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Ilustración de Harry Haysom

Cómo fue que el Partido Laborista perdió la oportunidad de su vida

Traducción: Valentín Huarte

El corbinismo tenía un programa popular, pero no logró generar la movilización de masas necesaria para luchar por él.

Cuando miramos atrás para analizar esta etapa de la política británica, nos damos cuenta de que estuvo definida por dos proyectos de cambio radical: el Brexit y el corbinismo. Ambos apelaron a la enorme frustración que se vivía a nivel social, no solo por una política puntual ni por un gobierno, sino por una serie de acontecimientos que se sucedieron durante décadas. Ambos prometieron una transformación esencial en la naturaleza de la democracia. Ambos desplegaron movilizaciones populares contra la guarda política de Westminster. En diciembre, uno de estos proyectos se impuso sobre el otro.

Pero esta trayectoria no estaba escrita de antemano. Las elecciones generales de 2017 se desarrollaron justo un año después del Brexit. En ese momento, el Partido Laborista registró su mayor crecimiento electoral desde 1945. El Brexit influenció la campaña pero no la definió. En cambio, fue la plataforma política del ala izquierda del Partido Laborista la que demostró ser más popular. El Estudio Electoral Británico (BES, por sus siglas en inglés) estimó que entre el 26% y el 34% de quienes votaron por el Partido Laborista habían votado a favor de abandonar la Unión Europea (UE) un año antes. Parecía plausible que la desigualdad económica fuera el tema que definiría la agenda política durante los años por venir.

Tres años después, el corbinismo se agotó. El Partido Laborista se está recuperando de una derrota electoral en la que perdió escaños que había sostenido durante décadas y, en algunos casos, por más de cien años. El terreno político actual está moldeado por el Brexit –joven contra viejo, ciudad contra pueblo, cosmopolita contra patriota– y las perspectivas para la política de clase no son muy alentadoras. Pero no era necesario que esto termine así.

En 1959, Nye Bevan dijo de la izquierda: “Nunca hemos padecido por ser demasiado audaces; hemos padecido por serlo demasiado poco”. Sesenta años después, lo mismo vale para el corbinismo.

Cambiando el sentido común

En las semanas que siguieron a la derrota de diciembre, casi no se habló de las elecciones de 2017 en los medios. Sin embargo, lo cierto es que el Partido Laborista bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn obtuvo alrededor de 13 millones de votos, superando por lejos no solo las derrotas electorales de Gordon Brown y de Ed Miliband, sino también las dos victorias de Tony Blair. Fue un giro increíble para un partido que, al comienzo de la campaña, estaba 20 puntos atrás de su oponente. La euforia continuó: el laborismo llegó a dominar las encuestas, y quienes solo unos meses atrás atacaban con fiereza a su líder al interior del partido, empezaron a reivindicarse como corbinistas.

Pero los resultados de 2017 ocultaban grandes problemas. La izquierda no había ganado la batalla por el partido, que todavía no había sido reformado de una manera sustantiva y que, especialmente en el parlamento, se oponía a su agenda. Enfrentaba los ataques violentos de los medios, no solo de la prensa de derecha, sino también de la que nominalmente se inclina hacia la izquierda, como el Guardian y el Mirror. Y en muchos distritos electorales del interior, desde Bassetlaw y Bolsover hasta Great Grimsby y Don Valley, la victoria de 2017 vino de la mano del crecimiento de los tories, que lograron capturar los votos cultivados por el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés) durante la década anterior.

 

Cuando la riqueza y el poder están en juego, las transformaciones fundamentales e irreversibles no pueden desarrollarse sin que medie una resistencia tenaz. Esto era esperable y era necesario prepararse. Pero el corbinismo tenía otro problema: en dos años, no había logrado modificar el paisaje político que estaba más allá de Westminster. No había signos que indicaran un repunte en el conflicto de clase; la actividad sindical continuaba en una lenta tendencia decreciente. Los días de trabajo perdidos por huelgas eran muy pocos; incluso los movimientos sociales, que habían mostrado signos vitales en los años que precedieron a 2015, habían vuelto a entrar en un período de hibernación. El corbinismo tenía un programa popular, pero no logró generar la movilización de masas necesaria para luchar por él.

La premisa socialista siempre ha sido que solo se puede derrotar a una oposición afianzada uniendo a la mayoría de la clase trabajadora del país. Esto implica construir una coalición en función de los intereses materiales de la mayoría que logre desafiar el poder de la riqueza concentrada. Pero todo el aparato de la política británica –sus partidos, sus periódicos, sus autoridades– están ahí para asegurarse de que esta no sea la base sobre la cual se desarrollen los debates nacionales. En lugar del conflicto entre clases distintas, su deseo es que el conflicto se desarrolle al interior de la clase dominante, entre quienes sostienen visiones conservadoras y quienes sostienen visiones liberales.

No es posible superar esta dinámica desde Westminster. Para que el corbinismo tuviera éxito, hubiese sido necesario cambiar la forma misma en la que se hacía política, apostando por un vibrante movimiento de base que pudiera pelear a favor sus políticas también afuera del parlamento. Esto implicaba básicamente transformar el Partido Laborista y romper con su tendencia a ver la política solo a través de un lente electoral. E implicaba reconstruir las instituciones sociales –la base para reunir a la clase trabajadora de toda Gran Bretaña– con el objetivo de frenar la tendencia a la fragmentación que pone en jaque los fundamentos de la acción colectiva.

Sin una estrategia de este tipo, la política de clase será siempre imposible. El corbinismo supo aprovechar la ira que se extendía por el país, aunque esta también podía encontrar otros canales de expresión política. El más importante era el que apuntaba contra la globalización, apoyándose sobre guerras culturales que dividían a la gente en función de sus opiniones sobre la sociedad, en vez de hacerlo en función de sus intereses. El corbinismo tuvo la oportunidad de evitar que este tipo de política se desarrollara. Para esto, debía utilizar el resultado de las elecciones generales de 2017 para reinventar la política a su imagen y semejanza.

Los meses que desperdiciamos

En muchos sentidos, es comprensible que el movimiento alrededor de Corbyn se haya visto desorientado en 2017. Estuvo bajo asedio los dos años anteriores. Corbyn fue elegido para dirigir el Partido Laborista en septiembre de 2015. En noviembre, la prensa de derecha generó todo un alboroto alrededor de si se había inclinado lo suficiente frente a la reina, y la mitad de su gabinete en la sombra se amotinó contra él por su rechazo a bombardear Siria. El año siguiente se desarrollaron el referéndum por el Brexit y luego el intento de golpe contra su liderazgo. Los ataques fueron despiadados.

Junio de 2017 trajo una experiencia muy distinta: la popularidad. Los índices de aprobación de Corbyn durante la campaña crecieron enormemente y empezó a ser alabado por mucha gente que antes lo había etiquetado como un extremista. El camino que debía seguir cualquier grupo parlamentario con ambiciones estaba claro: era necesario hacer las paces con el corbinismo y con su pujante base de apoyo si se pretendía gozar de alguna posibilidad de progreso en la carrera parlamentaria.

Por un breve momento, pareció que por más duros que fuesen los obstáculos –la oposición adentro del partido, la hostilidad de la prensa– estos no eran tan grandes, y que un gobierno dirigido por la izquierda del Partido Laborista estaba a la vuelta de la esquina. Pero, por supuesto, esto no era así. El hecho de que las políticas socialistas demostraran ser populares no fue suficiente para que la clase dirigente deje de oponerse a ellas.

Mientras tanto, el corbinismo se puso en “modo de campaña permanente”. Su discurso era que había que utilizar esta estrategia para mantener movilizadas a las bases, pero su principal función era prolongar el entusiasmo de la campaña todo el tiempo que fuese posible, para evitar que retornara la dura y conflictiva realidad que lo precedió. En lugar de utilizar el capital político acumulado durante el excelente desempeño electoral de 2017 para afrontar los obstáculos más importantes, que tenían un profundo arraigo tanto dentro como fuera del partido, el movimiento parecía decidido a dormirse en los laureles. 

Los meses que siguieron al verano de 2017 eran el momento propicio para construir una segunda ola de corbinismo. Se debería haber planteado la cuestión de por qué los niveles de lucha eran tan escasos fuera del parlamento, en los lugares de trabajo y en los movimientos. Luego del crecimiento que se observó en las ciudades y entre la gente joven, era necesario hacer un esfuerzo decidido para alcanzar las áreas del interior, donde los tories estaban ganando terreno.

En vez de los ridículos festivales de Glastonbury, como el Labour Live, que le hablaban a la gente convencida, los recursos deberían haberse dirigido hacia la construcción de instituciones sociales duraderas que pudiesen dar al proyecto una presencia significativa en las comunidades. Hubo un tiempo en el que las ramas sindicales, las asociaciones laboristas y las autoridades barriales del partido cumplieron esta función. Hubo muchos intentos ambiciosos durante el último siglo de ir más allá de esta estructura (desde las escuelas socialistas de fin de semana hasta los clubes de ciclismo de Clarion). El corbinismo no hizo ningún intento serio para revertir la decadencia de estas instituciones. No estuvimos presentes en el día a día de las personas de la clase trabajadora. En cambio, los tabloides de derecha como el Sun y el Daily Mail sí lo hicieron.

Hacia el final de 2017, estaba claro que el profetizado colapso del gobierno de los tories no estaba en el horizonte. Mientras tanto, el corbinismo fue gradualmente reconducido hacia la vieja política de Westminster, donde sus energías se habían atrofiado durante los años anteriores. Rápidamente, la lucha retomó su curso al interior del partido. A medida que la corbimanía se extinguía, la élite liberal se dedicó a desplazar el eje desde las cuestiones de clase –que la estaban poniendo en aprietos– hacia sus intereses particulares. En lugar de desafiar la guerra cultural del Brexit, su intención era forzar al Partido Laborista a que entrara en ella del lado de quienes estaban a favor de permanecer en la UE. En abril de 2018, se lanzó el movimiento Voto del Pueblo.

La guerra cultural del Brexit

La política del laborismo durante las elecciones generales de 2017 fue muy efectiva. En ese momento, el partido prometió respetar el resultado del referéndum y concentrarse en el debate sobre “qué tipo de país queremos ser luego del Brexit”. Estaba claro el motivo por el cual el corbinismo, que había estado a favor de la permanencia en el referéndum, eligió este camino: ninguna coalición de clase para una política socialista podía ser construida si se prometía anular el referéndum. Sin importar qué datos se tomen para definir a la clase –ingresos, nivel de calificación, educación, la clasificación según el índice ABCDE o la autopercepción– la mayoría de la clase trabajadora apoyó el Brexit.

Para millones de personas trabajadoras, esa votación no fue como cualquier otra. Fue una expresión de insatisfacción frente a un curso político y económico que se sostenía hacía décadas, y también fue un intento de forzar a quienes estaban en el poder a que escuchen a sectores que habían sido postergados por mucho tiempo. Por supuesto, esta no era el único componente –ni mucho menos el dominante– de la coalición por el Brexit. Sin embargo, era un componente fundamental que no podía ser ignorado por el Partido Laborista. También sucedió que 148 escaños del Partido Laborista votaron a favor de abandonar la UE, frente a una minoría de 84 que votó a favor de la permanencia.

Para que una política de clase tuviera alguna oportunidad de dominar el debate nacional en el futuro, la fuerza debía ponerse en un lugar distinto al de la división que generaba el Brexit. El laborismo debía ser el partido que dijera que había llegado el momento de dejar atrás el referéndum. Esto no implicaba evitar el tema ni intentar triangular entre sus dos lados, sino proponer una política integral que promoviera una unión aduanera o un trato al estilo noruego.

 

Este tipo de enfoque le hubiese complicado mucho más la vida a Theresa May y a Boris Johnson. Esta personas necesitaba las batallas de la guerra cultural, que servían para que el Partido Conservador aparentara estar hablando a favor del pueblo y en contra de las élites dirigentes de Westminster. Estas batallas también distraían a la población para que no notara que los sucesivos gobiernos de los tories, durante el tiempo que estuvieron en Westminster, implementaron políticas que atentaban contra los estándares de vida de millones de personas, favoreciendo los intereses de una minoría que amasaba millones.

Si el Partido Laborista hubiera propuesto una alternativa viable al Brexit de los tories durante los años de lucha parlamentaria que siguieron a 2017, podría haber evitado aparecer simplemente como una fuerza obstruccionista. Y si esta alternativa hubiese sido complementada por el compromiso genuino con una democracia renovada y un reajuste regional de la economía, las posibilidades de que mucha gente en las áreas del interior viera al partido como un vehículo para un cambio real, seguramente hubiesen sido más significativas.

Pero el Partido Laborista no logró tomar una posición contundente. Semana a semana, el proyecto iba quedando encerrado en una batalla al interior Westminster que el laborismo no podía ganar. La oposición a Corbyn en la fracción parlamentaria del Partido Laborista se hizo cada vez más fuerte, utilizando el referéndum como excusa para minar su liderazgo y para dirigirse nuevamente a los grupos del partido que hacía solo unos meses les habían dado la espalda.

Contaban con el apoyo de fondos generosos para hacer una campaña liberal cuyas figuras principales, que incluían a Alastair Campbell y a Peter Mandelson, sabían muy bien que derrotar a Corbyn era tan importante como derrotar al Brexit. Su foco estaba puesto casi exclusivamente en el Partido Laborista, al que atacaban cotidianamente mientras realizaban una cobertura positiva de los Liberal Demócratas.

En vez de reinventar la política a su imagen y semejanza, el corbinismo fue reinventado por el Brexit. Fue forzado a adaptarse a sus divisiones y a responder a su agenda. Cuando llegó la conferencia laborista de 2018, una porción considerable del partido pensaba que el tema político del momento era el Brexit y no las perspectivas que abría un posible gobierno de Corbyn. Como era de esperarse, se votó una moción –con gran apoyo de Keir Starmer– que abría la puerta a un segundo referéndum. La posibilidad de que el corbinismo se convirtiera en un movimiento por su propia cuenta se agotó en este punto.

Tomando el camino fácil

El fracaso para sostener una posición contundente sobre el Brexit fue enormemente costoso. Durante los meses siguientes, Corbyn, que había ganado popularidad durante las elecciones como un candidato que exudaba autenticidad, fue reducido a una figura de cálculo e intriga parlamentaria. En verdad, el fracaso en torno al Brexit representaba los límites de Corbyn: era un líder excelente en términos morales, pero era un fracaso como líder político. Sus momentos de mayor grandeza se dieron cuando se veía obligado a defender principios bajo presión. Pero casi nunca se mostró cómodo con la estrategia que se necesitaba para llevar un proyecto tan ambicioso como el suyo al poder.

Su fuerza como líder moral también fue atacada a lo largo de 2018. La controversia del Partido Laborista alrededor del antisemitismo, que se había desarrollado antes de las elecciones de 2017, retornó con fuerza. Es fácil señalar los errores: desde el apoyo de Corbyn a un mural que claramente expresaba complicidad con el antisemitismo hasta el fracaso del partido para poner en marcha algún procedimiento eficaz con la celeridad necesaria. Pero el informe que se filtró recientemente ha dejado claro que muchas de las debilidades iniciales del corbinismo fueron el resultado del sabotaje deliberado que puso en marcha la derecha del Partido Laborista.

La verdad es que solo una pequeña fracción del partido sostenía posiciones antisemitas (de hecho, una fracción mucho menor que la se observa en otros partidos). Que este tema se haya convertido en titular de los principales medios nacionales es más fruto de la campaña en contra del proyecto de Corbyn que de la especificidad del caso. Estos esfuerzos tenían un objetivo claro: hacer aparecer a todo el movimiento como un movimiento racista para debilitar la fortaleza moral de la que disponía para desafiar al verdadero racismo y al resentimiento de clase del gobierno de los tories. Una vez más, la falta de un liderazgo contundente contribuyó a producir daños significativos.

No podría decirse lo mismo de quienes impulsaban el brexitismo. Utilizaron cada pizca de capital político del que dispusieron. Empujaron a Theresa May a sostener una posición de línea dura en la que no creía y, una vez que mostró signos de compromiso, sabotearon el acuerdo. Se aseguraron de que fuese expulsada cuando se negó a renegociar, y después apoyaron al Partido del Brexit para recordar a los tories lo que les esperaba si no la reemplazaban por alguien que sostuviese un compromiso inquebrantable con el Brexit.

Más tarde, cuando Boris Johnson se encontraba en ascenso, no perdieron tiempo en deshacerse de los tories que objetaron el curso de los acontecimientos (echando al presidente de la Cámara de los Comunes, Kenneth Clarke, y de la fracción parlamentaria al nieto de Churchill, Nicholas Soames). Este es el tipo de crueldad que suele caracterizar a las sublevaciones exitosas.

Pero a medida que pasaba el tiempo, el corbinismo fue decidiéndose cada vez más por el camino fácil. No solo se negó a dar batalla al interior de la fracción parlamentaria, sino que se apoyó cada vez más sobre los grupos de su base social que ya estaban convencidos, como la juventud y los sectores urbanos más escolarizados, y que mejor se adecuaban a los términos de la guerra cultural del Brexit. El proyecto se estrechó justo en el momento en que era necesario que se ensanchara, y en 2019 estaba claro que se dirigía cada vez más a sus propias bases de apoyo y cada vez menos a la clase en su totalidad.

En 2015 el Partido Laborista había prometido revertir la larga tendencia al declive que el partido sufría en las áreas del interior, un proceso que se remontaba a la pérdida de 5 millones de votos durante el gobierno de Blair. Pero en 2019 estaba claro que esta erosión seguía su curso. En lugar de verlo como una ruptura con todo lo que las comunidades posindustriales odiaban del nuevo Partido Laborista, el corbinismo terminó presentándose como un fenómeno igualmente distante y con las mismas actitudes esquivas.

La izquierda ha tendido a hacer recaer toda la responsabilidad sobre factores objetivos, como la influencia maliciosa de la prensa de derecha (y, por supuesto, su impacto no debe ser subestimado). Pero incluso en ese caso, debe plantearse la pregunta: ¿Cuál fue la estrategia para enfrentar estos factores? Más del 60% de los periódicos que la gente lee todos los días en Gran Bretaña son propiedad de Rupert Murdoch y del Daily Mail. Este fenómeno no es nuevo.

El corbinismo no tuvo suficiente presencia en las comunidades posindustriales como para sortear la influencia de estos medios. ¿El plan era ganarse a la prensa existente que se inclina hacia la izquierda? Parece haberse hecho poco esfuerzo en este sentido, lo cual es comprensible, dada la hostilidad hacia Corbyn. Las redes sociales nunca son suficientes. En este contexto, el fracaso para explorar alternativas serias en este terreno parece dar prueba de una corta visión de futuro. Después de todo, incluso la tímida dirección del Partido Laborista de los años ochenta dio su apoyo al frustrado intento del proyecto News on Sunday. ¿Por qué el movimiento fue tan reticente a explorar la construcción de instituciones propias?

La tragedia de todo esto fue que, a diferencia de lo que sucedió años anteriores, el Partido Laborista tenía un mensaje que valía la pena transmitir. Las políticas que proponía –un banco de inversión nacional, una verdadera puesta a punto de las redes de transporte, poderes y financiación suficiente para los municipios locales, y miles de empleos industriales verdes– hubiesen enmendado sustancialmente todo el daño infligido por Margaret Thatcher en las áreas de clase trabajadora. Lamentablemente, en un paisaje político dominado por el Brexit, estas políticas no tuvieron suficiente resonancia como para combatir la narrativa de los tories: el laborismo no respeta el resultado del referéndum porque no te respeta a ti.

El muro rojo se desmorona

Los fracasos acumulados del corbinismo quedaron al descubierto el 12 de diciembre de 2019. Un partido de oposición con un programa de políticas populares fue aplastado por un partido con 10 años en el gobierno, que implementó políticas económicas que iban en una dirección que la mayoría de las personas consideraban errada. Esto no hubiese sido posible sin el Brexit, que llegó a dominar la política británica y, en el proceso, rescató al Partido Conservador de su propia historia.

Se hicieron muchas críticas a la campaña electoral del laborismo. Le faltó el dinamismo de 2017, con menos actos a los que cada vez asistía menos gente, una campaña audiovisual que solo encontró algo de inspiración durante los últimos días, y un eslogan –“Es tiempo de un verdadero cambio”– en el que se sentía cada partícula del focus group que le dio origen. El manifiesto proponía políticas excelentes, pero le faltaba una visión coherente de cómo sería una sociedad gobernada por el Partido Laborista, lo cual habilitaba a que sea caricaturizado como una lista de supermercado de promesas fantásticas.

Pero en realidad la suerte ya estaba echada mucho antes de diciembre. En 2019, el corbinismo no era un proyecto que las comunidades de la clase trabajadora sintieran como propio. Su llamado a la movilización se había desvanecido. Atrapado en un juego de Westminster que no podía ganar, el Partido Laborista volvió a parecerse a un partido político cualquiera. Mientras tanto, el debate sobre el futuro del país giraba en torno del Brexit. La coalición de clase de la que depende la política socialista se dividió entre los bandos en competencia.

Quienes todavía lo defendían, apuntaron al hecho de que el partido laborista perdió más de un millón de votos contra los partidos anti-Brexit. Esto es cierto, a pesar de que muchos de estos votos estaban en Escocia, en donde el proceso era bastante distinto. La campaña despiadada de Voto del Pueblo, que apuntaba contra Jeremy Corbyn, causó estragos. Sin embargo, terminó quedándose corta de forma desastrosa. No solo los Liberal Demócratas pasaron un mal momento, sino que los tories que estaban a favor de permanecer en la Unión Europea se mantuvieron en general aferrados a su partido.

El balance de los Liberal Demócratas fue mordaz al considerar que su campaña los había llevado a estrellarse contra un muro a toda velocidad. De hecho, fue tan lejos como para admitir que la política del partido de revocar el Brexit “lo alienó de grandes porciones de la población”, incluso de muchas que habían votado a favor de permanecer en la Unión Europea.

A pesar de las miles de millones de libras gastadas –y lo cierto es que, en un punto, Voto del Pueblo llegó a disponer en sus oficinas de una cantidad de personal casi tan grande como la de los Liberal Demócratas– el único resultado de la campaña a favor de permanecer en la Unión Europea fue dañar al Partido Laborista y derrotar a Jeremy Corbyn. No hay que hacerse a la ilusión de que esto pueda representar algún tipo de consuelo para toda la gente que se involucró en el proceso.

Pero fueron las áreas que votaron a favor de abandonar la Unión Europea las que definieron las elecciones. Cincuenta y dos de los sesenta escaños que perdió el Partido Laborista habían votado abandonar la Unión Europa en 2016. Una encuesta de YouGov, realizada poco tiempo después de las elecciones, mostró que el laborismo perdió al 40% de sus votantes que estaban a favor de abandonar la Unión Europea contra los tories y contra el Partido del Brexit. Solo la decisión del Partido del Brexit de no retirarse de la disputa por los escaños del laborismo evitó que se perdiera otra docena o más en los lugares en los que su intención de voto era más elevada que el margen necesario para la victoria.

Otra encuesta de YouGov demostró cuáles fueron los motivos de esta transformación: el 49% cambió su voto a causa del Brexit, mientras que solo el 27% lo hizo a causa de Corbyn. El informe interno del Partido Laborista acerca del fracaso electoral –que claramente fue escrito para justificar la línea política moderada de Keir Starmer– destacó que los tories se las habían arreglado para ganarse a casi 2 millones de personas que antes no votaban, en su mayoría hombres blancos y viejos, gracias a la cuestión del Brexit.

Muchos de los escaños que el laborismo perdió eran baluartes que el partido había sostenido a lo largo de muchas generaciones. Mantenía sus bases de apoyo en Leigh desde 1922, en Newcastle-under-Lyme desde 1919 y en Rother Valley desde 1918. En muchos distritos, el laborismo no solo perdió: fue diezmado. En Ashfield, el partido perdió 18 puntos y terminó tercero. En Great Grimsby cayó 17 puntos, y ahora hay un margen a favor de los tories de más de 7.000 votos  en un distrito que el laborismo conservaba desde la Segunda Guerra Mundial.

En todos estos lugares, la tendencia a la debacle del laborismo comenzó hace más de una década, de forma tal que 2017 no fue más que un accidente. Pero aun así había claras señales de alerta. En los distritos que votaron a favor de abandonar la Unión Europea que el laborismo perdió durante la ola corbinista, la foto de 2019 es desastrosa. La mayoría de los tories en Stoke-on-Trent South tiene un margen de 11.000 votos; en Walsall North, se acerca a los 12.000; en North East Derbyshire, el margen está alrededor de los 13.000 votos; y en Mansfield, es de 16.000. Hace menos de cinco años, todos estos distritos tenían representantes laboristas.

Ganar la batalla, perder la guerra

La derecha del partido ha utilizado la derrota electoral de diciembre para argumentar que el proyecto de Corbyn fracasó completamente y que debería ser relegado al olvido. Independientemente de lo que haya dicho durante su campaña, Keir Starmer parece seguir la misma lógica. Debe tenerse en cuenta que recientemente despidió a la corbinista más destacada de su gabinete en la sombra, Rebecca Long-Bailey.

La política de Starmer es un intento de dar marcha atrás al reloj del laborismo hasta volver a las posiciones de “izquierda moderada” de Ed Miliband (lo suficientemente moderada, debe recordarse, como para incluir el ataque a las políticas de asistencia social y a los sindicatos). Starmer pretende desplegar esta agenda de forma más competente, presentándose ante la prensa británica de derecha como una “oposición sensible” que, en realidad, ofrece poca resistencia al gobierno de Boris Johnson.

Este programa ha generado que el partido repunte en las encuestas, aunque aun así se mantiene muy por debajo de los niveles que alcanzó durante el auge del corbinismo a fines de 2017 y en 2018. E incluso si Starmer lograra restaurar la fortuna electoral del partido con este enfoque, probablemente falten cinco años para que haya nuevas elecciones. Su política garantizará que esos cinco años sean utilizados para producir un prolongado desplazamiento hacia la derecha en todos los temas, desde la economía hasta la política exterior, pasando por las libertades civiles.

Cabe recordar que, incluso derrotado, Jeremy Corbyn recibió más de 10 millones de votos, una cantidad considerablemente mayor que la que el partido recibió bajo la dirección moderada de Ed Miliband. De hecho, las elecciones de 2017, en las que el laborismo obtuvo casi 13 millones de votos bajo el liderazgo izquierdista de Corbyn, fueron las únicas desde 1997 en las que el partido contó con un apoyo amplio en todo el país.

Está claro cuál fue el motivo: el programa político del laborismo bajo Corbyn fue enormemente popular. Las encuestas de BMG Research luego de las elecciones mostraron que su atractivo todavía perdura. Mostraron que hay una mayoría aplastante que está a favor de políticas como la atención personal gratuita (83% a favor, contra un escaso 3% que se opone), huella de carbono cero en 2030 (70% contra 7%), salario mínimo de £10 (67% contra 12%) y un aumento de impuestos para quienes ganan más de £80,000 (60% contra 16%).

Los planes de nacionalización del laborismo también contaron con un apoyo significativo, particularmente en el caso de los trenes (57% contra 16%), el agua (54% contra 18%), la energía (52% contra 20%) y el correo (48% contra 21%). La renacionalización del Servicio Nacional de Salud (NHS, por sus siglas en inglés) también contó con un apoyo similar (48% contra 19%). Incluso la nacionalización de la banda ancha, citada por la crítica como una política que contribuyó a la caída del laborismo, fue aprobada con un margen de 47 puntos contra 21.

Durante cuatro años, el laborismo de Jeremy Corbyn transformó profundamente el debate económico. Tan temprano como en las elecciones generales de 2015, el partido había aceptado que la austeridad era un mal necesario. Prometía igualar el ajuste de los tories con otro ajuste que dejaría afuera a un pequeño número de áreas protegidas. El título de su manifiesto era “reducir el déficit cada año”.

En la actualidad, la corriente se ha vuelto en contra de la austeridad. Pero en términos más fundamentales, se ha vuelto en contra del mercado. En los años ochenta, Margaret Thatcher vendía al mercado como la panacea de los problemas económicos de Inglaterra (dinámico, eficiente y capaz beneficiar el consumo). Este sentido común perduró por décadas, pero el corbinismo lo hizo estallar.

La pandemia ha dejado en claro hasta qué punto existe un consenso acerca de que el Estado y las instituciones públicas deberían jugar un rol más importante en la economía. Incluso el gobierno del Partido Conservador tuvo que abandonar sus raíces thatcheristas para coquetear con un enfoque más intervencionista. Ha prometido incrementar el gasto en el NHS y en infraestructura, y ha apoyado una asistencia salarial sin precedentes bajo la forma de una licencia obligada por la pandemia. Esto está generando presión en su propia coalición.

 

La transformación del debate económico no fue el único legado de Corbyn. Luego de muchos años durante los cuales las afiliaciones al partido disminuían y su política parecía vaciarse, el corbinismo produjo un crecimiento increíble en el número de afiliaciones, superando las quinientas mil en su punto más álgido. Ganó a una generación de gente joven para la política socialista e impuso posiciones antiguerra en la agenda política. Hizo creer a millones de personas que un cambio real era posible a través de la acción colectiva y que la política podía ser algo más que elegir el mal menor.

Este legado no debe ser abandonado, debe ser una base sobre la cual seguir construyendo. Las batallas que el corbinismo luchó fueron las que enfrentará cualquier Partido Laborista que apunte a modificar el equilibrio de fuerzas a favor de los trabajadores y de las trabajadoras. No es momento de evitar estas peleas. Es tiempo de prepararse para ganarlas la próxima vez.

Cierre

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