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Pedro Castillo y Keiko Fujimori, los protagonistas de la segunda vuelta electoral en Perú. (Imagen: AFP)

Elegir entre el pueblo y sus verdugos

La segunda vuelta electoral en Perú refleja en las urnas el conflicto de clases a un nivel pocas veces visto antes. Si las élites están dispuestas a mover todas sus fichas para impedir que el pueblo levante la cabeza, nosotros debemos poner el mismo empeño en lograrlo.

Desde una mirada más ortodoxa, algunos marxistas han interpretado el famoso esquema de Marx «base-superestructura» señalando que es la base, el ámbito de la producción, la que determina la superestructura, conformada por el ordenamiento jurídico-político y la cultura. Marxistas críticos a esta interpretación ortodoxa han señalado que en realidad la relación base-superestructura es más bien un condicionamiento, no una determinación directa en un sentido causal. Que no todo lo que afecte la producción terminará en modificar sus comportamientos en lo político o ideológico. 

Pero pareciera que nuestra élite se esfuerza en darle la razón a los ortodoxos. Las elecciones 2021 en Perú vienen dejando en evidencia todo lo que es (y no es realmente) nuestra élite limeña. Han dejado a un lado sus discursos de progreso liberal, y sus festejos al crecimiento y esperanzas de continuidad han sacado a relucir sus más hondos temores, así como también han dejado al descubierto lo que están dispuestos a hacer para apaciguarlos.

Una élite que se asusta fácil

Para Marx, el comunismo supone una comunidad de individuos libres y diferentes que cogestionan voluntaria y conscientemente los términos de su actividad práctica. En ese sentido, surge porque se han gestado las condiciones materiales de su existencia como formación social. Se han desarrollado las contradicciones inherentes al capitalismo y este no puede resolverlas, pues escapa de lo posible en la pauta del capital. 

Claramente estamos muy lejos de una situación como tal, y el programa de Pedro Castillo dista bastante de ser comunista. Aún si tuviera una agenda de reformas radicales que pusieran en jaque a los intereses de la clase dominante, la misma correlación política definida por la primera vuelta ya le ha impuesto difíciles condiciones para implementarlas. Recordemos que lo que tiene Perú Libre en este momento es intención de voto; no todo un pueblo organizado a punto de tomar el poder.

Sin embargo, su sola existencia como opción en las urnas parece generarle una embolia a las élites. La limeña es una élite acostumbrada a que los candidatos desfilen por sus instalaciones en búsqueda de «aportes» a cambio de facilidades y contactos en el nuevo gobierno. Acostumbrada a que sea el candidato quien se acomode a sus maneras, a sus formas y sus reglas. Acostumbrada a comprarlos a todos (Odebrecht nos lo dejó clarísimo). Acostumbrada a tener la sartén por el mango, independientemente de la decisión final del pueblo en las urnas. Nuestra elite –a pesar de estar ya bien entrado el siglo XXI– sigue acostumbrada a la dinámica del siglo XX. Le asusta que el pueblo tenga cada vez menos miedo de metérsele a la sala, a su espacio de confort. 

Estos son mis principios. Si no les gustan, tengo otros

Históricamente, nuestra élite ha sido tremendamente conservadora. Lo podemos ver en diferentes momentos, pero aprovechando el contexto del bicentenario y el éxito reciente de «El último bastión» (en Netflix), tomemos el ejemplo de las luchas por la independencia. Mientras las corrientes liberales avanzaban por toda América Latina, nuestra élite se resistió a dejar de ser colonia hasta que no le quedó otra que acomodarse. Aún así, muchas dinámicas sociales, culturales, económicas y políticas se siguieron manejando desde el molde colonial.

Sin embargo, en los últimos veinte años, si de algo se ha llenado la boca la élite ha sido de «crecimiento» y «democracia». Por un lado, asociando el crecimiento a la promoción de la inversión privada, principalmente la extranjera. Por otro, asociando la democracia básicamente a la posibilidad de elecciones libres. Hasta quisieron ponerse la camiseta de progres. Recordemos a PPK, a inicios de su gobierno, en 2016, diciendo en un mensaje a la nación que iniciaría una «revolución social». 

Pero, claro, se trata de meras palabras que a la hora de la verdad no resultaban molestas para seguir implementando políticas orientadas a garantizar la tasa de ganancia de los grandes empresarios, precarizando el empleo, bajándole estándares ambientales a las actividades extractivas, etc., todo ello a costa de los derechos de los trabajadores, de los campesinos, de las mujeres, de los pueblos indígenas… Y en nombre del crecimiento y la democracia.

Pero en momentos críticos, pareciera que los ideales liberales y las históricas contiendas se pueden poner a un costado para defender lo que realmente importa. Para muestra, basta con dirigir la mirada hacia uno de los más ilustres personajes de Perú. Durante décadas, Mario Vargas Llosa ha construido toda una trayectoria como liberal y demócrata. Un hito clave en ella fue el enfrentamiento político con Alberto Fujimori en las elecciones de 1990, lo que lo convirtió en uno de los rivales históricos del fujimorismo. Tal es así que en las elecciones de 2011 y de 2016 llamó a votar contra el fujimorismo representado en la candidatura de Keiko Fujimori. En el primer caso, apoyando –en segunda vuelta, y probablemente con muchos reparos– a Humala; en 2016, tal vez con menos peros, a PPK. 

Hoy, Mario Vargas Llosa es capaz de tragarse el sapo de apoyar a su histórico rival, el fujimorismo, para no tocar lo que en el fondo siempre defendió: una estructura donde hay dominantes y dominados. Donde el crecimiento, la democracia y el progresismo liberal están bien mientras sean para los que tienen la sartén por el mango. Entonces no importa si toca apoyar a la candidata del partido enemigo de la democracia, que encabezó una abierta dictadura, que cerró el Congreso, que pudrió a punta de corrupción las débiles instituciones, que desapareció opositores, que controló medios de comunicación y que hoy, lejos de distanciarse, se muestra como continuidad de lo mismo. 

La fachada liberal se derrumba y queda lo que realmente importa: defender el orden a como dé lugar. Incluso cuando ese orden ya es insoportable para las grandes mayorías y estas lo expresan dentro de las propias reglas de la democracia liberal.

El papelón de los medios de comunicación limeños

Hace tiempo que la ciudadanía desconfía de los medios de comunicación. Y no es para menos: la cobertura que le suelen dar a ciertas noticias, las lavadas de cara a los políticos que les son afines (y el ametrallamiento contra los que no lo son), los silencios en momentos clave… Todo eso pasa factura. Ya lo sabíamos, no es nuevo. 

Sin embargo, la novedad es constatar que siempre pueden caer más bajo. Desde hace semanas, la jugada de los principales medios de comunicación viene siendo evidente. En primera vuelta, el terruqueo contra la candidatura de Verónika Mendoza fue apabullante. Se le criticaba cada milímetro del plan de gobierno, cada segundo de sus declaraciones, cada gesto en cámara. Con los resultados electorales, hasta los más destacados analistas quedaron sorprendidos con el ascenso de Castillo y, lejos de ocultarlo, discutieron el caso Castillo como «un misterio», como si el voto del pueblo fuera algo tan difícil de comprender.

A pocos días, Mávila Huertas y Alfredo Torres en Cuarto Poder discutían, visiblemente asustados, los resultados de la primera encuesta rumbo a la segunda vuelta. Casi lamentando abiertamente que el voto a Castillo sea visiblemente superior al de Keiko Fujimori. Evaluando las posibilidades del fujimorismo para voltear los resultados, como si esa fuera la preocupación del país, que claramente va en la línea contraria. 

Sin embargo, uno de los indicios más ilustrativos sobre el comportamiento de nuestra prensa han ocurrido fuera del aire, en los recientes cambios en el grupo El Comercio. Concretamente, el despido de Clara Elvira Ospina, de la dirección de Canal N y América Noticias. Con este despido y los cambios en la cobertura periodística, los temas que se abordan, el modo de encuadrarlos y las opiniones que se muestran viene quedando clara cuál es la línea del medio. Pero, sobre todo, dan la pauta de lo que están dispuestos a hacer los dueños de los canales por proteger sus intereses. 

Sus propios periodistas andan con miedo de pisar callos. El otro día, en una entrevista René Gastelumendi a Lucía Alvites, se pudo escuchar: «A nosotros también nos preocupa y vamos a estar atentos a que eso [la coacción de los medios de comunicación] no ocurra. Eso lo vamos a conversar. Compréndeme que es delicado para mí en este momento hablar de eso. Eso vamos a conversarlo internamente […] pero estamos preocupados».

Y ojo: no es que antes tuviésemos una prensa realmente libre. Lo que llama la atención es lo burdo de la situación. Este tipo de decisiones dan cuenta de que, en momentos críticos, a la élite no le importa hacer a un lado lo poquito que tengamos de pluralidad en pos de salir a defender abiertamente los intereses que representa cuando ve que éstos pueden estar en peligro. Como diría Correa, «desde que se inventó la imprenta, la libertad de prensa es la voluntad del dueño de la imprenta». Pocas veces más claro que ahora.

Lo mejor de todo es que el reciente debate en Chota ha dejado en claro que los medios no son imprescindibles como sede de la discusión oficial. Que el debate y la discusión política se pueden dar con otras reglas, otras dinámicas, otros moderadores, mucho más a la altura de lo que realmente le interesa a la gente. 

El pueblo o sus verdugos

A 200 años de independencia, no podemos negar que tener a un profesor de escuela rural a punto de llegar a la presidencia, golpeando a la candidata de los ricos con las demandas de los de abajo, es esperanzador. Hay una élite que se creía intocable y que hoy, aunque la amenaza no es total, ve con temor la sola posibilidad que aquellos a los que por 200 años vio como siervos levanten la cabeza.

Si la élite está dispuesta a mover todas sus fichas para evitar que eso ocurra, a los demás nos toca hacer lo mismo. No estamos ni cerca de un escenario prerrevolucionario, pero sin duda el solo hecho de tener a un candidato levantando demandas realmente populares, que conoce de cerca el sentir del pueblo, es una puerta que se puede empujar hacia procesos de más largo aliento, como una Asamblea Popular Constituyente. En el caso opuesto, no solo se diluye esa posibilidad, sino que se abre la puerta hacia una fortísima represión contra nuestro pueblo. 

¿O creen que el fujimorismo va a dejar de vengarse del Perú que le mostró su rechazo? Nos toca elegir pues, como dijo Castillo en el debate en Chota, entre el pueblo y su verdugo.

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