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Fragmento de la portada de Tras las huellas del marxismo occidental.

Pasados y futuros del marxismo occidental

Tras las huellas del marxismo occidental, de Santiago Roggerone, no sólo historiza la aparición y desarrollo de la categoría que popularizara Perry Anderson sino que también cuestiona los puntos ciegos del autor inglés y su complacencia con el mundo anglosajón

El artículo que sigue es una reseña de Tras las huellas del marxismo occidental (Ediciones IPS, 2022), de Santiago Roggerone.

 

La historia del marxismo como teoría ha sido la de un constante jaloneo, tensión y discusión. Esta capacidad auto-reflexiva se explica a partir de su condición de teoría no aislada ni al margen de los conflictos de la sociedad sino localizada en el corazón de ellos y, más aun, promotora decidida del antagonismo. Sin embargo, a pesar de esta larga historia de discusiones, pocas categorías han tenido un destino tan enrevesado como la de «marxismo occidental». Ha sido en el último periodo en que se ha transitado de un cierto consenso en su significación hacia una mayor problematización, resultado del asedio que se ha realizado sobre su contenido y sus efectos, tanto teóricos como prácticos. Esto y mucho más, se encuentra en Tras las huellas del marxismo occidental.

Una parte significativa de este trayecto ha sido posible gracias a las críticas, reformulaciones y revisiones de argumentos que se han valido de ese mismo nombre para designar una cantidad significativa de hechos, realidades e intuiciones sobre el estatuto del marxismo, en tanto categoría histórica, a lo largo de un entramado geo-cultural. Así, el trabajo del joven marxista argentino Santiago Roggerone (nacido en 1984) contribuye a engrosar ese complejo argumental, desde el punto de vista de quien mira el conjunto de los planteamientos y no sólo una parte. De tal forma que su aporte, en gran medida, trasmuta en síntesis a propósito de los múltiples procesos que se designan bajo el nombre «marxismo occidental». Queda claro que esta obra se volverá un punto de referencia cuando se evalúen los efectos prácticos de una noción tan extendida. Todo ello ayuda a recordar que en el uso tradicional y estándar del término, el «marxismo occidental» es aquel que escinde la teoría de la práctica, según la formulación del historiador inglés Perry Anderson.

Roggerone realizó un ejercicio que avanza en dos grandes senderos que marcan el conjunto de su aporte. Por un lado, la historización de la categoría del marxismo occidental antes de la emergencia de la obra de Anderson, autor de la acepción más reconocida a partir de la cual se discute regularmente; y, por otro, el conjunto de efectos teóricos y políticos que se desprenden de dicha aparición. Solo hacia el final, el autor decide emprender su propia batalla, asumiendo como objeto de su crítica más importante la obra de Doménico Losurdo, a la cual adjudica un objetivo en última instancia: la de desmovilizar la única vertiente que habría colocado como eje de su horizonte la superación de la escisión entre teoría y práctica antes mencionada.

Roggerone comienza ubicando el surgimiento de la categoría, que contó con un tono abiertamente despectivo, nacida en los albores de ese conjunto de perspectivas conocidas como revisionismo. En su primera etapa, los nombres que le dan sentido son Eduard Bernstein, George Sorel y Jean Jaurès. Se trató de una concepción que pretendía colocarse en la acera de enfrente del positivismo de cuño kautskiano, que habría inundado la esfera teórica marxista de un pesado cientificismo, cuyo origen se encuentra, como sabemos, en una perspectiva teleológica de la filosofía de la historia, con plena confianza en el progreso. Así, en su seguimiento, el autor ubica que la acepción «marxismo occidental» fue más bien abiertamente negativa.

A partir de ese momento, se va trazando una topografía en el mapa de la construcción de la razón marxista europea, en la cual algunas comunidades nacionales ganan presencia frente a otras en lo que hace a la producción teórica. En el caso del «marxismo occidental», la categoría sufre una metamorfosis significativa cuando disminuye su presencia negativa en Alemania y pasa a ocupar una inusitada centralidad entre los practicantes de la fenomenología francesa: el marxismo sale de sus fronteras y enfrenta otros diálogos y formas de razonamiento que lo terminan transformando. Es así que ubicamos el nombre de Maurice Merleau-Ponty, filósofo francés de gran prestigio intelectual, en cuya pluma recae una gran responsabilidad en esta historia, pues su formulación buscó eludir, deliberadamente, dos grandes conjuntos teóricos y estratégicos: tanto el catastrofismo de la II Internacional, todavía presente en sus herencias teóricas, como el voluntarismo de la III Internacional, la verdadera fuerza política articuladora del horizonte de sentido del momento. Para Roggerone, el momento de Merleau-Ponty no significaría tanto la diversificación, ni tampoco la bifurcación de los senderos, sino apenas la distinción entre teoría y práctica como dos elementos que habitaban el discurso marxista.

La tensión real llegó con la obra de Anderson. Con él, la esquematización que escinde teoría y práctica se coronó definitivamente como la seña de identidad para discutir el desarrollo del marxismo. El momento andersoniano se levantaría sobre el eje central del reconocimiento de la potencia de la geo-cultura europea, que tendría como cualidad su sutileza y refinamiento teórico. El autor muestra los no pocos puntos ciegos bibliográficos que Anderson tiene, a pesar de preciarse de no ser un provinciano inglés sino un intelectual comprometido con las causas globales, especialmente las del entonces llamado Tercer Mundo. A pesar de su intensa labor intelectual y de su forja de redes, Anderson eludió en ese tiempo formulaciones que hoy consideramos clásicas, como por ejemplo las de Charles Wright Mills. Por supuesto, esto se extiende para el resto del globo, incluida la región latinoamericana. No deja de resonar en esta situación que su hermano, Benedict Anderson, relatara en sus memorias como Perry bailaba bajo las tonadas de la música latinoamericana. Así pues, para el autor de Consideraciones sobre el marxismo occidental América Latina hacía revoluciones y música, pero no teoría marxista, campo exclusivo para la geo-cultura europea.

La formulación andersoniana descansa sobre tres pilares. El método, el arte y el pesimismo. Triada que distinguiría y daría forma a la acepción tal como la discutimos a partir de ese momento, tomando un cariz universalista. La primera es la del «método como impotencia» y refiere, como es sabido al privilegio que se dio al nivel epistemológico, cuyas premuras verificarían el «verdadero» método utilizado por Marx o la «extracción» según el ejemplo dispuesto tanto en El Capital como en obras de coyuntura. La segunda refiere al arte como consuelo y remite a la proclividad esteticista que se desarrolló en el marxismo europeo y que, sin duda alguna, ha sido uno de sus aportes más significativos, que parece anclar al marxismo más a una alta cultura en extinción que a la historia de las clases subalternas. Finalmente, y quizá más importante, el pesimismo que inundó la reflexión ante la derrota de la revolución europea y la transición de la sociedad soviética que generó una alarmante quietud en cuyo corazón se develaba un cierto aire eurocentrado: si la revolución no ocurría en el centro de Europa, lo que sucedía fuera de este espacio era colorido, pero menor, no un acontecimiento teórico. Método, arte y pesimismo son los componentes esenciales del marxismo occidental.

Roggerone avanza desbrozando la caracterización que Anderson hizo del trotskismo, al que consideró como la posible vena de reconciliación entre teoría y práctica o, para decirlo en otros términos, la superación de la cárcel cientificista del método, el solipsismo del esteticismo y el inmovilismo del pesimismo. A partir de este punto, Roggerone critica más claramente la formulación de Anderson. Desde su punto de vista, no asume una perspectiva de totalidad y reitera un esfuerzo por colocarse o en la teoría o en la práctica. Desde esa ubicación, que parte de criterios imprecisos o ambivalentes, el marxista inglés no considera que existieron experiencias colectivas muy diversas que efectivamente superaron esa dicotomía.

Esto le permite saltar hacia Tras las huellas del materialismo histórico, un texto significativo como vuelta a la «pasión por lo concreto». El traslado que hace Anderson en ese momento es de tono geo-cultural. Pasa de ese mundo latino en el que veía el principal desarrollo teórico —Italia y Francia— a una preminencia del mundo anglo-parlante. El punto de inicio es la historia social inglesa, un claro relevo en el que el trotskismo ya no aparece como la renovación que podría dar un segundo aire al marxismo occidental. Roggerone argumenta en este punto sobre lo complaciente del comportamiento de Anderson para con el mundo anglosajón y la severidad de su evaluación respecto del sur de Europa. Por mi parte, creo que la posición de Anderson toma un cariz de tal optimismo respecto del marxismo anglosajón —encerrado en sus preocupaciones difícilmente universalizables— que termina derivando en ingenuidad.

Roggerone evalúa las consecuencias de las elecciones de Anderson. Su afinidad por una corriente anglosajona lo hace evadir otros desarrollos, que van desde el marxismo producido en Europa del Este, el «marxismo occidental», hasta los extremos de Occidente. A pesar de tener contacto con este último, a partir del cruce colonial de Inglaterra con el Caribe, lo que prevalece es la larga noche anglocentrista (ya ni siquiera eurocentrista). El joven investigador realiza un ejercicio de recuento de todas aquellas experiencias que marcaron, de hecho, una ruptura entre la definición básica del «marxismo occidental» como formulación dicotómica. El punto ciego andersoniano no tiene por qué ser el nuestro: René Zavaleta hizo aportes para pensar el método, Adolfo Sánchez Vázquez para analizar el arte; C.L.R. James para la dimensión histórica de la revolución haitiana; el grupo Comuna de Álvaro García Linera y otros para la derrota del pesimismo. Y así podríamos seguir enumerando múltiples aportes del marxismo producido en el extremo de Occidente, pero dentro del «marxismo occidental».

Finalmente, Roggerone apuntala su crítica más feroz contra Losurdo, quien plantea un trato fácil de autores disímiles bajo idea de que todos los marxismos occidentales comparten una visión trascendental de la historia signada por los utopismos nacidos de una visión idealista, en donde trabajo, Estado, poder y otras categorías resultan prescindibles. Roggerone aduce que Anderson es solo un mal pretexto para una discusión fantasmal que Losurdo emprende con deshonestidad, ya que su lucha contra Anderson es en realidad contra León Trotski. Desde este punto de vista, para Roggerone esa reivindicación del italiano Palmiro Togliatti en realidad sería la José Stalin. En este punto, sin duda, hay mucho que seguir aclarando, pero el investigador argentino ha abierto una puerta que lejos está de clausurarse.

El epílogo, firmado por el militante trotskista y teórico de esa corriente Juan Dal Maso, destacaa el largo diálogo sostenido con Roggerone a propósito de las temáticas que atraviesan el texto, aunque no siempre clarificadas del todo. Tal es el caso de la propia noción de marxismo, algo que atañe a todos por igual y que para Roggerone se presenta como una «teoría crítica de la modernidad», mientras que Dal Maso alude al rescate de la corriente trotskista en la medida en que esta no ha sido engullida por la tendencia contemporánea de la academización del saber militante (aunque dejando sugerentemente abierto el interrogante sobre su productividad a futuro).

Roggerone entregó una herramienta indispensable para pensar una discusión que es un torbellino, que arrastra los saldos de una larga y discontinua acumulación teórica, la losa de las victorias y derrotas en la lucha de clases y, sobre todo, las visiones unilaterales de quienes han querido ver en «occidente» o en «oriente» la fuente de la productividad discursiva y política. Su propuesta es simultáneamente una revisión de largo plazo y una intervención en el campo de la teoría que llama a saldar cuentas con las elaboraciones pasadas, presentes y futuras de un espacio político siempre en renovación. Y es que, para bien o para mal, la categoría del «marxismo occidental» ha devenido en una reflexión sobre esas «aventuras marxistas», atravesadas por la memoria de la derrota y los olvidos de las victorias. Todo ello, con y más allá de esa obra del último marxismo occidental: Perry Anderson.

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