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1936: Trotsky y los trotskistas de cara al Frente Popular

Traducción: Valentín Huarte

Un 9 de junio de 1936, a partir de la explosión del ciclo de huelgas que siguió al ascenso de Léon Blum al gobierno, Trotsky escribió «La revolución francesa ha comenzado». Sus textos sobre el Frente Popular han sido un punto de referencia en el tema, tanto para partidarios como para críticos. Pero existen pocos estudios serios sobre ellos.

Mientras el PCF atraviesa su «tercer período» y acusa a la SFIO de «socialfascista», los trotskistas franceses reagrupados en la Liga Comunista militan activamente a favor del frente único. A pesar de ser muy pocos, encuentran un eco real, sobre todo porque al interior del PCF y de la SFIO hay corrientes que actúan en el mismo sentido. Luego de las revueltas de la extrema derecha del 6 de febrero de 1934, la presión de las bases a favor de la unidad se intensifica. El 27 de julio, frente al gobierno de Doumergue y a las amenazas fascistas, el PCF y la SFIO sellan un pacto en torno a la unidad de acción. Confrontados a este giro, Trotsky y sus partidarios precisan su política: «No somos nosotros quienes negamos la importancia del frente único: lo hemos exigido cuando los dirigentes de los dos partidos estaban contra él. El frente único abre enormes posibilidades. Pero nada más. El frente único, en sí mismo, no decide nada». Y también: «Nuestra arma […] es el contenido de la unidad».

El acento recae sistemáticamente desde entonces sobre el contenido de la unidad: programa, formas de organización de base, lucha por el poder y huelga general. Esos temas adquirirán una importancia decisiva en las campañas de agitación trotskistas y llevarán a la denuncia de la alianza con el Partido Radical, concretada al interior del Frente Popular un año más tarde, en junio de 1935. Intentaremos analizar las perspectivas políticas centrales de la lucha por el poder, que son decisivas y en las que cristaliza todo un conjunto de dificultades.

«A favor de la asamblea única»

La Vérité del 3 de agosto de 1934, titula: «Preparemos la huelga general para derrocar al gobierno de Doumergue e instaurar una asamblea única». La huelga general era en esa época un eje constante. Se reforzó luego de las explosiones obreras de julio de 1935 en Brest y en Tolón. La asamblea única es una consigna central del «Programa de acción» de la Liga Comunista, publicado en junio de 1934 en La Vérité y redactado en colaboración con Trotsky:

Dado que la mayoría de la clase obrera cree en la democracia burguesa, estamos dispuestos a defenderla con todas nuestras fuerzas contra los ataques violentos de la burguesía bonapartista y fascista. Pero les exigimos a nuestros hermanos de clase que reivindican el socialismo «democrático» que sean fieles a sí mismos, que no busquen inspiración en las ideas y en los métodos de la IIIa República, sino en los de la Convención. ¡Abajo el Senado, cámara elegida mediante una votación restringida que transforma los poderes del sufragio universal en meras ilusiones! ¡Abajo la presidencia de la República, que les sirve de punto de aglutinación secreto a todas las fuerzas del militarismo y de la reacción! Una asamblea única debe nuclear al poder legislativo y ejecutivo. Sus miembros serían elegidos por un plazo de dos años mediante sufragio universal, con el único requisito de ser mayores de 16 años y sin distinciones de sexo ni de nacionalidad. Los diputados serían elegidos en asambleas locales, su mandato sería constantemente revocable por sus electores y recibirían el mismo tratamiento que un obrero calificado.

Debe remarcarse que el artículo de La Vérité no opone, sino que más bien articula los métodos «proletarios» para derrocar al gobierno (huelga general) y las perspectivas de poder, bajo la forma institucional de una democracia radical: la asamblea única. En un texto de noviembre de 1933, Trotsky presenta esta perspectiva como una respuesta general que se volvió necesaria en Europa, que no obedece a «una regeneración seria y duradera del reformismo», sino que es el resultado «de los diez años de política criminal de la Internacional Comunista estalinizada [que hacen que] en ciertos países, el proletariado se haya convertido en una víctima sin defensa frente al fascismo, y en otros esté a la cola de las posiciones reformistas». Trotsky polemiza luego con «el rechazo liso y llano de las consignas democráticas», al que se entregaba en aquel momento el estalinismo.

Este es el motivo por el cual, en países como la Italia y la Alemania fascistas, Trotsky defiende la perspectiva de una Constituyente. No obstante, en Francia la situación es diferente, puesto que se trata de una república parlamentaria a fin de cuentas clásica, aun cuando influida por fuentes tendencias bonapartistas. Al argumentar a favor de su posición, siempre en el texto de 1933, Trotsky remite al ejemplo de los bolcheviques que sostuvieron hasta 1917 la lucha por la Constituyente en Rusia. La analogía no es rigurosa, pues la Revolución rusa se caracteriza por la colisión de la revolución burguesa y de la revolución proletaria. En Francia, en cambio, la revolución burguesa había tenido lugar hacía mucho tiempo. En ese sentido —y esto es significativo—, el «Programa de acción» de 1934 no habla de Constituyente, sino de asamblea única.

Como sea, Trotsky busca de esta manera dirigirse a los trabajadores todavía influenciados por la socialdemocracia: «Exigimos que a la lucha por la democracia la desarrollen con acciones y no con palabras […]. Obliguen a su partido a abrir un camino verdadero hacia un Estado democrático fuerte. [Es necesario] concentrar todos los poderes legislativos y ejecutivos en las manos de una cámara única». En este marco propone una perspectiva de gobierno: «No podríamos asumir la responsabilidad por este gobierno socialdemócrata, pero los ayudaremos honestamente a luchar por él; frenaremos con ustedes todos los ataques de la reacción burguesa. Es más, nos comprometemos con ustedes a no emprender acciones revolucionarias que excedan los límites de la democracia —de la verdadera democracia— hasta que la mayoría de los obreros no se haya posicionado conscientemente del lado de la dictadura revolucionaria».

Diferencias con Octubre de 1917

Otra vez, en su argumentación, Trotsky hace referencia al ejemplo ruso: «La consigna principal de los bolcheviques, “Todo el poder a los soviets”, significaba de abril a septiembre “todo el poder a los socialdemócratas” (mencheviques y socialistas revolucionarios)». Pero, de nuevo, la analogía es forzada: los soviets eran un nuevo poder proletario naciente y no órganos de un «Estado democrático fuerte». Además, como el mismo Trotsky afirma, la consigna de los bolcheviques «Abajo los ministros capitalistas» era una reivindicación negativa, la exigencia de romper una coalición, y no una lucha positiva a favor de un gobierno de socialistas revolucionarios y mencheviques. El matiz es importante.

De hecho, Trotsky innova en relación con la Revolución rusa y aun con los primeros congresos de la Internacional Comunista: propone una consigna positiva de gobierno, articulada a una forma de poder democrático que no deja de ser burguesa. Todo esto en un país en el que la república parlamentaria tiene una larga tradición. En los años 1930, cuando reflexionaba sobre las condiciones de lucha contra el fascismo y, más en general, sobre las condiciones de la revolución proletaria en Occidente, Trotsky —sin dejar de defender la perspectiva general del poder de los soviets— innovó con frecuencia en relación con la experiencia de la Revolución rusa. Sin embargo, su marco de referencia es siempre la defensa de la política bolchevique. Se comprende la función que puede cumplir este enfoque en la disputa por el «legado» de Lenin. Pero lo cierto es que oculta sus propias huellas y hace pensar que las perspectivas de Trotsky se reducen a la mera reproducción del modelo de Octubre de 1917.

El enfoque de Trotsky enfrenta una dificultad que aparece en el «Programa de acción» francés. En efecto, la Asamblea única que propone mezcla una forma de poder «democrático radical» y ciertos elementos de «poder proletario»: «Los diputados serían elegidos en asambleas locales, su mandato sería constantemente revocable por sus electores y recibirían el mismo tratamiento que un obrero calificado». Ahora bien, Trotsky suele rechazar enfáticamente este tipo de mezclas. Por ejemplo, en su polémica contra el periódico La Commune, publicado por uno de los grupos trotskistas franceses impulsado por Pierre Frank y Raymond Molinier, que mezcla los soviets y la organización comunal por medio de la referencia a la Comuna de París y afirma que, en el «Programa de acción» de 1934, la lucha por el poder obrero se denomina «lucha por la comuna obrera y campesina». Esto es verdad, pero no debe olvidarse que es el mismo texto que contiene las formulaciones que transcribimos sobre la asamblea única.

«Un gobierno socialista-comunista»

Desde octubre de 1934, en su célebre artículo «¿Adónde va Francia?», Trotsky adopta otra perspectiva sobre la lucha por el poder: «El objetivo del frente único no puede ser otro que un gobierno de frente único, es decir un gobierno socialista-comunista, un ministerio Blum-Cachin». No se trata ya de la lucha por una Asamblea única, que desaparecerá de las perspectivas trotskistas sin ninguna explicación. En cambio, la consigna del gobierno se vuelve central e incluye al PCF.

En este punto, Trotsky vuelve a innovar. No se contenta con retomar la problemática del gobierno obrero, elaborada a partir del IV Congreso de la Internacional Comunista y del giro hacia el Frente Único. En ese contexto, había defendido en noviembre de 1922 la consigna del gobierno PCF-SFIO como concreción de la lucha por un gobierno obrero. Pero existe una diferencia fundamental. En los años 1920, la Internacional Comunista trata al gobierno obrero como la culminación de una política desarrollada por los partidos comunistas revolucionarios de masas y se sitúa en la perspectiva de la posible participación (bajo ciertas condiciones) de los comunistas en un gobierno de este tipo. Ahora bien, para Trotsky, en 1934, ni la SFIO ni el PCF son partidos revolucionarios y, de acuerdo a los criterios del IV Congreso de la Internacional Comunista, el «gobierno Blum-Cachin» no sería más que uno de esos «falsos gobiernos obreros» cuya verdadera naturaleza deben desenmascarar despiadadamente los comunistas frente a las masas.

A comienzos de 1934, Trotsky propone el mismo método en Bélgica. Luego de constatar que la socialdemocracia belga domina completamente al movimiento obrero (la sección de la Komintern es «insignificante y el ala revolucionaria es muy débil»), defiende la idea de un «gobierno socialdemócrata». Sin dejar de explicar que no debe depositarse ninguna ilusión en la posibilidad de que un gobierno de este tipo «sea capaz de jugar algún rol positivo en el reemplazo del capitalismo», precisa que la consigna no es meramente coyuntural: «De esta manera, la consigna del gobierno socialdemócrata está calculada para durar un período más o menos largo y no para servir simplemente en una coyuntura excepcional. No podemos abandonar esta consigna más que si la socialdemocracia, luego de llegar al poder, comienza a debilitarse significativamente y a perder su influencia en beneficio del partido revolucionario».

Sin embargo, la consigna de un «gobierno socialista-comunista» no vuelve a aparecer en los textos de Trotsky sobre Francia. En cuanto a los textos de los trotskistas franceses, salvo raras excepciones, se contentan con hablar de un «gobierno obrero y campesino». Podría decirse que, cuando se constituye el Frente Popular en julio de 1935, la lucha por la ruptura con los radicales gira en torno a la misma cuestión. En parte, esto es cierto. No obstante, esta lucha se articula con una perspectiva muy propagandística del «gobierno obrero y campesino», con la cual se esquiva la batalla concreta contra los reformistas y los estalinistas. Este enfoque será determinante para los trotskistas franceses, sobre todo luego de que el Frente Popular llegó al poder. Volveremos sobre este punto.

Además de los problemas particulares que encuentra entre sus partidarios franceses, Trotsky empieza a elaborar una orientación que todavía no está sistematizada en todos sus aspectos. Aparecerá con más claridad en el Programa de transición: «Nosotros exigimos de todos los partidos y organizaciones que se apoyan en los obreros y campesinos, que rompan políticamente con la burguesía y y se sumen a la lucha por un gobierno obrero y campesino. En este camino de la lucha por el poder obrero prometemos un completo apoyo contra la reacción capitalista. Al mismo tiempo desarrollamos una agitación incansable alrededor de las reivindicaciones que deben constituir, en nuestra opinión, el programa del “gobierno obrero y campesino”». Las fórmulas darán lugar a muchas glosas del movimiento trotskista. Se trata en todo caso de una dirección muy distinta de la que planteó la Internacional Comunista en los años 1920.

«Un programa de revolución»

Para Trotsky, la lucha por un «programa de revolución» es tan decisiva como la cuestión del gobierno socialista-comunista: «La campaña del frente único debe apoyarse sobre un programa de transición bien elaborado, es decir sobre un sistema de medidas que-con un gobierno obrero y campesino-deben asegurar la transición del capitalismo al socialismo».

Lo importante aquí es la manera en la que propone articular los elementos clave de este programa. Existe en Francia, alrededor de Jouhaux, dirigente de la CGT (al igual que en Bélgica bajo la dirección De Man), la voluntad de responder a la crisis con un plan que, entre otras cosas, prevé la nacionalización del crédito y de sectores clave de la industria. Trotsky escribe: «Jouhaux ha pedido prestada la idea del Plan a De Man. En ambos el objetivo es el mismo: disfrazar la última quiebra del reformismo e inspirar al proletariado nuevas esperanzas, para desviarlo de la revolución. Ni De Man ni Jouhaux han inventado sus “planes”. Han tornado simplemente las reivindicaciones fundamentales del programa de transición marxista, la nacionalización de los bancos y de las industrias clave, han echado por la borda la lucha de clases y, en lugar de la expropiación revolucionaria de los expropiadores, han puesto una operación financiera de rescate».

Sin embargo, Trotsky explica que es necesario luchar a favor de este plan, de su adopción frente a la crisis, y vincularlo al movimiento de masas: «Entonces el plan, lanzado para desviar a los obreros de los “malos pensamientos”, puede convertirse en la bandera del movimiento revolucionario». Trotsky retoma esta idea en la intervención escrita para un delegado de Isère, con ocasión del Comité Federal Nacional de la CGT del 18 y 19 de marzo de 1935. Luego de criticar las propuestas de rescate y la visión burocrática del control obrero, concluye: «Tenemos que rehacerlo. Tenemos que dirigirnos directamente a los asalariados y a los explotados. Tenemos que utilizar un lenguaje claro y firme. Tenemos que transformar el plan en un programa de acción para todo el proletariado».

¿Es mera pedagogía? Más bien se trata de una orientación política precisa cuya novedad no debe ser subestimada. Es cierto que el «Programa de acción» de 1934 habla de «nacionalizaciones» (sin rescate). Pero el III Congreso de la Internacional Comunista, que adopta un enfoque transicional y propone el control obrero, denuncia las perspectivas de socialización y nacionalización como un engaño a las masas populares. Y fue Trotsky quien escribió en 1922 a propósito de Francia: «De esta minoría sindicalista [de la CGT] surgió la idea de la huelga general concebida como un medio para imponer la nacionalización de los ferrocarriles. El programa de nacionalización propuesto, en acuerdo con los reformistas, como una consigna de colaboración con las clases burguesas, se opone en su esencia, dado que interesa a toda la nación, al puro programa de clase que no podría implicar más que la expropiación revolucionaria del capital de los ferrocarriles y de otras empresas dirigida por la clase obrera».

Frente Popular y comités de acción

Conforme la unidad de acción entre la SFIO y el PCF empieza a inclinarse en favor de los radicales hasta desembocar en el Frente Popular, una parte importante de los trotskistas franceses vacila cada vez más a la hora de oponerse frontalmente a esta alianza. En el Secretariado Internacional, los voceros explican: «El Frente Popular es el único movimiento real actual. Existe. No se lo puede combatir. Es necesario entrar en el Frente Popular para transformarlo mediante una crítica vigorosa […]. Es necesario desarrollar, continuar el movimiento y plantear la consigna “el Frente Popular al poder”». Debe notarse que la idea de un «Frente Popular de lucha», según la expresión de los los pivertistas de la SFIO, existe entre los trotskistas.

Pero Trotsky se opone radicalmente a un enfoque de este tipo: «La experiencia gubernamental de los reformistas y de los estalinistas está por hacerse, la experiencia radical está hecha. Identificar o bien combinar las dos consignas: el gobierno obrero socialista-comunista (gobierno de Frente Único), gobierno obrero y campesino, etc., y el gobierno del Frente Popular, incluidos los radicales, sería desastroso». Debe destacarse que Trotsky no argumenta en función de una posición de principio que estaría vinculada a una diferencia de «naturaleza» entre los partidos (partidos «obreros» y partidos burgueses), sino simplemente en función de la experiencia de las masas.

No obstante, un militante francés, que entonces defendía las posiciones de Trotsky, escribe en La Vérité: «¡Abajo el Frente Popular!». Trotsky lo critica: «Por el momento, el Frente Popular es un hecho (no por mucho tiempo). Nuestra consigna en esta etapa debe ser algo parecido a “Echemos a los políticos burgueses del Frente Popular”». De aquí la importancia que tiene a sus ojos no oponer de manera abstracta el frente único al Frente Popular: «Se puede y se debe combatir el Frente Popular desde adentro [apoyándose] sobre sus propias consignas». Este enfoque es ilustrado a fin de 1935, cuando Trotsky propone la perspectiva de los comités de acción tomando como punto de referencia, precisamente, el eje del VII Congreso de la Komintern (julio-agosto de 1935) que, bajo la dirección de Dimitrov, definió la orientación de los Frentes Populares y que, además, propuso organizar comités de acción. Trotsky escribe: «El mismo rol que cumplieron para nosotros, durante cierto período, las consignas del “frente único”, de la “alianza obrera”, etc., debe cumplirlo ahora la consigna de la creación de organismos de frente único que sean representativos de las masas (con vistas a los soviets)».

Trotsky vuelve muchas veces sobre esta cuestión, especialmente en noviembre de 1935, en un artículo escrito para La Vérité. Se titula «Frente Popular y comités de acción» y en ningún momento opone ambas consignas: «¿El “Frente Popular” defiende la democracia? Entonces, que comience por aplicarla en sus propias filas. Esto significa: la dirección del “Frente Popular” debe reflejar directa e inmediatamente la voluntad de las masas en lucha […] por medio de elecciones. El proletariado no prohíbe a nadie que luche junto a él contra el fascismo, el gobierno bonapartista de Laval, el complot militar de los imperialistas y todas las otras formas de opresión y de ignominia. Lo único que exigen los obreros conscientes a sus aliados verdaderos o posibles, es que luchen efectivamente. Cada grupo de población que participe realmente en la lucha en una determinada etapa, y que esté dispuesto a someterse a la disciplina común debe influenciar con igual derecho, en la dirección del “Frente Popular”». La expulsión de los radicales no es una condición previa. Trotsky simplemente dice: «Auténticas elecciones de masas de los comités de acción deben automáticamente expulsar a los negociantes burgueses (radicales) del “Frente Popular” y así hacer saltar por el aire la política criminal, dictada por Moscú».

«La revolución francesa ha comenzado»

Cuando, luego de la victoria del Frente Popular en las elecciones de mayo de 1936, estalla la oleada de huelgas que desembocará en los hechos de junio de 1936, Trotsky está en Noruega: expulsado de Francia en abril de 1934, abandona el país recién en junio de 1935. No puede seguir de cerca los acontecimientos ni sostener un contacto directo con sus protagonistas. Esta es una diferencia crucial respecto a los años anteriores, cuando abordaba de manera muy precisa las cuestiones de orientación. El texto clave de este período es «La revolución francesa ha comenzado».

Escrito el 9 de junio, este artículo se publicará recién el 18 de junio en un número de La lutte ouvrière embargado por el gobierno. Trotsky polemiza desde el comienzo contra quienes no perciben en la primera oleada de huelgas más que movilizaciones meramente corporativas: «Es el comienzo clásico de la revolución». Y añade: «La nueva organización debe responder a la naturaleza del propio movimiento, reflejar a las masas en lucha, expresar su voluntad más firme. Se trata de un gobierno directo de la clase revolucionaria. No hay necesidad de inventar aquí nuevas formas […] No hace falta inventar el nombre de una organización semejante: son los soviets de diputados obreros».

Sabemos que en junio de 1936 no se desarrolló nada semejante a los soviets. Salvo raras excepciones, ni siquiera hubo formas importantes de autorganización. Naturalmente, no podemos contentarnos con explicar que los soviets no aparecieron a causa de la política de la SFIO y del PCF, puesto que, precisamente, esta política es uno de los datos del análisis de la situación. Además, lo cierto es que ni la experiencia de la clase obrera de los años precedentes, ni las tradiciones del movimiento francés apuntaban en ese sentido. En diciembre de 1938, Trotsky vuelve sobre mayo-junio de 1936 y explica que tuvo razón cuando escribió que «la revolución francesa ha comenzado», pero aclara que «cada revolución que comienza no tiene un desarrollo garantizado». Efectivamente. Pero, dicho esto, lo esencial no es la fórmula, sino la orientación propuesta, que Trotsky no volverá a revisar.

Desde luego, los revolucionarios debían presionar en dirección a la autorganización y, más allá, hacia una dinámica de doble poder. Pero proponer el eje de los soviets como perspectiva inmediata y central se alejaba demasiado del movimiento real. Era, en el mejor de los casos, una forma de propagandismo abstracto que no permite distinguir las distintas fases de un proceso revolucionario. Es cierto que no debemos olvidar el contexto histórico. El término «soviet» tiene una resonancia profunda entre los militantes del PCF. Y este es el motivo por el que Trotsky les propone a sus partidarios bautizar su periódico con el nombre Soviets. Pero aquí se trata de algo distinto: una orientación que pone en el centro la lucha por la creación de soviets como «gobierno directo de la clase obrera» y como alternativa al gobierno del Frente Popular.

Esto es más sorprendente cuando se considera que Trotsky no cree que la dinámica del movimiento de masas dejará de lado a los estalinistas y a los reformistas de la noche a la mañana. Multiplica las advertencias de prudencia a sus partidarios con la intención de evitar excesos izquierdistas en el enfoque del gobierno de Blum. Es necesario presentarse «a ojos de los obreros, no como un estorbo, sino como personas que quieren que la cosa avance». Y también: «Debemos comprender bien que, con toda probabilidad, la próxima huelga será dirigida, no contra el gobierno de Blum, sino contra los enemigos del gobierno». Y, si bien rechaza el término «protección» del Frente Popular propuesto por uno de sus partidarios, precisa que no se trata de combatir frontalmente el gobierno de Blum, «sino solamente de golpearlo por sus flancos».

La orientación del POI

En 1936, los trotskistas franceses se reunificaron en el Partido Obrero Internacionalista (POI). Esto representa un progreso frente a las fuertes divisiones anteriores, pero la situación no deja de ser difícil. No debe olvidarse esto cuando se examina la orientación del POI de junio de 1936. No obstante, es forzoso concluir que la organización acentúa la orientación «sovietista» de Trotsky.

Así lo ilustra un llamamiento del 29 de junio publicado en el periódico La lutte ouvrière: «La crisis del régimen en Francia alcanzó tal grado de madurez que el final está cerca. Empieza la etapa decisiva de la lucha por el poder». Bajo el título «Soviets en todos lados», la única perspectiva que se propone es la transformación directa y casi inmediata de los comités surgidos de la huelga en soviets: «Terminada la huelga, esos comités deben subsistir y convertirse en comités de fábrica permanentes que, no solo asegurarán el control obrero, sino que diseñarán planes de gestión para cada empresa». Estos comités deben desarrollarse en los barrios, en los cuarteles, etc. «Congresos de comités en cada región, en cada industria y en todo el país, tal es el medio de unificar, de coordinar, de desarrollar todas las luchas de las masas trabajadoras para conducirlas a la toma del poder de los comités de obreros, campesinos y soldados, y a la instauración de un gobierno obrero y campesino».

Este llamamiento sobrestima la situación, sobre todo si se tiene en cuenta que las huelgas comenzaban a declinar. Este error era sin duda inevitable. Más decisiva es la cuestión de la orientación. No solamente es propagandista, sino que desarrolla una perspectiva de lucha por el poder y de desarrollo de un doble poder sin ningún tipo de relación con las organizaciones tradicionales. Se trata de una especie de «esquema ideal» de la revolución proletaria impreso sobre la realidad. Debe destacarse que la perspectiva del gobierno obrero y campesino expuesta aquí no tiene nada de transicional, pues equivale a la toma del poder por los comités. Y con razón: no se consideran en absoluto a la SFIO ni al PCF; la denuncia no va acompañada de ninguna «interpelación» a los partidos en relación con las tareas necesarias. Simplemente se afirma: «Los viejos partidos, que se dirigieron a ustedes durante los años de la revolución, se ponen al servicio de la burguesía o son sus cómplices». No se dice nada sobre la salida de los radicales: es verdad que un enfoque de este tipo complicaría las cosas. Tampoco se dice nada sobre la CGT, cuyo rol en la huelga fue muy importante, salvo que «los dirigentes de la CGT colaboran con el PCF y con la SFIO».

Más sorprendente es constatar que, como es sabido, luego del repliegue, las organizaciones tradicionales, sobre todo el PCF y la CGT, salieron fortalecidas de las huelgas. Desde julio, los partidarios de Trotsky subrayan que dicho fortalecimiento es, en esa primera etapa, «un hecho completamente normal desde el punto de vista histórico», sin revisar críticamente su orientación. Ahora bien, es un poco paradójico observar el fortalecimiento de las organizaciones tradicionales y estructurar al mismo tiempo una orientación alrededor de la creación de soviets que, en la situación política francesa de aquel entonces, hubiesen supuesto, sino una ruptura política con esas organizaciones, al menos una dinámica de desbordamiento masivo.

Una moción (18 de junio) de la CA del sindicato de Isère que formaba parte de la Federación General de Docentes, difundida por La lutte ouvrière, desarrolla una lógica análoga: de los comités a los soviets hasta «la instauración de la dictadura de los obreros y los campesinos para derrocar al capitalismo y edificar la sociedad socialista». A lo cual añade la exigencia de «expropiación lisa y llana» de los bancos y de las industrias clave, sin retomar el enfoque sobre la CGT desarrollado por Trotsky.

Exterioridad al movimiento real

Los mismos defectos vuelven a aparecer durante los meses siguientes: no se trata, por lo tanto, de una actitud vinculada a la aceleración de mayo-junio. Así, en octubre, el POI desarrolla el eje del control obrero: respuesta adecuada y clásica frente a una situación en la que la burguesía intenta poner en cuestión todo lo conquistado por las huelgas a pesar de que la relación de fuerzas está a favor de la clase obrera. Pero el contenido del panfleto vuelve a recaer en el mismo problema: «Es necesario organizar sólidamente comités de fábrica, preparar un congreso nacional de delegados de fábrica para desarrollar metódicamente el plan de acción destinado a terminar con las maniobras patronales, reajustar los salarios e instaurar el control obrero sobre la producción».

Otra vez, se plantea la cuestión en una relación de exterioridad con las formas de organización existentes, en este caso la CGT. En Juin 1936, Jacques Danos y Marcel Gibelin evocan otro enfoque posible cuando hablan sobre los delegados obreros elegidos durante los acuerdos de Matignon: «Este enfoque podría haber sido fecundo si la CGT hubiese vinculado la institución de los delegados a la reivindicación del control obrero sobre las empresas y combatido por la ampliación de sus facultades». En cualquier caso, el panfleto propone la nacionalización de los bancos sin ningún vínculo con el plan de la CGT.

Por último, consideremos el problema del gobierno en los artículos de La lutte ouvrière. El 30 de octubre de 1936, las consignas son: «Tirar a los jefes radicales corrompidos. Confluir en un Frente Proletario Revolucionario. Constituir comités en cada fábrica, calle y barrio. Preparar el plan de contraofensiva en el congreso de delegados de fábrica». El 21 de diciembre, se lee el título: «¡Cascadas de capitulaciones! ¡Solo el gobierno obrero y campesino no capitulará!». Y, al final, la siguiente reivindicación: «A la organización putrefacta del régimen burgués, a ese gobierno agonizante que se opone a la organización del poder obrero, a los comités de obreros, campesinos y soldados y a su gobierno, debemos oponerles el gobierno obrero y campesino».

La exigencia de la salida de los radicales aparece como sobreimpresa a un enfoque que no se corresponde con aquel que Trotsky había desarrollado. Es cierto que la reivindicación «Abajo el gobierno de Blum» no aparece, pero no existe ningún tipo de interpelación a las organizaciones tradicionales que, repitámoslo, salieron fortalecidas. La única perspectiva es la convocatoria a un congreso de comités que no existen. Y, una vez más, la perspectiva del gobierno obrero y campesino no cumple ninguna función transicional: es simplemente el sinónimo del poder de los comités.

A modo de conclusión

«El defecto principal de los trotskistas reside en el hecho de que consideran el esquema ruso como si fuera válido en los otros países, y que, hipnotizados por la toma del poder del partido bolchevique, quieren adoptar el mismo enfoque para obtener los mismos resultados». Esta crítica, publicada el 17 de julio de 1936 en un artículo del Libertaire, se repite en boca de muchos revolucionarios de la época. Como en el artículo, se la utiliza con frecuencia para poner en cuestión la perspectiva estratégica general del poder de los consejos obreros: «Si en Rusia la idea del soviet de soldados, campesinos y obreros se presentaba como algo evidente, indispensable, a tal punto que cualquier otra forma de organización era inexistente, no sucede lo mismo en los países donde el movimiento obrero logró desarrollarse por medios legales y, en consecuencia, existen formas de organización profundamente arraigadas que jugarán un rol fundamental en el desarrollo de las luchas revolucionarias».

En abril de 1937, en una conferencia celebrada en Barcelona, Nin, dirigente del POUM español y antiguo compañero de Trotsky, repetirá casi lo mismo: «Las fórmulas de la Revolución rusa aplicadas mecánicamente conducirán al fracaso del marxismo. La táctica es tan variada como la realidad […]. En Rusia no había tradición democrática. No había tradición de organización ni de lucha del proletariado. Nosotros sí la tenemos. Tenemos sindicatos, partidos, publicaciones. Un sistema de democracia obrera. Se comprende así la importancia que tuvieron los soviets. El proletariado no tenía sus organizaciones propias […]. Nuestro proletariado ya tiene sindicatos, partidos, organizaciones propias. Es por eso que los soviets no surgieron entre nosotros».

Si bien la táctica es variable, también existen las estrategias… Nin fue un gran revolucionario. Pero la orientación que desarrolló durante las jornadas de Barcelona se vincula con las consideraciones generales que transcribimos. Desde mi punto de vista, el problema no fue tanto la participación en el gobierno de la Generalidad como la aceptación (junto a la CNT) de la disolución del Comité Central de Milicias, a saber, una estructura de doble poder de tipo soviético. Pero si, en España, se planteaba la equivalencia estricta entre el «sistema de democracia obrera» y las organizaciones tradicionales, la aceptación de la disolución de los comités era lógica.

No pretendemos realizar aquí un balance comparativo de las estrategias revolucionarias desarrolladas en la época, sino simplemente señalar una paradoja. Si se estudia el trabajo de elaboración estratégica de Trotsky alrededor del «Programa de acción» de 1934, y luego de cara al Frente Popular, la conclusión que se saca es la opuesta: Trotsky no imprime mecánicamente el «modelo» ruso, aun cuando la referencia constante a esa experiencia para justificar su elaboración vela parcialmente la originalidad de sus aportes. Lo vimos en el caso de Francia, pero podríamos comprobar lo mismo en los casos de la Alemania de los años 1930 o de la revolución española (al comprobar, por ejemplo, que tampoco aparecieron soviets como en el caso de la Rusia de 1917). De hecho, Trotsky continúa y enriquece la elaboración iniciada por el III y el IV Congresos de la Internacional Comunista, que buscaban, precisamente, adaptar principios estratégicos generales a la realidad de los países de Europa occidental.

La paradoja es entonces que, si bien algunas críticas no dejan de tener sus fundamentos, es siempre a la luz del análisis de la orientación de los trotskistas franceses de junio de 1936, es decir, de una visión «octubrista» reforzada, solo hasta cierto punto, por algunos textos de Trotsky. Hay en todo esto algo muy profundo que resistirá al paso del tiempo.

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