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La invasión de Venezuela no hizo más que envalentonar al régimen de Trump. Y dejaron claro que la acción militar de Estados Unidos en Colombia y México está muy presente sobre la mesa. (Mandel Ngan / Pool / Getty Images)

Trump utiliza el petróleo de México para asfixiar a Cuba

Traducción: Pedro Perucca

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quiere enviar a Cuba un petróleo desesperadamente necesario. Donald Trump envió a la Marina estadounidense al Caribe para asegurarse de que eso no ocurra.

En los días posteriores al secuestro por parte de Estados Unidos del presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero, Donald Trump no perdió tiempo para extender la amenaza tanto a Colombia como a México. Calificando al presidente Gustavo Petro de «hombre enfermo», Trump agregó que una invasión del país le sonaba «bien». En cuanto a México, tras repetir su trillado argumento de que el crimen organizado controla el país, declaró: «Ahora empezaremos a golpear sobre el territorio en lo que respecta a los cárteles».

El Departamento de Estado de Marco Rubio se sumó rápidamente. Después de deshacerse en elogios hacia México durante una visita en septiembre de 2025, cuando afirmó que «es la cooperación en materia de seguridad más estrecha que hemos tenido jamás, quizá con cualquier país, pero ciertamente en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y México», el secretario de Estado fue citado ahora en un escueto comunicado en el que hablaba de la necesidad de «una cooperación más fuerte» y de «resultados tangibles para proteger nuestra patria y el hemisferio». No hace falta ser un genio de la geopolítica para entender cómo se pasó de «la cooperación en seguridad más estrecha en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y México» a «la necesidad de resultados tangibles» en apenas tres meses: la invasión de Venezuela envalentonó a la administración Trump, y su cohorte de política exterior comenzó de golpe a pavonearse como una cuadrilla de vaqueros ebrios.

Diplomacia telefónica

Ante una nueva ronda de amenazas fanfarronas, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum volvió a la estrategia que le dio resultado el año anterior: levantar el teléfono y, eludiendo a Rubio, tratar directamente con Trump. Una breve llamada entre ambos tuvo lugar el 12 de enero, al día siguiente del comunicado del Departamento de Estado, seguida por una conversación más larga el 29 del mismo mes. Con paciencia extenuante, Sheinbaum volvió a rechazar la «oferta» estadounidense de intervención militar mientras defendía su política de seguridad, que puede exhibir una reducción del 40 % en los homicidios combinada con una caída del 50 % en el cruce de fentanilo por la frontera. Y otra vez la estrategia pareció funcionar. «México tiene una líder maravillosa y altamente inteligente», escribió un Trump claramente encantado en Truth Social, inmediatamente después de la segunda llamada. «¡Deberían estar muy felices por eso!»

Por positivo que todo esto resultara en lo inmediato, sus efectos duraron poco. Menos de una semana después de la primera llamada, Trump recurrió a Truth Social para promover las teorías conspirativas paranoicas difundidas por el protegido de Steve Bannon, Peter Schweizer, según las cuales México intenta instrumentalizar la inmigración y su red de consulados para influir en la política interna estadounidense. Y pocos días después de la segunda llamada, la Casa Blanca difundió un mensaje grandilocuente y provocador, redactado con su ya habitual dicción de escuela secundaria, para conmemorar la guerra entre México y Estados Unidos como una «victoria legendaria» que «reafirmó la soberanía estadounidense» y permitió al país «emerger audazmente como una superpotencia continental sin parangón en el mundo moderno».

Pero lo peor estaba por venir.

El dilema cubano de Sheinbaum

El mismo día de la segunda llamada con Sheinbaum, y como otra señal de la beligerancia posterior a Venezuela, Trump firmó una orden ejecutiva que reconocía a Cuba como una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional de Estados Unidos, la misma fórmula empleada por el expresidente Barack Obama en 2015 contra Venezuela, que abrió el camino a sanciones dos años después. Esa «emergencia» se utilizó para justificar aranceles adicionales contra «las importaciones de bienes que sean productos de un país extranjero que venda o suministre directa o indirectamente cualquier petróleo» a la isla.

Aunque la orden hablaba de «cualquier país», el objetivo era claramente México. A medida que, bajo presión estadounidense. los envíos venezolanos de petróleo a la isla se debilitaron en 2024 y 2025, México cubrió el vacío, elevando sus exportaciones a más de diecisiete mil barriles diarios, casi la mitad de las importaciones totales de crudo de Cuba. Sin embargo, este es solo el último capítulo de una política de solidaridad con la isla que se remonta a los primeros días de la Revolución Cubana. En 1962, México fue el único país que se opuso a la expulsión de Cuba de la Organización de los Estados Americanos; dos años después, se negó a acompañar el llamado del organismo a romper relaciones diplomáticas, convirtiéndose durante más de una década en prácticamente el único puente con La Habana en la región. Con altibajos, esta política se extendió a lo largo de administraciones de diversas orientaciones ideológicas, incluidos, por supuesto, los gobiernos de MORENA de Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum. En 2022, López Obrador realizó uno de sus pocos viajes al exterior a Cuba; en 2023, cuando el presidente cubano Miguel Díaz-Canel visitó México, AMLO le otorgó la Orden del Águila Azteca, la más alta distinción concedida a un extranjero. Reiteradamente, López Obrador llamó a declarar al pueblo cubano patrimonio de la humanidad por la audacia de considerarse libre de dominación imperial.

Todo esto quiere decir que Cuba no es importante para México solo por Cuba: es fundamental para su propia concepción de soberanía y autonomía como el ámbito en el que ha desafiado de manera constante y a menudo valiente las directrices de Estados Unidos. También explica por qué el dilema actual, con todas sus resonancias históricas, políticas y diplomáticas, resulta tan difícil para la presidenta Sheinbaum.

Quedarse sin margen de maniobra

A lo largo de 2025, la estrategia de la cabeza fría de Sheinbaum estuvo perfectamente calibrada para neutralizar a un Trump volátil y reactivo: manteniendo la calma, logró postergar la amenaza arancelaria el tiempo suficiente como para que sus efectos comenzaran a sentirse en la opinión pública estadounidense. Ante una creciente oposición interna, Trump redujo o dio marcha atrás en varias medidas contra distintos países; con México, dejó caer el asunto por completo.

Eso sirvió hasta ahora, aunque en otro contexto: al momento de escribir estas líneas, Sheinbaum optó por una variante de la estrategia de postergación, suspendiendo los envíos de petróleo mientras enviaba inicialmente ochocientas toneladas de ayuda no petrolera, incluidos alimentos y productos de higiene. El objetivo es, otra vez, ganar tiempo para intentar negociar en torno a la orden ejecutiva y poder reanudar los envíos sin asumir el costo económico que implicarían los aranceles. Y también avanzar en el Plan México, su iniciativa central de desarrollo nacional y sustitución de importaciones destinada a reducir la dependencia de Estados Unidos y fortalecer así la posición negociadora del país. La semana pasada inauguró el tren Insurgente que une Ciudad de México y Toluca. También avanzan sus promesas de construir 1,8 millones de viviendas públicas y universalizar el sistema de salud permitiendo que toda la ciudadanía acceda a cualquier punto de atención pública, sin importar su afiliación previa. En este contexto, se entiende la tentación de postergar, contener y evitar que el imperio sabotee cualquier intento de desarrollo soberano, como ocurrió tantas veces en la historia latinoamericana, obligando a los países a empezar de nuevo en un interminable día de la marmota continental. Como dijo célebremente López Obrador, y muchos en MORENA creen con fervor, «la mejor política exterior es la política interior».

Pero Venezuela lo cambió todo. Eso, sumado a la obsesión permanente de Marco Rubio con un cambio de régimen en Cuba, hace que cualquier arreglo en torno al petróleo parezca cada vez más improbable, casi un milagro diplomático. En suma, por mucha cabeza fría que haya, México se acerca al punto en que deberá mostrar sus cartas. Y, pese a los lamentos de cierto sector de su cancillería, tiene cartas para jugar. A pesar de las promesas trumpistas de repatriar la manufactura, Estados Unidos perdió 68.000 empleos industriales en 2025, parte de una caída de ocho meses iniciada cuando comenzó la extorsión arancelaria; el crecimiento total del empleo fue de 181.000 puestos, muy por debajo de la estimación inicial de 584.000. Mientras tanto, pese al vaivén de amenazas, México cerró el año con niveles récord de inversión extranjera directa y de superávit comercial con Estados Unidos, mostrando una resiliencia que superó el ruido. Además, buena parte de cualquier arancel recaería sobre empresas estadounidenses radicadas en México que exportan de regreso a su país, a menudo varias veces en sus ciclos productivos, como las tres grandes automotrices. Si hubiera voluntad, la administración Sheinbaum podría mirar la amenaza arancelaria a los ojos y decirle a Estados Unidos: «Adelante».

El problema es que no termina ahí. Casi una cuarta parte de la marina estadounidense permanece estacionada en el Caribe, vigilando a Venezuela y ahora haciendo cumplir la «cuarentena» sobre Cuba, el término elegido para evitar la palabra «bloqueo», que bajo el derecho internacional constituye un claro acto de guerra. Cualquier buque petrolero procedente de México se expondría no solo a ser interceptado y abordado, o incluso atacado con drones, sino que la crisis diplomática resultante podría darle a la administración Trump la excusa que busca para bombardear territorio mexicano. Lamentablemente, un esfuerzo multinacional para romper el bloqueo a través de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) o mediante un grupo ad hoc con gobiernos aliados como Colombia y Brasil no parece estar en el horizonte inmediato.

La alternativa, sin embargo, es dejar que Cuba pase hambre: trasladar a este hemisferio un proceso de «gazificación». Si eso ocurriera y México cediera en una cuestión tan simbólicamente ligada a su idea de soberanía, la administración Trump olería sangre. Y eso podría repercutir en todo, desde la revisión del tratado entre Estados Unidos, México y Canadá hasta el trato a los migrantes mexicanos por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, o los intentos estadounidenses de hacerse con los minerales estratégicos del país. En última instancia, defender la autodeterminación en cualquier punto de la región es defender la propia. México no debe quedar solo. La comunidad internacional y los activistas dentro de Estados Unidos deberían tomar nota.

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Publicado en Artículos, homeCentro, Imperialismo, Política and Relaciones internacionales

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