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Manifestantes participan en una protesta en la que se exige la actuación del gobierno para hacer frente a la pobreza, la violencia policial y las desigualdades en los sistemas de salud y educación, en Bogotá, Colombia, el 10 de mayo de 2021. Foto EFF.

Colombia ante un punto de bifurcación

El enfrentamiento entre Gustavo Petro y Rodolfo Hernández no es solo electoral. Representa, ante todo, un choque político entre una cultura retardataria, que ve en Hernández la posibilidad de prolongar el espíritu señorial de la república, y una cultura popular que ve en Petro y Márquez la restauración moral de la nación.

Las ideas de empate catastrófico y de punto de bifurcación surgieron con la obra del ex vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera. Según Linera, el empate catastrófico ocurre en el marco de una profunda crisis institucional-estatal y se caracteriza por tres aspectos claves: la confrontación de dos proyectos nacionales con capacidad de movilización y seducción de fuerzas sociales; la confrontación institucional (en el ámbito parlamentario y extraparlamentario) de dos bloques sociales antagónicos que disputan el poder del aparato de Estado; la relativa parálisis del mando estatal y la irresolución temporal de dicha parálisis. 

El empate catastrófico, sostiene Linera, puede prolongarse por meses e incluso años. Sin embargo, las sociedades van acercándose paulatinamente a un momento decisivo: a un punto de resolución y desempate. Una bifurcación.

Guardadas las proporciones, la Colombia de hoy también parece estar atravesando por un empate catastrófico y se acerca a una nueva etapa decisiva. Este domingo, 19 de junio, segunda vuelta presidencial, el progresismo puede ganar terreno en el desempate. 

Dos proyectos de país en pugna

Desde el 2016, con la derrota del Sí a la paz en el plebiscito, la sociedad colombiana quedó atrapada en un ambiente de irresolución entre dos proyectos de país antagónicos: por un lado, un proyecto político que apostaba por finalizar la historia de la violencia en Colombia y que, de cierto modo, intentaba garantizar algunas aperturas democráticas en el régimen político; del otro costado, un proyecto dispuesto a hacer trizas la paz y reanudar, como diera lugar, el ciclo de violencia en el país.

En aquel momento, el ex presidente Juan Manuel Santos resolvió el reversazo a la paz por la vía parlamentaria, dando paso, con esto, a una primera fase de cumplimiento de los acuerdos. Sin embargo, el ambiente político y la correlación de fuerzas, antes que refrendar la decisión del órgano legislativo, distanció más los dos polos en disputa: el uribismo, por su parte, radicalizó su discurso en contra del proceso de paz y juraba “hacer trizas” el acuerdo; por otra parte, algunas fuerzas de derecha moderada, centro e izquierda coincidían en defender lo pactado.  

En todo caso, estos intentos se hicieron agua con la victoria electoral del candidato del uribismo Iván Duque en 2018. Rápidamente retrocedió el estado de avances del acuerdo de paz. No obstante, fue un intento incompleto, pues estuvo confrontado, desde las calles, por la movilización de organizaciones y movimientos sociales que salieron a manifestarse en contra de la guerra declarada contra la paz por parte del gobierno nacional y en contra del asesinato sistemático de líderes y lideresas sociales y excombatientes. Cabe aclarar que en el transcurso de estas movilizaciones se fue constituyendo una articulación heterogénea y abigarrada de distintas expectativas y demandas sociales por el cambio. No se trataba, entonces, de una defensa exclusiva de la paz como acuerdo, sino, fundamentalmente, de las distintas expresiones de justicia social que giraban alrededor de él.   

Este ciclo de movilizaciones debilitó fuertemente al gobierno Duque, quien vio frustrado sus intentos de reforma (reforma tributaria y reforma a la salud). El carácter interrumpido e intermitente de la movilización fue creando, poco a poco, las condiciones para que el conjunto de fuerzas políticas que, en principio, defendieron la paz se mostraran en esta coyuntura electoral como alternativa de cambio al uribismo. Es decir, el ciclo de rebeliones, desafortunadamente, no representó una alternativa de poder popular, pero sí cristalizó la opción de refrendar, de dar salida al empate catastrófico y a la crisis político-institucional por medio de una fuerza progresista electoral.  

Hernández y Petro: a disputar un proyecto de mayorías

Los resultados de la actual coyuntura electoral no podrían explicarse sino en función del cambio en la correlación de fuerzas que suscitó el Paro Nacional del 2021. El episodio de abril representó un parteaguas en la vida política nacional: por un lado, enfrentó a las fuerzas del orden con capas y sectores populares, juveniles y estudiantiles; por el otro, modificó el estado de fuerzas en el país: ningún congresista podía aprobar, sin más, sin echar vista a la calle, las propuestas de reforma del gobierno nacional. 

Con las manifestaciones del 2021 se puso de relieve los dos proyectos de país que seguían en pugna: una Colombia subalterna y popular (la del Sí a la paz) que se movilizaba contra el autoritarismo del gobierno Duque; otra Colombia reaccionaria y retardataria (la del No a la paz) que salía a defender, con revólver en cinto, los intereses del establecimiento y de la «gente de bien». De modo tal que el empate catastrófico, en el caso colombiano, no solo implica una disputa política y electoral por el aparato de Estado (aunque esta sea su expresión inmediata, su expresión coyuntural), se trata, de manera más general, de una disputa entre estructuras culturales distintas. 

Los resultados de primera vuelta revelaron tal característica: Gustavo Petro, líder de la bancada progresista Pacto Histórico, logra «recoger» la votación de los puntos de resistencia del Paro Nacional del 2021 y el voto por la paz de las regiones (litoral pacífico, la costa atlántica, Bogotá y algunas ciudades del sureste colombiano). Esta votación tiene una particularidad: tiene un importante contenido regional y de clase. Demuestra que las zonas y regiones más afectadas por la violencia y, sobre todo, por el régimen de acumulación neoliberal de matriz extractivista, votó por el proyecto de cambio de Gustavo Petro y Francia Márquez. En ciudades principales (Bogotá, Cali y Medellín) se comprobó algo en una dirección similar: los barrios populares, maltratados por la policía, también votaron a Petro y Márquez, mientras los barrios de la élite bogotana, caleña y antioqueña le votaron a su hoy contendiente, Rodolfo Hernández. 

Este último, a su vez, obtuvo la votación mayoritaria en la región centro andina, caracterizada por apoyar el talante autoritario de los últimos gobiernos. Esta ligera caracterización permite comprender las tensiones entre dos proyectos de país antagónicos que están siendo representados por Gustavo Petro y Rodolfo Hernández. El enfrentamiento no es solo electoral e institucional, sino que es, de cierto modo, un enfrentamiento entre estructuras culturales: una retardataria, reaccionaria que ve en Rodolfo Hernández la posibilidad de prolongar el espíritu señorial de nuestra república; otra popular y progresista que ve en Petro y Francia Márquez la reconstrucción moral de la nación.

¿Un desempate definitivo?

Retomando las consideraciones iniciales, Colombia atraviesa, en efecto, por un empate catastrófico. Al igual que en la Bolivia del 2005, dos polos regionales están siendo protagonistas de una disputa cultural: Petro y Hernández representan hoy dos Colombias distintas, dos proyectos nacionales con capacidad de movilización y seducción de fuerzas sociales, atravesada, desde luego, por la profunda crisis institucional (crisis del sistema de partidos, crisis del régimen político, crisis de representatividad) que terminó de abrir el ciclo de movilizaciones del 2021.

Hasta el momento, ningún proyecto logra ser hegemónico sobre el otro. De hecho, la segunda vuelta electoral demostrará cuál de las dos Colombias es mayoría. Sin embargo, Petro, a diferencia de Hernández, cuenta con la virtud de articular las expectativas de cambio de la Colombia pobre y trabajadora. Expectativas que hacen parte de un sentido común en disputa. Recordemos que la lucha ideológica empezó en el plano de la sociedad civil movilizada: con la batalla por la paz, con la defensa de los acuerdos, con las marchas estudiantiles, con el Paro Cívico en Buenaventura y el gran episodio movilizatorio de abril que creyó cambiarlo todo, ahora tendrá que trasladarse al ámbito institucional y mantenerse, desde luego, en el subsuelo político. Petro representa parcialmente esas luchas, por lo que tendrá margen de maniobra en caso de ser gobierno. 

En cualquier caso, la disputa cultural no se resolverá este domingo en las urnas. El resultado de las elecciones será un paso en el desempate, pero de ningún modo representa su conclusión o resolución. Queda pendiente, en el caso del progresismo, avanzar en la tarea de construcción y expansión de la hegemonía. En ese sentido, Petro tendrá cuatro importantes retos en caso de ser vencedor: primero, el reto de avanzar en su plan de reformas estructurales y lograr una correlación de fuerzas institucionales favorables a su plan de gobierno; segundo, domesticar democráticamente las fuerzas reactivas parlamentarias y extra-parlamentarias; tercero, disciplinar, en el buen sentido, las fuerzas internas del Pacto Histórico hacia un proyecto de estatalidad popular; cuarto, mantener un diálogo y reconocer autonomía a las organizaciones sociales y populares que se movilizaron contra Duque. Fue esa irrupción movilizatoria la que abrió la oportunidad de liderazgo de Petro y es la misma que podrá defender los avances democráticas de su eventual gobierno. 

Se acerca un momento decisivo en el desempate. En medio de la decisión, la Colombia de los trabajadore/as, de los desposeídos, de los sectores populares, se juega las lágrimas y la esperanza de que, efectivamente, su realidad cambie. Sería imposible no desear suerte a esta candidatura que abrió los sueños y expectativas de un país golpeado por el régimen y arrasado por el hambre y la violencia.  

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