como un teatro de la geoeconomía, pero ninguna de sus ambiciones se va a concretar mediante lo que vimos recientemente en Venezuela: actos espectaculares de poder militar respaldados por una retórica belicosa.
SF y AGB
Nuestros objetivos para el Hemisferio Occidental pueden resumirse como «reclutar y expandir». Reclutaremos a amigos establecidos en el hemisferio para controlar la migración, detener los flujos de drogas y fortalecer la estabilidad y la seguridad en tierra y mar. Nos expandiremos cultivando y fortaleciendo nuevos socios, al tiempo que reforzamos el atractivo de nuestra propia nación como el socio económico y de seguridad preferido del hemisferio.
GG
Bueno, ya vimos lo que significa «reclutar y expandir» en Venezuela, ¿no? Significa «apropiarse, desposeer, expropiar y sancionar». No quiero sonar como algún tecnócrata liberal de Washington, pero es cierto que se necesita un mínimo de estabilidad y confianza, cierta previsibilidad de que las decisiones que se toman van a durar un poco más que hasta el momento en que Trump se enfurece con algún país y le impone sanciones o aranceles. El problema es que la caprichosidad de Trump es central para su carisma. No se la puede extirpar del trumpismo sin desinflarlo y quitarle su magia.
SF y AGB
Despliegues focalizados para asegurar la frontera y derrotar a los carteles, incluyendo, cuando sea necesario, el uso de fuerza letal para reemplazar la fallida estrategia de las últimas décadas, basada únicamente en el cumplimiento de la ley.
GG
Así que no solo contraponen la aplicación de la ley a algún tipo de visión social de rehabilitación: no, la contraponen a un militarismo todavía más brutal. Pero no hay forma de derrotar a los carteles con ataques militares. Para fabricar fentanilo, básicamente se necesita una carpa y cinco dólares en químicos para producir mil pastillas. Bombardear esas instalaciones es como bombardear almacenes de barrio en el Bronx: se destruye uno y aparece otro.
El hecho es que Estados Unidos lleva cincuenta años librando una guerra contra las drogas. Sin embargo, hoy se cultiva más coca y se procesa e importa más cocaína que al comienzo del Plan Colombia. En cierto sentido, es análogo a Afganistán, donde se gastaron billones de dólares en una guerra de dos décadas para derrocar a los talibanes, solo para terminar instalando… a los talibanes.
Pasa lo mismo con los carteles, que siempre fueron de la mano de la proyección del militarismo estadounidense. Todos sabemos que Estados Unidos trabajó estrechamente con fuerzas militares represivas implicadas en el cultivo y la expansión de la industria de la cocaína, ya sea con Augusto Pinochet en Chile o con los coroneles de la cocaína en Bolivia o Colombia. Al mismo tiempo, la DEA les entregaba millones de dólares para erradicar la cocaína.
John Stockwell, un ex agente de la CIA que reveló parte de estos secretos, dijo que no hubo ninguna gran operación de la CIA en el mundo que no dejara detrás un gran cartel de drogas. Hablaba de Italia en 1947–48, cuando la CIA utilizó a Lucky Luciano para frenar a los comunistas y le permitió básicamente montar el comercio moderno de heroína, con amapolas provenientes de Turquía y otros lugares de Oriente, procesadas en sitios como Sicilia y luego exportadas a Europa y Estados Unidos. La idea de que más militarismo va a terminar con los carteles de la droga es una fantasía que lleva más de cincuenta años en circulación. Pero es difícil lograr que alguien en Estados Unidos se movilice seriamente por estos temas.
La única salida es empezar a tratar las drogas como un problema social, como propusieron sectores del establishment latinoamericano y estadounidense durante la administración de Barack Obama. Pero el equipo de Obama ni siquiera fingió avanzar en esa dirección, porque eso implicaría abordar la demanda de drogas en Estados Unidos e ir contra los bancos y el lavado de dinero. La misma desregulación del sector financiero que nos dio a Jeffrey Epstein nos dio también a los carteles.
Algo similar ocurre con la migración desde Centroamérica, que se disparó después de que la región firmara acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. Todos los políticos ofrecen la misma fórmula: «necesitamos un Plan Marshall, una Alianza para el Progreso, desarrollo empresarial», y así sucesivamente. La idea es que, de algún modo, desarrollando esos países se va a frenar la migración masiva. Pero lo cierto es que toda la ayuda estadounidense al desarrollo termina destinada a construir la infraestructura de una mayor desposesión neoliberal.
SF y AGB
En el Hemisferio Occidental, y en todo el mundo, Estados Unidos debería dejar en claro que los bienes, servicios y tecnologías estadounidenses son una compra mucho mejor a largo plazo, porque son de mayor calidad y no vienen acompañados del mismo tipo de condicionamientos que la asistencia de otros países. Proteger con éxito nuestro hemisferio también requiere una colaboración más estrecha entre el gobierno de Estados Unidos y el sector privado estadounidense. Todas nuestras embajadas deben estar al tanto de las principales oportunidades de negocios en su país.
GG
Gran parte de esto es puro formulario estándar. A ver, obviamente hay muchas razones por las que Estados Unidos resulta atractivo. Pero si los países sienten que están siendo intimidados, van a buscar alternativas.
SF y AGB
Ante todo, queremos la supervivencia y seguridad continuas de Estados Unidos como una república independiente y soberana, cuyo gobierno garantice los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos y priorice su bienestar e intereses. Queremos proteger a este país, a su gente, su territorio, su economía y su forma de vida de ataques militares y de influencias extranjeras hostiles, ya sea espionaje, prácticas comerciales depredadoras, tráfico de drogas y personas, propaganda destructiva y operaciones de influencia, subversión cultural o cualquier otra amenaza a nuestra nación… Queremos la restauración y revitalización de la salud espiritual y cultural estadounidense… Esto no puede lograrse sin un número creciente de familias fuertes y tradicionales que críen niños sanos.
GG
La hipocresía es impresionante. Porque es justamente en la diversidad que desprecian, la diversidad que traen los migrantes, donde se encuentran los valores culturales que dicen promover. Cuando vivía en Durham, Carolina del Norte, alrededor del cambio de milenio, fueron los migrantes mexicanos y sus familias quienes resucitaron la cultura del porche que para tantos sureños nostálgicos encarna su tradición perdida. Y fueron los mexicanos quienes crearon pequeños negocios en los centros comerciales de barrio. Incluso hoy, si se dejara a los inmigrantes librados a su suerte en Estados Unidos, encarnarían exactamente los valores que el neoliberalismo destruyó. En una extraña dinámica freudiana, el odio antiinmigrante del trumpismo es como un odio hacia el objeto que te recuerda aquello que mataste. El discurso sobre la «subversión cultural» es simple y llanamente racismo. Porque seamos sinceros: ¿quién no querría un camión de tacos en cada esquina? En mi opinión, eso sería lo más cercano a una utopía, después de la salud pública gratuita.
Durante un tiempo, hubo una corriente dentro del Partido Republicano que decía apoyar a los migrantes mexicanos porque eran culturalmente conservadores, patriarcales, y demás. Pero cuando en la segunda elección de Obama votaron masivamente por los demócratas, las encuestas confirmaron que tenían una concepción social de la ciudadanía y cierta simpatía por las políticas públicas. Creen que el Estado debería hacerse cargo de cosas como la salud. La gran mayoría de los latinos que votaron a Obama en 2008 pensaba que iba a haber un sistema nacional de salud. Incluso había una canción sobre eso. Por supuesto, no lo obtuvieron.
SF y AGB
El declive económico de Europa queda eclipsado por la perspectiva real y más cruda de una erradicación civilizatoria.
GG
Esta idea, con sus resonancias spenglerianas, rompe con la Doctrina Monroe. Monroe decía que los pueblos del Hemisferio Occidental compartían ciertos intereses que los distinguían del Viejo Mundo. Incluso el defensor más belicoso de la Doctrina Monroe, a medida que esta se fue militarizando en los siglos XIX y comienzos del XX, mantenía la idea de que cuando Estados Unidos actuaba lo hacía en defensa del Hemisferio Occidental. El corolario trumpista es distinto. Entiende al Hemisferio Occidental en términos de una guerra cultural, o incluso civilizatoria, en la que resulta vital hacer a Estados Unidos lo más blanco posible. No presupone una comunidad de intereses, sino una división de intereses entendida explícitamente en términos racializados.
Eso remite a una larga tendencia dentro del nacionalismo America First, un nacionalismo tribal que veía a Estados Unidos como la tierra prometida de los anglosajones. Eso estaba en tensión con una visión más cosmopolita del país. James Madison decía que la riqueza y la prosperidad se encontraban en la diversidad. Y si bien no utilizaba ese término como lo hacemos hoy, sí señalaba una cierta apertura al mundo.
Hay algo más que vale la pena subrayar. El documento identifica a China como el principal competidor económico, especialmente en América Latina; sitúa a la región como una zona de disputa en la que Estados Unidos va a intentar frenar a China. Pero no identifica a China como un enemigo cultural. Ese papel queda reservado para los blancos con bajas tasas de natalidad, las mujeres que no quieren tener hijos y los mestizos que llegan desde el sur.
SF y AGB
Nuestras élites calcularon muy mal la disposición de Estados Unidos a cargar indefinidamente con responsabilidades globales que el pueblo estadounidense no veía conectadas con el interés nacional. Sobreestimaron la capacidad del país para financiar, al mismo tiempo, un enorme Estado de bienestar regulatorio-administrativo y un gigantesco complejo militar, diplomático, de inteligencia y de ayuda exterior. Apostaron de manera profundamente equivocada y destructiva al globalismo y al llamado «libre comercio», lo que vació a la propia clase media y a la base industrial de las que dependen la preeminencia económica y militar de Estados Unidos.
GG
Por un lado, esto constituye un rechazo abierto al consenso liberal de la posguerra fría, en el que Estados Unidos supervisa un mercado global unificado en el que las naciones respetan normas comunes sobre propiedad, inversión y comercio, un régimen creado y administrado por el propio Estados Unidos. Desde luego, Trump critica el libre comercio desde los años ochenta. Es una constante en su pensamiento. Pero aquí eso refleja la trayectoria de las guerras culturales y expresa un marco mucho más racista sobre las élites globales y su supuesta traición.
Acá aparecen las semillas de un cierto antisemitismo de derecha o de un anti-cosmopolitismo. Por supuesto, la otra realidad es que, pese a todas sus críticas al libre comercio, Trump no ofrece nada en su lugar. Y no soy economista, pero imagino que sería imposible rebobinar la desagregación del proceso productivo y traer de vuelta a Estados Unidos los empleos de mayor valor agregado. No hay una economía detrás del trumpismo. No hay una agenda económica, más allá de los recortes impositivos tradicionales, que ya obtuvo, y de hacer funcionar la economía al máximo hasta la próxima elección.
SF y AGB
La política exterior del presidente Trump es pragmática sin ser «pragmatista», realista sin ser «realista», basada en principios sin ser «idealista», firme sin ser «belicista» y contenida sin ser «conciliadora». No está anclada en una ideología política tradicional. Está motivada, por sobre todo, por lo que funciona para Estados Unidos o, en dos palabras, «America First».
GG
¿Un momento, eso dice literalmente eso? ¿Tal cual? ¡De algún modo me perdí ese párrafo! Bueno, ¿qué otra cosa es esto sino la cobertura perfecta para la arbitrariedad de Trump? Digo, en serio, ¿qué acción hipócrita o contradictoria puede tomar Trump que no quede justificada por esa descripción?
SF y AGB
Una última pregunta. Para citar una remera que empezó a verse en manifestaciones en los últimos años: «¿Ya es fascismo?».
GG
Siempre me trabo un poco con estas preguntas tipológicas, porque Estados Unidos opera en un estado de emergencia desde su propia fundación. Solo desde el final de la Guerra Fría, los presidentes estadounidenses declararon alrededor de cuarenta emergencias nacionales ligadas a la política exterior, a menudo para justificar sanciones u operaciones militares como las que vimos en Venezuela. Pero, claro, toda guerra es un estado de emergencia. Y toda operación de falsa bandera, desde el Golfo de Tonkín hasta México en 1846 o Cuba en 1898, fue un incendio del Reichstag a su manera, con la diferencia de que estuvieron orientadas a la expansión y no a la represión interna. Hablar de fascismo en Estados Unidos es complicado porque, como sostuvo Corey Robin hace algunos años, el autoritarismo acá funciona a través de las mismas instituciones que los liberales dicen que hay que defender. Es un gobierno profundamente minoritario, en el que los actos más represivos se legitimaron a través del sistema judicial y del sistema electoral.
El problema del debate sobre el fascismo durante el primer mandato de Trump fue que sirvió para oscurecer el papel del Partido Demócrata en la construcción de las condiciones que llevaron al colapso del orden neoliberal y a semejante nivel de desafección. O incluso, dejando de lado el neoliberalismo, para ocultar la manera en que todos los presidentes desde Richard Nixon escalaron la guerra contra las drogas.
Entonces, ¿ya es fascismo? La mayoría de los activistas latinoamericanos dirían que sí, pero América Latina nunca tuvo el lujo de creer que la lucha contra el fascismo terminó en 1945. Desde entonces siguieron usando el término para describir a todo tipo de reaccionarios, especialmente a los armados por el Estados Unidos liberal. Tienen una mejor percepción del movimiento histórico, de cómo la austeridad engendra fascismo y de cómo el neoliberalismo pavimentó el camino para la derecha trumpista.


























