Puede que Brasil sea el país con el más alto nivel de injusticia social de todos, aunque también sea una sociedad fascinante. Podemos enorgullecernos de la grandiosidad de la Amazonia y del encanto de un pueblo de una gran diversidad en el seno de una nación joven, el samba, Villa-Lobos, Chico Buarque, Río de Janeiro, el Pantanal, las montañas de Minas Gerais, la clase trabajadora más numerosa del sur del planeta y todo lo demás de bueno que tenemos en abundancia y que no cabe en palabras. Pero si Brasil es hermoso, también es monstruoso. La anomalía brasileña estriba en su altísimo grado de desigualdad social, especialmente inusual cuando se compara con sociedades que se encuentran en etapas de desarrollo económico equivalentes y hasta inferiores. Hay países en los que la pobreza es mayor, incluso mucho mayor, pero sólo unos pocos países africanos exhiben índices de concentración de ingresos superiores a los de Brasil. El caso brasileño es único. Hay algo extraordinariamente anormal en esa peculiaridad del capitalismo periférico en Brasil. En 2024, el índice de Gini del ingreso per cápita de los hogares alcanzó en Brasil la cifra de 0,506, el peor de América Latina. Brasil cuenta con aproximadamente 433.000 millonarios (medido en dólares). Ese mismo año, los ingresos del 10 % más rico fueron 13,4 veces superiores a los del 40 % más pobre. La población en situación de pobreza —694 reales al mes, es decir, el equivalente de 6,85 dólares al día— se redujo del 27,3 % en 2023 al 23,1 % en 2024, pero oscila en torno a los 50 millones. La pobreza extrema se redujo del 4,4 % al 3,5 % de la población, pero aún afecta a más de siete millones de personas. La concentración de ingresos aumenta exponencialmente en el 1 % y es aún peor en el 0,1 %. Semejante excepcionalidad exige una explicación.
En la reaccionaria y desconcertante tradición política brasileña, los dirigentes de la clase dominante han ignorado siempre la desigualdad social y, en ocasiones, han sostenido que para reducir la pobreza lo importante es crecer económicamente. Sin embargo, en el pensamiento y la ideología sociales de la burguesía varían las interpretaciones de la desigualdad. A grandes rasgos, es posible distinguir cinco líneas argumentativas diferentes, aunque no excluyentes: a) la hipótesis liberal doctrinal naturaliza la desigualdad social, por grotesca que sea, como algo inevitable, pues las personas tendrían capacidades diferentes, algunas mayores que otras, y no sería posible lograr la igualdad social sin destruir la libertad individual; b) la hipótesis neoliberal hoy dominante sostiene que la productividad del trabajo es baja porque las masas tienen muy poca instrucción y un aumento de los salarios provocaría un incremento tal de la demanda que ésta no podría verse satisfecha por la oferta, lo que a su vez provocaría una espiral hiperinflacionaria; c) según otra versión del pensamiento neoliberal sobre la desigualdad, esta última es un efecto secundario de la innovación y la competencia y no sería posible reducirla sin introducir tasas de crecimiento económico más altas, y todo ello a condición de que se estimulen las inversiones extranjeras, algo imposible de lograr sin reducir primero el llamado «costo Brasil»; d) una cuarta posición dentro de ese mismo marco ideológico aboga por la equidad o la igualdad de oportunidades frente a la reducción de la igualdad social por medio de la intervención del Estado, que se ve denostada como asistencialismo, al explicarse la persistencia de la desigualdad por el peso desproporcionado de la carga fiscal y la expansión del Estado como consecuencia de la ampliación de los servicios públicos, inhibiéndose así la competitividad de la iniciativa empresarial microempresarial. Según esta última línea de argumentación, la desigualdad está condicionada por el retraso económico, social y cultural del país, por lo que la socialización de la pobreza convertiría a Brasil en una nueva Venezuela o una nueva Cuba.
Dentro de la tradición de izquierda también son varias las hipótesis en juego. En primer lugar, aquellas que correlacionan la desigualdad con factores histórico-sociales: a) en ningún momento ha existido ninguna sociedad capitalista sin desigualdad social, ya que al sistema le es inherente perpetuar la explotación de los trabajadores por medio de la extracción de trabajo no remunerado, o plusvalía, tal como revelaran desde el siglo XIX las investigaciones realizadas por Marx; b) desde los inicios de la colonización, sin embargo, el capitalismo brasileño constituyó la excepción de la regla, no sólo porque en Brasil prevaleció la esclavitud durante 350 años, sino también porque Brasil llegó a ser, en una escala sin parángón en todo el mundo, el principal destino de africanos negros en cautiverio, como revelan las obras de Caio Prado y Clóvis Moura; c) otra característica distintiva del capitalismo periférico en Brasil fue el hecho de haber perpetuado hasta el siglo XX el latifundio y de jamás haberse consentido, incluso después de abolida la esclavitud, una reforma agraria, condenándose con ello a la inmensa mayoría del pueblo a verse excluida del usufructo del derecho a la propiedad de la tierra, como bien ha denunciado João Pedro Stédile; d) la singularidad histórica de Brasil ha radicado en el racismo y el sexismo estructurales, al tiempo que la ininterrumpida discriminación de la población negra y de las mujeres explica las particulares condiciones de superexplotación del trabajo en Brasil, señaladas por Rui Mauro Marini y Silvia Federici; e) la peculiaridad de la tardía transición histórica del mundo agrario a la urbanización hiperacelerada, por la que en sólo dos generaciones se dio un paso equivalente al que los países centrales dieron en cinco siglos, consistió en el mantenimiento, por sucesivos regímenes dictatoriales, de un brutal grado de desigualdad social sobre la clase trabajadora más numerosa de la periferia.
Alos factores histórico-sociales, esas interpretaciones de la izquierda añaden los factores económico-políticos: a) las ventajas relativas de Brasil —que fue el mayor destinatario de inversiones extranjeras en el mundo desde finalizada la Segunda Guerra Mundial hasta las postrimerías del siglo XX —con la excepción de los movimientos de capitales entre los Estados de la Tríada conformada por Estados Unidos, Europa Occidental y Japón— estribaron en la abundancia de materias primas, la disponibilidad de un enorme proletariado, la mayor escala del mercado interno de consumo de bienes duraderos y la relativa estabilidad del régimen político burgués, cuyos designios imperialistas fueron un factor de presión en la perpetuación de la desigualdad; b) la burguesía brasileña es la más rica y poderosa del hemisferio sur y ha desarrollado una cultura de ejercicio del poder político que le ha permitido sortear las divisiones internas y garantizar, en la mayoría de las crisis, transiciones concertadas y, aunque excepcionalmente, inevitables rupturas, enlistando para ello a la mayoría de las capas medias en la defensa de su dominación; c) la clase media tradicional, de origen inmigrante europeo, se benefició de un proceso de movilidad económica ascendente a lo largo de cuatro generaciones y gozó de un estatus social tan privilegiado por su blancura —en comparación con las condiciones inhumanas de explotación de las masas, en su mayoría negras— que muy raras veces sus aspiraciones coincidieron con las reivindicaciones populares; d) esa correlación de fuerzas tan desfavorable para los trabajadores se invirtió en el curso de unos pocos pero extraordinarios e imponentes procesos de lucha, como los acontecidos tras la derrota del nazifascismo en 1945 y tras el triunfo de la Revolución cubana en 1959, así como en la fase final de la lucha contra la dictadura militar hasta finales de los años ochenta, cuando se crearon el Partido de los Trabajadores, la Central Única de Trabajadores, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra y la Unión Nacional de Estudiantes; e) desde el fin de la dictadura, hace cuarenta años, las cinco victorias electorales combinadas de Lula y Dilma Rousseff allanaron el camino para algunas reformas igualitarias justas, como la Bolsa Familia, pero insuficientes para alterar, cualitativamente, el grado de injusticia estructural del capitalismo brasileño, por cuanto se preservaron los dogmas neoliberales del superávit fiscal, las metas de inflación y el tipo de cambio flotante para tranquilizar a los acreedores de la deuda interna, además de un sistema tributario concentrado en el consumo, que exime a los ingresos y al patrimonio, y de las condiciones de precariedad que condenan a 40 millones de personas a la economía informal.
No cabe duda de que entre 2004 y 2014, es decir, durante diez años, prevaleció una tendencia lenta, pero constante, a la reducción de la pobreza, asociada a otra tendencia, menos vigorosa, a la reducción de la desigualdad social, especialmente entre los asalariados. Entre 2016 y 2022, tras las derrotas acumuladas desde el golpe institucional que llevó a la presidencia a Michel Temer y propició la ulterior elección de Bolsonaro, se logró revertir la dinámica progresista anterior, pero tras la elección de Lula volvió a afirmarse esa dinámica y Brasil volvió a salir del mapa del hambre. Sin embargo, nadie podría objetar que son demasiado grandes los límites de las reformas del lulismo. Es innegable que la desigualdad ha disminuido, pero lo ha hecho tan poco y a un ritmo tan lento que resulta exasperante. ¿Por qué? Cuando se produjo el ciclo de recuperación de la actividad económica entre 2004 y 2013, la presión de la demanda de mano de obra empujó al alza el salario medio de los empleos menos cualificados. Ese proceso fue posible sólo mientras la coyuntura económica internacional, impulsada por las importaciones de China, benefició el crecimiento en Brasil con la apreciación de las materias primas, lo que invirtió las condiciones de los términos de intercambio —algo que antes de la década pasada había ocurrido sólo durante las dos guerras mundiales—, garantizando así la acumulación de reservas y el control de la inflación. Quedó así confirmada una fuerte correlación entre el crecimiento económico en Brasil y en el mundo. La globalización, es decir, la mayor internacionalización de los capitales, favoreció una sincronización relativa del ritmo de los ciclos económicos. Los logros del reformismo débil tuvieron como base esencialmente la presión generada por la reducción del desempleo. Es cierto que Brasil ha sido escenario de importantes transformaciones en los últimos cuarenta años, los mismos que ha durado el período del régimen democrático-electoral restablecido tras la caída de la dictadura. Algunos cambios fueron de signo progresista; por ejemplo, la reducción a la mitad del número de brasileños que se encontraban en situación de indigencia, o la duplicación de la tasa de jóvenes matriculados en la enseñanza secundaria. Pero el saldo final ha sido insuficiente y ha dependido en gran medida de un crecimiento indisociable de la reprimarización liderada por la agroindustria. Brasil sigue siendo una anomalía.
Publicado originalmente en Communis.




















