Desde sus inicios, la legislación sobre la propiedad intelectual ha tenido tanto defensores entusiastas como detractores furibundos. Los primeros la vieron como la reivindicación de un derecho particular absoluto sobre una idea (fuera esta una invención tecnológica o una creación artística). Los segundos, por su parte, resaltaron las consecuencias nefastas de concebir las ideas como una posesión exclusiva y excluyente.
Benjamin Franklin sostenía que, puesto que disfrutamos de grandes ventajas gracias a las invenciones de otros, deberíamos alegrarnos de tener la oportunidad de servir a los demás con cualquier invención propia, y que esto deberíamos hacerlo libre y generosamente. En una línea parecida, Thomas Jefferson consideraba que la regulación de la propiedad intelectual como posesión privada ilimitada se fundaba en la falsa creencia de que solo así se podía fomentar la creatividad y promover el crecimiento económico:
Inglaterra fue, hasta que la copiamos, el único país de la tierra que alguna vez, mediante una ley general, dio un derecho legal al uso exclusivo de una idea. […] Otras naciones han pensado que estos monopolios producen más vergüenza que ventaja a la sociedad; y puede observarse que las naciones que rechazan los monopolios de invención son tan fructíferas como Inglaterra en dispositivos nuevos y útiles. (Jefferson, 1905, p. 66).
Las regulaciones sobre propiedad intelectual expandieron sus dominios geográficos durante el siglo XX. Pero en los últimos cincuenta años ampliaron aceleradamente el tipo de realidades —tangibles e intangibles— susceptibles de ser concebidas como una propiedad intelectual. La regulación actual de la producción científica y tecnológica a escala global se articuló a fines del siglo XX, fundamentalmente a partir de los acuerdos TRIPS (OMC, 1995), auspiciados por la Organización Mundial del Comercio (OMC). A partir de allí, la producción intelectual fue tratada de forma habitual como propiedad (absoluta) privada, dando pie a la consolidación de nuevos mercados que tuvieron la producción tecnocientífica como mercancía.
Esta reconfiguración hegemónica de la propiedad intelectual presenta determinados rasgos que permiten encajarla en lógicas y fenómenos históricos, institucionales, políticos y estructurales de hondo calado. Por un lado, la privatización del conocimiento científico puede englobarse en el desmantelamiento, durante el último cuarto del siglo XX, del pacto social de posguerra (y la consiguiente aplicación de políticas neoliberales en todo el mundo), traducido en una serie de privatizaciones, cercamientos y «aperturas» al mercado en campos que habían permanecido ajenos a la comercialización.
Por otro lado, esta regulación de la producción científica y tecnológica supone una apropiación del conocimiento que excluye a todos los no propietarios de su uso y acceso. Esta «acumulación por desposesión» que se sustenta en una concepción absolutista de la propiedad se antoja un mecanismo constante en el desarrollo del modo de producción capitalista, y parece encontrar su espacio en los nuevos marcos reguladores de la propiedad intelectual.
Neoliberalismo y conocimiento científico
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, y de la mano de los acuerdos de Bretton Woods, comenzó a desarrollarse una política económica regida por los postulados keynesianos. En resumidas cuentas, este modelo auspició una intervención estatal fuerte, garantizando un conjunto de servicios públicos a la población general (mediante los sistemas de pensiones, la sanidad y la educación públicas y políticas de dependencia), a la vez que nacionalizando sectores clave (como el energético o el de transportes).
Se estableció la soberanía de los Estados sobre los mercados internacionales de capitales —dando pie al inicio de los procesos de descolonización del Sur Global y la expansión del «socialismo real» más allá de la URSS—, a la vez que se fijó una fiscalidad elevada para aquellos tipos de ingresos «no ganados» (desmercantilizando así los mercados monetario e inmobiliario de forma parcial). Todo esto, sumado al reconocimiento formal de los sindicatos a través de la negociación colectiva, proporcionó una seguridad socioeconómica inaudita para la clase trabajadora, si bien se reconocía implícitamente la renuncia a discutir el modelo de producción y la propiedad de los medios productivos.
A partir de 1980 se produjo un giro en la dirección de las políticas económicas con impacto a escala global, resultando en lo que hoy llamamos neoliberalismo. Se abandonaron los principios establecidos en el pacto social de posguerra para prescindir de la intervención estatal en cuantos campos sea posible, permitiendo que sea el mercado el que se encargue de regularlos. Así pues, acontecieron multitud de privatizaciones a lo largo y ancho del mundo, imponiéndose la visión absolutista de la propiedad y haciendo que su función social, que quedaba recogida en el pacto social de posguerra, se aplique cada vez de manera más residual (si bien sigue estando presente en muchas de las constituciones latinoamericanas —como las de Brasil, México y Colombia— y algunas europeas).
La privatización del suministro de agua municipal en Cochabamba, Bolivia, que dio lugar a la llamada «Guerra del agua» en el año 2000; la privatización, en España, de un sector estratégico como es el energético en 1998 (si tenemos en cuenta cuando deja de participar el Estado, en la medida que sea); la privatización, en la década de 1990, de la red de transportes y las telecomunicaciones en la Argentina de Menem; o el control y privatización de la producción social y cultural en Internet son solo algunos de los tantos casos que dejan patente la re-regulación neoliberal y su alcance global. Todos estos cercamientos y privatizaciones alrededor del mundo no hacen más que constatar, si es que todavía quedaba alguna duda, el nuevo rumbo de las políticas económicas.
Así, los actuales marcos reguladores de la propiedad intelectual responden a las lógicas de un proceso político-económico más amplio, que ha consistido en la sustitución del pacto social de posguerra por la doctrina neoliberal de la autorregulación de los mercados y el laissez-faire, ocasionando una ola de privatizaciones y cercamientos a escala global, de los que el caso del conocimiento científico no es ajeno.
Acumulación originaria y acumulación por desposesión
De igual forma que la relación entre la redefinición política del conocimiento científico y el desmantelamiento de las políticas keynesianas se antoja insoslayable, la sucesión de privatizaciones a raíz de la aplicación de políticas neoliberales parece encontrar explicación —parcial— en lo que David Harvey bautizó como «acumulación por desposesión». Pero antes de abordar cómo se relaciona la privatización del conocimiento con la acumulación por desposesión, sirva la conceptualización siguiente para definir y acotar a qué nos referimos cuando hablamos de acumulación por desposesión.
A fin de aclarar en qué consiste este mecanismo, resulta conveniente presentar primero el concepto de acumulación originaria propuesto por Marx. El término de acumulación originaria hace referencia a los rasgos subyacentes tras los procesos de apropiación de tierras —mediante privatizaciones y cercamientos— que tuvieron lugar principalmente en la Inglaterra del siglo XVII. Estos procesos desposeyeron a gran parte del campesinado de la tierra como medio de producción y dieron lugar a grandes masas de población que, al contar únicamente con su fuerza de trabajo, sirvieron como primer proletariado para la burguesía incipiente. Tal es así que, en palabras de Marx:
En la historia de la acumulación originaria hacen época todas las transformaciones que sirven de punto de apoyo a la naciente clase capitalista, y sobre todo los momentos en que grandes masas de hombres son despojadas repentina y violentamente de sus medios de subsistencia y lanzadas al mercado de trabajo como proletarios libres y desheredados. Sirve de base a todo este proceso la expropiación que priva de su tierra al productor rural, al campesino. (Marx, 2002, p. 3)
La acumulación originaria, pues, engloba todos los procesos de apropiación de tierras acaecidos en la génesis del modelo de producción capitalista que hicieron posible su desarrollo en tanto que desposeyeron de su medio de vida —la tierra— a grandes masas de población, produciendo que estas se vieran forzadas a vender su fuerza de trabajo como único medio de subsistencia y sentando las bases para el mercado de trabajo y el modo de producción propios del sistema capitalista.
Sin embargo, mientras que Marx identificó estos procesos con los albores del capitalismo, adscribiéndolos a ese momento concreto de la historia (aunque hay quienes apuntan que realmente no delimitó la acumulación originaria de manera estricta a la etapa fundacional del capitalismo), Harvey señala que los rasgos esenciales de la acumulación originaria «han seguido poderosamente presentes en la geografía histórica del capitalismo hasta día de hoy».
Harvey se nutre de las características primordiales de los procesos que Marx observa en la acumulación originaria para dar cuenta del mecanismo de acumulación por desposesión como herramienta de refundación constante del modelo de producción capitalista, arguyendo que, desde entonces hasta nuestros días —no de forma progresiva e ininterrumpida, sino con momentos de aceleración y desaceleración—, no han cesado los desplazamientos forzados de poblaciones rurales que forman nuevos proletariados desposeídos, las privatizaciones de recursos que tradicionalmente se habían gestionado en común, la esclavitud o la extinción de modelos de producción alternativos al capitalista. Todos estos elementos justifican el supuesto de que los rasgos centrales que Marx atribuyó a la acumulación originaria han estado vigentes en el modo de producción capitalista hasta la actualidad, reproduciéndose por medio de la acumulación por desposesión.
La presencia constante de la acumulación por desposesión, apunta Harvey, encuentra su razón de ser en las crisis cíclicas de sobreacumulación propias del capitalismo. De este modo, cuando grandes excedentes de capital permanecen estáticos sin un horizonte rentable, este instrumento sirve como vía de escape para invertir en los campos cercados con un coste mínimo y una rentabilidad prácticamente garantizada.
«El hecho determinante […] es el excedente de capital. Lo que posibilita la acumulación por desposesión es la liberación de activos (incluida la fuerza de trabajo) a un coste muy bajo (y en algunos casos nulo)». Así, las privatizaciones y liberalizaciones permiten invertir el capital «sobreacumulado», que permanecía estático, sin visos de poder extraerle un beneficio (y dando pie a una potencial crisis de sobreacumulación provocada por el estancamiento del crecimiento económico constante del que requiere el modelo capitalista), en nuevos mercados en los que la rentabilidad está garantizada, entre otros factores, por el bajo o inexistente coste que implica participar en ellos.
La acumulación por desposesión hoy
De acuerdo a Rosa Luxemburgo, cualquier proceso de acumulación de capital engloba, en primer lugar, un aspecto netamente económico, referente a la acumulación de la clase capitalista derivada de su relación con los trabajadores asalariados, y, en segundo lugar (el aspecto que más nos interesa en este caso), uno político, en el que la acumulación se da entre el capital y los modos de producción no capitalistas a nivel global. Así pues, como señala Jordi Mundó, «En este proceso participarían fundamentalmente la política colonial, el sistema de empréstitos internacionales, la política de intereses privados y la guerra».
Por lo que respecta a la política colonial y la guerra —dado que en muchas ocasiones se explican entre sí—, sobran los casos en los que este aspecto de la acumulación capitalista se hace palpable. Ya sea observando al imperialismo británico de los siglos XVIII y XIX, con las famosas Guerras del Opio (1839-1842/1856-1860), o el del imperialismo estadounidense de los siglos XX y XXI y la Guerra de Iraq (2003-2011). En ambos casos, atendiendo a intereses económicos privados —derivados del comercio de opio, en el caso del imperio británico, y de las reservas de petróleo como recurso estratégico, en el caso estadounidense—, se aplican políticas coloniales mediante la fuerza a fin de garantizar este aspecto del proceso de acumulación de capital.
Además de la guerra, estas políticas coloniales o imperialistas conllevan la apropiación de tierras y materias primas, despojando a poblaciones locales de sus medios de subsistencia, incorporándolas al mercado como fuerza de trabajo y ahogando las formas de producción alternativas (generalmente indígenas). Para su desarrollo, el modelo de producción capitalista se ha apropiado recurrentemente de las materias primas (también de poblaciones enteras, en un sentido estricto, véase, pues, el comercio masivo de esclavos de los siglos XVIII y XIX) de los territorios del Sur Global.
Estos flujos continúan vigentes en la actualidad: la deforestación incesante del Amazonas y el sudeste asiático, o la proliferación de minas en África para la extracción de materias primas necesarias en la elaboración de productos tecnológicos o la trata de personas (mediante el comercio sexual, la explotación infantil y la esclavitud) dan cuenta de ello. No obstante, estos no son los únicos procesos en los que cristaliza la acumulación por desposesión.
La avalancha de cercamientos y privatizaciones a raíz de la implementación de políticas neoliberales a finales del siglo pasado también parece guiarse por los patrones de este mecanismo de apropiación. Desde 1980 se ha venido re-regulando una amalgama de bienes y recursos a escala global para permitir la inversión privada en los mercados creados en base a esta nueva regulación para, de acuerdo con Harvey, dar salida a grandes estanques de capital «sobreacumulado». De Norte a Sur, se han privatizado aguas y tierras comunes, servicios públicos como la sanidad y la educación, redes de transporte, empresas estatales (con especial relevancia, las del sector energético), sistemas de comunicación y de información, recursos y procesos naturales o biológicos y un amplio abanico de campos en los que, antes de la ola neoliberal, se imponía una concepción de la propiedad distinta a la privada —sea comunal, colectiva o estatal— en la regulación de sus usos y accesos.
Asimismo, la «financiarización» de la economía, un rasgo distintivo del modelo de producción capitalista en las últimas décadas, si bien se ha intensificado desde la década de 1970, también presenta elementos propios de la acumulación por desposesión. El mercado financiero se antoja como un sustractor del valor que no produce nada con su labor, algo parecido a un rentista. En esta línea, el dinero cobra valor como mercancía, como un «valor generador de valor» por sí mismo, sin añadir ningún valor real:
El ocaso de la actividad productiva en favor de la financiera es uno de los síntomas más acusados de la acumulación por desposesión neoliberal, con renovadas capacidades para extraer valor de diversas maneras: a) «creando una brecha, en forma de costes de transacción entre los proveedores y los receptores de la financiación»; b) «mediante el poder de monopolio, en especial en el caso de los bancos» y c) «con altos cargos en relación con los riesgos asumidos, en particular en la gestión de fondos». (Sánchez, 2020, p. 264)
El sector financiero también echa mano de los mecanismos de apropiación característicos de la acumulación por desposesión, creando mercados «ficticios» y restringiendo el acceso al valor que en estos se contiene, así como su uso y provecho. El caso de la «financiarización» entraña la peculiaridad de que el valor que extrae no se sostiene en ningún valor añadido o producido, sino que mercantiliza el dinero como generador de valor por sus propios medios, justificado simplemente, en palabras de Marx, por «el fetiche del capital», además de poner en evidencia la «ficción de la mercancía» de la que hablaba Karl Polanyi.
Las políticas coloniales e imperialistas, las guerras, la «financiarización» de la economía y los continuos cercamientos comparten el hecho de entrañar mecanismos de apropiación de capital fundamentados en la desposesión. Esta desposesión forzosa y violenta se sostiene en los principios de la asunción absoluta (exclusiva y excluyente) de la propiedad, ya que no solo concede la titularidad a un propietario privado y particular, sino que niega cualquier forma de acceso y uso a los no propietarios. La acumulación por desposesión, por tanto, se presenta como un mecanismo inherente al proceso de desarrollo del modelo de producción capitalista en tanto que permite un crecimiento constante (evitando así las crisis de sobreacumulación), creando y abriendo nuevos activos al mercado —fuerza de trabajo incluida— mediante la apropiación autoritaria de bienes, territorios, recursos, servicios, poblaciones, conocimientos y modos de producción alternativos, y excluyendo al resto su acceso.
Acumulación por desposesión y privatización del conocimiento
Llegados a este punto, se dan las condiciones que permiten plantearse la acumulación por desposesión como un elemento útil para comprender el reciente cercamiento del conocimiento científico. La escalada de privatizaciones de tierras, aguas, materias primas y multitud de otros bienes y recursos enmarcada en las reformas re-reguladoras neoliberales también ha afectado a la innovación científica y tecnológica. Este cercamiento se ha hecho notar en numerosos aspectos, pues ha privado del acceso a conocimientos y productos de subsistencia a poblaciones de todo el mundo:
También se han creado nuevos mecanismos de acumulación por desposesión. La insistencia en los derechos de propiedad intelectual en las negociaciones de la OMC (el llamado acuerdo TRIPS) indica cómo se pueden usar ahora las patentes y licencias de material genético, plasma de semillas y muchos otros productos contra poblaciones enteras cuyas prácticas han desempeñado un papel decisivo en el desarrollo de esos materiales. Crece la biopiratería y el pillaje de la reserva mundial de recursos genéticos en beneficio de media docena de grandes empresas farmacéuticas.
La mercantilización de la naturaleza en todas sus formas conlleva una escalada en la merma de los bienes hasta ahora comunes que constituyen nuestro entorno global (tierra, agua, aire) y una creciente degradación del hábitat, bloqueando cualquier forma de producción agrícola que no sea intensiva en capital. La mercantilización de diversas expresiones culturales, de la historia y la creatividad intelectual conlleva desposesiones integrales (la industria de la música descuella como ejemplo de la apropiación y la explotación de la cultura y creatividad populares). (Harvey, 2004, p. 118)
La privatización del conocimiento, inmersa en un proceso más amplio de cercamientos y privatizaciones a raíz del abandono del pacto social de posguerra, empalma con los mecanismos de apropiación y acumulación de capital propios de la acumulación por desposesión. Los nuevos marcos reguladores de la propiedad intelectual suponen hacer inaccesibles una infinidad de conocimientos —y sus productos y procedimientos relacionados— a grandes masas de población de todo el mundo. La patentabilidad de medicamentos y semillas, por ejemplo, ha supuesto la imposibilidad de su uso para quienes ocupan una posición más débil en la geografía política global.
Un caso paradigmático y muy socorrido cuando se trata la privatización y mercantilización de la propiedad intelectual, es la desposesión en los últimos tiempos del medio de vida de grandes masas de agricultores en la India derivada de las patentes biotecnológicas en pos de un mercado prácticamente monopolístico de semillas a escala global, de lo que da buena cuenta la obra de Vandana Shiva. En la India, el mundo agrícola se ha sostenido, entre otros factores, gracias a una cultura muy arraigada de intercambio y comercio de semillas. Esta cultura aseguraba cierto grado de biodiversidad agrícola, así como el sustento de poblaciones enteras de campesinos.
Con el nuevo marco regulador del conocimiento, se sientan las bases para que grandes corporaciones biotecnológicas añadan pequeñas modificaciones genéticas y patenten estas semillas. En muchos casos, estas patentes son posibles gracias a la existencia de un cuerpo acumulado de conocimiento previo creado y distribuido colectivamente: las semillas actuales son el resultado de siglos de selección, cruce y descarte llevado a cabo por generaciones incontables de campesinos a lo largo de la historia. Esto muestra hasta qué punto puede ser conflictiva la posibilidad de patentar este tipo de productos que, por un lado, son el fruto de largos procesos históricos y culturales (constituyendo auténticas «economías naturales») y, por otro, suponen el medio de vida de grandes masas de población.
En definitiva, lo que este tipo de ejemplos ponen en evidencia es cómo un campo hasta el momento ajeno al mercado se regulariza para permitir la inversión de capitales con una rentabilidad asegurada. De este modo se construye una apropiación del conocimiento bajo la lógica absolutista de la propiedad y su consecuente mercantilización, excluyendo al resto, a los no propietarios, los desposeídos, de su acceso y uso y haciendo exclusivos los beneficios y provechos extraíbles a los patronos de la propiedad intelectual.
Consecuencias para la ciencia
Además de las consecuencias socioeconómicas directas del cercamiento del conocimiento científico y la consiguiente desposesión que esto conlleva, como en el caso de los campesinos indios, este proceso puede comportar repercusiones internas en el desarrollo y progreso de la propia ciencia, socavando su avance. Si atendemos a lo expuesto por Robert Merton, la ciencia moderna se ha desarrollado, además de por la acumulación de métodos y técnicas válidos y por un cuerpo robusto de conocimientos demostrados y demostrables, por un conjunto de valores y normas culturales que, a partir del cercamiento y mercantilización de la producción científica, se ponen en jaque.
Estos valores, como el comunismo (la ciencia entendida como el producto de un trabajo colectivo y acumulativo), el universalismo (que sugiere que la ciencia no debe obedecer a límites de tipo religioso, étnico, de género…), el desinterés (esto es, excluir cualquier interés o motivo económico y político, concibiendo la producción científica como una labor «autotélica», la ciencia por el conocimiento) y el escepticismo organizado (validar y comprobar todos los métodos y conocimientos que aspiran a ser de carácter científico) han sido absolutamente esenciales para el desarrollo de la ciencia hasta ahora. Sin embargo, a partir de la apropiación del conocimiento científico encajada en los nuevos marcos reguladores de la propiedad intelectual, se ven puestos en riesgo.
La privatización del conocimiento choca con el principio de comunismo, pues impide poner en común los avances científicos y desarrollar la ciencia como tarea colectiva. El desinterés económico queda seriamente en entredicho, más aún si se tiene en cuenta la deriva de la industria farmacéutica —recordemos que es el sector económico mundial que más invierte en publicidad (25% de sus ingresos), además de la «financiarización» desbocada que padece— o el comportamiento de la industria agroalimentaria ligada a las patentes.
Si asumimos las condiciones externas —o sea, los valores culturales— que propone Merton como habilitadoras del desarrollo y progreso de la ciencia moderna tal y como la hemos conocido hasta ahora, estos elementos justifican el planteamiento de que los nuevos marcos reguladores de la propiedad intelectual, regidos por los mecanismos de apropiación propios de la acumulación por desposesión, suponen un riesgo para el avance de la producción científica y tecnológica al deshacer, en parte, el contexto externo que lo había venido propiciando.
Qué hacer
El cercamiento del conocimiento científico tiene consecuencias en dos direcciones: una interna y otra externa. El impacto interno hace a las repercusiones nocivas de la privatización del conocimiento en el desarrollo de la propia ciencia.
Si entendemos la ciencia como un proceso colectivo y acumulativo de métodos, técnicas, herramientas y conocimientos (demostrados y demostrables), su apropiación (por desposesión) dificulta esta tarea, pues impide poner en común los avances que van teniendo lugar. Dicho de otro modo, el principio de comunalidad de Robert Merton se ve seriamente socavado. Por otro lado, la desposesión de grandes poblaciones rurales de su medio y modo de producción o la mercantilización y «financiarización» de determinadas industrias ponen de manifiesto las connotaciones externas (económicas, sociales, políticas y culturales) de la re-regulación del conocimiento científico como propiedad (absoluta) intelectual.
No existe argumento capaz de sostener un sistema que en un par de siglos nos ha llevado al borde de una crisis climática y natural irreversible, que niega de forma sistémica el acceso a bienes básicos para la vida a poblaciones de todo el mundo, que ahoga las fuentes de conocimiento y que, en definitiva, sustrae todo aquello de valor para la vida que producen la naturaleza y el trabajo humano, para ser acumulado por los tataranietos de los dueños del mundo. No existe, además, cuando disponemos de la tecnología, el conocimiento y los recursos necesarios para hacer que todo esto no ocurra. El sistema debe trabajar para las personas, no las personas para el sistema.
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