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Diego Maradona en acción durante un partido de clasificación para la Copa Mundial de la FIFA 1986 contra Perú, el 23 de junio de 1985 en Lima, Perú. (David Cannon / Getty Images)

Un Mundial cada dos años sería devastador para el fútbol

Los dirigentes de la FIFA insinúan que la Copa del Mundo podría celebrarse cada dos años. Pero el plan es un intento de obtener aún más dinero y demuestra que las autoridades siempre anteponen las oportunidades comerciales a la calidad del juego que amamos.

«Recuerdo que, de niño, mi sueño era jugar un Mundial. Para todos mis amigos, para todos los que he conocido a lo largo de mi vida, era nuestro sueño», reflexionaba recientemente el retirado astro del fútbol brasileño, Ronaldo. Si alguien conoce la importancia del Mundial, es él. Participó en cuatro de ellos, levantando el trofeo en dos ocasiones, y se consolidó como uno de los jugadores más emblemáticos del deporte en el cambio de milenio.

Refiriéndose a las sugerencias de que el torneo se celebre con el doble de periodicidad, Ronaldo continuó: «Con este cambio, más y más gente podrá ver este sueño hecho realidad». No pareció preguntarse si una mayor frecuencia de Mundiales ayudaría a que más jugadores alcanzaran sus sueños, o simplemente a que los mismos jugadores de los países de siempre se clasificaran más a menudo.

No considerar esa cuestión estaría bien si Ronaldo solo estuviera pensando en voz alta cómo hacer que los sueños se hagan realidad. Sin embargo, en realidad, estaba opinando sobre lo que podría ser una batalla decisiva para el futuro de este deporte.

La FIFA, el organismo rector del fútbol internacional, está realizando un estudio de viabilidad sobre la celebración de la Copa del Mundo cada dos años en lugar de la actual frecuencia de cuatro. A primera vista puede parecer un intento benigno, aunque equivocado, de dar a los aficionados más de lo que les gusta y democratizar la participación. Pero, como la mayoría de los organismos deportivos, la FIFA solo tiene una cosa en mente: los beneficios. Si se analiza con detenimiento, no se trata solo de una idea tonta, sino de la última salva de la guerra de clases por arriba que las organizaciones y los clubes más importantes del fútbol llevan años librando contra los aficionados, los jugadores y el personal.

En este sentido, también es indicativo de una podredumbre más amplia que supura en lo más profundo del deporte: los vampíricos interesados en el fútbol lo ven solo como un producto que hay que exprimir para obtener el mayor beneficio posible, incluso si esto es profundamente impopular o socava la calidad del propio juego. Y, lo que es igual de importante, esta visión del juego no comprende el hecho de que los jugadores no son simplemente estrellas que se pueden utilizar para vender camisetas y promocionar productos: son trabajadores cuyo trabajo, al fin y al cabo, hace que todo esto exista.

Dos veces más, ¿doble diversión?

No hace falta ser un anticapitalista estridente para estar en contra de la táctica de la FIFA de organizar la Copa del Mundo masculina y femenina cada dos años. Gran parte de la magia del Mundial reside en que es un acontecimiento raro y sísmico. La espera de cuatro años para cada torneo puede ser agonizante, pero infunde a cada partido un significado, convirtiendo cada Mundial en un marcador indeleble de un momento específico en la vida de los aficionados. Los jugadores sueñan con salir al escenario más grande del mundo porque saben que sus posibilidades de aparecer en él —y mucho menos de ganarlo— se limitan a unas pocas oportunidades.

La última vez, más de la mitad del planeta sintonizó la edición de 2018, con más de mil millones de espectadores que siguieron la final. Así que la FIFA, al duplicar la frecuencia del torneo, podría hipotéticamente ayudar a duplicar la alegría que proporciona la Copa del Mundo… O podría arruinar el evento deportivo más prestigioso y popular del planeta.

Cuando el legendario exentrenador del Arsenal, Arsène Wenger, ahora jefe de desarrollo del fútbol mundial de la FIFA, impulsó por primera vez una Copa Mundial bienal en marzo, citó la importancia de una competición significativa, diciendo: «La gente debe entender lo que está en juego y tener juegos significativos». Es difícil ver cómo el concepto de Wenger, propuesto oficialmente por Arabia Saudí en mayo, lograría este objetivo, en lugar de simplemente diluir su significado.

La oferta de fútbol ya es abrumadora, desde las competiciones nacionales e internacionales de clubes hasta los cada vez más numerosos torneos regionales y mundiales de selecciones nacionales. 

La final de la Liga de Campeones de este año, que suele ser el cierre de la temporada (aunque rara vez es el último partido), tuvo lugar el 29 de mayo. Menos de dos semanas después, comenzó la Eurocopa (junto con otros torneos internacionales en otros continentes). Italia levantó el título de la Eurocopa el 11 de julio. La mayoría de los equipos de la Premier League ya habían iniciado sus pretemporadas para entonces, y la liga más importante del mundo dio a los aficionados la friolera de cuatro semanas para respirar (aunque incluso ese período estuvo lleno de partidos de exhibición) antes de que la temporada 2021/2022 de la Premier League comenzara con la humillante derrota del Arsenal ante el equipo más nuevo de la máxima categoría, el Brentford. 

El fútbol simplemente no se detiene, y los aficionados no están clamando por más. Si consiguen contener su cansancio lo suficiente como para clamar por algo, tienden a clamar por un descanso. Según el Observatorio del Fútbol CIES, la mayoría de los aficionados al fútbol piensan que hay demasiados partidos, sobre todo entre selecciones nacionales. Los aficionados no solo están cansados de tantos partidos. De hecho, muchos ya han dejado claro cuánto les disgusta la idea de un Mundial bienal. 

Lucrando con el juego del mundo

El hecho de que se actúe directamente en contra de los aficionados que hacen posible el fútbol organizado coincide perfectamente con la visión que tienen de este deporte la FIFA y otras partes interesadas. Para ellos, el fútbol existe únicamente para llenar los bolsillos de los organizadores, normalmente desplumando a los aficionados. Esto coincide con décadas de descarada comercialización del juego mundial, una guerra por el futuro del deporte librada —y en gran medida ganada— por instituciones antidemocráticas como la FIFA y la UEFA. 

Exprimir hasta la última gota rentable del juego no es un fenómeno nuevo, ni se limita al fútbol internacional. Los aficionados acaban de recuperarse del insensible y ridículo intento de los clubes más grandes de Europa de formar su propia Superliga Europea el pasado mes de abril; ahora, tienen que aceptar el último intento de la FIFA de exprimir el fútbol por todo lo que vale. Si la FIFA estuviera motivada por el interés de los aficionados, nunca se habría molestado en realizar un estudio de viabilidad, dado lo impopular que ha resultado ser el plan. 

Pero a la FIFA le importan los ingresos por encima de todo. Y dado que el 95% de los 5600 millones de dólares que recaudó entre 2015 y 2018 fue generado por la Copa del Mundo de Rusia, no es de extrañar que piensen que duplicar el número de torneos es una buena idea. El desprecio de los aficionados hacia la propuesta no será suficiente para detener a la FIFA o a las numerosas estrellas retiradas, como Ronaldo, que apoyan la idea, casi todas las cuales siguen vinculadas a la organización y/o se benefician indirectamente del plan a través de su trabajo de difusión. 

Tras décadas de sobornos y derechos de organización de torneos comprados abiertamente, la FIFA se ha convertido en sinónimo de corrupción y ha mostrado una impresionante resistencia a cualquier reforma o mejora significativa. De hecho, el fútbol como hucha de la organización ya ha llevado al organismo rector a mínimos increíbles. La Copa del Mundo de 2022 en Qatar —que será la culminación sangrienta de una década de sportswashing de la dictadura del Golfo— ha demostrado hasta dónde está dispuesta a llegar la FIFA para proteger a su vaca lechera. La adjudicación del torneo a Qatar (como era de esperar, sobre la base de sobornos y no de sus escasas tradiciones futbolísticas o de su condición de anfitrión lógico) desencadenó un brutal auge de la construcción, que depende de los trabajadores migrantes que trabajan en condiciones aborrecibles. Más de 6500 trabajadores han muerto desde que se eligió a Qatar como anfitrión hace diez años; entre ellos, 37 trabajadores directamente implicados en la construcción de los estadios para el torneo.

La respuesta de la FIFA a esta tragedia ha sido de una indiferencia estremecedora. La inercia de haber concedido ya la Copa del Mundo a Qatar es aparentemente demasiado fuerte como para encontrar otro anfitrión solo porque el prestigioso torneo se construirá sobre las tumbas de miles de trabajadores, y mucho menos para pretender hacer algo al respecto. Y aunque las protestas, tanto de los aficionados como de los jugadores, contra el próximo Mundial han ido en aumento, está claro que la FIFA no tiene ningún interés en cambiar de rumbo.

Los jugadores y jugadoras también son trabajadores

La táctica de la FIFA no solo tiene que ver con su papel en la comercialización del fútbol, sino que es posible porque se niega a reconocer que, en última instancia, los jugadores que ayudan a llenar sus carteras son trabajadores. Por supuesto, puede ser difícil reconocer que los jugadores de fútbol tienen que trabajar por su salario, especialmente teniendo en cuenta que muchos son algunos de los atletas más ricos y famosos del mundo. Pero sin ellos, no habría Copa del Mundo de la que sacar provecho.

Y aunque el gran negocio del fútbol depende de sus jugadores, no todos ellos son Leo Messi. Incluso en un torneo tan prestigioso como la Copa del Mundo, muchos participantes representan a pequeñas naciones futbolísticas, ejercen su oficio en clubes con poco dinero y carecen de la independencia financiera de los grandes nombres del deporte. Y tanto si son superestrellas como si no, estos jugadores merecen un descanso y no verse obligados a participar en torneos cada vez más frecuentes durante lo que debería ser su temporada baja.

La visión de la FIFA y de otros grandes actores sobre los jugadores como mero capital humano quedó al descubierto durante la pandemia. En muchos países, el fútbol fue una de las primeras cosas en volver tras la ronda inicial de cierres en marzo de 2020, incluso antes de que estuviera claro que era seguro hacerlo. Mientras las competiciones nacionales seguían adelante, llorando de pena ante la pérdida de ingresos televisivos, incluso las competiciones internacionales se apresuraron a volver en medio de los brotes globales. Pasara lo que pasara, el espectáculo tenía que continuar. 

Las jugadoras y los jugadores —así como los entrenadores y entrenadoras, el personal y el equipo que hacen posible el juego y la transmisión de los partidos— siguieron adelante mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor, incluso cuando muchos de ellos se sentían incómodos haciéndolo. Según la asociación internacional de jugadores FIFPRO, la pandemia agravó considerablemente la congestión de los partidos. Esto no se limitó a las ligas más ricas del mundo, sino que se produjo en toda la pirámide, y llevó a ejemplos sombríos como el del Dinamo de Dresde, de la segunda división alemana, que tuvo que jugar nueve partidos en veintinueve días solo para terminar su temporada tras finalizar las pausas de cuarentena. 

Incluso sin COVID-19, se espera que los futbolistas se vistan para un doloroso número de partidos. Si es demasiado para los aficionados, sin duda lo es para los jugadores. El centrocampista de la selección española y del Barcelona, Pedri, jugó la friolera de setenta y dos partidos con su club y su selección en la temporada 2020/21. Incluso la FIFA reconoce que esto es un problema. El paso a un Mundial bienal busca, aparentemente, aliviar la congestión de partidos: el plan de Wenger implica menos descansos internacionales, aunque más largos, y eliminaría partidos innecesarios o poco competitivos.

Parece poco probable que esto reduzca realmente el número de partidos internacionales que se disputan, sobre todo porque la FIFA no tiene ninguna solución para lo que sucederá con los inmensamente queridos torneos continentales, típicamente cuatrienales, y sus clasificaciones si la Copa del Mundo se celebra cada dos años. Es solo un intento descarado de aumentar los ingresos, que casualmente también rebajaría la importancia de un torneo muy popular. En lugar de ser una solución, empeoraría las cosas. Pero, una vez más, la FIFA está dispuesta a permitir que la calidad del deporte se resienta con tal de enriquecer a unos pocos, como cuando amplía los torneos con el pretexto de «democratizar» el deporte solo para obtener más ingresos de una base más amplia de países participantes. 

Si la FIFA se preocupara por proteger la calidad del fútbol, no estaríamos a punto de celebrar un Mundial de 2022 en Qatar, y luego un torneo de 2026 que se ampliará de 32 a 48 países participantes.

En lugar de abordar las evidentes desigualdades de recursos entre las selecciones nacionales —o de hacer algo para frenar un sistema de clubes roto que ve cómo los jugadores con talento y casi todas las gotas de dinero se canalizan hacia unas pocas ligas en Europa—, la solución de la FIFA es simplemente jugar más partidos y dejar que los problemas se resuelvan solos.

Contrarrestar la embestida de la FIFA desde arriba

Afortunadamente, la respuesta inicial a la propuesta ha sido abrumadoramente negativa. Y aunque todavía no se ha doblegado, la FIFA se enfrenta a una fuerte resistencia. Las grandes ligas de todo el mundo se han manifestado en contra, mientras que el Presidente de la UEFA, Aleksander Ceferin, ha expresado su «gran preocupación» por la propuesta. Cabe señalar que la UEFA, junto con otros órganos de gobierno regionales, probablemente esté más preocupada por la presión que los Mundiales bienales ejercerían sobre los torneos continentales como la Eurocopa que por la santidad del deporte.

Aunque muchos aficionados se oponen a la propuesta, la respuesta organizada más clara ha sido la de las partes interesadas, deseosas de mantener su parte del lucrativo pastel del fútbol o de hacer lo posible por mantener el ya frágil equilibrio entre las competiciones nacionales e internacionales. El rápido rechazo de la Superliga Europea demostró lo importante que son los aficionados —y la presión que ejercen sobre los órganos de gobierno y los clubes— a la hora de poner en jaque a organizaciones como la FIFA cuando persiguen un robo de dinero tan flagrante.

Desgraciadamente, suele ser más difícil organizar a los aficionados al fútbol internacional que a los clubes, donde la afiliación y la asistencia regular de los abonados y los aficionados a los partidos crean vínculos más tangibles de responsabilidad entre los aficionados y los responsables. 

Sin embargo, hay algunos signos prometedores. Football Supporters Europe, una red independiente de aficionados al fútbol de todo el continente, publicó recientemente una declaración respaldada por aficionados de todo el mundo contra el ciclo de dos años de la Copa Mundial. Habrá que intensificar esfuerzos como éste si se quiere que la Copa Mundial siga siendo el bello y sísmico espectáculo que los aficionados conocen y aman. También es necesaria una mayor organización de los aficionados para que haya alguna posibilidad de hacer retroceder los años de comercialización. Eso significa garantizar que quienes hacen del deporte más popular del mundo lo que es —los aficionados que llenan los estadios, los jugadores que saltan al campo y los trabajadores que hacen todo eso posible— puedan tener voz y voto en su futura dirección. 

Desbaratar la cínica propuesta de un Mundial de dos años y encontrar una solución real a la abrumadora congestión de partidos sería un buen comienzo.

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