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Los fuegos artificiales estallan durante la ceremonia previa al partido del Grupo A de la Copa Mundial de la FIFA Catar 2022 entre Catar y Ecuador en el estadio Al Bayt el 20 de noviembre de 2022. (Lars Baron / Getty Images)

Los ricos quieren cambiar las reglas del fútbol

Traducción: Valentín Huarte

El Mundial de Catar representa la culminación de décadas de fútbol capitalista, una victoria de las grandes empresas y de los regímenes represivos y una tragedia para los hinchas y los trabajadores que hacen posible el juego.

En un sentido, el Mundial de Catar no es tan excepcional como podría parecer. Hace mucho tiempo que los regímenes represivos utilizan el campeonato para pulir su imagen. El brillo dorado de la copa encandila a locales y extranjeros y los ciega frente a la injusticia, la crueldad y el abuso.

En 1934, Benito Mussolini logró que el campeonato se hiciera en Italia y lo utilizó como una especie de festival del fascismo. En 1978, el Mundial se jugó en Argentina, en una época en la que la junta militar de Jorge Rafael Videla dirigía su «guerra sucia» contra el pueblo y asesinaba a decenas de miles de ciudadanos. La final en el Estadio Monumental fue celebrada a unas pocas cuadras de la Escuela de Mecánica de la Armada, donde los militares torturaban a los presos políticos. El partido se jugó tan cerca que los sobrevivientes recuerdan haber escuchado los cantos de la hinchada.

En 2018, la copa viajó a Rusia a pesar de las bien documentadas violaciones de los derechos humanos de este país, de las leyes que discriminaban a la comunidad LGTBIQ+ y del creciente autoritarismo de Vladimir Putin. Cuatro años más tarde, después de la invasión de Rusia a Ucrania, la FIFA vetó la participación del equipo nacional ruso en todos los campeonatos. Las imágenes de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, sonriendo como un tonto junto a Putin en la final en el Estadio de Luzhniki es un testamento de la amoralidad de la organización.

Como sucede ahora con Catar 2022, todos los campeonatos anteriores fueron denunciados por corrupción. Las injusticias vinculadas con este Mundial son atroces —explotación sistemática y a veces letal de trabajadores migrantes, trabajo forzado, detenciones arbitrarias y criminalización de las relaciones entre personas del mismo sexo— pero también son parte de una larga sucesión de horrores que los dirigentes y dueños del fútbol pasan por alto.

En otro sentido, no obstante, Catar 2022 cambió las reglas del juego. La decisión 2010 de la FIFA de beneficiar con los próximos campeonatos a Rusia y Catar terminó exponiendo a algunos de sus personajes más importantes. De los 22 miembros con voto del Consejo de la FIFA que participaron de la decisión, 16 fueron investigados por, o estuvieron implicados en, casos de corrupción y conductas que atentan contra la ética de la organización (no necesariamente vinculados con el proceso de elección de los próximos mundiales). Sepp Blatter, predecesor de Infantino en la presidencia, fue finalmente expulsado en 2015, después de haber sido el hombre más poderoso del fútbol durante 17 años. Michel Platini, expresidente de la UEFA, Jack Warner, ex vicepresidente de la FIFA, y Jerome Valcke, ex secretario general, también están entre las bajas más notables de la década pasada.

Aunque las revelaciones sobre la cultura de corrupción de la FIFA en el momento de elegir sede evidenciaron como nunca antes —y ante una audiencia enorme— el modo en que el dinero define el mapa del fútbol moderno, la repugnancia del público ante los escándalos y las maquinaciones del cuerpo gobernante forman parte de una foto mucho más grande. Si bien el hecho de que Rusia fuera anfitrión despertó reacciones negativas —especialmente después de la aprobación de las leyes homofóbicas de 2013 y la anexión de Crimea el año siguiente— la FIFA fue por lo menos capaz de mantener una lógica deportiva interna: Rusia había ayudado a producir grandes equipos a nivel internacional como parte de la Unión Soviética, que llegó en una ocasión llegó a la semifinal del mundial y en otra a cuartos de final, tenía una liga nacional convocante y había demostrado que podía organizar uno de los eventos mundiales más grandes del fútbol después de la final de la Champions League en Moscú de 2008.

Si el repudio a Catar 2022 es más intenso, tal vez sea porque la FIFA nunca fue capaz de argumentar convincentemente a favor del campeonato con una lógica que no fuera la financiera. Por más surrealista y trágico que suene, después de una década de denuncias de organizaciones de derechos humanos por los trabajadores migrantes que mueren a causa de las altas temperaturas, Catar logró convertirse en sede del Mundial con la promesa de que colocaría aires acondicionados en los estadios, que permitirían que el campeonato fuera en junio y en julio, como siempre, pasando por alto el hecho de que los hinchas todavía deberían enfrentar temperaturas superiores a los 40° C antes y después de los partidos.

En 2015, cuando la FIFA por fin tomó la decisión inevitable de que el Mundial debería jugarse en invierno para proteger la salud de los jugadores y de los asistentes, confirmó lo que todos, salvo los más ingenuos, ya sabíamos: es imposible que los partidos se jueguen en verano. El equipo nacional de Catar nunca había calificado para un Mundial, la liga doméstica es poco convocante y una buena parte de la infraestructura futbolística del país tuvo que ser construida de la noche a la mañana, a costa de la vida y de la salud de muchos trabajadores. Hasta Blatter, un hombre que no suele destacarse por su conciencia, admitió que este campeonato era «un error» y «una mala decisión», aunque no por las condiciones laborales inhumanas de los trabajadores que lo garantizan, sino porque el «fútbol y el Mundial son demasiado grandes» para el país. Sin considerar la riqueza de l país, es difícil comprender por qué la FIFA permitió que Catar fuera sede del Mundial.

En este contexto la influencia del dinero en el juego nunca fue tan evidente. Por primera vez en la historia, el Mundial se jugará en noviembre y diciembre, lo que causará enormes perturbaciones en el calendario del fútbol mundial. Muchas ligas domésticas fueron obligadas a empezar antes, terminar después y comprimir la duración del evento, y dejaron menos días de descanso y recuperación para los jugadores. El campeonato mundial también tuvo que ser ajustado y la organización amontonó 64 partidos en 28 días, cuando, durante el mismo tiempo, en Rusia 2018 y en Brasil 2014 se jugaron 31. Casi no hubo tiempo para jugar amistosos, y los jugadores que llegaron al Mundial probablemente tengan que volver a jugar inmediatamente en las competencias nacionales una vez entregada la copa. Catar 2022 alteró drásticamente, no solo la dinámica del Mundial, sino toda la temporada futbolística.

Esta apretada agenda podría tener consecuencias importantes en el bienestar de los jugadores e incrementar la probabilidad de lesiones. Jamie Carragher, exdefensor de Liverpool y de Inglaterra, acusó a los dirigentes de la FIFA que votaron a favor de Catar 2022 de tratar a los jugadores «como ganado». FIFPRO, el sindicato internacional de jugadores, criticó las «exigencias sin precedentes que reciben los jugadores más importantes del campeonato». No debería ser necesario aclarar que sin futbolistas no habría fútbol, pero el cuerpo gobernante del fútbol mundial facilitó un torneo que, según el último informe de la FIFPRO, «presionando a los jugadores hasta el límite de lo aceptable […] las exigencias de trabajo insostenibles siguen atentando contra su salud física y mental, además de poner en riesgo la duración de su carrera y de su buen desempeño».

En este sentido, hasta las normas más básicas, los parámetros del bienestar de los jugadores, fueron manipuladas para complacer a los anfitriones. Si a todo esto le sumamos el costo prohibitivo de los vuelos, el alojamiento y las entradas —hay informes que dicen que Catar, con la intención de inflar una atmósfera artificial, pagó a muchos influencers para que asistieran al evento, reduciendo todavía más la experiencia a una transacción—, es difícil no sentir que este Mundial, aunque tiene algunos rasgos superficiales de campeonato de fútbol, es sobre todo un despliegue de riqueza y poder.

De nuevo, es importante destacar que Catar 2022 no es un caso aislado. En los últimos años, los superricos intentaron reformar el fútbol en función de sus propios intereses. La FIFA finalmente tuvo que retroceder ante una oposición furiosa, pero hasta hace poco Infantino y sus aliados estaban presionando para que el Mundial se hiciera cada dos años. Si bien Infantino, en una de las intervenciones más insensibles que pueda imaginarse, tuvo el tupé de sugerir que un campeonato bianual garantizaría que los nuevos anfitriones tuvieran más oportunidades de convertirse en sede, y, en este sentido, «brindarles esperanzas a los africanos, para que no tengan que cruzar el Mediterráneo en busca de una vida mejor, aun cuando siempre es más probable que encuentren la muerte en el mar», no existe más que una motivación detrás de esta idea.

La venta de los derechos de transmisión, las licencias y el merchandising del Mundial, además de los fondos de los sponsors y las empresas asociadas, son responsables de una buena parte de los ingresos de la FIFA. La organización espera que Catar 2022 genere alrededor de 6000 millones de dólares de ganancia. Esto explica que, dejando de lado la cultura tóxica del campeonato, la organización haya hecho todo lo posible por no cancelar el evento a pesar de las incontables polémicas planteadas desde 2010. La mayor parte de esta ganancia es distribuida en todo el mundo con vistas al «desarrollo», y en este sentido es fundamental en la política interna de la FIFA. Duplicar la cantidad de mundiales, aunque arruinaría el calendario deportivo mundial y haría que el evento pierda un poco de sentido, redundaría en un incremento colosal de la riqueza de la organización.

Lo mismo vale en el caso del intento de dividir la Superliga: el año pasado, 12 de los clubes más ricos del mundo y sus dueños y presidentes —la mayoría multimillonarios— decidieron que se repartirían el fútbol europeo entre ellos. Por si alguien dudaba sobre la motivación de aquellos que intentaron atentar contra cien años de historia, legado y competencia en un abrir y cerrar de ojos, Joan Laporta, presidente del Barcelona, que todavía presiona a favor de una ESL junto con sus colegas del Real Madrid y de la Juventus, los explicó con claridad: «Para empezar, los clubes fundadores recibirían un bono de 1000 millones de dólares […]; [además] por cada temporada, esta competencia podría dejarnos 300 millones de euros anuales». Florentino Perez, presidente del Real Madrid, se sacó la máscara cuando sugirió que la ESL abriría la posibilidad de disminuir la duración de los partidos de 90 minutos para convocar a nuevas audiencias. En su implacable búsqueda de ganancia, esta élite privilegiada está dispuesta literalmente a reescribir las reglas del fútbol.

Tal vez Catar 2022 sea un ejemplo extremo del modo en que el dinero está distorsionando el juego, pero es parte de un patrón más amplio. Hace mucho tiempo que el fútbol está en manos de los ricos, aunque ahora están intentando reformarlo en función de sus intereses en un sentido nunca antes visto. No sería una sorpresa que más se hagan más mundiales en invierno en el futuro próximo: Arabia Saudita presentará un pedido conjunto con Grecia y Egipto para ser sede en 2030. Probablemente será otra pesadilla en términos de igualdad y derechos humanos.

A cargo del deporte más popular del mundo, los que gobiernan el fútbol parecen dispuestos a hacerlo irreconocible. En última instancia, mientras los gestores y organizadores tengan más interés en el dinero que en cualquier aspecto ético, social o deportivo, los ricos seguirán dictando los cambios fundamentales del juego hasta convertirlo en una cosa completamente distinta, creada para el disfrute de unos pocos elegidos.

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