Una combinación del colapso del sistema de estudios de Hollywood, el declive de la censura y el surgimiento mundial de creativos que buscaban capitalizar el sexo y la violencia convirtió a 1960 en el año del nacimiento del cine de terror moderno.
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De El Padrino a Rojos y Alguien tiene que ceder, Diane Keaton se movió entre la comedia y el drama con naturalidad, convirtiendo la autocrítica y el control en los motores gemelos de su arte. A lo largo de décadas de reinvención, construyó una carrera inconfundiblemente propia.

La sátira de Seth Rogen y Evan Goldberg sobre el problema de la propiedad intelectual en el cine comercial —en el que todo es una adaptación de otra cosa— no logra excusar ni abordar sus propios delitos contra la propiedad intelectual.
A fines de la década de 1920, el gran director soviético Sergei Eisenstein escribió algunas notas para un proyecto con el que siempre había soñado: Das Kapital, la película.
Con una serie de brillantes películas, el director senegalés Ousmane Sembène se ganó la reputación de padre del cine africano. La política socialista y anticolonialista tuvo una profunda influencia en Sembène, que también fue uno de los grandes novelistas africanos.
Pocos lo saben, pero existe una larga y noble historia de judíos y palestinos que resisten juntos a los crímenes de Israel.
Aún estoy aquí cuenta la historia real de una familia de izquierda durante los años oscuros de la dictadura militar en Brasil. Es un relato fascinante, con personajes y detalles de época muy logrados, que bien merecido tiene el Oscar a mejor película extranjera.
El mítico actor Gene Hackman, que fue encontrado muerto esta semana a los 95 años, aportó una actitud tenaz y humilde a sus apasionantes interpretaciones.
En la década de 1960, los cineastas de izquierda, desde Francia hasta Japón, revolucionaron el documental. El antifascismo no era solo la herencia de generaciones pasadas sino un mensaje transmitido por la vanguardia en la pantalla.
Los cortometrajes del premiado cineasta Francisco Lezama captan cómo la inflación y la especulación financiera han deformado la sociedad argentina, creando una división distópica entre quienes pueden y quienes no pueden escapar de la pobreza utilizando dólares estadounidenses.








