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Raúl Castro asiste al tradicional desfile del Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución en La Habana, Cuba, 1978. (Francois Lochon / Gamma-Rapho vía Getty Images).

El legado de Raúl Castro

A lo largo de su carrera, dos estereotipos engañosos distorsionaron nuestra visión de Raúl Castro. No fue ni una pálida sombra de su hermano ni un ideólogo prosoviético unidimensional, sino una importante figura histórica que desempeñó un papel clave en la configuración del sistema cubano y en su posterior reforma.

El 19 de abril de 2021, el Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba puso fin a la era política de los Castro al elegir a Miguel Díaz-Canel Bermúdez, presidente nacional desde 2018, como nuevo primer secretario del partido. Este movimiento se produjo después de que Raúl Castro confirmara el 16 de abril que se retiraría después de dos mandatos sucesivos, como había prometido ya en 2011.

Si bien no fue una sorpresa que Raúl cumpliera con esta promesa, ya que había hecho lo mismo con la presidencia de Cuba en 2018, su salida sin embargo tuvo una importancia simbólica al poner fin a la «generación histórica» de exguerrilleros en posiciones de autoridad. En este momento de transición, así, cabe preguntarse acerca del balance de los años de Raúl en el poder y de su importancia general en la trayectoria y la forma de la Revolución Cubana.

Leyendas dinásticas

Las reacciones de los medios de comunicación mundiales al relevo del partido fueron predecibles, desestimando en su mayoría a Raúl como el hermano menor y la sombra de Fidel y viendo su liderazgo dentro del marco engañoso de una «dinastía Castro» al estilo Corea del Norte. De hecho, en 2008, cuando la Asamblea Nacional eligió a Raúl como presidente, la noción de «dinastía» no era más que la última de una larga serie de estereotipos que se habían acumulado desde principios de la década de 1960 sobre la Revolución Cubana y su liderazgo.

Esos estereotipos tendían a ver la revolución como una toma de poder popular por parte de un caudillo latinoamericano supuestamente típico y carismático —dando comienzo a cinco décadas de enfoque obsesivo en la persona de Fidel— o como un satélite soviético comunista igualmente típico casado con el marxismo-leninismo. Ambos conjuntos de suposiciones resurgieron en el período 2006-2008, cuando Fidel enfermó y «entregó» el poder a su hermano, y de nuevo en abril de 2021.

Los que hicieron esas primeras suposiciones no se dieron cuenta de que la revolución como proceso había comenzado en 1959 y que se trató de un impulso ampliamente popular para iniciar un proceso de construcción nacional de un Estado que, tras soportar el dominio colonial español durante unos ochenta años más que el resto de la América española, se había convertido en una neocolonia formal de Estados Unidos.

Estados Unidos condicionó la independencia formal de Cuba en 1902 a la inclusión en la Constitución cubana de la Enmienda Platt, que restringía su soberanía como Estado-nación durante al menos treinta años. Washington supervisó otros veinticinco años de hegemonía económica y política. En 1959, la construcción de la nación era por tanto algo que había que conseguir, y la mayoría de los cubanos lo sabían (los rebeldes, desde luego). La única pregunta era: ¿cómo?

En última instancia, la respuesta procedía de las propias tradiciones de disidencia radical de Cuba —como se veía en la fusión de nacionalismo y socialismo que podía encontrarse en la descuidada Constitución del país de 1940— y del discurso anticolonialista imperante en el mundo descolonizador: alguna forma de socialismo. Sin embargo, eso seguía dejando la cuestión de qué tipo de socialismo debía ser.

La aparición de Raúl

Fue entonces cuando Raúl Castro entró en escena, como una de las figuras clave en la adopción por parte de los dirigentes cubanos de un modelo socialista cercano al enfoque soviético. Este fue un papel que en parte dio lugar a los estereotipos sobre él.

En 1958, antes de que los rebeldes del Movimiento 26 de Julio obtuvieran la victoria, Raúl era relativamente desconocido en Cuba. Aunque siguió la trayectoria académica de su hermano en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, su recorrido político fue diferente. Como activista estudiantil en 1952-53, se inclinó por el Partido Socialista Popular (PSP) comunista. Se unió a la delegación cubana que viajó a un Congreso de la Juventud organizado por Moscú en 1953 en Europa del Este, y al ala juvenil del PSP, la Juventud Socialista (JS).

A su regreso a Cuba, Fidel le comunicó a Raúl el inminente plan de ataque a la guarnición Moncada de Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953. Los que habían urdido el plan eran un pequeño grupo perteneciente al Partido Ortodoxo, nacionalista de izquierdas, conocido formalmente como Partido del Pueblo Cubano. El golpe de Batista en marzo de 1952 había negado al partido su esperada victoria en las elecciones que debían celebrarse en junio, con Fidel como uno de sus candidatos al Congreso.

A pesar de los orígenes ortodoxos de este proyecto, Raúl aceptó inmediatamente unirse a él. Una postura que pronto le distanció del PSP, que condenaría rotundamente el asalto al Moncada. El PSP también condenó la expedición de diciembre de 1956 lanzada por Fidel desde México y la consiguiente campaña guerrillera, hasta que la presión interna obligó al partido a aceptar lo inevitable y unirse a la alianza rebelde a mediados de 1958.

Raúl abandonó la JS poco después del Moncada. Preso en la cárcel de Isla de Pinos hasta junio de 1955, se politizó con los demás rebeldes. Al ser liberados, los acompañó a México para preparar el lanzamiento de una rebelión guerrillera.

Ese vínculo con el PSP atrajo la atención de la sección de inteligencia de la embajada estadounidense en 1956. Tratando de adivinar la forma de una futura Cuba bajo el Movimiento 26 de Julio, buscaron el rojo debajo de la cama, al modo característico de la Guerra Fría. Junto con el Che Guevara —sobre cuyas interpretaciones poco convencionales del marxismo no sabían nada— identificaron a Raúl como el candidato más probable para este papel. En adelante, se convirtió en su rojo estatutario, un «ideólogo endurecido» prosoviético. Esta definición contradecía extrañamente la narrativa de la dominación total de Fidel, al describir a Raúl como el genio malvado que estaba tramando un cambio para poner a Cuba bajo el control soviético.

Para entonces, sin embargo, estaba surgiendo un Raúl diferente. Aunque solo había sido un soldado de a pie en el ataque al Moncada, fue ascendiendo en las filas rebeldes a medida que se hacían patentes sus cualidades y crecía su importancia. Fue él quien presentó al Che Guevara al grupo en México, estableciendo así la estrecha y duradera camaradería ideológica entre Fidel y el Che.

En la formación, Raúl demostró ser un líder y un hábil aprendiz, lo que le valió una capitanía en la eventual expedición del yate Granma. Luego de que las tropas de Batista dispersaran sangrientamente a la fuerza rebelde tres días después del desembarco, dirigió un pequeño grupo de supervivientes para unirse al grupo igualmente diminuto de Fidel. Junto con los hombres del Che, crearon la base del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra oriental.

A mediados de 1958, su liderazgo, su ingenio político y sus habilidades militares le valieron el mando de un frente guerrillero separado en la cercana Sierra del Cristal. En ese puesto, demostró las mismas habilidades de liderazgo pero también una eficiencia administrativa que sería aún más evidente en años posteriores.

Y, lo que es más importante, aunque había roto con el PSP, su marxismo —que ya era más profundo que el de su hermano— le hacía tener claro que los que estaban bajo su mando debían recibir educación política. También vio la importancia de la colaboración con los cuadros locales del PSP.

Institucionalización de la revolución

Esa voluntad de colaboración continuó después de enero de 1959. El PSP ofreció ahora el apoyo incondicional de sus miembros —cuyas estimaciones oscilan entre seis y diez mil— y pasó a formar parte de la emergente alianza rebelde tripartita. Esto generó alarma y resentimiento en el Movimiento 26 de Julio, pero Raúl y el Che vieron el valor de la inclusión del PSP y de los vínculos más estrechos con la Unión Soviética. Esto reforzó inevitablemente las suposiciones sobre Raúl como ideólogo comprometido.

En 1960, esas suposiciones se habían reforzado: Raúl, uno de los tres principales líderes de la revolución cubana, recibió el mando y el control ministerial de las nuevas Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). De hecho, su papel en las FAR le convirtió en el centro de gran parte del proceso, defendiendo la revolución contra las amenazas externas. Ese papel también alimentó en parte su entusiasmo por los vínculos con Moscú, a través de una relación en desarrollo con los militares soviéticos. Sin embargo, su estrategia preferida para defender a Cuba, a través de una «guerra de todo el pueblo», al estilo de las guerrillas, difería de sus recomendaciones.

También había otra dimensión en la admiración de Raúl por la URSS, ya vislumbrada en la Sierra: su creencia en la organización eficaz y la estabilidad económica. Como muchos otros, Raúl percibía que ambas cosas estaban presentes en la URSS, anulando cualquier duda que pudiera albergar sobre la falta de responsabilidad en las estructuras soviéticas. Su creencia en la necesidad de un partido único eficaz, responsable e internamente democrático se mantuvo a lo largo de las décadas, reflejando su preferencia por los incentivos materiales (en lugar de los morales subrayados por el Che), la responsabilidad constante y el debate eficaz.

Esa preferencia le hizo dar la bienvenida al periodo menos frenético y menos emocionante de «institucionalización» que se desarrolló en Cuba a partir de 1975. Durante este periodo, al que a menudo se hace referencia de forma engañosa como uno de «sovietización», las estructuras de estilo soviético sustituyeron a la movilización y los dirigentes cubanos declararon que la revolución de su país estaba inmersa en una transición al socialismo, en lugar del objetivo de alcanzar el comunismo rápidamente establecido por el Che en la década de 1960.

Raúl acogió con satisfacción la perspectiva de una mayor estabilidad y una relación más estrecha con Moscú (las relaciones cubano-soviéticas se habían deteriorado de forma perjudicial desde la crisis de los misiles en octubre de 1962, llegando a un punto álgido en 1968). También acogió con satisfacción la idea de un Partido Comunista Cubano que se reuniera en congreso en el ciclo quinquenal previsto: mientras que el primer congreso del partido que debía celebrarse originalmente en 1970 se retrasó otros cinco años, el segundo comenzó puntualmente en 1980.

Sin embargo, sería un error ver grandes diferencias políticas o ideológicas entre Fidel y Raúl. Ambos creían en el mismo proyecto, el que habían concebido en 1953 y plasmado más concretamente entre 1956 y 1959: la construcción de la nación a través del socialismo. Solo diferían en sus preferencias sobre los medios para llegar allí y la velocidad de ese proceso.

Fidel estaba mucho más de acuerdo con la noción del Che sobre las condiciones subjetivas para el socialismo —el compromiso ideológico y la conciencia bajo la dirección de una vanguardia comprometida— que podían superar las barreras objetivas. El antiguo PSP y los dirigentes soviéticos sostenían que el socialismo era imposible en Cuba (mucho menos el comunismo) debido a esos obstáculos objetivos.

Aunque no estaba totalmente de acuerdo con el PSP y con Moscú, Raúl siempre fue partidario de un impulso más comedido hacia el socialismo, con una responsabilidad estructurada y unas recompensas materiales adecuadas —aunque limitadas—, pero siempre con una ética claramente socialista y moral detrás de todo. El enfoque de Fidel dictaba una confianza en la movilización y la «pasión», mientras que el de Raúl enfatizaba la estructura y la viabilidad pragmática, aunque trabajaban en conjunto. Ambos veían como objetivo el proceso de construcción de la nación de la que Cuba aún carecía en 1959.

Actualizar el sistema

Ese seguía siendo el objetivo de Raúl cuando en 2008 aseguró a los escépticos que sus propuestas de reforma no lo convertirían en el Mijaíl Gorbachov de Cuba. No había sido elegido, dijo, para «destruir la Revolución», como algunos temían, sino como alguien que necesariamente estaba «actualizando» el socialismo cubano, adaptándolo a un nuevo mundo para posibilitar su supervivencia.

La Constitución de Cuba de 2019 describiría más tarde esto como un proceso «en transición al socialismo». Como tal, podía y debía lograrse por medio de estructuras que funcionaran adecuadamente, con plena responsabilidad y comunicación internas, no a través de un partido al que la gente se uniera para su propio progreso, como Raúl había observado en el bloque socialista liderado por la Unión Soviética antes de 1989. Tan moralista como Fidel, aborrecía la corrupción como algo que socavaba la conciencia socialista.

A partir de 1986, Cuba adoptó una estrategia conocida como «Rectificación» («de errores y tendencias negativas del pasado»). El protagonismo de Raúl en esa estrategia dejó sin sentido la simplificación común de que constituía un retorno a los años sesenta. Aunque el ascenso de Gorbachov al poder en la URSS tuvo muchas implicancias para Cuba, Raúl se centró en el mensaje subyacente para la economía cubana: la beneficiosa relación con la URSS iba a terminar, y los cubanos debían prepararse para ello mediante la racionalización económica.

El colapso de la URSS y del bloque socialista en 1989-91 superó ese proceso de racionalización desencadenando la crisis más profunda de la revolución, momento en el que Raúl pasó a primer plano. Contradiciendo su imagen de ideólogo rígido y de línea dura, lideró el impulso urgente de reformas sin precedentes para «salvar la revolución». Demostró ser un negociador paciente pero decidido, que se preocupó de llevar consigo a los dirigentes que dudaban del alcance de las reformas. La recuperación de la economía cubana se debió en gran medida a su mano en el timón, ya que puso fin a la rígida centralización y restableció el trabajo autónomo privado abolido en 1968.

Los acontecimientos del periodo 2006-8, cuando Raúl fue elegido para suceder a Fidel, fomentaron la noción de una «dinastía Castro» entre los observadores externos. Muchos de los que acariciaban esta idea olvidaron que Raúl debía su título de vicepresidente primero no a ninguna relación familiar con el Comandante, sino a su condición de único de los tres líderes originales que quedaba en pie junto a Fidel. Por lo tanto, gozaba de una legitimidad histórica que ya le había dado suficiente autoridad para tomar el control efectivo a mediados de 2007 en vista del estado de salud crónico de Fidel.

Utilizó esa misma legitimidad para lanzar el 26 de julio la más feroz y amplia crítica a la revolución que se había escuchado dentro de Cuba de una manera que muchos encontraron chocante y decretar la apertura de un prolongado y público debate nacional a través de las Organizaciones de Masas y el Partido para llevar esa crítica más allá. Fue una estrategia brillante, al utilizar la respuesta de quienes acogieron ampliamente su crítica y sus propuestas como munición para desafiar la resistencia prevista de la jerarquía del partido.

Aunque esa resistencia duró tres años, en 2011 Raúl había obligado al partido a convocar su largamente esperado Sexto Congreso —que debía haberse celebrado en 2002—, aunque con compromisos. Elegido como primer secretario, ahora tenía plena autoridad para reformar. Sin prisa pero sin pausa.

Nuevos rumbos

Lo que siguió pareció transformar a Cuba. Se anunció por sorpresa el pleno reconocimiento de Estados Unidos en 2014-15, aunque el embargo siguió firmemente en vigor, aplicado por el Tesoro estadounidense. Las reformas que Raúl había iniciado en 1992-93 avanzaron aún más en áreas como el trabajo por cuenta propia y la libertad de viajar.

Mientras tanto, sin embargo, otras dos cosas habían cambiado. En primer lugar, en 2006 estaba claro que los dirigentes cubanos habían reducido discretamente la Batalla de Ideas que Fidel había lanzado seis años antes, con el objetivo de revigorizar ideológicamente a la juventud cubana mediante la cultura, la educación y la movilización. Esto reflejaba la preferencia de Raúl por la estabilidad productiva frente a la costosa «pasión».

En segundo lugar, había habido cambios dentro del partido gobernante. Antes de asumir el liderazgo, Raúl ya había iniciado un proceso de renovación a nivel provincial, incorporando a dirigentes más jóvenes. Después de 2008, continuó esta labor en el gobierno, retirando a la generación histórica y reforzando la autoridad de la Asamblea Nacional.

Al cumplir su promesa de retirarse como presidente de Cuba después de dos mandatos, Raúl utilizó los tres años que le quedaban como líder del partido para continuar el esfuerzo de renovación, distanciando constantemente al partido de la participación activa en el gobierno, al tiempo que aclaraba su papel como fuente de orientación ideológica. En 2019, Díaz-Canel le pidió que dirigiera la comisión para la nueva constitución de Cuba. Raúl sabía que esta carta actualizada era necesaria para legitimar la Cuba emergente y actualizar sus estructuras de legalidad.

El documento llevaba el sello de Raúl. Mantenía muchos aspectos de la primera constitución de la revolución de 1976, que parecía seguir los modelos soviéticos, pero cambiaba sutilmente sus definiciones ideológicas. En lugar del compromiso con el marxismo-leninismo (siempre una abreviatura del comunismo de estilo soviético) se incluyeron referencias sin cifrar al «marxismo, leninismo» como fuentes de inspiración política, junto con las ideas de José Martí y Fidel Castro.

La Constitución de 2019 también comenzó a poner en marcha una separación de poderes, reflejando las conocidas dudas de Raúl sobre la concentración de poder antes de 2008. Repartió la responsabilidad de gobierno entre cuatro centros potenciales: el presidente nacional de Cuba, que seguía siendo elegido de forma indirecta; un primer ministro para el gobierno diario; el presidente del reformado Consejo de Estado y la Asamblea Nacional; y el líder del partido.

La combinación de la presidencia de Donald Trump y la pandemia del COVID-19 transformó el contexto externo en el que se realizaban estas alteraciones. Primero, Trump impuso un paquete de doscientas cuarenta medidas para endurecer el embargo, y luego la pandemia tuvo un impacto drástico en los ingresos procedentes del turismo. La combinación produjo una profunda crisis económica.

Esa crisis aceleró la aplicación de una política que debía haberse llevado a cabo hace tiempo: la abolición del confuso y corrosivo sistema de doble moneda de Cuba. Creado en 1993 como una solución a corto plazo, ya estaba causando distorsiones económicas y sociales a finales de esa década, pero nadie —incluido el propio gobierno— parecía saber cómo o cuándo se podía poner fin al mismo. La pandemia brindó la oportunidad de hacerlo por necesidad.

En diciembre de 2020, los habitantes de la isla escucharon el sorprendente anuncio de que su gobierno iba a fusionar las dos monedas a partir del 1º de enero de 2021. La medida amenazaba con causar verdaderos desafíos para muchos cubanos, pero probablemente traería beneficios a largo plazo para la mayoría. Aunque la medida provino de Díaz-Canel, éste nunca la habría propuesto sin la aprobación ideológica de Raúl.

En general, los estereotipos dominantes sobre Raúl siempre han estado lejos de la realidad. No era un hermano menor irrelevante. Tampoco un genio malvado, un ideólogo de línea dura ni un aburrido «hombre de sistemas». Raúl es el último de los tres líderes históricos de la revolución cubana, uno de los que había planeado embarcarse en un proyecto de construcción de la nación a través de alguna forma de socialismo.

Tras suceder a Fidel en 2006-2008, heredó un proceso que necesitaba urgentemente un ajuste. Se propuso reformar, actualizar, reestructurar y racionalizar todo lo que pudo, precisamente para preservar la esencia y el objetivo original de la revolución. El futuro del sistema que ayudó a construir y transformar está ahora en manos de una nueva generación.

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El trabajo es la maldición de la clase bebedora.

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