Todas las reseñas entusiastas sobre la versión de cuatro horas y cuarenta y un minutos de Kill Bill de Quentin Tarantino —estrenada originalmente como dos películas separadas en 2003 y 2004— resultan una irritantes si efectivamente uno va a ver la maldita cosa, ahora titulada Kill Bill: The Whole Bloody Affair. Cambió tan poco que sorprende. Básicamente son las dos primeras entregas pegadas una a la otra, con un intermedio de quince minutos en el medio, un efecto que cualquiera podría lograr en su casa viendo ambas películas con una pausa larga para ir al baño.
Por si hace falta recordarlo, Kill Bill es la saga de una asesina de élite llamada Beatrix Kiddo (Uma Thurman), que despierta de un coma de cuatro años y emprende una venganza prolongada y sangrienta contra su ex mentor y amante Bill (David Carradine) y el escuadrón de sicarios que estuvo a punto de matarla. Cuando Beatrix finalmente despierta, parece que también perdió al bebé que estaba gestando. Esa es otra razón fundamental por la que, en la lista de asesinatos vengativos que planea llevar a cabo —anotada prolijamente en un cuaderno— deja para el final al verdadero padre del bebé, después de los asesinatos previstos de los miembros del escuadrón: Vernita Green (Vivica A. Fox), O-Ren Ishii (Lucy Liu), Elle Driver (Daryl Hannah) y Budd, el hermano de Bill (Michael Madsen). Y recién entonces, declara: «Voy a matar a Bill».
En esta nueva versión hay, en realidad, apenas cuatro cambios principales. Primero, Tarantino duplicó la duración de la secuencia animada, desarrollando el trasfondo de la temible jefa yakuza O-Ren Ishii. Segundo, la violencia en blanco y negro de la extraordinariamente sangrienta escena del boliche de Tokio fue restaurada a un color rojo intenso. Tercero, cierto material de «transición» del inicio de Kill Bill: Vol. 2, filmado en blanco y negro a modo de homenaje a determinadas películas de la Nouvelle Vague francesa, ahora aparece durante los créditos finales. Cuarto, el breve epílogo al final de Kill Bill: Vol. 1, que incluía una voz en off de Bill revelando que el bebé de Beatrix no había muerto en la masacre del casamiento después de todo, ahora desapareció.
En las reseñas elogiosas se puede leer que Kill Bill: The Whole Bloody Affair recién ahora puede apreciarse plenamente como la obra maestra que es. Se trata de la clásica mirada de veneración al autor, que presenta cada «versión del director» como una revelación una vez liberada de las viles interferencias de productores codiciosos y ejecutivos de estudio. Y a veces las versiones del director efectivamente son reveladoras. Pero otras veces son excesivamente largas y están empastadas de material innecesario que diluye el impacto de las películas ya amadas. O, como en este caso, hacen muy poca diferencia.
La decisión original de dividir Kill Bill en dos, contra la voluntad de Tarantino, fue tomada por el productor Harvey Weinstein, del entonces floreciente estudio Miramax Films. Y, dado todo lo que ocurrió en los años posteriores —con Weinstein condenado por violación y agresión sexual y cumpliendo una pena de dieciséis años de prisión—, nadie quiere ponerse de su lado en nada. Pero hay que reconocer que prácticamente cualquier productor habría optado por exactamente el mismo estreno en dos partes, por razones puramente prácticas. Proyecciones de duración más estándar implican más espectadores y mayores ganancias. Incluso para una película «evento» como Kill Bill: The Whole Bloody Affair, es difícil lograr que personas que no son cinéfilos fervientes se comprometan a una duración cercana a las cinco horas.
El propio legado de Tarantino quedó considerablemente manchado desde la época de Kill Bill (y vale aclarar que incluso entonces ya era una personalidad desagradable que simplemente tenía habilidades cinematográficas innegables). Pero desde el estreno original de Kill Bill salieron a la luz aspectos todavía más oscuros de su carrera. En relación con su larga asociación con Harvey Weinstein, Tarantino admitió que «sabía lo suficiente como para haber hecho más de lo que hice» respecto de los hábitos depredadores de Weinstein. Esto resulta particularmente impactante si se tiene en cuenta su intensa amistad creativa con Uma Thurman durante el rodaje de Kill Bill. Ella fue una de las muchas mujeres de Hollywood que lucharon por defenderse de los avances sexuales agresivos de Weinstein.
Thurman hizo públicas sus denuncias contra Weinstein en 2018 y, en esas mismas entrevistas, también formuló serias críticas al comportamiento de Tarantino durante la filmación de Kill Bill. Aunque Tarantino incluyó un crédito en la película que señalaba su colaboración creativa «Q y U», también incurrió en actos sádicos dirigidos contra Thurman que estaban pensados para quedar en pantalla. Durante la secuencia de la pelea con los Crazy 88, por ejemplo, cuando la asesina adolescente Gogo (Chiaki Kuriyama) estrangula a Beatrix con una cadena, enrojeciéndole el rostro y haciéndole sobresalir los ojos, en realidad era Tarantino quien tiraba de la cadena justo fuera de cuadro. Cuando Budd parece escupir jugo de tabaco en la cara de Beatrix, era Tarantino quien escupía fuera de cámara. Y, lo más grave, Tarantino insistió en que Thurman condujera ella misma un auto destartalado, ignorando su pedido de que lo hiciera una doble de riesgo. Luego ella contó:
Quentin vino a mi camarín y no quería escucharme. Estaba furioso porque estábamos perdiendo tiempo, pero yo estaba asustada. Me dijo: «Te prometo que el coche está bien. Es una carretera recta. Tienes que llegar a los 65 kilómetros por hora porque si no tu melena no ondeará como debe y te haré repetirlo». Era una trampa mortal. El asiento no estaba sujeto como debía, no era una carretera recta y estaba llena de arena.
El choque resultante de estas condiciones le provocó a Thurman una fuerte conmoción cerebral, además de lesiones en el cuello y las rodillas. Tarantino se negó a permitirle el acceso a las imágenes del accidente durante quince años, en lo que él consideró un acto de expiación por un incidente del que se arrepentía. Según Thurman: «No es que importe ahora, con mi cuello dañado de forma permanente y mis rodillas hechas pedazos».
Recientemente, con motivo del reestreno en salas de Kill Bill: The Whole Bloody Affair, Tarantino volvió a ocupar titulares con una súbita catarata de comentarios no solicitados en los que atacó a actores que le desagradan. En una entrevista ampliamente citada, Tarantino afirmó que There Will Be Blood (Petróleo sangriento), de Paul Thomas Anderson, sería todavía mejor si no fuera por Paul Dano, a quien calificó como «el actor más flojo del sindicato», incapaz de actuar a la par de Daniel Day-Lewis y de convertir la película en el «duelo actoral» que debería haber sido: «Es muy flojito, amigo. Es una nenita».
Tarantino sumó a la lista de actores a los que desprecia a Owen Wilson y Matthew Lillard. Lillard señaló con bastante claridad que Tarantino estaba apuntando contra actores que carecen de poder en el ranking actual de estrellas: «Eso no se lo dirías a Tom Cruise. No se lo dirías a alguien que es una figura de primera línea en Hollywood».
Pero en los últimos tiempos Tarantino parece buscar deliberadamente la polémica a medida que demuestra cada vez menos interés en hacer películas. Su fuerte apoyo a Israel desde que se casó con su esposa israelí Daniella Pick y se mudó a Tel Aviv con sus dos hijos habría incluido, según se informó, visitas a una base militar «para levantar la moral de las FDI», respaldando así a las tropas que actualmente cometen un genocidio en Palestina. Pick declaró con orgullo en una entrevista reciente que Tarantino nunca consideró abandonar Israel por razones de seguridad mientras caían las bombas. Incluso se lo citó diciendo: «Bueno, lo que sea. Si pasa algo, moriré como sionista».
Mientras tanto, abortó su décima y posiblemente última película tras darse cuenta, luego de escribir el guion, de que no tenía un interés particular en filmarla. «Cada título de Tarantino promete muchísimo, excepto The Movie Critic» (El crítico de cine), explicó. «¿Quién quiere ver una película llamada The Movie Critic?». Aún circulan rumores de que Tarantino hará otra película distinta y tal vez final, aunque no de inmediato. En cambio, Tarantino afirma estar «muy entusiasmado ahora con el teatro en vivo».
Cada vez más, el brillo de Quentin Tarantino se apaga entre muchos cinéfilos que admiran sus innegables talentos cinematográficos pero están hartos de su cansador acting público de machito aspiracional. Aun así, conserva un público fiel entre el contingente de los dudebros, que veneran su agresividad verborrágica de nerd y lo defienden frente a cualquier reacción adversa en redes sociales.
Y el legado de éxitos de alto octanaje de Tarantino lo vuelve prácticamente intocable en Hollywood, donde está claro que siempre sería bienvenido para un regreso ruidoso, sin importar cuánto tiempo permanezca alejado. Pero ahora, semirretirado de la industria cinematográfica, Tarantino no tiene nada bueno para decir sobre el estado actual del sector, lo cual es atendible. Como argumenta en una entrevista reciente, al explicar por qué abandonó el cine para dedicarse al teatro:
Es un asunto de la puta madre lograr sacar adelante [una obra]. Pero ¿hacer películas? Bueno, ¿qué carajo es una película hoy? ¿Qué? ¿Algo que se exhibe en cines como un estreno simbólico durante cuatro putas semanas? Está bien, y ya en la segunda semana la podés ver en televisión. Yo no me metí en todo esto para obtener rendimientos cada vez menores.
Tiene razón sobre el estado de Hollywood. Pero resulta todavía más irritante que un bocón tan agresivo esté provocando desde la tribuna cuando lo que realmente necesitamos de nuestros grandes directores —especialmente de aquellos, como Tarantino, que tienen mayor capacidad de presión— es que se sumen a la primera línea en la batalla existencial por el cine estadounidense.
Steven Spielberg, que es casi veinte años mayor que Tarantino, se está lanzando de lleno nuevamente a la pelea con una gran película original de ciencia ficción, Disclosure Day (El día de la revelación). Martin Scorsese, a los ochenta y tres años, está a punto de comenzar el rodaje de What Happens at Night (literalmente «Lo que ocurre de noche», todavía sin título oficial en español). A principios de este año, el amigo de Tarantino Paul Thomas Anderson hizo un esfuerzo enorme por revitalizar las grandes películas para adultos en salas, no basadas en propiedades intelectuales, con One Battle After Another (Una batalla tras otra). Christopher Nolan no solo acaba de terminar el rodaje principal de la enormemente ambiciosa The Odyssey (La Odisea), sino que además —como flamante presidente electo del Sindicato de Directores— fue el impulsor de la declaración pública, inédita pero muy bienvenida, del DGA expresando sus «preocupaciones» sobre la posible compra de Warner Bros. por parte de Netflix:
Creemos que una industria vibrante y competitiva —una que fomente la creatividad y estimule una competencia genuina por el talento— es esencial para resguardar las carreras y los derechos creativos de los directores y sus equipos. Nos reuniremos con Netflix para plantear nuestras preocupaciones…
Y después está Tarantino, uno de los últimos cineastas de Hollywood que puede chasquear los dedos y movilizar talento y financiamiento para proyectos que no se apoyan en franquicias, recostado en la última fila y tirando bolitas de papel, negándose a volver al trabajo. En su lugar, recicla una película de más de veinte años con agregados o retoques mínimos y la presenta como algo nuevo. Si tuviera que arriesgar una hipótesis, diría que esta es, quizá, la razón más general por la que Tarantino resulta hoy muchísimo más irritante de lo habitual.
Porque en este momento el cine estadounidense está peleando por su vida. Los pares de Tarantino ya tomaron las armas, planteándose desafíos inéditos con proyectos enormemente ambiciosos pensados específicamente para la pantalla grande (y, ojalá, para grandes audiencias).
Es hora de que Tarantino vuelva a la primera línea y haga un último esfuerzo desesperado por salvar este medio que todos amamos. Si haces eso, Quentin, te prometo que después te dejamos boconear todo lo que quieras.
















