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Octubre al interrogatorio    

Traducción: Valentín Huarte

Lenin y los debates que dieron forma a la Revolución rusa han sido malinterpretados tanto por sus seguidores como por sus detractores.

La Revolución rusa de 1917 ha sido por mucho tiempo el modelo sobre el cual erigir una moral edificante. Todos vuelven a ella para encontrar el gran error –moral, político, ideológico– que llevó al desastre.

Habiendo descubierto el error, podemos sentirnos seguros de que hubiéramos podido evitar el desastre y superiores a cualquiera que no haya encontrado todavía aquello que hay de equivocado en sus métodos. La realidad humana de la revolución –la sensación abrumadora de estar atrapado en un tornado de acontecimientos– se pierde apenas nos apuramos para extraer lecciones y señalar con el dedo acusatorio.

Para algunos, el error detrás de la revolución es fundamentalmente moral. Lenin, por ejemplo, es descripto como un demonio encarnado cuya depravación insaciable es directamente responsable de la perdición de Rusia. Podemos llamarlo «Lenin-Boris Karloff» e imaginarlo frotándose las manos en su regocijo homicida: «¡Creo que hoy oprimiré a los campesinos!» Tengo la impresión de que algo muy cercano al Lenin-Boris Karloff se ha vuelto la imagen dominante de la Revolución rusa para el gran público, especialmente en los Estados Unidos.

Otros apuntan hacia el «bolchevismo», para definirlo como una especie de error moral recurrente. Los bolcheviques son aquellos que viven bajo el código corrupto según el cual «el fin justifica los medios». Por supuesto, esto es algo que nosotros, la gente decente, nunca haríamos. Nunca consentiríamos en usar medios inaceptables como bombardear poblaciones civiles o usar la tortura, sin importar cuán nobles fueran nuestros objetivos políticos. Solo los fanáticos groseros hacen eso.

También hay cierto liberalismo bien-pensant que usa al bolchevismo para señalar los peligros de haber enaltecido los objetivos políticos. ¿Quieren crear el paraíso de los trabajadores? Tengan cuidado de que la misma nobleza de sus objetivos no los lleve a cometer crímenes terribles. Durante la guerra civil rusa, la gente peleaba por los asuntos más elementales e ineludibles: ¿quién gobernará el país? ¿Cómo podemos rearmar el país? ¿Sobrevivirá Rusia como un Estado?

Nuestros liberales observan esta agitación y sermonean: ahora bien, ¡no se entusiasmen con los sueños de una sociedad perfecta! Sean como nosotros, sigan nuestra política segura, sana y sobria. Moderación, ¡moderación para todo!

Pero la izquierda es igualmente adicta a salir en busca de los errores fatales de la revolución. La diferencia es que prefiere cargar la responsabilidad sobre la doctrina ideológica. Buena parte de la izquierda acuerda con la visión liberal conservadora en que el pecado original del bolchevismo fue el revisionismo de Lenin en ¿Qué hacer? Según esta mirada, Lenin no confiaba en los trabajadores, así que puso de cabeza a Marx para crear un partido conspirativo de élite con base en los intelectuales. No es sorprendente que haya desviado el programa democrático de la Revolución rusa.

Un enfoque menos obsesionado con identificar y condenar errores notará que el significado del ¿Qué hacer? no debe buscarse en sus supuestas innovaciones ideológicas. El libro de 1902 es la recapitulación de una versión idealizada de la lógica de la organización clandestina, una lógica que fue desarrollada a través de pruebas empíricas y errores por toda una generación de activistas anónimos durante los años 1890. En tanto tal, el modelo básico de Lenin fue aceptado como una guía por todos los socialistas que se encontraban en la clandestinidad en Rusia. En lo que respecta a 1917, el rasgo distintivo del bolchevismo no está en la organización partidaria sino en su lectura de las relaciones de fuerza entre las clases en Rusia.

La creación del socialismo en la clandestinidad no fue una obra de Lenin (o, mejor dicho, él hizo una contribución que no fue insignificante pero tampoco fue crucial). Cuando el Estado ruso colapsó en 1917 –un acontecimiento cuyas consecuencias titánicas no fueron previstas por ninguna ideología– esta corriente clandestina fue una de las pocas fuerzas capaces de crear una nueva autoridad soberana y una nueva estructura estatal. Las instituciones legales de la Rusia zarista fueron heridas de muerte por el colapso del zarismo; por el contrario, la corriente clandestina sobrevivió intacta, tenía alcance nacional y reivindicaciones plausibles para ganarse el apoyo de las masas y la legitimidad. La clandestinidad socialista fue mucho más      producto de la historia rusa que maquinación ideológica.

***

Hasta aquí he señalado los errores con los cuales se pretende explicar los fracasos de la revolución, pero los partidarios de la Revolución de octubre también están comprometidos con la cacería de los herejes. Para ellos, el éxito de la revolución se explica por la refutación de los errores ideológicos. La interpretación dominante entre los trotskistas está construida alrededor de una historia de este tipo.

En 1905-6 (cuenta la historia), Leon Trotsky dio forma a su teoría de la revolución permanente  y anunció que la revolución socialista era posible en la atrasada Rusia. En la medida en que esta teoría atacaba los dogmas poco imaginativos del marxismo de la Segunda Internacional, Trotsky fue acogido por una incomprensión universal. Por suerte, justo a tiempo, Lenin vio la luz y se unió a Trotsky en abril de 1917. Juntos, los dos grandes líderes rearmaron el partido bolchevique, haciendo entonces posible la gloriosa Revolución de octubre.

Esta historia canónica tiene muchas dificultades, pero aquí señalaré simplemente un rasgo curioso del relato pro-octubre: tiene un pronunciado tinte antibolchevique. De acuerdo a muchos escritores de la tradición trotskista, la doctrina del viejo bolchevismo fue un error pernicioso que tuvo que ser rechazado antes de que la victoria revolucionaria fuera posible. Los escritores de esta tradición nos recuerdan permanentemente que los bolcheviques mismos, tomados como un todo, eran un grupo torpe que permanecía obstinadamente leal a lo que sea que se les hubiera dicho ayer, incluso cuando sus brillantes y visionarios líderes ya habían dado un paso adelante.

Esta veta antibolchevique es tan pronunciada que algunos escritores todavía no me han perdonado que dijera algo bueno sobre estos activistas bolcheviques clandestinos ¿no me doy cuenta de que estos activistas eran rígidos y estrechos komitetchiki que se rehusaban erróneamente a escuchar la sabiduría de los líderes emigrados como Lenin y Trotsky?

Sin embargo, desde mi punto de vista este enfoque se acerca demasiado a un «culto a la personalidad» de ciertos héroes revolucionarios. Incluso los trotskistas pro-octubre están lejos de contentarse con el resultado final de la revolución y, como es frecuente, buscan errores doctrinales para explicar este desenlace. La revolución europea que se suponía que actuaría como deus ex machina para salvar a la Revolución rusa no sucedió, en buena medida a causa del marxismo «fatalista», «mecánico», «determinista» y en general «pre-dialéctico» de Karl Kautsky y otros líderes de la Segunda Internacional. En Rusia, el signo exterior y visible de la degeneración interna de la revolución fue la herejía doctrinaria del socialismo en un solo país.

Por supuesto, muchas ideas perspicaces y esenciales sobre la Revolución rusa vienen de la tradición trotskista. Sin embargo, no puedo evitar sentir que los escritores de esta tradición están muchas veces más preocupados por sus abstracciones doctrinarias que por la realidad de la Revolución rusa tal como fue experimentada por aquellos que la vivieron.

Un debate fundamental acerca de la Revolución rusa siempre fue: ¿estaba Rusia preparada para una revolución socialista, o solo estaba en condiciones para una «revolución burguesa»? Los bolcheviques sostenían lo primero, los mencheviques lo segundo. ¿Quién tenía razón y quién estaba equivocado en este debate? Si los mencheviques tenían razón, entonces la Revolución de octubre fue un error. Si los bolcheviques tenían razón, entonces el menchevismo debe ser rechazado como un error contrarrevolucionario.

Este enfoque tiene algo de cierto: los mencheviques y los bolcheviques recurrían a conceptos marxistas de este tipo en sus polémicas de 1917. Sin embargo, los argumentos doctrinarios de este tipo estaban lejos del núcleo del asunto. En efecto, se trataba esencialmente de aditamentos, intentos de dar legitimidad doctrinal a posiciones basadas en lecturas empíricas de la Rusia de 1917. La cuestión real que enfrentaba a los partidos socialistas era esta: ¿podría la crisis que envolvía a la sociedad rusa ser resuelta en cooperación con la sociedad educada, o la solución requería de una nueva autoridad soberana basada exclusivamente en el narod, los trabajadores y los campesinos?

Traducido a los términos rusos que eran centrales en los debates de 1917, la cuestión era: ¿podría y debería un nuevo vlast estar basado en un soglashenie? Vlast significa «autoridad soberana» o «poder», como en «poder soviético». Soglashenie se traduce frecuentemente como «compromiso» o «conciliación», pero la palabra implica algo más fuerte: trabajar en conjunto sobre la base de alguna especie de pacto o acuerdo. El enfrentamiento esencial en 1917 entre mencheviques y bolcheviques en torno a cuestiones como estas no era doctrinario, sino empírico. No puede decirse que uno de los bandos tenía razón y el otro estaba equivocado. Cada uno combinaba ideas adecuadas con ilusiones. Permítanme exponer el enfrentamiento menchevique/bolchevique de 1917 usando los términos vlast y soglashenie para recordar que tratamos con realidades empíricas rusas, y también para poner en su lugar subordinado a la disputa doctrinaria.

Menchevique: Algún tipo de soglashenie con la sociedad educada es necesaria, y por lo tanto debe poder encontrarse un complemento «burgués» adecuado para este soglashenie (además, Rusia se enfrenta a una «revolución burguesa», motivo por el cual debemos tolerar al Gobierno provisional «burgués»).

Bolchevique: La soglashenie con la sociedad educada es imposible, motivo por el cual el proletariado ruso está listo para tomar a su cargo las responsabilidades del vlast revolucionario (además, Rusia está lista para «dar los primeros pasos hacia el socialismo»).

En cualquier caso, no partimos del error ni de la idea doctrinaria, sino de una visión empírica profundamente sentida y esencialmente correcta de la sociedad Rusa de 1917. Los mencheviques comprendieron que, por un lado, una sociedad moderna no podría desarrollarse sin expertos y profesionales educados y, por otro lado, que el proletariado ruso no estaba suficientemente organizado ni «dispuesto» para ejercer el vlast de manera aislada, ni tampoco el campesinado ruso era una base segura para la «dictadura del proletariado».

Los bolcheviques comprendieron que, a pesar de las apariencias, la élite de la sociedad educada nunca trabajaría con entusiasmo para cumplir «los objetivos de la revolución» (incluso si se los definía en términos estrictamente «democráticos») y que, de hecho, la sociedad educada eventualmente se pondría en contra de la revolución y trabajaría por algún tipo de «dictadura de la burguesía» (es decir, algún tipo de alianza entre políticos liberales y soldados, o, en términos rusos, Kadetes –los Demócratas Constitucionales liberales– y Kornilov –el general que encabezó un intento de golpe frustrado en 1917–).

Tanto para los mencheviques como para los bolcheviques, una visión empírica correcta lleva a una afirmación factual que se basa más en las ilusiones que en la realidad. Los mencheviques deben insistir en que un complemento adecuado para llevar adelante los objetivos de la revolución puede encontrarse en la sociedad burguesa (o, por lo menos, que la sociedad educada puede ser empujada a la cooperación usando la «presión desde abajo»). La situación es demasiado horrible como para contemplar la posibilidad de que esto no sea así.

Los bolcheviques deben insistir en que las enormes y complejas políticas de transformación social y administración de la crisis pueden ser implementadas casi sin sufrimiento siempre y cuando el proletariado haga valer su poder de clase. La situación es demasiado horrible como para contemplar la posibilidad de que esto no sea así.

En los dos casos, hay un aditamento explicativo que intenta darle la legitimidad de la doctrina marxista a una estrategia elegida empíricamente. Pero de hecho, los mencheviques no eligieron su estrategia a causa de etiquetas doctrinarias tales como «revolución burguesa». Se trata más bien de lo opuesto: insistían en que Rusia enfrentaba una revolución burguesa porque no querían dejar de lado a la «burguesía» (es decir, a los expertos cultos y calificados –o spetsy, como los denominaron los bolcheviques al darse cuenta de cuanto los necesitaban–). Los bolcheviques tampoco eligieron su estrategia porque se hayan convencido en un principio por razones doctrinarias de que una revolución socialista era posible en Rusia. Se trata más bien de lo opuesto: sostenían que era posible «dar los primeros pasos hacia el socialismo» inmediatamente porque sentían que el proletariado debía tomar el poder.

Los observadores tardíos han tendido a hacer de estos gestos retóricos hacia la legitimidad doctrinaria el núcleo del asunto. De hecho, en 1917, la actitud hacia el soglashenie con la sociedad educada era el núcleo del asunto. Esencialmente, había solo dos opciones para los socialistas: a favor o en contra del soglashenie. Menchevique y bolchevique son solo los nombres de estas opciones. Pero la tragedia de Rusia en 1917 fue que el soglashenie era tan necesario como imposible. La situación era de hecho horrible: demasiado horrible como para mirarla a la cara, demasiado horrible como para contemplarla.

En esta lectura, la Revolución rusa no se trata de cometer o evitar errores, sino de una tragedia sin una solución aceptable (eso es justamente una tragedia).

Pero debe decirse algo más acerca del enfrentamiento entre mencheviques y bolcheviques. Cada uno de los bandos tenía tanto ideas erradas como adecuadas. Pero en el caso de los mencheviques, esta combinación los llevó a la parálisis. En el caso de los bolcheviques, la combinación los llevó a estar preparados y activos. Solo por este motivo, el futuro, para bien o para mal, perteneció a los bolcheviques.

 

 

 

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