Entrevista por Daniel Finn
La revuelta holandesa del siglo XVI derrotó a la monarquía española, la gran superpotencia europea de la época. Aunque quizá no sea tan recordada como la Guerra Civil inglesa o la Revolución Francesa, fue un momento decisivo en la historia de la Europa moderna.
La rebelión terminó creando la República Holandesa, el estado más agresivamente comercial de Europa durante el siglo XVII, y contribuyendo a configurar el desarrollo del capitalismo europeo. Pero el proceso, lejos de ser lineal, albergó diferentes corrientes en juego en la lucha contra el dominio español. Las clases populares que se movilizaron e impulsaron la revuelta desempeñaron un papel crucial en su éxito.
Pepijn Brandon, profesor de historia económica y social global en la Vrije Universiteit de Ámsterdam y autor de War, Capital, and the Dutch State (1588-1795), conversó con Jacobin sobre el contexto, dinámica y características de aquella revuelta.
DF
¿Cuál era el contexto social y el sistema de gobierno político en los Países Bajos durante el período que precedió a la revuelta holandesa?
PB
Estamos hablando de una revuelta que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XVI. Abarcó una zona denominada Países Bajos, formada por diecisiete provincias diferentes, todas ellas con sus propios sistemas sociales y políticos. A grandes rasgos, se dividía en dos territorios: los Países Bajos septentrionales, que coincidían más o menos con lo que hoy es Países Bajos, y los Países Bajos meridionales, que coincidían más o menos con la Bélgica actual.
Esta rebelión se desarrolló a lo largo de varias décadas. Comenzó como una revuelta clásica y terminó más bien como una guerra regular, que condujo a la formación de un estado independiente en las provincias del norte —la República Holandesa—, mientras que en el sur fue derrotada y la zona continuó formando parte del Imperio de los Habsburgo.
Estas diecisiete provincias solo se habían unido bajo el dominio de los Habsburgo en la década de 1540. En muchos sentidos, eran una parte esencial de las ambiciones imperiales de la monarquía de los Habsburgo, aunque el núcleo del imperio fuera la península ibérica. Se trataba de la zona más urbanizada de la Europa del siglo XVI. Estas provincias, o al menos las costeras, estaban muy orientadas al comercio y eran muy ricas.
Para un Estado absolutista como la monarquía de los Habsburgo, que tenía enormes ambiciones imperiales y estaba involucrado en continuas guerras en toda Europa, los ingresos fiscales de estas provincias comerciales eran fundamentales. Los Habsburgo experimentaron con diversas formas de obtener un control político más firme sobre las provincias, lo que facilitaría la recaudación de impuestos. También querían evitar el tipo de agitación que se estaba extendiendo por Europa, en parte religiosa y en parte política, con rebeliones locales que buscaban establecer nuevos estados, a menudo entrecruzadas con la Reforma.
Amberes, la ciudad comercial más importante del sur de los Países Bajos, tenía cien mil habitantes, lo que la convertía en una ciudad muy grande para el siglo XVI. Era un centro para el comercio europeo, así como para partes importantes del comercio fuera de Europa, especialmente en el Atlántico. Por citar solo un ejemplo, Amberes se convirtió en el principal centro del comercio europeo del azúcar en el siglo XVI, distribuyendo el azúcar que se producía en las plantaciones portuguesas de Brasil.
Tal función económica confería a estas provincias una enorme importancia, pero también les daba un sentido de autoestima que condujo al surgimiento de diversos movimientos de oposición que buscaban mejorar la autonomía local de las élites holandesas. Esto creó una mixtura explosiva, especialmente cuando se cruzó con el auge de los movimientos religiosos de oposición.
Y dicha mixtura llegó a su punto álgido en la década de 1560. Primero se produjeron profundas fisuras dentro del aparato estatal, con la formación de oposiciones tanto entre la alta como entre la baja nobleza, a menudo con apoyo sustancial de las ricas élites mercantiles urbanas. Estas fisuras se convirtieron luego en rupturas en toda regla cuando las personas de las clases bajas aprovecharon la oportunidad para impulsar sus propias demandas, especialmente el fin de la persecución religiosa.
DF
¿Es justo decir que la revuelta estuvo motivada principalmente por la religión, al menos en sus etapas iniciales?
PB
En cierto sentido, sí, y en cierto sentido, no. Este ha sido un punto de controversia desde el momento mismo de la revuelta: si se trataba de una revuelta principalmente por motivos religiosos o por motivos de independencia política. Ha habido acalorados debates sobre esta cuestión hasta el presente.
La historiografía holandesa dominante se dividió tradicionalmente en dos corrientes, relacionadas con las dos principales historias que la nación ha contado sobre sí misma desde el siglo XIX. Una versión conservadora de la historiografía afirmaba que se trataba de una revuelta por motivos religiosos. Ese era el punto de vista de los historiadores protestantes. Por otro lado, había historiadores que a menudo eran igualmente conservadores y nacionalistas, pero que decían: «No, el motor principal fue la libertad».
La «libertad» en este sentido tiene un aspecto complicado, con dos caras. Cuando la gente del siglo XVI se refería a la libertad, se refería a la autonomía o a algo muy particularista. Se referían a «nuestras antiguas libertades», los privilegios de una ciudad que le concedían ciertas libertades frente a la nobleza o al monarca. Sin duda, ese fue un elemento importante de la revuelta.
Sin embargo, la libertad también puede significar la libertad de la nación frente a una potencia extranjera, en este caso, España. Esto se convirtió en una perspectiva muy importante para los nacionalistas del siglo XIX, que decían: «Aquí hay una revuelta luchada por la libertad que es la base de nuestra nación». Pero al comienzo de la revuelta nadie esperaba que el resultado fuera una nación independiente, y nadie habría definido la libertad en ese sentido. Cuando se interpreta el término «libertad» como referencia a la independencia nacional, se está cayendo en un anacronismo.
Solo hubo un puñado de historiadores radicales de la revuelta holandesa que, al estilo de gran parte de la historiografía marxista del siglo XX, afirmaron que el motor principal para la rebelión había sido económico. Argumentaron que estalló como una revuelta de las clases bajas impulsada por los altos precios de los cereales y el hambre aguda. Esa fue la tesis de Erich Kuttner, un refugiado judío alemán en los Países Bajos que escribió un libro titulado Hunger Year 1566 mientras se escondía de los nazis.
El libro se publicó póstumamente, porque Kuttner fue capturado y asesinado en el campo de concentración de Mauthausen. Allí Kuttner defendió con firmeza que las razones económicas, principalmente la pobreza urbana, fueron las que provocaron el estallido de la revuelta. Esa interpretación ha suscitado mucho debate, incluyendo ataques feroces contra Kuttner. Aunque marginal, ha seguido influyendo en el pensamiento sobre la revuelta.
Mi opinión personal es que el estallido de la revuelta no puede considerarse al margen de la intervención de las clases bajas en la vida política, y que la religión fue un motivo muy importante para dicha intervención, al igual que las circunstancias materiales. La tesis de Kuttner sigue teniendo mucho valor, pero él representaba un enfoque bastante mecanicista-materialista de la política de la rebelión que prevalecía entre los historiadores marxistas de la década de 1930.
El enfoque mecanicista planteaba una oposición tajante entre las motivaciones ideales, que eran religiosas, y las motivaciones reales, que eran económicas y tenían que ver con los precios del grano y el hambre. Ese tipo de análisis tiende a desmaterializar el papel de la Iglesia en la política del siglo XVI. Un ataque a la Iglesia no era un motivo puramente teórico o idealista que estuviera en el aire, por así decirlo, sino un ataque a una de las principales estructuras de poder detrás del Estado del siglo XVI.
En muchos sentidos, la Iglesia era la estructura de poder con la que la gente se encontraba más directamente en su vida cotidiana. Tenían que arrodillarse ante un sacerdote todos los domingos. Eso era un hecho material, algo que afectaba a la forma de vida de la gente. La Iglesia católica era una institución increíblemente rica, y gran parte de la ira expresada en los panfletos populares y en las declaraciones de las personas que participaron en la rebelión y fueron juzgadas se dirigía contra la riqueza de la Iglesia y su crudo materialismo.
Ese es el punto en el que un estallido contra la desigualdad puede vincularse a motivos religiosos claramente percibidos. Estamos hablando de una revuelta que pasó por varias etapas. La primera etapa fue una ola de furia iconoclasta que estalló en 1566 y continuó hasta 1567. Las iglesias católicas estaban adornadas con estatuas de santos, imágenes de Cristo, etc. La religión protestante se volvió contra eso, y personas que en su mayoría pertenecían a las clases más bajas comenzaron a irrumpir en las iglesias y a destrozar las imágenes.
Esta rebelión había ido creciendo en forma de resistencia cotidiana a pequeña escala mucho antes de que estallara esta furia iconoclasta. Yo mismo investigué mucho sobre las etapas inmediatas previas a la revuelta en la ciudad textil de Leiden, en el norte de los Países Bajos. Uno de los descubrimientos más fascinantes que hice fue el fenómeno generalizado de personas que se levantaban en las iglesias, caminaban hacia el frente, tomaban la hostia del sacerdote, la arrojaban al suelo y la pisoteaban, gritando: «Si este es tu Dios, ¿por qué no interviene?».
La crítica a la práctica católica de la hostia formaba parte de la ofensiva contra la idea de una Iglesia materialista que asumía que Dios estaba presente en los objetos y en las riquezas terrenales. Esto, en un contexto en el que la Iglesia católica era omnipresente y se quemaba en la hoguera a quienes se resistían a ella. Se trataba entonces de una forma de acción directa no solo increíblemente valiente, sino que se producía a gran escala.
Para concluir, creo que la religión fue crucial para el estallido de la revuelta. Sin embargo, la religión en una sociedad profundamente religiosa, en la que la Iglesia forma parte del Estado, no es una cuestión puramente teórica. Forma parte de una estructura que moldea la vida de las personas y contra la que estas se rebelan.
DF
¿Qué carácter político y militar asumió la revuelta?
PB
En este punto resulta útil resumir las principales etapas de esta revuelta. Comenzó con una ola de iconoclasia, en la que participaron decenas de miles de personas. El Estado español respondió, aunque la alta nobleza de gran parte de los Países Bajos ya se había vuelto contra los rebeldes e intentó reprimirlos.
Para el extremadamente devoto monarca católico Felipe II, eso no fue suficiente. Envió un ejército encabezado por una figura fuerte, el duque de Alba, uno de los tradicionalistas duros de la nobleza española. Gran parte de la alta nobleza holandesa pensó que podía llegar a un acuerdo con Alba, sobre todo porque ya había demostrado que no estaba del lado de esta rebelión.
Pero un noble destacado, Guillermo de Orange, huyó de los Países Bajos meridionales a Alemania. Desde allí, en varios momentos, intentó reiniciar la revuelta por medios militares. Esos intentos fracasaron hasta que, en 1572, se produjo un golpe de suerte por parte de las pequeñas bandas guerrilleras marítimas conocidas como los Mendigos del Mar, que desencadenó levantamientos urbanos en los Países Bajos septentrionales, especialmente en las provincias de Holanda y Zelanda.
Esas rebeliones dieron a la revuelta un punto de apoyo militar que condujo a años de lucha en los que las pequeñas bandas heterogéneas de Guillermo, más la mayoría de las principales ciudades de Holanda y Zelanda, se enfrentaron a los ejércitos de Felipe II. Hubo un largo período de guerra hasta que una nueva ola de rebeliones en las provincias del sur en 1576 condujo a la unificación de la mayor parte de los Países Bajos del lado de la revuelta.
A lo largo de todo este periodo existió una relación muy compleja entre el aspecto militar de la revuelta y los factores políticos locales, que a menudo variaban de una ciudad a otra. La mayoría de las principales ciudades del norte se unieron a la revuelta, pero las dos ciudades más ricas de Holanda y Zelanda, Middelburg y Ámsterdam, se negaron a unirse a ella hasta finales de la década de 1570, porque sus élites dependían en gran medida del comercio con el Imperio español.
Tras la unificación de 1576 se produjo la que quizás fue la fase más radical de la revuelta, con una serie de levantamientos y tomas de poder por parte de los artesanos urbanos y las clases medias en importantes ciudades del sur de los Países Bajos, en particular Gante. Esas ciudades se enfrentaron a un contraataque masivo del ejército español y de los miembros desertores de la nobleza del sur que consideraban que las cosas habían ido demasiado lejos. El resultado final fue la derrota de la revuelta en el sur, combinada con su consolidación militar en el norte.
Esto condujo a la formación de un estado federal en los Países Bajos septentrionales, con un gran particularismo local, pero con un ejército y una marina unificados. Guillermo de Orange desempeñó un papel importante en la lucha contra la forma anterior y más espontánea de combatir. La forma en que se había organizado el ejército, con la influencia de los soldados de rango inferior y la participación de la guardia civil urbana en los combates, se había combinado con las demandas de influencia política de las clases medias urbanas.
Guillermo sustituyó eso por un impulso general hacia lo que se consideraba la profesionalización militar. En la década de 1580 se consolidó la independencia de las provincias del norte, pero la lucha pasó de ser una revuelta política o religiosa contra las autoridades centrales a convertirse en una lucha puramente militar entre un Estado holandés recién independizado y el Imperio de los Habsburgo.
DF
¿Cuál fue la actitud de potencias europeas como Francia e Inglaterra, rivales de la corona española?
PB
A lo largo de esta lucha, para todas las partes implicadas, la revuelta se vio envuelta en la política europea. A medida que avanzaba y el estado independiente holandés despegaba, también se vio envuelta en la política mundial y la política colonial. La revuelta representó un cambio en el equilibrio de poder en Europa, un equilibrio que ya era frágil desde el principio.
Para los adversarios de los Habsburgo, esto parecía representar una oportunidad de oro que querían aprovechar, pero sin compartir el fervor republicano que se desarrolló como parte de la revuelta. También existía una ambivalencia similar en lo que respecta a los líderes de la revuelta.
Guillermo luchó en parte por sus propias ambiciones dinásticas, y su compromiso con la revuelta también se basaba en la idea de restaurar la Casa de Orange, que era una casa importante dentro de la estructura de poder feudal europea. Durante mucho tiempo, Guillermo se mostró ambivalente sobre si estas ambiciones podían cumplirse en el marco de un retorno al dominio de los Habsburgo con un acuerdo claro sobre la autonomía y los derechos locales de los magistrados urbanos y la alta nobleza.
Cuando eso resultó imposible, consideró que la mejor opción para la revuelta era alinearse estrechamente con una casa extranjera que pudiera llevar a otro estado a la guerra contra los Habsburgo.
Hubo dos episodios principales en este frente. El primero, cuando Guillermo aún vivía, fue un intento de alinear la revuelta holandesa con una casa noble francesa estrechamente relacionada con la corona, la Casa de Anjou. El duque de Anjou fue traído como soberano sustituto de los Países Bajos. Más tarde, hubo un intento similar de alinear las provincias holandesas, que entonces aún eran independientes, con la corona inglesa, invitando al duque de Leicester a actuar como jefe de los ejércitos holandeses y figura central dentro de los estados holandeses.
Pero en este punto también se observan algunos de los avances en el contenido social de la revuelta. Sería erróneo afirmar que alguien planeó esto como una revolución urbana y burguesa con el objetivo de lograr la independencia de un estado dominado por los comerciantes. Nadie habría pensado en los objetivos de la revuelta en esos términos durante la década de 1560. Sin embargo, a finales de la década de 1570 y principios de la de 1580, ese objetivo se había puesto claramente sobre la mesa.
El poder de las ciudades fue fundamental para el éxito de la revuelta: su riqueza fue crucial para financiar la profesionalización del ejército. Las élites mercantiles urbanas estaban dispuestas a aceptar un gobernante simbólico externo si eso les ayudaba a luchar contra España y sus ejércitos. Pero se mostraban muy reacios a renunciar a la independencia y la influencia política que habían ganado hasta ese momento.
Los ambiciosos nobles de alto rango de Francia o Inglaterra que fueron invitados a los Países Bajos esperaban desempeñar el papel de reyes sustitutos en las provincias holandesas, en pie de igualdad con otros reyes y príncipes del resto de Europa. No esperaban ser tratados como funcionarios que tenían que ejecutar las decisiones tomadas por los advenedizos urbanos. Esto creó enormes tensiones sociales y políticas, que llevaron al rápido fracaso de los dos intentos en los que participaron el duque de Anjou y el duque de Leicester.
Tras el segundo fracaso, que provocó un episodio de gran agitación política, los estados generales de las provincias del norte decidieron que podían seguir adelante por su cuenta: «No necesitamos ese tipo de alianza y, si hacemos alianzas, lo haremos como estado independiente o república». Fue entonces cuando se fundó la República Holandesa, en un momento de gran confianza en que podían librar una guerra al nivel de un gran Estado europeo.
DF
¿Hubo durante la revuelta algún movimiento entre las clases populares similar a los que surgieron más tarde durante las revoluciones inglesa y francesa (los levellers, los sans-culottes, los enragés)?
PB
Es una pregunta muy importante, sobre todo porque la respuesta habitual en la historiografía de la revuelta holandesa es un rotundo no. En cierto sentido, eso es correcto, porque no hubo movimientos políticos sostenidos y unificados de las clases bajas al nivel de los que se vieron más tarde en la Guerra Civil Inglesa o la Revolución Francesa. Tampoco se desarrollaron programas protocomunistas como los de los diggers o la conspiración de Gracchus Babeuf.
Pero, por otra parte, la rebelión de las clases bajas fue absolutamente fundamental para elevar los diversos movimientos de oposición que existían en los Países Bajos a principios de la década de 1560 al nivel de una revuelta abierta. También fue fundamental para crear la nueva fase de la revuelta en 1572, cuando fracasaron los intentos de Guillermo de relanzar la revuelta desde arriba como un asunto puramente militar y liderado por los príncipes. La captura de una pequeña ciudad del sur de Holanda por bandas guerrilleras se convirtió en una revuelta provincial porque la gente común salió a las calles de una ciudad tras otra y obligó a sus magistrados a proclamar que estaban con Guillermo.
Estos fueron episodios cruciales, y el patrón se repitió varias veces en las décadas de 1570 y 1580, demostrando que la rebelión popular fue decisiva para la continuación de la revuelta. La lucha militar en la primera fase tomó la forma de esfuerzos españoles por recuperar las ciudades rebeldes. No fue una guerra regular la que defendió las ciudades contra los ejércitos españoles profesionales y bien entrenados, sino la movilización total de la población, que a menudo incluía a las mujeres.
También existía el elemento de las expectativas impregnadas de religiosidad de que la rebelión daría lugar a la creación de una nueva Jerusalén, una sociedad en la que el pueblo pudiera tener voz y voto. La revuelta estaba relacionada con lo que a menudo se ha denominado la Reforma Popular. La Reforma fue un fenómeno complejo y multiclase. Hubo una Reforma principesca, bastante conservadora en su perspectiva, pero también hubo, especialmente en la primera mitad del siglo XVI, los llamados movimientos anabaptistas, que a menudo se han descrito como protocomunistas.
Los anabaptistas creían que el regreso de Cristo estaba a la vuelta de la esquina y que daría lugar a una sociedad más igualitaria y más justa para las clases bajas. Esas sectas milenaristas también decían a las personas de clase baja que podían desempeñar un papel en la interpretación de las Escrituras y la predicación de la palabra a sus compañeros artesanos. Eso dejó una profunda huella. En mis estudios sobre Leiden, incluso en la década de 1560, descubrí que la mayoría de las personas que eran perseguidas por ser disidentes religiosos no eran calvinistas, sino que, de hecho, estaban asociadas de alguna forma al anabaptismo.
Al mismo tiempo, debemos recordar que el anabaptismo había pasado por una fase radical y conflictiva en la década de 1530, que alcanzó su punto álgido con la toma de una ciudad alemana llamada Münster, en gran parte por anabaptistas holandeses que habían ido allí para establecer la nueva Jerusalén. Esa rebelión religiosa fue aplastada sin piedad. Incluso hoy en día, si se visita Münster, la iglesia todavía tiene colgadas las jaulas en las que se exhibieron los cuerpos de los líderes de la revuelta después de ser ejecutados.
El anabaptismo en los Países Bajos atravesó una serie de crisis después de esa derrota. El resultado fue un alejamiento del mundo hacia el espiritualismo y el pacifismo. Como fuerza organizada, apenas desempeñó ningún papel en la revuelta, ya que esta línea de pensamiento ya no fomentaba las revueltas.
Pero las ideas milenaristas fomentadas por el anabaptismo seguían presentes durante las primeras etapas de la revuelta. En general, había dos elementos. Por un lado, la importancia de la rebelión de las clases bajas, que se concentraba en ciudades concretas en lugar de adoptar la forma de un movimiento nacional.
No había ningún equivalente holandés a París, donde la rebelión de las clases bajas pudiera convertirse en el punto focal de la nación debido a su peso y tamaño. Luego estaban los restos de ideas radicales, en lugar de la formación de una nueva ideología que pudiera unir estas formas de rebelión de las clases bajas.
DF
Durante el siglo XIV, Flandes había experimentado la ola de rebelión popular más sostenida de toda Europa. ¿Dejó algún legado para la revuelta del siglo XVI?
PB
Sin duda. En cierto modo, tuvo una influencia decisiva en el desarrollo de la revuelta en el sur. Tras la reunificación de las provincias del lado de la revuelta en 1576, se produjo una fase de radicalización que discurrió en direcciones opuestas en los Países Bajos meridionales.
Por un lado, se produjo una radicalización de la Contrarreforma y de la contrarrevolución. Los Países Bajos meridionales eran una zona en la que el feudalismo tenía raíces sociales mucho más profundas que en el norte. Gran parte de la nobleza pensaba que el poder de las ciudades y la influencia de los comerciantes en la política habían ido demasiado lejos y que era mejor alinearse con la monarquía de los Habsburgo y con las variantes más conservadoras del catolicismo.
Por otro lado, hubo una ola de levantamientos urbanos que condujeron a la formación de dictaduras revolucionarias en el sentido clásico de la palabra. Los artesanos militantes y sus gremios tomaron el control de los gobiernos municipales, comenzando por Gante. Se produjeron complejas alianzas con miembros de la baja nobleza y con personas de las clases más bajas. Pero la tradición de que la clase media urbana tome el control de la ciudad en defensa de su autonomía se remonta al siglo XIV.
Mi estimado colega de Bélgica, Jan Dumolyn, ha escrito de manera muy convincente sobre esta larga secuencia de batallas por la autonomía urbana contra la nobleza. Se podría describir esas batallas como los rumores de una burguesía recién envalentonada o como premoniciones de un cambio en las relaciones sociales en Europa. Este fenómeno no estaba aislado de la revuelta holandesa.
El último estallido de esa tradición antes de la revuelta se produjo en 1540, cuando Gante sufrió un importante levantamiento. El rey Carlos V de Habsburgo sitió la ciudad y castigó severamente a su población tras derrotar la revuelta. El resentimiento aún persistía y la tradición seguía muy viva cuando estalló la revuelta dos décadas más tarde.
En muchos sentidos, podemos considerar la fase militante de la revuelta en el sur a finales de la década de 1570 y principios de la de 1580 como una continuación de esa tradición. La ironía es que esta herencia creó una forma de radicalismo que superó con creces lo que existía en las provincias del norte, mientras que, al mismo tiempo, también trajo consigo legados medievales que impidieron el éxito de estas revueltas a una escala territorial más amplia. Uno de esos legados fue un intenso particularismo urbano.
Los gobernantes de Gante lucharon por la ciudad y por su control sobre el campo y los estados provinciales. Varias grandes ciudades que sufrieron levantamientos similares también se centraron en sus propios intereses, por lo que había muy pocas posibilidades de crear un frente unido contra las fuerzas de la contrarrevolución noble. La fuerza de las revueltas urbanas inhibió en cierto modo el surgimiento de estructuras estatales que pudieran contrarrestar el poderío de los ejércitos españoles y, por lo tanto, dejó que estas ciudades fueran derrotadas una por una.
Por el contrario, aunque también había mucho particularismo urbano en los Países Bajos septentrionales, especialmente en Holanda, el hecho de que esas ciudades fueran todas relativamente pequeñas y débiles les dio un impulso mucho más fuerte para trabajar juntas que en el caso de las orgullosas y poderosas ciudades antiguas de Flandes y Brabante. Fue la combinación de la debilidad individual y la fuerza colectiva de las ciudades de Holanda lo que las obligó a formar un todo provincial coherente que se oponía a la invasión de las tropas españolas.
DF
¿Qué tipo de Estado y sociedad era la República Holandesa que surgió de la revuelta?
PB
Esa pregunta nos lleva directamente al centro del viejo debate sobre si podemos hablar o no de «revoluciones burguesas». Me ha influido mucho mi difunto amigo Neil Davidson. Como muchos han dicho acertadamente, si imaginamos una revolución burguesa o capitalista como un momento en el que los ricos y poderosos salen a la calle y hacen una revolución para establecer su Estado, nunca ha habido un fenómeno así en la historia. Pero entonces, el argumento de Neil y otros es que la naturaleza burguesa de estas revueltas reside en sus resultados.
La revuelta holandesa ilustra muy bien este punto en muchos sentidos. Creo que nadie duda de que el Estado holandés que surgió de la revuelta era el más orientado al comercio de Europa en aquella época. Los capitalistas mercantiles tenían una influencia dominante dentro del Estado y tomaron medidas para organizar muchas de sus tareas, incluidos aspectos de la guerra y la conquista colonial, como empresas público-privadas de las que esperaban obtener beneficios. Se trataba de un Estado que identificaba conscientemente los intereses del Estado con los intereses del comercio.
Ahora bien, si eso por sí solo es suficiente para definirlo como un Estado capitalista es una cuestión que requiere un debate más profundo. Pero la revuelta creó un poder mercantil dentro del Estado y un poder urbano a una escala sin precedentes. El poder independiente de esos grupos sociales nunca habría sido posible dentro de los límites de un Estado absolutista, monárquico y feudal. En ese sentido, la revuelta abrió nuevos caminos.
A menudo se nos enseña a ver estos momentos en términos de trayectorias puramente nacionales. Primero observamos la estructura social y económica básica dentro de los límites de un territorio nacional concreto, identificando los elementos del desarrollo capitalista, luego tratamos de conectar la revuelta con esos elementos, antes de preguntarnos finalmente si el resultado se ajusta a nuestros criterios de Estado capitalista y sociedad capitalista.
Creo que esa es una perspectiva limitada. Necesitamos adoptar un enfoque a más largo plazo para esta cuestión, en el que se observe el desarrollo de importantes fisuras políticas, sociales y económicas dentro de la sociedad feudal a lo largo de los siglos, lo que crea el espacio para experimentar con nuevas formas de Estado y organización social que inicialmente podrían probarse a escala local. A finales del siglo XVI y principios del XVII, eso puede traducirse en la política de todo un Estado como la República Holandesa.
Al mismo tiempo, no se trata de una ruptura completa con las prácticas anteriores. El particularismo urbano de la época anterior se mantiene en gran medida, pero se combina con nuevos elementos, especialmente una orientación hacia el comercio mundial y el imperio que es completamente novedosa.
Yo vería lo que se ha descrito como las revoluciones burguesas clásicas —desde la Guerra Civil Inglesa hasta las revoluciones estadounidense y francesa y la Guerra Civil Estadounidense— como una extensa y prolongada lucha por diferentes formas de organización social, que al final culmina en el capitalismo internacional.
DF
Si nos fijamos en la historia holandesa en particular, en el contexto más amplio de Europa y Norteamérica, ¿qué papel dirías que desempeñó la revuelta en el desarrollo del capitalismo holandés?
PB
No creo que nadie vea estos acontecimientos como precursores del desarrollo capitalista por sí mismos. Es inherente a la naturaleza misma del capitalismo, como relación de mercado privatizada, que se desarrolle en gran medida al margen del Estado. En muchas partes del mundo, se desarrolló en un momento en que el papel del dinero y el comercio ya no consistía simplemente en regular el comercio entre zonas dispares, sino que también se conectó con sistemas de producción localizados que estaban totalmente comercializados. El trabajo de las personas y la compraventa de tierras pasaron a estar mediados por el mercado.
A menudo se atribuye esta historia exclusivamente a Inglaterra, pero no creo que sea correcto. Relaciones de este tipo se desarrollaron en muchos lugares, incluidos los Países Bajos medievales tardíos, pero estaban enredadas en una estructura política que solo favorecía la protección del comercio y los negocios hasta cierto punto, sujeta a las motivaciones políticas de la nobleza y el Estado monárquico.
La importancia de la revuelta holandesa radica en que, en una zona ya muy comercializada, creó un Estado que tenía inscrita en su propia esencia la acumulación de riqueza a través del comercio y la competencia. Eso fue un factor de enorme aceleración, como se puede ver en dos consecuencias de la revuelta que se produjeron en el momento en que pasó de ser una revolución moldeada por levantamientos espontáneos desde abajo a convertirse en una lucha librada por un Estado con un ejército regular financiado mediante impuestos urbanos y préstamos de ricos comerciantes.
En primer lugar, la guerra en curso se convirtió en un factor importante en el despojo de los campesinos comerciales independientes de las provincias periféricas. Se les expulsaba de sus tierras porque no podían mantenerse como familias campesinas cuando sus cosechas eran destruidas y no podían ir a las ciudades a vender nada. Una de las principales armas de guerra era la inundación, que anegaba parte de las tierras y hacía que tardaran años en volver a ser aptas para la agricultura.
Esos campesinos independientes quebraron a gran escala y sus tierras fueron compradas por las mismas élites urbanas que financiaban los ejércitos holandeses. Yo diría que se trataba de una forma clásica de acumulación original, aunque no es la que Karl Marx analiza en El capital. La agricultura holandesa ya era comercial, pero ahora se organizaba a una escala mucho mayor, con arrendatarios locales que pagaban un alquiler a las élites urbanas.
La segunda consecuencia fue que este nuevo Estado, con su propio ejército y marina, comenzó a desafiar el poder de los Habsburgo. Necesitó aproximadamente una década para asegurar las fronteras exteriores del nuevo Estado. Pero una vez que lo consiguió, comenzó a llevar la guerra donde realmente importaba y donde realmente podía dañar a las potencias ibéricas, es decir, a sus imperios coloniales. La guerra de independencia se convirtió rápidamente en una guerra por el imperio, primero en Asia y luego en el mundo atlántico, lo que convirtió a la República Holandesa en la principal potencia mundial del siglo XVII.
Veo aquí paralelismos con las campañas irlandesas de Oliver Cromwell y Guillermo de Orange. Una vez más, un proceso de consolidación burguesa se convirtió inmediatamente en la construcción de un imperio, al mismo tiempo que los elementos de las revueltas que surgieron desde abajo fueron incorporados o aplastados.
También veo patrones similares en la Revolución Francesa con las campañas egipcias de Napoleón. Este giro hacia la expansión militar es una dimensión crucial, pero poco estudiada, de las revoluciones burguesas.
DF
Siguiendo con ese último punto, ¿cómo se formó el imperio colonial holandés durante y después de las revueltas? ¿Qué importancia tuvieron las colonias para el futuro desarrollo económico de los Países Bajos?
PB
Las empresas coloniales tomaron forma relativamente pronto. En 1588, los holandeses habían renunciado a todos los intentos de encontrar un gobernante extranjero que actuara como jefe de Estado. La Corona española lanzó una gran ofensiva para aplastar la revuelta de una vez por todas, enviando una gigantesca flota para reconquistar los Países Bajos y declarar la guerra a Inglaterra. Por diversas razones, la armada resultó ser un fracaso estrepitoso, lo que abrió el camino para que la recién creada armada holandesa llevara la guerra a los mares y a las principales rutas comerciales de los ibéricos.
En la década de 1590 surgieron diversas iniciativas privadas para afianzarse en el comercio asiático y conquistar varias islas a lo largo de la costa occidental africana, incluidas las islas dedicadas al comercio de esclavos y a la producción de azúcar. El Estado respaldó estas iniciativas porque reconoció que se trataba de una gran oportunidad para financiar su propio Estado a través de empresas coloniales y socavar la financiación del Estado español, que dependía en gran medida de las importaciones de plata y otras formas de comercio con el mundo atlántico.
Las fuerzas holandesas lanzaron un ataque concertado contra los bastiones ibéricos fuera de Europa. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales se fundó en 1602, y la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales surgió más tarde, en 1621. Ambas compañías se convirtieron en importantes contendientes por el poder en el océano Índico y en el Atlántico, y ambas comenzaron a adquirir importantes colonias, a menudo mediante genocidios y entrecruzándose con el comercio de esclavos, en el que los holandeses se convirtieron en uno de los principales participantes.
Esto supuso una importante inyección de riqueza, que contribuyó aún más a la riqueza de los grandes comerciantes urbanos. A menudo reinvertían el dinero en nuevas empresas coloniales, en el comercio europeo o en la agricultura comercial local. Mientras los holandeses conquistaban colonias en el extranjero, también se produjo una moda de recuperación de tierras en los Países Bajos, lo que aumentó considerablemente la superficie de tierra cultivable. En gran medida, esto también se financió con el botín de las empresas coloniales.
La circulación del capital de las iniciativas coloniales hacia la economía nacional y viceversa se convirtió en un aspecto esencial del auge del capitalismo en los Países Bajos y sus alrededores durante el siglo XVII. Se trataba de un fenómeno nuevo que se vio muy favorecido por la creación de un Estado independiente a través de la revuelta.
DF
¿Dónde situarías la revuelta en relación a lo que ocurrió posteriormente en Inglaterra, Francia o las colonias americanas, y qué implicancias tiene para el concepto más amplio de revolución burguesa?
PB
El concepto de revolución burguesa es difícil y tiene todo tipo de connotaciones problemáticas, pero aún así me gustaría rescatarlo, ya que creo que tiene algo valioso. Hubo varias crisis dentro del antiguo orden europeo durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Pero esas crisis no tomaron por sí mismas una dirección capitalista.
El hecho de que surgieran varios Estados con intereses capitalistas en su núcleo se convirtió en un factor importante para provocar esta transición. Todos esos Estados surgieron de grandes convulsiones, guerras y revoluciones. Pero la pregunta es: ¿cómo evolucionaron a partir de esos acontecimientos?
En este punto, adoptaría un enfoque algo poco ortodoxo. Aunque he mencionado a Neil Davidson en particular, hay muchos otros que también han adoptado un enfoque poco ortodoxo sobre esta cuestión. Lo que tenemos que pensar es en la relación entre las fuerzas que operan desde abajo y desde arriba en estas revoluciones: el papel de los levantamientos populares, por un lado, y la guerra y el imperio, por otro.
Existe una fuerte tradición historiográfica de la izquierda que distingue entre la primera fase de las revoluciones burguesas clásicas, que abarca desde la Guerra Campesina Alemana hasta la Revolución Francesa, y los acontecimientos posteriores, como el risorgimento italiano, la restauración Meiji en Japón y la transformación bismarckiana del Estado alemán.
Esta tradición presenta el primer conjunto de revoluciones burguesas como revoluciones desde abajo y el segundo como revoluciones desde arriba. También existe una fuerte asociación entre la revolución burguesa y la revolución democrática. Me parece que esto es anacrónico en muchos sentidos y que concede demasiado a la burguesía desde el punto de vista histórico.
No hubo ningún caso en el que el resultado de estos acontecimientos fuera un Estado democrático en el sentido estricto del término. Eran Estados de la clase dominante, creados de arriba abajo, con, en el mejor de los casos, un elemento limitado de democracia. Había un impulso democrático que se podía ver en los levantamientos desde abajo, pero es difícil considerar la democracia como el programa definitorio (excepto en un sentido muy general de que el pueblo debe tener voz en cómo se le gobierna, lo cual es importante en sí mismo).
Sin embargo, las inmensas fisuras dentro del orden feudal, las divisiones dentro de estos Estados y las condiciones de guerra permanente crearon aberturas en las que pudieron estallar rebeliones masivas desde abajo —impulsadas en parte por el deseo de tener voz en el ámbito político, en parte por la religión y en parte por motivos socioeconómicos— y tener un gran impacto en la vida política. Estas revueltas se pueden ver a lo largo de la historia europea en muchos momentos diferentes.
En ciertos momentos, se unieron en rebeliones que fueron nacionales, seminacionales o regionales. En lo que se suele describir como las revoluciones burguesas clásicas, estas rebeliones se convirtieron en grandes desafíos para el Estado existente. Muy a menudo, el elemento burgués no formaba parte de la rebelión o la revolución en sí, sino que, en parte, se subía a esa ola y, en parte, la reprimía. El momento en el que se pudo identificar un verdadero giro burgués fue cuando se consolidó un nuevo Estado, lo que significó acabar con la influencia de las clases populares en este proceso de rebelión.
En cierta medida, el elemento burgués es la contrarrevolución dentro de la revolución. Conserva la apariencia de la revolución, pero la transforma en algo cualitativamente diferente, y la derrota de la movilización popular es una parte crucial de esa transformación. Muy a menudo, la emergencia que permite restringir o aplastar la rebelión popular toma la forma de una guerra externa, momento en el que el Estado entra en acción.
Podemos ver este patrón en la revuelta holandesa, la guerra civil inglesa, la guerra de independencia estadounidense y la Revolución Francesa. Para ser provocativos, se podría incluso decir que hay un elemento de esto también en la Revolución Haitiana, que pasa de una etapa muy radical a un período de consolidación interna y externa.
Si queremos ver la Revuelta Holandesa como una revolución burguesa, debe ser en este sentido. Comienza como una serie dispar de revueltas y movimientos de oposición de diferentes clases sociales, pero más tarde se fusiona en un Estado controlado por las élites mercantiles con una agenda muy ambiciosa para remodelar el mundo, tanto internamente dentro de los Países Bajos como externamente en términos de construcción de un imperio.
DF
¿Cuál fue la importancia general de la revuelta holandesa y de la República Holandesa que surgió de ella para la historia del capitalismo y el sistema estatal internacional hasta la actualidad?
PB
En el período que siguió a la revuelta hubo una presencia holandesa muy fuerte en la política y la economía europeas que tuvo un impacto duradero en el mundo. Esto se combinó con acontecimientos en otros lugares, no es que todo emanara de esta pequeña región de Europa.
Se convirtió en un trampolín para la consolidación del dominio burgués en Inglaterra en el sentido más directo, ya que el monarca que fue llamado para llevar a cabo esta tarea fue Guillermo de Orange, bisnieto del principal líder de la revuelta holandesa. Pero, en términos más generales, la República Holandesa proporcionó un modelo de cómo se podía organizar un Estado comercial, al que se referían los habitantes del siglo XVII.
Demostró que un estado comercial de ese tipo podía ser militarmente fuerte y exitoso. Introdujo nuevas formas de colonización, en el sentido de que la colonización se convirtió en una empresa con fines de lucro en lugar de la ampliación de un estado monárquico. En la década de 1650, ya existían tratados que defendían la creación de colonias de plantaciones basadas en la esclavitud, basándose en cálculos sobre la tasa de rendimiento de la inversión. Esto tuvo una gran influencia en el pensamiento de otros estadistas del resto de Europa y cambió las reglas del juego, tanto para los colonizadores como para los colonizados.
No podemos entrar aquí en los grandes debates entre figuras como Robert Brenner, Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi sobre el motor principal del desarrollo capitalista. Pero lo que se crea en la República Holandesa es una nueva dinámica en la que los ingresos coloniales se canalizan hacia el capitalismo agrario y viceversa. Esto crea nuevos patrones de acumulación, que aportan una enorme riqueza a la República Holandesa y la convierten en un centro financiero dentro de Europa.
Incluso cuando perdió su elevada posición entre los Estados europeos, siguió siendo la sede de importantes empresas coloniales y financieras que financiaban proyectos fuera de la República Holandesa, incluidos los esfuerzos de industrialización de Gran Bretaña y sus planes de colonización en el Caribe. Hubo algunos puntos de inflexión importantes en la historia mundial a los que la República Holandesa contribuyó de manera significativa, para bien o para mal; yo diría que para mal.
También está la parte suprimida y olvidada de la Revuelta Holandesa, que es el aspecto de la rebelión popular que reconfiguró la política europea. Los progresistas han tendido históricamente a celebrar estos acontecimientos observando que el orden actual no se creó a través de una historia de progresos pacíficos: de hecho, la rebelión popular redibujó el mapa del mundo. Ese aspecto sigue siendo importante, pero debe estar vinculado a una comprensión precisa de la relación entre la rebelión popular y los Estados que surgieron de estos acontecimientos.
Existe una poderosa tradición radical de pensamiento sobre estas revoluciones que merece ser recuperada. Me he referido anteriormente a la obra de Erich Kuttner, quien fue muy perspicaz al considerar la rebelión independiente de las clases bajas como un motor importante de estos acontecimientos, a pesar de algunos de los problemas que plantea su tesis. La obra de Kuttner encaja en una pequeña tradición de trabajos que surgieron en la década de 1930, algo alejada de la corriente principal de la escritura marxista de la época, que estaba muy en deuda con la idea de la revolución burguesa como revolución democrática.
En contra de esa idea, existía una corriente minoritaria de obras históricas que siguen siendo muy importantes. Esas obras hacían hincapié en el hecho de que la rebelión de las clases bajas impulsó estas revueltas y que el papel de la burguesía consistió en aprovechar esta ola y reprimirla al mismo tiempo. Además de Kuttner, también podríamos mencionar el libro de Daniel Guérin sobre la Revolución Francesa y, por supuesto, The Black Jacobins de C. L. R. James. Para James, fueron las masas de Saint-Domingue y París las principales protagonistas contra las fuerzas de la reacción feudal y la burguesía con su Estado recién formado.
Obras como esa, que procedían de áreas más críticas y marginales de la historiografía marxista, contienen algunas ideas cruciales sobre el radicalismo de esos momentos de revuelta. Nos ayudan a disociar ese radicalismo de la naturaleza represiva de los Estados que surgieron de las rebeliones.
Actualmente, este es un debate importante cuando se analiza la Guerra de Independencia de los Estados Unidos en el siglo XVIII, donde algunos autores han argumentado que debemos considerar estos acontecimientos como puramente reaccionarios. Creo que ese argumento se aferra al momento de la contrarrevolución dentro de una revolución. Lo que omite es el hecho de que la revolución en sí no fue hecha por las personas que consolidaron su poder sobre el Estado.
Los estallidos iniciales fueron momentos de verdadero radicalismo con visiones muy diferentes de lo que podría deparar el futuro. Recuperar esos momentos de radicalismo es una de las tareas importantes que los historiadores de la izquierda siempre han tratado de llevar a cabo.






















